La devastadora situación en la Franja de Gaza ha puesto de manifiesto, para muchos observadores y voces críticas, una dolorosa verdad sobre el funcionamiento del orden internacional y la aparente ineficacia de sus instituciones clave, como las Naciones Unidas (ONU). A pesar de las crecientes alarmas sobre lo que Francesca Albanese, relatora especial de la ONU, ha descrito en su informe como una «economía del genocidio», la acción concertada para detener la masacre parece una quimera inalcanzable. Este panorama lleva a una pregunta inquietante: ¿es el orden internacional una gran mentira, donde la voluntad de una superpotencia, particularmente Estados Unidos, prevalece sobre los principios de justicia y humanidad?

La tragedia de Gaza y la parálisis de la ONU.

Los informes procedentes de Gaza, ampliamente cubiertos por medios internacionales, describen una catástrofe humanitaria sin precedentes: destrucción masiva, desplazamiento forzado de la población y un alarmante número de víctimas mortales, con un porcentaje significativo de la población aniquilada en un tiempo sorprendentemente corto, incluso comparado con otros conflictos armados. La distribución de ayuda humanitaria se ve constantemente obstaculizada, y las acusaciones mutuas sobre la responsabilidad de esta situación se multiplican.

En el corazón de esta parálisis se encuentra el Consejo de Seguridad de la ONU, el organismo con la máxima autoridad para mantener la paz y la seguridad internacionales. Sin embargo, su capacidad de acción ha sido sistemáticamente bloqueada por el poder de veto de sus miembros permanentes. En el caso de Gaza, Estados Unidos ha utilizado repetidamente su veto para impedir resoluciones que exigían un alto el fuego inmediato y sin condiciones, argumentando, según sus declaraciones oficiales, que dichos textos no abordaban adecuadamente las preocupaciones sobre Hamás o la liberación de los rehenes.

La ineficacia de las resoluciones de la ONU.

Un aspecto crítico que agrava esta situación es la falta de cumplimiento de las resoluciones de la ONU, que, aunque vinculantes bajo el derecho internacional, carecen de mecanismos efectivos para su implementación. Resoluciones como la 2728 (marzo de 2024), que pedía un alto el fuego en Gaza, han sido ignoradas o aplicadas de manera limitada debido a la falta de consenso entre los estados miembros y la ausencia de un mecanismo coercitivo directo. La ONU depende de la voluntad política de los estados, especialmente de las grandes potencias, lo que limita su capacidad para actuar en conflictos donde hay intereses estratégicos en juego, como en Gaza. Aunque la ONU ha logrado éxitos en misiones de mantenimiento de la paz en casos como Sierra Leona o Timor Oriental, en conflictos de alta intensidad como el actual, la organización queda paralizada, reforzando la percepción de que sus resoluciones «no sirven para nada» frente al poder de una superpotencia.

El relato del orden internacional: la mentira y el camuflaje.

Para sostener una mentira es necesario construir un relato, una narrativa que, apoyada en pequeñas acciones o gestos simbólicos, camufle la verdad y oculte la realidad del poder. Si analizamos el contexto global, vemos que Estados Unidos no solo tiene bases militares por todo el mundo, sino que controla la OTAN, domina el Consejo de Seguridad de la ONU y es el país que más ha intervenido en los asuntos internos de otros estados a lo largo de la historia contemporánea. Esta red de poder y control se disfraza bajo el discurso de la democracia, la seguridad y los derechos humanos, mientras en la práctica se impone la voluntad de una sola potencia.

Estados Unidos ha logrado imponer su relato global mediante la manipulación mediática, la presión diplomática y la construcción de alianzas militares. Incluso cuando otras potencias como Rusia o China intervienen en conflictos puntuales, a menudo lo hacen como reacción a la presión o expansión de Estados Unidos y la OTAN hacia fronteras sensibles, como en el caso de Ucrania. Aunque no hay justificación para la invasión rusa, es evidente la influencia y el papel desestabilizador de Estados Unidos en la región, interviniendo en procesos electorales, apoyando golpes de estado y presionando políticamente para moldear el escenario internacional a su favor.

La hegemonía de Estados Unidos: un patrón histórico y las voces silenciadas.
Esta dinámica lleva a una conclusión contundente para muchos analistas: el orden internacional, en su forma actual, se percibe como una fachada. La razón, según esta perspectiva, es que el poder no reside en las resoluciones multilaterales o en el consenso global, sino en la capacidad de influencia de las naciones más poderosas, con Estados Unidos a la cabeza. Como la mayor potencia militar y económica del mundo, Estados Unidos ejerce una hegemonía que, en la práctica, puede anular la voluntad de la mayoría de los estados miembros de la ONU.

Este patrón no es nuevo. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha intervenido en más de 80 ocasiones en países de todo el mundo, a menudo derrocando gobiernos democráticos, apoyando dictaduras o invadiendo territorios en función de sus intereses estratégicos. Ejemplos notables incluyen el golpe de Estado en Irán (1953) contra el primer ministro Mohammad Mossadegh para proteger intereses petroleros, el apoyo al golpe en Chile (1973) contra Salvador Allende, la guerra de Vietnam (décadas de 1960-1970) para contener el comunismo, y la invasión de Irak (2003) basada en supuestas armas de destrucción masiva. Estas acciones, junto con intervenciones en América Latina (Guatemala, El Salvador), Oriente Medio (Afganistán, Libia) y otras regiones, reflejan un historial de hegemonía que distingue a Estados Unidos de otras potencias como China o Rusia.

A diferencia de Estados Unidos, ni China ni Rusia han llevado a cabo un número comparable de intervenciones militares directas o derrocamientos de gobiernos democráticos desde 1945. Aunque ambas potencias han ejercido influencia en conflictos (por ejemplo, Rusia en Siria o Ucrania, y China en disputas territoriales en el mar del Sur de China), su enfoque ha sido más limitado en términos de invasiones directas o cambios de régimen en comparación con el historial estadounidense. Esta distinción refuerza la percepción de que Estados Unidos ha actuado como el «amo del mundo», moldeando el orden internacional según sus prioridades geopolíticas, ya sea en nombre del anticomunismo, la lucha contra el terrorismo o la protección de aliados estratégicos como Israel.

Es crucial recordar que esta realidad no es una revelación reciente para todos. Ya en septiembre de 2009, Muamar Gadafi, entonces líder de Libia, denunció abiertamente esta situación de dominio estadounidense y la falta de democracia en la ONU durante un caótico y maratónico discurso ante la Asamblea General. Gadafi criticó el poder de veto del Consejo de Seguridad, al que calificó de «terrorismo» y una afrenta a la soberanía de las naciones pequeñas, y advirtió sobre las consecuencias de la injerencia extranjera. Su mensaje, aunque excéntrico en su forma, resonó con la frustración de muchos países en desarrollo ante la asimetría de poder.

Sorprendentemente, o quizás predeciblemente dada la perspectiva aquí planteada, apenas dos años después, su país fue invadido por una coalición liderada por Occidente, y él mismo fue asesinado, lo que muchos interpretaron como una represalia por su osadía al desafiar públicamente la hegemonía. Su destino trágico sirve como una sombría advertencia sobre el precio que se paga por atreverse a denunciar la primacía de la superpotencia en el escenario global.

Gaza como reflejo de un orden desigual.

La crisis en Gaza ilustra cómo esta hegemonía estadounidense frustra los esfuerzos internacionales para abordar tragedias humanitarias. El veto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, justificado por su alianza con Israel, bloquea acciones que podrían salvar vidas, perpetuando una catástrofe que muchos observadores consideran una violación de los principios de la «responsabilidad de proteger» consagrados en el derecho internacional. Este comportamiento es coherente con el historial de intervenciones de Estados Unidos, donde los intereses estratégicos han prevalecido sobre las normas internacionales, desde Irán en 1953 hasta Irak en 2003.

Sin embargo, culpar únicamente a Estados Unidos simplifica un problema más complejo. Otros actores, como Hamás, Irán o incluso las divisiones entre los estados miembros de la ONU, contribuyen a la parálisis en Gaza. Además, aunque China y Rusia no igualan el historial intervencionista de Estados Unidos, también han utilizado su veto en el Consejo de Seguridad para proteger a sus aliados (por ejemplo, Rusia en Siria), lo que sugiere que el diseño del sistema internacional, con el veto como herramienta de poder, es un obstáculo estructural más allá de una sola nación.

La denuncia ignorada de la ONU y el papel desestabilizador.

A lo anterior se suma la gravedad de las denuncias de los relatores y relatoras de la ONU, que han documentado y condenado la situación en Gaza y otros conflictos, pero cuyos informes y advertencias son sistemáticamente ignorados por las grandes potencias y por el propio sistema internacional. Esta desatención refuerza la percepción de que las instituciones multilaterales solo sirven de cortina de humo para legitimar la inacción o la complicidad de los actores más poderosos.

Conversación integradora: el argumento desde la evidencia.

No es una postura monolítica hacia Estados Unidos: es una realidad empírica. Estados Unidos tiene alrededor de 800 bases militares en el mundo. China, solo cinco. Esta asimetría no es opinable, es comprobable. Tampoco lo es la desproporcionada cantidad de intervenciones militares: EE.UU. supera ampliamente a cualquier otra potencia desde 1945. Esto no es ideología: es historia.

El término «genocidio» no es gratuito ni exagerado: ha sido empleado por Amnistía Internacional, por relatores de la ONU y por expertos en derecho internacional. Usarlo no es un acto de violencia retórica, sino una obligación moral ante la magnitud del sufrimiento.

Tampoco puede acusarse al lenguaje de ser combativo cuando lo que se denuncia es el asesinato masivo de civiles. El problema no es el tono de quienes alzan la voz, sino la inacción de quienes podrían detener la masacre y no lo hacen. Las palabras jamás serán más violentas que los hechos que denuncian.

En cuanto a Gadafi, su historia es reveladora. Fue cortejado por Europa y Estados Unidos hasta que comenzó a criticar la estructura de poder mundial. Su denuncia del Consejo de Seguridad como «terrorismo institucionalizado» no es menos válida porque viniera de él. Como bien se dice: esto no es teología, es derecho internacional. Y en derecho, lo que importa es el argumento, no la santidad del que lo enuncia.

Una verdad perturbadora.

La cruda realidad que emerge del conflicto en Gaza es que, a pesar de los principios de soberanía y justicia que sustentan el derecho internacional, la voluntad política de una nación con un poder militar y económico abrumador puede determinar el curso de los acontecimientos, incluso cuando la comunidad internacional clama por la intervención humanitaria. El historial de Estados Unidos, con más de 80 intervenciones desde la Segunda Guerra Mundial, refuerza la percepción de que el orden internacional es, en gran medida, un escenario donde el poder real dicta las reglas del juego. La ineficacia de las resoluciones de la ONU, combinada con la hegemonía estadounidense y la manipulación del relato global, lleva a muchos a concluir que este orden es una «gran mentira», una fachada que oculta la supremacía de una superpotencia sobre los ideales de equidad y humanidad. Para quienes sostienen esta visión, el genocidio en Gaza no es solo una tragedia en sí misma, sino también una revelación devastadora de las limitaciones de un sistema global incapaz de cumplir sus promesas.

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