Ahora ya no se oculta, nos lo dicen a la cara, todo es negocio, incluido matar o morir:

La frase popular «Que paren el mundo, que me bajo» resuena con una frustración creciente ante una realidad que a menudo se nos presenta enmascarada. Pero ¿qué ocurre cuando esa dura realidad no es una falsa noticia o una manipulación sutil, sino la verdad confesada —sin rodeos— por una de las figuras más influyentes del planeta?
Donald Trump, con su franqueza característica y su falta total de filtros, ha destapado una perspectiva que muchos intuyen, pero pocos articulan tan directamente: la guerra es un gran negocio para Estados Unidos.

Y lo dice sin rubor, sin medias tintas. Ya no es una teoría conspirativa: es una confesión en voz alta, transmitida a cámara, y recogida por medios de todo el mundo.

La guerra: un negocio sin tapujos.

Donald Trump ha sostenido consistentemente una visión cruda y pragmática de la guerra: una gran oportunidad de negocio para su país. Sus recientes declaraciones sobre el conflicto en Ucrania, particularmente en relación con el envío de misiles Patriot, cimentan esta perspectiva. Para Trump, la ayuda militar trasciende lo geopolítico y lo humanitario; es, fundamentalmente, una transacción diseñada para enriquecer la vasta industria de defensa estadounidense y, por ende, impulsar la economía nacional.

Medios como Infodefensa.com han recogido sus palabras explícitas: Europa, según él, asumiría el costo de los misiles Patriot, y esto “será un negocio para nosotros”. Esta declaración sin filtros revela una mentalidad que ve los conflictos internacionales a través de la lente de las ganancias y pérdidas. Es un sentimiento recurrente en su discurso público: los aliados de Estados Unidos deben pagar «su parte justa» por la protección, y las intervenciones militares deben generar un retorno económico claro para Washington.

Esta perspectiva mercantiliza los conflictos globales. El sufrimiento humano, la inestabilidad geopolítica y las crisis humanitarias asociadas a la guerra pasan a un segundo plano ante el objetivo de maximizar los beneficios para el complejo industrial-militar. Cada misil, cada pieza de equipo militar enviada a una zona de conflicto se convierte en una venta directa, un motor para los fabricantes estadounidenses. Así, las complejas dimensiones morales y estratégicas de la guerra se reducen a una simple ecuación económica, donde el principal beneficiario es la nación que suministra el armamento.

No es un comentario pasajero; es un pilar filosófico constante en la política exterior de Trump, ampliamente cubierto por numerosos medios. Desde periódicos internacionales como El País, The Wall Street Journal y The Financial Times, hasta cadenas de noticias como CNN en Español y BBC News Mundo, la prensa ha analizado esta postura. Publicaciones económicas profundizan en las implicaciones para el sector de defensa, mientras que análisis políticos escudriñan el impacto en las alianzas globales. Incluso organizaciones especializadas como el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), aunque de forma más académica, indirectamente resaltan estas dinámicas en sus informes sobre el comercio mundial de armas.
En este marco, la seguridad global se percibe a través de un prisma netamente mercantilista. La asistencia militar se convierte en una exportación más, y la estabilidad internacional —si acaso se logra— es un subproducto, o incluso una justificación, de una estrategia comercial de gran escala. La retórica de Trump no disimula este enfoque; lo expone con una franqueza que, para sus críticos, resulta alarmante, pero que para sus partidarios es una muestra de pragmatismo y de anteponer “América Primero”.

Este énfasis constante en el beneficio financiero de los conflictos subraya una visión particular de las relaciones internacionales donde el interés nacional se define, ante todo, por la ganancia económica.

La lógica del «negocio» más allá de la guerra.

La incómoda verdad que expone Trump sobre la guerra como negocio es, en realidad, un reflejo amplificado de una lógica que impregna cada vez más facetas de nuestra existencia. Nos hemos acostumbrado a un sistema donde todo parece ser susceptible de convertirse en negocio, a menudo bajo un velo de progreso o bienestar:
El negocio de la salud, o mejor dicho, el negocio de la enfermedad: Los sistemas sanitarios, en muchas partes del mundo, se han transformado en vastas industrias donde la curación puede ser secundaria a la rentabilidad de tratamientos, medicamentos y procedimientos. La prevención a menudo recibe menos inversión que la gestión de la dolencia crónica.

El negocio de la educación: Dejada de ser un derecho universal y una herramienta de emancipación, la educación se mercantiliza, con costes crecientes que la hacen inaccesible para muchos y la transforman en un producto que se «compra» para obtener un certificado en el mercado laboral.

El crecimiento económico sin límites en un mundo finito: La premisa de una expansión constante de la producción de bienes y servicios choca brutalmente con los límites planetarios. La búsqueda incesante de rentabilidad ignora la escasez de recursos y la capacidad de absorción del planeta, llevándonos a una crisis ecológica sin precedentes.

Etcétera…

La peligrosa fachada del «bonito» negocio.

Esta omnipresente lógica del «todo es negocio» a menudo se manipula legalmente y se presenta con un envoltorio atractivo, bajo la bandera de la “innovación”, la “eficiencia” o la “libertad de mercado”. Pero, como bien señala la preocupación implícita en la frase «Que paren el mundo, que me bajo», esta visión nos va matando poco a poco. Ya sea a través del estrés crónico, la degradación ambiental, la desigualdad o la precariedad vital, las consecuencias de priorizar el lucro por encima de la vida se sienten a diario.
Y, como las guerras confesadas por Trump, a veces nos matan de golpe.
La cruda transparencia de Trump, aunque pueda ser interpretada como cínica, nos fuerza a mirar de frente un aspecto fundamental del sistema global. Nos obliga a cuestionar si la búsqueda incesante de beneficios, en cualquier ámbito, es realmente compatible con una vida plena y sostenible para la humanidad.

Y todo esto no es porque lo diga el presidente de Estados Unidos. Porque lo reconozca, ya lo sabíamos.

Pero que ahora tengan el descaro de soltárnoslo a la cara… eso sí que es muy fuerte.

Fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbid=10228681838502990&set=a.1155225132932

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