
Mientras la presidenta autonómica mezcla frutas con cadáveres, la Vuelta Ciclista no pudo acabar en Madrid por la resistencia pacífica de la gente que se niega a blanquear un genocidio.
Banksy pintó en 2005, en un muro de Cisjordania, a un joven activista que no arrojaba piedras ni cócteles molotov sino un ramo de flores. El mural se titulaba Love is in the air y era, más que una postal estética, un manifiesto. Las flores convertidas en proyectiles, la dignidad hecha arma contra la ocupación. Un ramo como representación de desafío, de humanidad frente a la barbarie.
Veinte años después y en Madrid, Isabel Díaz Ayuso afirma, con sorna, que no se puede combatir a Hamás “con magdalenas y flores”. Una imagen, una frase, dos contextos, dos mundos opuestos que comparten símbolo y lo vacían o lo colman de sentido. Las flores de Banksy iluminan nuevas posibilidades; como en la revolución portuguesa, donde un clavel en la boca de un fusil simbolizó la derrota de una dictadura sin necesidad de un solo disparo. Frente a las armas, una flor. Frente a la ocupación ilegal, una flor. Frente a la violencia del poder, una flor. Mientras Banksy ve en las flores un acto de resistencia y esperanza, Ayuso las reduce a sarcasmo para justificar un genocidio. El arte no cambia gobiernos, pero puede incomodar y transformar miradas, porque el símbolo no solo nombra, también abre mundos. La política mal usada, en cambio, corre el riesgo de cancelarlos. En esa distancia abismal se juega mucho más que un debate semiótico. Se dirime la posibilidad de seguir llamando “civilización” a algo que entiende como libertad de expresión que se ironice con la muerte ajena o se llame terroristas a quienes defienden la paz. Dos mundos separados por kilómetros y, sobre todo, por toneladas de conciencia y humanidad.
La paradoja no es nueva ni única. En 1948, mientras el mundo firmaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nacía el Estado de Israel. La primera proclamaba que todo ser humano tiene derechos por el mero hecho de existir. El segundo se ha dedicado durante más de setenta años a recordarnos que no, que no todos los seres humanos son seres humanos. Gaza es la confirmación brutal de esa contradicción: la negación práctica del principio mismo de humanidad, retransmitida en directo para el silencio o aplauso de las capitales occidentales.
En esa negación encaja Ayuso con su ramo convertido en chascarrillo de mal gusto. Simone Weil advirtió en La Ilíada o el poema de la fuerza que la violencia convierte a las víctimas en piedra, pero también transforma a los verdugos en monstruos. Esos monstruos no siempre llevan uniforme o conducen tanques; a veces sonríen detrás de un atril, escriben en un periódico, improvisan juegos semánticos ante un micrófono o se hacen virales con una ocurrencia que trivializa un genocidio. El alcalde de Madrid ya lo hizo, la presidenta de esa misma Comunidad repitió el gesto. Madrid, Madrid, Madrid.

La trayectoria verborreica de Díaz Ayuso puede leerse como un catálogo de lo esperpéntico. Lo mismo suelta una gracieta sobre terrazas y cañas en plena pandemia que trivializa con los muertos en las residencias con un “qué más da, si se iban a morir igual”. Lo mismo se saca de la manga un exabrupto barriobajero tipo “me gusta la fruta” que reduce la devastación de Gaza a un chiste doméstico con magdalenas y flores. Hannah Arendt habló de la “banalidad del mal” al describir a los burócratas nazis convencidos de cumplir con su deber. Con Ayuso, entramos en un terreno distinto: la maldad de lo banal. No se trata del funcionario dócil que estampa su firma, sino de la política que transforma la muerte en meme y la destrucción de un pueblo en un gag de rueda de prensa. Ayuso utiliza las flores no para denunciar la violencia sino para justificarla. Frente a la barbarie, sarcasmo; frente a la destrucción de un pueblo, burda ironía castiza.
Y mientras la presidenta y el alcalde madrileños mezclan frutas con cadáveres, la Vuelta Ciclista, con todas sus interrupciones, como señala Amador Fernández-Savater, no ha podido acabar en Madrid. Los corredores no pudieron levantar los brazos en la Castellana ni recibieron las flores manchadas de metáforas que suelen celebrar el esfuerzo y la victoria. La resistencia pacífica de la gente común decidió que la Vuelta Ciclista no podía concluir como si nada. Madrid quedó atrapada entre dos imágenes: de un lado, la banalidad dañina de quienes gobiernan; del otro, la obstinación ética de quienes decidieron que no se pedalea sobre cadáveres y se niegan a blanquear el genocidio. La paradoja es cruel y al mismo tiempo luminosa: los gobernantes apoyando el exterminio de un pueblo, los gobernados recordando que la humanidad no se negocia. En esa diferencia, mínima y enorme, late todavía la posibilidad de que las flores vuelvan a ser lo que Banksy pintó en un muro: armas de dignidad contra la violencia.
Fuente: https://ctxt.es/es/20250901/Firmas/50195/Paco-Cano-Diaz-Ayuso-Vuelta-a-Espana-ciclismo-genocidio-Israel.htm