
MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…
César Vallejo
Rey, ¿qué te pasa?
El REY, nervioso, pasea por un gran salón de palacio. Un SÚBDITO le sigue a cierta
distancia.
SÚBDITO: Señor Rey, ¿qué le pasa? Le noto nervioso. Y la posición de su labio inferior denota un enfado supino.
REY: (Que gesticulará mucho durante toda la escena.) ¿Y cómo no voy a estar enfadado y nervioso y harto y… ¡Hasta los huevos!
SÚBDITO: Pues sí que debe estar enfadado, señor Rey. Usted, con esas palabras de barrio bajo. Modérese.
REY: ¿Es que no te has enterado de lo del barco?
SÚBDITO: ¿Cómo no me voy a enterar, señor Rey? Ha salido en los periódicos.
REY: ¿Es que tienen que poner todo en esa mierda de prensa?
SÚBDITO: No en toda. Ya sabe, en los medios republicanos.
REY: Ratas inmundas. Pues que anden con cuidado.
SÚBDITO: Señor Rey, que le pueden oír.
REY: ¿Quién me va a oír? Estoy en palacio. Harto estoy. Ahora tampoco voy a poder competir en unas regatas.
SÚBDITO: Competir sí, tal vez. Pero parece ser que no les han gustado que el Ministerio de Defensa se gaste tanto dinero en un barco para competiciones deportivas.
REY: Ya sabes que han sido los vascos los que lo han denunciado.
SÚBDITO: Sí, señor Rey.
REY: A ver si se independizan de una vez.
SÚBDITO: Señor Rey, que le pueden oír.
REY: Pues que me oigan. Estoy harto.
SÚBDITO: Además no solo han sido los vascos. El gobierno ha echado marcha atrás en su plan.
REY: Claro, como necesitan sus votos para gobernar.
SÚBDITO: También habían protestado los antimilitaristas.
(El Rey rompe en una histriónica risotada, sonora y breve.)
REY: Esos no me asustan. Son insignificantes.
SÚBDITO: Puede ser. Pero en lo que dicen, usted sabe que tienen razón.
REY: (Indignado.) ¿Cómo? ¿Que tienen razón? ¿Qué estoy oyendo? ¿Tú no serás…
SÚBDITO: (Asustado.) No. No. Yo no. Solo quería plantear una hipótesis. Para saber cómo defendernos de sus argumentos, por si…
REY: Por si… ¿qué?
SÚBDITO: No sé. Por si en palacio o fuera de él, alguien plantea que, efectivamente, los militares son, sois o somos… (Pausa, no sabe cómo decirlo.)
REY: ¿Qué?
SÚBDITO: Pues eso que dicen… Parásitos sociales.
REY: ¿Eso dicen?
SÚBDITO: Y más cosas. No solo eslóganes, también escriben artículos. Y hasta libros, señor Rey.
REY: ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Cómo estás tan informado? ¿Tú no serás…? (Lo dice con asco.) Un pacifista de esos.
SÚBDITO: (Asustado.) ¿Yo? No. No. Qué va.
REY: ¿Estás seguro?
SÚBDITO: Claro, señor Rey. Mi deber es estar informado de los peligros que le amenazan.
REY: (Condescendiente.) Bueno, en eso tienes razón. A ver, aconséjame, porque ese también es tu cometido, qué puedo hacer con el barco. Yo quiero el barco. Mi barco.
SÚBDITO: (Duda si decir lo que piensa.) A lo mejor si ahorra un poco de su asignación…
REY: (De nuevo enfadado.) ¿Cómo? Estás diciendo que despilfarro mi dinero. ¿Que tengo que comprarme yo el barco para defender los intereses deportivos de España?
SÚBDITO: Bueno, solo era una hipótesis.
REY: ¿Sabes qué? Estoy hasta los huevos de tus hipótesis.
SÚBDITO: Señor Rey, ese lenguaje de barrio bajo…
REY: (Más irritado.) Soy el rey, hablo como me sale de… (Recapacita, cambio brusco.) Bueno, supongamos que tienes razón, que no ha resultado ahora el mejor momento para mi barco. Te planteo una hipótesis. Y si dejamos pasar algún tiempo y cuando ya esté formado el gobierno, me pongo yo en contacto con la Ministra y aprobamos este gasto, metido en otro gasto, oculto en otro ministerio para que no se sepa así como así.
SÚBDITO: Vamos, como siempre, señor Rey.
REY: Sí, ¿qué te parece?
SÚBDITO: Buena idea, pero…
REY: Ya estás con los peros.
SÚBDITO: Ellos se pueden enterar.
REY: ¿Quiénes?
SÚBDITO: Los antimilitaristas.
REY: Pero son insignificantes, ¿no?
SÚBDITO: De momento, puede. Pero en cualquier momento…
REY: ¿Qué? Termina las frases, deja tus silencios dramáticos para el teatro.
SÚBDITO: Pueden conseguir que se oiga la verdad.
REY: ¿Qué verdad?
SÚBDITO: ¿De verdad quiere oírla?
REY: (Dubitativo.) No. Creo que no.
SÚBDITO: Hace bien. Puede ser el fin.
REY: ¿Tú también lo piensas?
SÚBDITO: ¿Usted también, señor Rey?
REY: Claro, es evidente que tienen razón. Cuando dicen esa frase de “gastos militares para escuelas y hospitales”, más allá del eslogan, hay una verdad.
SÚBDITO: (Sorprendido.) Señor Rey, entonces usted también lo sabía.
REY: No soy un ignorante.
SÚBDITO: ¿Entonces? ¿Su barco?
REY: ¡Ay, ay, ay! ¡Mi barco! Quiero mi barco, como mis palacios, los quiero. Como mi paguita por mi trabajillo tan cómodo, sin examen de oposición ni nada. ¡Ay, mi barco! Lo voy a llorar, de verdad, súbdito. ¿Pero qué puedo hacer? Esta maldita democracia… Sí, ya sé, no me lo repitas. Que me pueden oír. La culpa la tienes tú, súbdito. Por hacerme pensar tanto. A partir de ahora, limítate a la superficialidad de los asuntos.
SÚBDITO: Sí, señor Rey. Así lo haré.
REY: Retírate. Voy a pensar en mi barco. Ya me veo navegando como mi queridísimo. No, mucho mejor.
(Sale el SÚBDITO y poco a poco se va haciendo el OSCURO.)