
Texto del libro de Pablo San José «El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Editorial Revolussia.
Ver también:
Un anillo para gobernarlos a todos (I): ¿Qué es el poder?
Un anillo para gobernarlos a todos (II): Coacción
Un anillo para gobernarlos a todos (III): Adoctrinamiento
Ingeniería social
Es práctica primigenia la intervención para el control de la cantidad y cualidad de los integrantes de una colectividad humana definida. Las formas e intensidades varían según los contextos. Así, la antropología estudia fenómenos como la guerra, el comercio de mujeres, niños y esclavos, tabúes —o no tabúes— como el incesto, la homosexualidad, la poligamia-poliandria, el infanticidio, etc. En sociedades de poder concentrado este tipo de cosas pierden, podría decirse que es lo lógico, su carácter de mecanismos de adaptación espontánea al medio y autorregulación, y se convierten en meros instrumentos de control. A partir de ahí es cuando podemos utilizar la etiqueta «ingeniería social».
En ese sentido, el esfuerzo más básico que emprende el poder en su tarea de rodearse de una sociedad diseñada en pro de su interés, es el de destruir lo que no le conviene. El arrancar o podar, según la metáfora. Hacia dentro y hacia fuera. Bauman entendía que la culminación de su «estado jardinero» era el totalitarismo del siglo XX, quien, en su afán de lograr un jardín que respondiese al detalle a su pretensión de diseño, no dudó en podar toda rama, toda maleza, toda hierba no deseada. El horror nazi escandalizó también, entre muchos otros, a los teóricos de la escuela de Frankfurt, algunos de los cuales lo padecieron en primera persona, y dio no poco que pensar sobre la condición y los límites del poder a la intelectualidad occidental de la segunda parte del siglo. Sin embargo, la utilización que se hizo del genocidio en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, ni era nueva en la historia, ni se circunscribió a la actuación de los perdedores. Ni dejó de suceder con posterioridad.
La guerra, un medio que el poder concentrado-expansivo emplea desde que es tal y hasta el día de hoy, no deja de ser un instrumento altamente cualificado de ingeniería social. Con ella se desplazan poblaciones, se destruyen organizaciones político-económicas y aun culturas en su integridad, como hemos reseñado en capítulo anterior. La limpieza étnica primero vacía (aniquila o desplaza), y después ya se verá si coloniza o no, pero por lo pronto el elemento indeseado ha dejado de estar. Tales guerras se emprenden contra «enemigos» externos e internos. Los nazis lucharon contra otros estados que deseaban absorber, pero también contra las minorías propias que pretendían eliminar. En ello replicaron añejos esfuerzos de homogeneización social y represión de disidencias y heterodoxias. Piénsese en guerras y cruzadas religiosas, o en la «quema» de brujas y herejes de todo signo y condición (entiéndase aludida también la eliminación física de la disidencia de tipo político, como en la Argentina de Videla o el Chile de Pinochet). A día de hoy, el poder sigue combatiendo todo tipo de minorías identitarias.
Dice Theodore Kaczynski que «en la sociedad moderna, la fidelidad personal debe ser primero al sistema y sólo secundariamente a una comunidad de pequeña escala, porque si la fidelidad interna a las comunidades de pequeña escala fuera más fuerte que la fidelidad al sistema, estas comunidades perseguirían su propio provecho a expensas del sistema.» Entiéndase por «comunidad a pequeña escala», por ejemplo, la comunidad rural tradicional o el grupo indígena, pero también minorías con entidad propia dentro de la propia sociedad contemporánea capaces de mantener lazos superiores de fidelidad, como, por ejemplo, los gitanos, las maras o algunos grupos religiosos. Incluso la propia institución familiar. La excusa o coartada esgrimida para forzar su «integración», o simple eliminación, es lograr una sociedad óptima mejorando uno a uno a sus individuos: extirpando los elementos personales y colectivos que se consideran nocivos y desarrollando fórmulas para que los restantes adopten identidades sociales de carácter ideal. El objetivo subyacente tras el concepto «eugenesia» no se refiere al logro de un individuo humano feliz o imperfectible sino, más bien, al de una masa social perfectamente adaptada a los deseos del poder-jardinero. Como en la novela de Aldous Huxley. Y no pensemos en sistemas distópicos de ciencia ficción o en experimentos sociales históricos derrotados. Como ha sido reseñado, la cuestión tiene perfecta vigencia en nuestra misma sociedad.
Vuelvo a Michel Foucault, de quien tantos conceptos estoy tomando prestados en este capítulo. Hablaba de «biopoder» para referirse a la capacidad del sistema de dominación de hacerse presente en la propia vida cotidiana de los individuos de una sociedad para, desde ahí, conseguir sus objetivos. Foucault y Bauman, que caminan juntos en esta cuestión, juzgan que hay un gran cambio histórico en el ejercicio del poder a partir de la era moderna. Es el paso de guardabosques a jardinero. Las nuevas autoridades estatal-burguesas desarrollarán por primera vez formas de control de carácter personal e íntimo. Hemos hablado ya de los mecanismos de adoctrinamiento. Según Foucault, los sistemas de vigilancia y disciplina instaurados a partir del siglo XVIII tenían como fin la individualización del cuerpo social: lograr una masa compuesta por individuos dóciles y fragmentados, fácilmente controlables por la autoridad. Mediante esta dinámica, de gran importancia para la instauración y consolidación del sistema industrial capitalista, se obtiene un sujeto del que se espera alto rendimiento laboral, fácilmente insertable en la maquinaria fabril. Recordemos las teorías de Bentham y su panóptico. El paradigma y resultado de dicho modelo de ejercicio de poder es la producción industrial en cadena: fordismo y taylorismo. Chaplin lo retrató mejor que bien mediante la caricatura en «Tiempos Modernos» (1936). El cuerpo sometido al proceso económico (13).
Más allá de esta cuestión, y refiriéndose también al momento actual, con el término de «biopolítica» matiza la capacidad del biopoder de intervenir en los aspectos biológicos de los individuos de una sociedad: sus tasas de natalidad, mortalidad y fecundidad, de emigración e inmigración, identidades de género, ocupación de la vivienda, empleo y desempleo, seguridad material en la vejez, acceso a servicios médicos… Puede decirse que en la edad contemporánea todo lo que tiene que ver con funciones corporales es objeto de control por parte del poder. La biopolítica busca la autorregulación «normalizadora» del cerebro de los miembros de la sociedad, los cuales son así determinados hacia ciertas formas de vida e identidades: sexuales, nacionales, de clase, de grupo etc. Incluso, muy importante esto último para lo que estamos tratando en este ensayo, el tipo de disidencia que cabe o no mantener como activismo confrontativo. En cierta medida supone la otra cara de la moneda de la función «podadora» o aniquiladora del poder: aquello diferente que no es destruido, es transformado, reciclado, de cara a la asimilación o integración (14). Según Foucault, lo más significativo de esta cuestión radica en la puerta que abre al poder para «normalizar» toda relación social mediante el empleo de «la ley». Hoy somos testigos de cómo el proceso normativizador avanza como un rodillo que tiende a acaparar cada vez más dimensiones relacionales. Las nuevas tecnologías, en esta cuestión, juegan un papel, más que destacado, inexorable.
Apoyados en el estribo que nos propone esta lectura, podemos nombrar someramente algunos de los aspectos biológicos, vivenciales, de nuestras personas sometidos a los efectos de la ingeniería social del poder.
En primer lugar, por su obviedad, está la cuestión demográfica. A cuánta gente le es permitido residir en cada sitio. Y qué tipo de gente. El poder político controla el número de la población, y para ello dispone en ocasiones de medios para incentivar o desincentivar la natalidad: ayudas por familia numerosa, cheque bebé, legislaciones que favorecen lo que se da en llamar conciliación laboral… Por la otra parte, normas que penalizan tener hijos, como ocurrió durante décadas en China, campañas de esterilización forzosa… Cabe destacar que hoy la principal influencia sobre el número de hijos que engendra cada pareja y, por tanto, sobre la pirámide demográfica de cada lugar, no es política sino económica. El modelo urbano basado en el trabajo asalariado y la incorporación masiva de la mujer al mismo ha sido determinante a la hora de generar sociedades conformadas por familias nucleares de pocos miembros.
El poder también actúa sobre la curva de mortalidad. Incrementándola en algunos casos: guerras, desplazamientos forzados, expolio económico que, a su vez, provoca pobreza y desnutrición, destrucción de sistemas económicos basados en la soberanía alimentaria… O disminuyéndola: fomentando la investigación y atención médica, geriátrica, pediátrica…, programas de salud pública (tabaquismo, alimentación saludable, deporte), control higiénico-sanitario, vacunaciones, etc. En su día, la implantación generalizada de estas políticas en Occidente, junto a la mejora de los hábitos alimenticios que posibilitó la bonanza económica, provocó una drástica disminución de la morbilidad, la cual, desde entonces, se ha mantenido en valores mínimos. Esta circunstancia, que no deja de ser un medio de ingeniería social, forma también parte de la dimensión de seducción (hay que tener a la gente contenta) que emplea el poder para obtener la estabilidad que pretende.
Cuando, según determina en cada sitio el poder económico, faltan individuos para mantener competitivamente el factor productivo, o sobran en exceso, produciendo peligrosas bolsas de pobreza, el principal sistema regulador es la migración. Ésta, que no constituye ninguna novedad histórica, en la era moderna es cuidadosamente controlada. Véanse, a la hora de impedirla, los potentes y militarizados filtros fronterizos de Occidente y las, más que restrictivas, legislaciones a la hora de conceder visados, permisos de residencia, e incluso asilo político. En contrapartida, también podemos contemplar cómo se importa mano de obra especializada a menor coste, de forma puntual o generalizada, cuando el interés de la empresa lo requiere. Es como la deslocalización pero al revés. En lugar de llevar la fábrica allá donde la mano de obra es barata, traemos ésta aquí para que trabaje estacionalmente. Luego nos deshacemos de esas personas devolviéndolas (o expulsándolas) a su lugar de origen. Y a colación de esto, cabe reseñar un debate de actualidad en la sociedad española a fecha de estar escribiendo estas líneas: ¿Qué pasará con las pensiones cuando, por efecto de un fuerte envejecimiento de la población, sean minoría quienes estén en edad de trabajar (y cotizar)? Quizá, si la coyuntura lo permite, el poder económico aproveche para hacer caja (la famosa «acumulación por desposesión» de Harvey) y las prestaciones sean recortadas. Pero también —mucho más probable, me parece— se abrirá lo necesario el grifo de la inmigración (si es que antes no ha sido sustituido por máquinas el grueso de la fuerza laboral). Llama la atención lo poco que se cita dicha variable en los debates mediáticos sobre el tema. Nuevamente el discurso del miedo.
Lo demográfico es una directriz de carácter macro cuyos efectos principales, aunque afecten a personas concretas, sólo se advierten a escala global. Mucho más personal es la cuestión laboral. Sugeríamos en páginas anteriores (ver capítulo «la libertad un regalo envenenado») que las poblaciones que pasaron de gestionar por si mismas sus necesidades básicas a depender del sueldo de un empleador, con ello, perdieron el pulso sobre el reloj, el dominio sobre su tiempo y, por ende, sobre la gran mayoría de facetas de sus vidas. Ninguna herramienta de ingeniería social, de biopolítica, aplicada sistemáticamente, logra tanto impacto sobre el individuo y la sociedad como el salariado. Éste no solo somete a las personas a ritmos y frecuencias marcadas por el poder —actualizado en este caso por la figura del empleador—, a comportamientos (incluidos los reproductivos), roles e identidades relacionadas con su puesto, sino que, además, las sitúa bajo la espada de Damocles de la competencia y el desempleo, lepra de las sociedades postindustriales. El grifo de la inmigración del que hablábamos estará, a su vez, más o menos abierto y cerrado en función de los porcentajes de paro que convienen al poder. El trabajo asalariado, por si fuera poco, determina las fases de infancia y juventud, que serán íntegramente dedicadas a preparase para poderse incorporar al mercado laboral en las condiciones menos desventajosas que cada cual logre alcanzar, tras un proceso de competencia y selección. Cual si fuera una mercancía. Y más cosas: teniendo en cuenta que a día de hoy, aproximadamente, la mitad del esfuerzo de un asalariado medio se traduce —de unas y otras formas— en pago de impuestos, podemos decir que nunca antes logró el estado, y con él el poder económico, tal exacción de la masa social. Como las hormigas pastorean a los pulgones, con ese dinero se financia, por ejemplo, la maquinaria militarista dedicada al control social. Es la pescadilla que se muerde la cola. ¿Talón de Aquiles del sistema tal vez? Mucho podría decirse sobre el salariado, circunstancia capital que a casi nadie da que pensar —o rebelarse— a día de hoy. Baste por el momento con lo dicho.
Hay más dimensiones en las que se ejerce la intervención del poder sobre la vida biológica de los gobernados: por ejemplo, los discursos hegemónicos sobre sexualidad y reproducción (15), la investigación genética que, bajo la coartada de la lucha contra la enfermedad, profundiza en cierta eugenesia, la aplicación de la ciencia psicológica y la psiquiatría, la medicalización generalizada o la machacante presión para el consumo compulsivo —y el materialismo—.
Por otra parte, algunos grupos que desafían al poder también emplean la ingeniería social para el logro de sus objetivos. La guerra o guerrilla insurgente, por ejemplo, que tanto afecta a la población de los escenarios bélicos. O la táctica terrorista; una forma de inyectar miedo en una sociedad concreta, influyendo en sus pautas y costumbres.
Cuestión capital para entender la dominación en la vida cotidiana que unas personas ejercen sobre otras es el género. Estudiosos de la antropología y la política no llegan a ponerse muy de acuerdo en la lectura de este asunto —de hecho hay visiones absolutamente contrapuestas al respecto— y yo he de decir que, en este tema, tampoco tengo el punto de vista suficientemente depurado que me gustaría poseer. Para empezar, ni siquiera los términos «género» y «patriarcado» gozan de una definición precisa y hay quienes los aplican o no a según qué realidades. Porque, tratando nuevamente de fugarnos de nuestra prisión etnocéntrica, no está claro que la desigualdad de roles entre sexos, incluyendo el reparto de tareas, represente necesariamente diferencias de poder, de prestigio o algún tipo de subordinación. Clastres, por ejemplo, en el capítulo «El arco y el cesto» de su obra «La sociedad contra el estado», estudia detenidamente el desglose de funciones según sexos entre los guayakíes, una tribu amazónica en la que no observa diferencias materiales ni de poder entre sus miembros. De su descripción no se desprende subordinación alguna de la mujer hacia el hombre. De hecho, la tribu estudiada practica la poliandria y Clastres refiere varios casos de homosexualidad perfectamente integrados en su seno. Sin embargo, hay grandes diferencias entre ambos sexos: tipos de tareas que realizan, instrumental que utilizan, formas de expresarse, de relacionarse con el entorno, de cantar. Algunas de ellas consagradas mediante el tabú. De ello no cabe deducir que toda sociedad no-estatal sea igualitaria en cuanto al poder de decisión o acceso a los recursos. La antropología nos muestra no pocos casos de grupos humanos de ese tenor en los que la mujer está subyugada por el varón; pueblos poligámicos e incluso algunos que comercian (o intercambian) mujeres cual si fueran objetos. En las propias tribus estudiadas por Clastres la función de jefatura, que no aporta poder de decisión sobre el colectivo pero sí prestigio, es invariablemente ocupada por varones.
Para empezar a cortar el paño quizá sea bueno distinguir dos realidades: el reparto de tareas según sexos por una parte, y la preeminencia masculina en distintos sentidos por la otra. En la actual sociedad occidental se ha heredado una situación en la que ambas cosas concurren y la citada preeminencia masculina —que podemos llamar aquí «patriarcado»— se apoya con fuerza en el reparto de tareas y en las diferencias culturales entre sexos: lo que habitualmente se denomina «el género». Como decíamos, no está claro que siempre haya sucedido tal cosa: que el género —las características diferenciadas que la sociedad atribuye a cada sexo— desemboque en patriarcado. Incluso podríamos decir que, en caso de que efectivamente así hubiera sido, nada impide —en pura teoría— una relación igualitaria entre personas de distintos sexos que desempeñan, a su vez, diferentes funciones.
En cuanto a la primera parte, la especialización, sin entrar en demasiadas honduras, podemos concluir que entre las primitivas comunidades humanas y pre-humanas que vivían de los recursos que podían obtener directamente del medio natural hay una razón clara para que se dé, al menos, cierto reparto de tareas: la reproducción. Que implica embarazo, parto y alimentación-cuidado de crías que precisan periodos muy largos, mayores que en cualquier otra especie, para ser autónomas. Por una cuestión de optimización del esfuerzo en una sociedad no basada en la distinción entre individualidades, sino en la pertenencia al común, no carece de lógica que los individuos no afectados directamente (en lo biológico) por esta función de vital importancia para la pervivencia del grupo, sustituyan durante el periodo reproductivo a quienes sí lo están, en aquellas otras tareas básicas que éstas no pueden atender o que les supone un esfuerzo añadido hacerlo. De este reparto resulta un bien que afecta a todas las partes (16).
De lo dicho emanan otras lógicas posibles: que la especialización no se circunscriba al periodo reproductivo sino que termine por extenderse a la vida completa de cada sexo dando lugar así al género. Que el sexo encargado de la reproducción aproveche su menor movilidad a causa de ello para, además, asumir otro tipo de tareas «logísticas» (cocinar, mantener la vivienda, atender ancianos y enfermos, confeccionar ropa y utensilios…), etc. Cabe entender que, al ser igualmente necesarias para la sociedad las funciones desempeñadas por cada sexo, ningún tipo de especialización tendría porqué proporcionar prestigio o poder, o suponer agravios comparativos. De hecho, no falta documentación sobre sociedades primitivas (orgánicas, las llama Bookchin) del neolítico y de la actualidad, matrilineales, matrifocales y/o matricéntricas (no matriarcales en sentido estricto, concepto que se refiere a dominación del sexo femenino sobre el masculino, de lo cual no constan evidencias); es decir, en las que las mujeres detentan las funciones (identidad de linaje, decisión sobre cuestiones económicas, interlocución externa, elección sexual…) que desde el contexto jerárquico y patriarcal de Occidente se consideran centrales. Esta supuesta «centralidad», conviene subrayarlo, al contrario que en las sociedades patriarcales, no se traduce en dominación-subordinación entre sexos.
La propia entrada de la Wikipedia sobre el patriarcado (marzo 2018) señala su origen en el momento en que la especie humana se sedentariza y comienza a dedicarse en forma amplia a la agricultura. La necesidad de producir, conservar excedentes y defenderlos del asalto de grupos externos hizo precisa una alta demografía. Todo esto recuerda mucho a lo que decíamos sobre el origen del estado. En las precedentes tribus nómadas —según la enciclopedia virtual—, la movilidad era condicionante de que se tuviera poca descendencia, lo que impedía que surgieran grandes diferencias operativas entre ambos sexos. En la sociedad sedentaria la mujer se especializará en tener un gran número de hijos y el hombre en la obtención y defensa de los recursos. Esta forma extremada de la especialización está determinada por una organización social amplia y compleja, y ya no vinculada directamente al medio. En ella el hombre atiende la labor y el ganado y se entrena para la guerra, acaparando las funciones políticas, mientras que la mujer permanece en el ámbito doméstico (estoy simplificando mucho), dedicada a la reproducción y a la cría. Tal situación produce la emergencia, con carácter general, de la jerarquía y, en buena lógica, la dominación del sexo femenino por el masculino. La clave del patriarcado, según esta lectura, sería el factor reproductivo en el contexto de una organización social de alta concentración.
Repasando la historia universal, y sin necesidad de hilar finísimo, puede afirmarse que, desde que en Occidente existe el poder concentrado (esto es, el estado en cualquiera de sus formas), el patriarcado está presente en él de forma inherente. Cualquier imperio de la antigüedad, incluyendo Roma en todas sus épocas, estuvo definido por una neta preeminencia masculina en lo político, lo económico y lo cultural. Los pueblos que conquistaron Europa a la caída de Roma eran patriarcales, como también lo era la Iglesia Católica, que actuó como reservorio ideológico en la Edad Media, sobre todo en su primera mitad, ese momento en el que algunos quieren ver un igualitarismo entre sexos en el norte cristiano de la Península Ibérica. Patriarcal continuó siendo la sociedad occidental a lo largo de la Edad Moderna y —a pesar de la Ilustración— hasta nuestros días. Pienso que la clave principal hay que buscarla en el factor reproductivo. Siempre que la mujer, sometida al reparto cultural extremado de tareas, jugó un papel secundario en la obtención del sustento y la defensa violenta del mismo y estuvo fundamentalmente dedicada a la logística de la vivienda y la reproducción, se encontró en una situación de dependencia frente al varón. Circunstancia que —a diferencia de otras sociedades— fue recurrente a lo largo de la historia de Occidente, podríamos decir, hasta antesdeayer.
No obstante, en ciertos ámbitos de campesinos y ganaderos minifundistas basados en la cooperación, el patriarcado pudo llegar a atenuarse mucho —nunca desaparecer por completo (la «auctoritas», nominal cuando menos, del «paterfamilias», está más que documentada para todo tipo de sociedades a lo largo y ancho de la historia de Europa)—. En estas sociedades el concepto higiénico y gastronómico era muy distinto al actual. Mantener limpia y en orden la vivienda y las pocas pertenencias o hacer la comida no requería demasiado tiempo. La optimización de recursos que suponía la atención de personas dependientes entre los miembros de una familia extensa (y más allá, mediante mecanismos como, por ejemplo, la lactancia compartida), permitía liberar mucho tiempo de las mujeres para la producción de alimentos. Así, podían desempeñar esas tareas de forma casi paritaria —mayor en algunos casos— a la de los varones, lo cual les daba mayor presencia política en su comunidad y en la familia (17).
Como contrapunto a esta situación, desde finales del siglo XIX, por efecto del proceso de aburguesamiento que le venía sucediendo a la clase obrera, muchas de las mujeres de ese sector, residentes en ciudades, acaban recluidas en sus viviendas monofamiliares, dedicadas a cocinar, limpiar, lavar y criar hijos mientras sus maridos trabajan en las fábricas y departen luego en el bar. Esta situación, que estuvo perfectamente normalizada en todas las clases sociales en las décadas centrales del siglo XX (ama de casa, profesión «sus labores»…) y que, en forma menguante, ha llegado a la actualidad, supuso, en su día, un impulso de la dinámica patriarcal y, opino, es en buena parte, la causa pretérita de las actuales tasas de desigualdad laboral, remunerativa, de presencia en determinados cargos y funciones en el seno de la sociedad capitalista, que tanto dan que hablar. El paradigma que se implanta en estos momentos representa la asunción por parte de la industria capitalista del reparto de roles que era propio del mundo tradicional. El empresario, mediante la figura del trabajador varón, remunera a toda la familia, la cual es una comunidad de bienes en todos los sentidos. Se vincula la correcta productividad de un trabajador masculino con la «liberación» de una mujer para que pueda desempeñar las tareas domésticas y atender a las personas dependientes. Obviamente, de esta dinámica, mediatizada, además, por un tercero en búsqueda única del beneficio económico y la acumulación de capital, solo puede resultar fortalecida la desigualdad entre sexos.
Si bien las grandes plumas de la Ilustración no tuvieron prácticamente en cuenta al sexo femenino en sus propuestas de cambio social, sí puede decirse que es a partir de este momento cuando nace la toma de conciencia antipatriarcal. Es de cajón que de la reflexión sobre la igualdad, antes o después, debe surgir el tema de la desigualdad entre sexos. De hecho, es también una obviedad, el patriarcado no es compatible con la cosmovisión de la modernidad. Desde finales del siglo XVIII ya existe literatura feminista (18), y si la desigualdad de sexos perdura, ello tiene que ver sobre todo con el hecho de que, entre las capas sociales que por su grado de instrucción son susceptibles de conocer esta nueva sensibilidad, se mantiene una división funcional de tareas que perpetúa el estado de dependencia económica de las mujeres hacia sus maridos. Sin minimizar, desde luego, la fuerte impronta cultural-ideológica heredada que supone el patriarcado, la cual no es superable así como así.
En el siglo XX las cosas comienzan a cambiar en Occidente. Existe un feminismo organizado que se ubica, fundamentalmente (aunque no solo), en el seno de los partidos y organizaciones socialdemócratas (19). Así, su objetivo principal será la obtención de derechos civiles para las mujeres. Especialmente el voto. Posteriormente aparecerán corrientes feministas, denominadas de tercera y sucesivas olas (existe cierta controversia en la nomenclatura), que ampliarán el foco hacia las restantes consecuencias prácticas del patriarcado, mestizándose, asimismo, con todo tipo de ideologías y dando lugar a enfoques y propuestas bastante variadas, que no me voy a detener a pormenorizar aquí.
A partir de la segunda mitad del siglo XX el heteropatriarcado comienza a perder terreno en las sociedades occidentales. El punto de vista feminista y el de los colectivos de homosexuales, a través de movimientos sociales y partidos políticos progresistas, comienza a estar presente en el poder estatal y en los medios de comunicación. A ello hay que añadir la instrucción masiva, que consigue extender el estándar cultural moderno y el pensamiento cartesiano a todas las capas de la sociedad. La tecnología, por su parte, acaba con la mayoría de determinantes de tipo físico que hacían que fuese más productiva la presencia del sexo masculino en según que tareas. Incluso abre a la participación masculina una cuestión que venía siendo tan importante para la permanencia de la mujer en casa como la lactancia. Pero lo realmente trascendente es el cambio de hábitos: la reducción drástica de la natalidad —llegándose en muchos lugares al crecimiento cero e incluso negativo— y, como consecuencia (o causa; más bien retroalimentación) de lo anterior, la incorporación de un elevado porcentaje de mujeres a los estudios medios y superiores, y al mercado de trabajo asalariado, hecho que logra, por fin, romper los vínculos de dependencia económica entre sexos y tiene un gran impacto en el imaginario social. Aunque parezca mentira, podría decirse que nada ha hecho más daño a la cultura patriarcal a lo largo de la historia de Occidente, que la necesidad —o el interés— del capitalismo moderno (incluido el capitalismo de estado de los países soviéticos) de integrar a las mujeres en sus centros de trabajo. Con el propósito de contar con más personas produciendo pero, sobre todo, obteniendo, con su salario, el poder adquisitivo necesario para que el «mercado», la sociedad de consumo, pudiera acrecentar sus dimensiones.
La idea, empero, de que una participación igualitaria en las tareas productivas (fuera del hogar) es sinónimo de fin del patriarcado debe ser matizada. Podemos constatar realidades sociales en las que tal cosa no es así. Por ejemplo, es común en amplias áreas de América Latina (imagino que ocurre lo mismo en otros lugares) el hecho de que mujeres que producen tanto o más que sus parejas masculinas, se encuentren fuertemente subordinadas a éstas habiendo de padecer, incluso, su parasitismo económico, el maltrato, la infidelidad sexual unilateral normalizada o el abandono frecuente. En nuestro ámbito cercano hemos sido testigos de una situación que, si bien se encuentra en declive, todavía mantiene vigencia: la primera generación femenina que se incorporó masivamente al trabajo por cuenta ajena hubo de comprobar cómo ello no le liberaba de las tareas domésticas. Cómo éstas habían de ser desempeñadas por ella —y no por el varón— al regreso de ambos al hogar, tras cumplir con la jornada laboral. Así era en mi familia, sin ir más lejos. Entiendo que estas situaciones se encuentran relacionadas con procesos de transición. Como se sugería arriba, la impronta cultural del patriarcado no es algo que pueda desaparecer de un día para otro. Aunque varíen las circunstancias objetivas que generan y alimentan la desigualdad entre sexos, desarraigar el patriarcado de las estructuras mentales y culturales es algo que va mucho más lento y que, según en qué casos, puede demorarse generaciones. En el nuestro, creo que es fácilmente comprobable el hecho de que hay un cambio en marcha en tal sentido. A medida que transcurren las generaciones, la tendencia de los roles de género a difuminarse y la disminución de la influencia de la educación paterno-materna y familiar en sentido amplio (en beneficio de, por ejemplo, la que se ejerce desde la escuela, los medios de comunicación, etc.), hacen cada vez más difícil que esos patrones tradicionales, los cuales solo se materializan de forma intermitente y discontinua, se vayan transmitiendo. Más teniendo en cuenta que hay una nada desdeñable —y creciente— presión social en su contra. Argumento que, por otra parte, no ha de llevar al sofisma de que como el proceso, de algún modo, es automático e inexorable (estructural), toda lucha feminista está de más. Que se den esas luchas, es obvio, acelera la transición.
Tal proceso, como se apunta, sucede con ritmos distintos en cada área geográfica y, dado que hoy, incluso donde más se ha avanzado, persisten algunas tasas de discriminación, puede decirse que en ningún lugar ha concluido. Empieza en los estados del norte de Europa. No por casualidad éstos son los primeros donde cae la natalidad y donde se establece en fechas tempranas un sólido, y no superado, estado de bienestar (ambas cosas parecen ir de la mano). Algunas películas españolas de los años 60 y 70 muestran el estupor de la sociedad ibérica ante las costumbres «liberales» de las turistas nórdicas. La abundancia económica permitirá prestar apoyo institucional suplementario a la incorporación de la mujer al trabajo: instauración de bajas remuneradas por paternidad y maternidad, legislaciones laborales que aseguran la lactancia, guarderías… En otros lugares los cambios van con alguna que otra década de retraso. En el sur de Europa es posible que —nos acordamos de Max Weber al hacer esta especulación— la influencia del catolicismo, muy importante hasta fechas recientes, haya ralentizado el proceso. En otros lugares del mundo, por ejemplo América Latina, lugar en el que se experimenta una concreta y compleja confluencia entre formas culturales tradicionales del mundo indígena, la herencia de la cultura colonizadora española y portuguesa, y la violenta y acelerada aplicación de formas económicas capitalistas depredadoras —todo ello afectado por la tardía importación de los contemporáneos estándares culturales europeos y norteamericanos—, el patriarcado, que allí tiene connotaciones propias y diferenciadas según estados y sub-regiones, apenas está iniciando su retirada.
Aunque la definición de que el patriarcado es una más de las «estructuras estructurantes» que operan en la actual sociedad tiene hoy numerosos y activos detractores, no creo que tal idea pueda ser puesta en tela de juicio. Cualquier hombre (o mujer) que se esfuerce en analizar la realidad con un mínimo de objetividad y desapasionamiento podrá reconocer, más allá de los datos escandalosos que salen en los medios de comunicación, numerosas situaciones de pequeña ventaja del varón frente a la mujer. Baste pensar —generalizando— en quiénes se suelen levantar y quiénes permanecen sentados para poner y retirar platos en los banquetes familiares. Quién baña, da la cena y acuesta a la persona anciana que no ha sido ingresada en un geriátrico. Entre muchos ejemplos similares que podríamos nombrar. Generalizando, repito, que sus excepciones las hay. Hoy pocos —casi nadie— defienden en Occidente, al menos de forma pública, algún tipo de supremacía del varón sobre la mujer. Lo que no impide que situaciones como las descritas sigan sucediendo. Ello es así porque todavía existen importantes reminiscencias —más y menos soterradas según el nivel cultural y la extracción social de las personas concernidas— de la ideología que legitimaba y normalizaba el patriarcado (20).
A día de hoy, esta cuestión y sus implicaciones (violencia física y sexual hacia las mujeres, diferencias salariales, de presencia en puestos de prestigio…), a pesar de su mengua paulatina, está dando mucho que hablar en Occidente. Desde hace unos años se ha multiplicado la atención mediática y social hacia el tema. Hay quien afirma que de forma inducida desde el poder. Yo soy poco amigo de querer ver manos negras y señores en cuartos oscuros tramando conspiraciones. Pero sí es cierto que en este asunto, tal vez, podría estar dándose una confluencia de intereses, más o menos casual, entre la reivindicación feminista —especialmente en su versión más institucional— y los objetivos implícitos del poder estatal y económico. No hay más que ver cómo grandes próceres políticos de izquierda y derecha, personajes famosos e importantes empresas capitalistas se suman a la causa. Uno de los fines del biopoder, según Foucault, es el de atomizar la sociedad disolviendo en lo posible los vínculos privados entre sus miembros. Hay quienes señalan que el encendido debate mediático sobre el patriarcado y, concretamente, sobre lo que se da en llamar «violencia de género», y las medidas legislativas punitivas que se vienen implantando por doquier al respecto, no hacen otra cosa que cavar un foso de desconfianza y recelo entre ambos sexos, dinamitando, entre otros, los fundamentos de la última célula social que mantiene algo de vida propia y cierta autonomía con respecto al estado: la familia. No hay ya capitalismo que aliena y expropia a las personas, mundo rico viviendo a costa del mundo pobre, sino solo hombres oprimiendo y maltratando a mujeres en el civilizado Occidente. Con independencia de que dichas opresión y maltrato son reales, sería deseable poder opinar —sin arriesgarse a sufrir ningún tipo de linchamiento— sobre los posibles aprovechamientos de su éxito mediático por parte del poder.
Los antiguos estados del bloque soviético, nunca pilotados por mujeres como se dijo, ni tampoco libres de discriminaciones y techos de cristal, sí tuvieron como una de sus más reconocibles políticas la igualdad de género. Es decir, el objetivo de reducir, minimizar, todo tipo de diferencia social, política y aun cultural entre varones y mujeres. Este tipo de ingeniería social tiene hoy su continuidad. Por ejemplo, en los discursos e iniciativas que, por distintas razones, definen como incorrecto, y a corregir, el mayor vínculo de las mujeres con la vida familiar. O que tratan de que los niños jueguen con muñecas y las niñas con camiones. Igual número de hombres y mujeres trabajando en la guardería y en la mina (o en el ejército). La «discriminación positiva» (cuotas, listas cremallera)… Sería largo y complejo (aunque no se debe desistir por ello) analizar y debatir la pertinencia de estas y otras líneas políticas de actuación que pretenden —se supone— el establecimiento de una sociedad igualitaria entre sexos (21).
Por otra parte, lo que sí es cierto, como se dijo, es que la actual lucha contra el heteropatriarcado pone en cuestión el modelo de familia nuclear que venía siendo indiscutido hasta hace poco. Es obvio que cabe alegrarse de que el tipo de familia monoparental o integrada por personas homosexuales esté paulatinamente obteniendo la aceptación social. Siempre y cuando no lo haga denostando el modelo anterior. La modernidad destruyó en su día el vínculo comunitario de las sociedades agrarias minifundistas y la familia extensa. La posmodernidad parece ir hoy contra la familia biparental heterosexual de carácter permanente, a la que juzga opresiva y limitante de la libertad individual. Además de tildarla —qué mejor coartada— de reducto del patriarcado. Ya he comentado en capítulo anterior mi opinión sobre este tipo de deriva hacia el individualismo total.
Notas
13- El filósofo germano-coreano Byung-Chul Han (1959), muy de moda últimamente, acomete una revisión de la teoría del poder de Foucault a la luz de las nuevas circunstancias del presente. En su opinión, la clave de la dominación del poder sobre la vida y el logro de la atomización social, hoy, no se basa en la negación, en la negatividad (vigilancia y castigo), sino en la positividad: una abundancia de opciones perfectamente interiorizada, que somete al individuo a una dinámica y un ritmo vital frenético, convirtiéndolo en «emprendedor de sí mismo», un engranaje de la máquina que no deja nunca de girar y que lo hace de forma autónoma (y automática). En su obra «La sociedad del cansancio» (2010) afirma que: «La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento. Tampoco sus habitantes se llaman ya “sujetos de obediencia”, sino “sujetos de rendimiento”. Estos sujetos son emprendedores de sí mismos. Aquellos muros de las instituciones disciplinarias, que delimitan el espacio entre lo normal y lo anormal, tienen un efecto arcaico. El análisis de Foucault sobre el poder no es capaz de describir los cambios psíquicos y topológicos que han surgido con la transformación de la sociedad disciplinaria en la de rendimiento. Tampoco el término frecuente “sociedad del control” hace justicia a esa transformación. Aún contiene demasiada negatividad.»
14- Una curiosa excepción a lo dicho es la trayectoria histórica del pueblo gitano en Occidente. Una sociedad nómada, endogámica, constituida desde su propia tradición, creencias y sistema de autoridad. Presente en Europa desde hace más de medio milenio (está datada su llegada a la Península Ibérica en el siglo XV), funcionó paralela y transversalmente a la sociedad dominante, obteniendo de ésta su modo económico de vida pero sin disolverse ni mestizarse apenas con ella. La historia del pueblo gitano en Europa está jalonada de infructuosos intentos por parte del poder de asimilarla y aun destruirla físicamente. La persecución a la minoría refractaria gitana fue una constante en Europa durante toda la era moderna y aun contemporánea: esterilizaciones y abortos forzados, deportación, expulsión, intentos de asimilación forzosa, esclavización, reclusión y, finalmente, intento de exterminio fueron los métodos utilizados. También en España. Es, sin embargo, la positividad y no la negatividad la que está logrando la «normalización» del pueblo gitano. La vertiginosa evolución de la sociedad de consumo, en lo cultural y lo tecnológico, ha dejado en fuera de juego sus sistemas económicos tradicionales, que no han podido adaptarse a la suficiente velocidad. Así, se han visto obligados a la sedentarización y a una paulatina —aunque lenta— incorporación al sistema laboral asalariado. La escuela y la televisión están haciendo el resto. Cabe destacar que la gitanofobia ha sido y es una constante en las sociedades en las que esta cultura ha estado presente. Lo cual es indicativo del nivel de «interferencia» que es capaz de causar al sistema occidental una minoría no integrada. También merece señalarse que el proceso de asimilación de los gitanos a la sociedad tecnológico-urbanita no está sucediendo sin disfunciones y conflictos de diverso signo, como pueden comprobar muchas personas que residen en barrios con fuerte presencia de esta etnia.
15- Desde algunos sectores del poder político y económico, incluyendo el feminismo institucional, se plantea legalizar de derecho algo que siempre lo estuvo de facto: la prostitución. No es el machismo rancio quien lo reivindica, que sería lo normal, sino el progresismo ilustrado. Obviando el problema de la prostitución forzosa o por causas de pobreza económica, circunstancias que enmarcan ampliamente el fenómeno en la actualidad, el discurso llega a hablar de «empoderamiento de la mujer», la cual, así, habría de ser liberada de tabúes y leyes patriarcales, a fin de poder utilizar su cuerpo, incluida su dimensión sexual —e incluso reproductiva—, en cualquier forma que pudiera desear: como una posibilidad más de obtener dinero, si tal es su libre e individual decisión. No conviene olvidar, por otra parte, que esas mismas voces que no encuentran diferencia entre ofrecer el cuerpo como fuerza de trabajo en el mercado asalariado y comerciar con la propia sexualidad, en cambio sí hacen una enorme (y apropiada) distinción cuando una persona es agredida, en función de si la agresión tiene o no carácter sexual. La argumentación en defensa del derecho a prostituirse añade la exigencia de que este «trabajo», considerado como cualquier otro en el marco capitalista, goce de la «protección» del estado. Esto es, el derecho a beneficiarse del sistema de cobertura laboral pagando —esta vez en dinero y no con carne, aunque de ella procede—, periódicamente, al estado por ello. Aún más allá, un sector de esta progresía reivindica la plena normalidad, social y legal, de lo que se llama eufemísticamente «maternidad subrogada»; el poder comprar de encargo (quien se lo pueda permitir) hijos gestados en un vientre ajeno. De una mujer joven que ha decidido «libremente» prestarse a ello, claro. Hay todo un mercado conformado por parejas homosexuales con gran poder adquisitivo, por famosos millonarios con poco tiempo para dedicar a esos menesteres o por parejas que, simplemente, más allá de la clásica adopción, prefieren comprarse un niño de estas características para «no perderse» los primeros compases de la paternidad. No se puede cosificar/mercantilizar más al sexo femenino y a los propios bebés. En algunos países empobrecidos existen ya «granjas» de mujeres dedicadas a este menester. Por ahora no se habla, al menos en España, del derecho legal a vender propios órganos, que encajaría perfectamente en la lógica expuesta, pero todo llegará.
16- La tradición feminista de inspiración marxista afirma que el patriarcado surge cuando la aparición de las clases, en algún momento de la historia, da lugar a la especialización en el trabajo. En este contexto, el poder masculino —que, de alguna manera, sería protocapitalista— subyuga a las mujeres, controlando su factor reproductivo y obligándolas a las tareas «inferiores». La idea procede de «El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado», un libro que Engels escribió en 1884 apoyándose en algunas notas de Marx y, sobre todo, en «La Sociedad Antigua» (1877), obra del antropólogo Lewis H. Morgan. Este esquema, muy arraigado, y que no se opone frontalmente a lo que trato de exponer aquí, falla, en mi opinión, cuando evita poner su mirada comparativa en las actuales sociedades primitivas y, aun, en el comportamiento de las especies animales más próximas. La especialización por sexos es previa a la aparición de cualquier tipo de forma estatal o acumulación económica. Incluso a la «sapientización» de los homínidos. No creo que eso sea discutible. Lo que es posterior es asignar poder y prestigio a unas funciones en detrimento de otras. Si hay que hablar de patriarcado en relación al reparto de tareas debería ser en estos términos y no en aquéllos.
En una línea similar, ha tenido cierta influencia la obra escrita en 2004 por la neomarxista y feminista Silvia Federici «Calibán y la Bruja. Mujeres, Cuerpo y Acumulación Originaria». En ella, apoyándose en datos e interpretaciones históricas más y menos controvertidas, establece un vínculo bastante unidireccional entre patriarcado y capitalismo, relacionando la emergencia de este sistema económico y la destrucción del sistema rural descentralizado que lo precedió, con un proceso de subyugación y pérdida de autonomía de las mujeres. Todo ello en el marco de las nuevas necesidades productivistas del capital. Destaca especialmente la persecución y ejecución de las señaladas como «hechiceras”, acción con la que, según su interpretación, se procedió a una sistemática destrucción de los roles autónomos de la mujer.
17- Algunos manuales de antropología señalan la comarca de La Maragatería, en León, como uno de los puntos de posible matriarcado en la península. Entiéndase matriarcado en sentido figurado; sinónimo de un patriarcado de muy baja intensidad. Muchos maragatos, tradicionalmente eran arrieros, los transportistas peninsulares históricos por excelencia. La prolongada ausencia de los varones a causa de sus viajes hacía que fueran las mujeres las que, de facto, gestionaran y gobernaran la casa, la hacienda y la vida familiar, dando lugar así a numerosas costumbres que remarcan el peso femenino en la comunidad. Por su parte Julio Caro Baroja, en su obra antológica «Los Pueblos de España» (1946), refiriéndose a La Cabrera, comarca interior de los Montes de León, dice que: «como ejemplo característico de viejas prácticas de fisonomía matriarcal que no se hallan uniformemente, podemos poner la costumbre de las «ceibas» o emparejamientos, propia del territorio de la Cabrera Baja. Consistía en el emparejamiento de mozos y mozas que en el período de verano, de mayo a octubre, dormían juntos en los «palleiros» de los pueblos después de que los hombres solicitaban a una mujer y ésta aceptaba, costumbre que puede compararse muy bien con las de licencia sexual y vida particular de los solteros en parejas, en determinadas chozas y graneros, que los etnólogos han encontrado en pueblos agrícolas y matriarcales…» También me parece interesante la recuperación de la memoria de la siguiente costumbre arcaica, recogida en el libro de Argimiro Crespo Pérez «Cartas a Minerva. Relatos, Costumbres, Leyendas y Canciones de las Comarcas de La Carballeda y Sanabria en la Provincia de Zamora» (1990): «La palabra rebecar se decía en la comarca de La Carballeda, mientras que rebrincar se usaba en la comarca zamorana también y limítrofe, de Aliste (…) Es la acción de luchar para medir la fuerza, el temperamento y el carácter entre mozos y mozas. No era una lucha brutal ni agresiva, pero como en todas las competiciones gustaba y se deseaba quedar vencedor y no vencido y humillado. Estas luchas o rebeques surgían espontáneos en las majas, trillas, en el concejo, en los grupos que en las tardes soleadas se reunían a la puerta. Solo se necesitaba la iniciativa de una de las partes; con mucha frecuencia era la moza, la hembra la que provocaba al mozo.» Algunas cuestiones similares se refieren en el contexto vasco y en otros lugares del ámbito rural pretérito.
18- Dejando aparte algunos precedentes premodernos, es en torno a la Revolución Francesa cuando surgen las primeras expresiones de feminismo político-intelectual. En 1791 Olimpia de Gouges, publica su «Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana», tratando de completar el documento dos años anterior «Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano». En 1792 Mary Wollstonecraft redacta en Inglaterra la «Vindicación de los Derechos de la Mujer». Ambos escritos reivindican la igualdad de derechos civiles, laborales, educativos, jurídicos, etc. Su trabajo será continuado, en las primeras décadas del siglo XIX, por escritores varones como Condorcet o Stuart Mill, dando lugar así al llamado «feminismo liberal», que entroncará con la generación llamada «de segunda ola», conocida, sobre todo, por el movimiento sufragista.
19- Por su parte, los estados del bloque soviético, o simplemente comunistas, habitualmente se han posicionado en contra del patriarcado, en cuya pervivencia han querido ver una consecuencia más de la «podrida» sociedad burgués-capitalista. Sin embargo, a pesar de desarrollar algunas políticas homogeneizadoras, contrarias a ciertas identidades de género, como muestra un botón, la presencia femenina en los altos puestos gubernamentales (o militares) de dichos estados ha sido irrisoria. De hecho no recuerdo uno solo de ellos que haya sido presidido por una mujer. Con pocas excepciones, lo dicho es trasladable a la mayoría de partidos y organizaciones comunistas europeas del siglo XX.
20- Dado que la función reproductiva es la razón fundante de la cultura patriarcal, será su objeto de mayor preocupación. Así, el marido se convertirá en el guardián de la capacidad reproductora de su esposa e hijas. Éste es el principal motivo de la obsesión con lo sexual de la religión cristiana (y de otras, como la musulmana, propias asimismo de sociedades patriarcales). Extendido a cualquier relación de tipo sexual, el paradigma tiene vigencia, por ejemplo, en las comunidades actuales de adolescentes, entre las cuales se dan sorprendentes —por supuestamente anacrónicos— episodios de vigilancia y control de las relaciones sociales y cibernéticas de las jóvenes por parte de sus «novios». Por otra parte, cabe recordar que en el ámbito doméstico, o en la pequeña comunidad aún no sometida a la vigilancia e intervención del poder estatal, la violencia física era un recurso muy habitual para implementar todo tipo de soluciones: desde la educación de los hijos a la defensa del patrimonio, pasando por la resolución de conflictos interpersonales. Por ello no tiene nada de extraordinario que su uso estuviera normalizado socialmente para mantener la autoridad patriarcal. Traigo a colación esta cuestión para señalar que la violencia privada no es intrínseca a las relaciones entre sexos, sino que responde a un espectro más amplio. A día de hoy, el uso privado de la violencia, especialmente la que se aplica por motivo patriarcal, resulta extemporáneo y, tras ciertas campañas mediáticas, objeto de fuerte estigma social. Obviamente, cabe alegrarse de esta evolución, que sería deseable fuese extendida hacia otro tipo de violencias; las que sigue ejerciendo impunemente el poder, por ejemplo.
21- Cabe añadir que no todas las líneas del feminismo abogan por esta equiparación de roles. Algunos grupos, ya en la primera mitad de siglo XX, reivindicaban la igualdad de derechos sin que las mujeres hubieran de renunciar a los rasgos culturales de su sexo. La organización anarquista —integrada en la CNT— «Mujeres Libres» llega a afirmar en 1936, en la edición número uno de su periódico homónimo: «El feminismo lo mató la guerra dando a la mujer más de lo que pedía al arrojarla brutalmente a una forzada sustitución masculina. Feminismo que buscaba su expresión fuera de lo femenino, tratando de asimilarse virtudes y valores extraños, no nos interesa; es otro feminismo, más sustantivo, de dentro a afuera, expresión de un modo, de una naturaleza, de un complejo diverso frente al complejo y la expresión y la naturaleza masculinos». Esta escora reivindicativa de lo femenino daría lugar hacia los años 70 al llamado «feminismo de la diferencia», un desarrollo del feminismo radical estadounidense que hace, precisamente, de la diferencia con los hombres la bandera de la liberación de las mujeres. Dicha corriente, coetánea de la eclosión de la posmodernidad, concediendo gran importancia a las formas distintas de concebir la sexualidad y la vida relacional, daría lugar a variados enfoques. Algunos crípticamente filosóficos. Otros, de tipo esencialista; focalizados hacia lo estrictamente femenino (maternidad, lactancia, lesbianismo…) o, en su dimensión política, negadores de y enfrentados a lo masculino.