
-Tienes que saber, madre, cómo son las cosas en un hospital militar, probablemente en cualquier hospital. Quien está allí tumbado y enfermo puede sentirse bien de dos maneras: una, porque pierda su nombre, su privacidad, su individualidad. Estás tumbado en la cama y eres sólo una enfermedad. Eres una fractura de cráneo, un tiro en el vientre, una fractura de pelvis. Eso sienta bien. En el hospital, unos jóvenes médicos ayudantes me contaron que la medicina moderna da valor a la idea de ocuparse de la persona en su conjunto. No considero esto ningún beneficio. Que me ahorren ser una persona completa. Tú estás tumbado como un número entre compañeros a los que no les va mejor que a ti. Y te tratan con simple objetividad. La mirada del médico jefe te sobrevuela. Tú sabes que él conoce el desarrollo de tu dolencia. Y tú estás insertado en el curso de la enfermedad, que es igual para todos y que él conoce bien.
-Eso no es bonito.
-La segunda… es completamente distinta. Uno está tendido en la cama, y por allí andan personas sanas. No son meros curadores, como se hacen llamar a sí mismos. Son sencillamente personas sanas, portadoras de salud, seres envidiados. A veces no se trata más que de un gato que sale de la cocina y se tumba al sol debajo de la ventana, o junto a la calefacción… o de un ramo de flores recién cortadas. Pero, especialmente, se trata de personas. Cuando son médicos o enfermeras, uno está allí tumbado y acecha la parte de salud, de fuerza, que ellos ceden. Uno se convierte en un simple vampiro. Los venera, los envidia, los ama. De ellos emana un constante aliento de vida y de fuerza.
-¿Así era Hilde?
-Te he contado un curioso capítulo de mi existencia hospitalaria. Uno cree que simplemente hace de enfermo, de médico o de enfermera. Pero un secreto lazo espiritual nos une. Muchos médicos y enfermeras lo intuyen en cuanto entran en las salas de los enfermos. Eso es lo que les empuja, creo yo, a la medicina. La mayoría solo se da cuenta después de dar vueltas entre las camas. En eso los métodos curativos solo tienen una importancia indirecta. Los médicos nos venden una esquinita de su cerebro, de su conocimiento, pero nosotros necesitamos más, cogemos más.
Extractado de la novela de Alfred Döblin «El regreso de las tropas del frente» (Vol II de la segunda parte de la trilogía «Noviembre de 1918»). Publicado originalmente entre 1939 y 1949.
Pocket Edhasa, Barcelona 2017