
Alfredo González Colunga.
La energía no tiene únicamente un «valor objetivo» en julios, o en
calorías. Para cada animal, para cada uno de nosotros, para cada
empresa, el valor de cada energía consumida es, sobre todo, el valor de
una oportunidad para consumir más energía futura. Si hoy me alimento ese
alimento tiene no sólo el valor energético que representa en calorías,
sino también el de todas las futuras comidas que me permitirá obtener.
En otras palabras: cada uno de nosotros proyectamos, sobre la energía
disponible restante, una sombra correspondiente a nuestras necesidades
energéticas futuras. Una especie de cono. Creciente porque, si todo va
bien, creceremos y nos multiplicaremos, y así nuestras necesidades
energéticas y las de nuestros descendientes (con sus propios conos de
necesidad energética futura) crecerán.
Sucede que si esas sombras se
proyectan sobre un horizonte con apariencia de disponibilidad energética
ilimitada, una especie de esfera con un radio realmente enorme, tan
grande que aún no haya sido localizado, pueden convivir. Es decir, si
hablamos de carne de pollo, y consideramos que podemos producir tanta
como necesitemos, entonces no hay problema. Las sombras de las
necesidades energéticas futuras de los distintos productores de pollos
son compatibles. Será el consumidor quien decida qué pollo comprará, y
la eficiencia triunfará.
Pero si las sombras de la necesidad energética futura de los distintos
agentes se proyectan sobre un horizonte energético de unas dimensiones
conocidas, una esfera cuyo radio sabemos que no va a crecer, esas
sombras comienzan a solaparse. Y cada solapamiento significará, antes o
después, un «o tú, o yo».
No es difícil distinguir entre productos que, al menos en apariencia,
pueden obtenerse ilimitadamente, y otros que no. Son casos diferentes la
carne de pollo y el petróleo. La carne de pollo se regenera. Podemos, en
apariencia, producir tanta cuanta necesitemos. El petróleo no.
Los economistas saben que en la Teoría de Juegos hay un nombre para cada
cosa, un nombre para los pollos, y otro para el petróleo. Mientras el
petróleo parecía inacabable los Jugadores, incluso los más pequeños,
podían llegar, siempre que fueran eficientes, a acuerdos del tipo «yo me
quedo con estos nuevos yacimientos, tú con aquellos», «yo seguiré
explotando por aquí, tu por allá», con posibles incrementos futuros del
consumo para ambos competidores. Se denomina a estas situaciones «Juegos
de Suma no Nula», es decir, aquellas en las cuales ambos contendientes
pueden salir beneficiados. En este caso, sí, las reglas neoliberales
tienen sentido.
Pero si se han encontrado los límites del objeto de competencia,
entonces lo que yo aspire a consumir de más en el futuro será,
necesariamente, algo que dejes de consumir tú. Si yo gano, tú pierdes.
También la Teoría de Juegos tiene un nombre para esto. El Juego se habrá
convertido en un Juego de Suma Cero.
Imaginemos que en el mercado del petróleo quedan diez empresas. Y un
millón de barriles por vender. Cada empresa ya tiene asignados,
aproximadamente, los barriles que puede vender, así que las reglas del
juego son ahora: cada empresa, si quiere crecer, no ha de ser más o
menos eficiente. Esto pasa a ser, dentro de unos márgenes razonables,
irrelevante, porque una empresa más eficiente aumentará sus beneficios
pero no crecerá (si acaso, al contrario), porque el número de barriles
que le quedan por extraer no crece. La nueva regla es: si quiere crecer,
una empresa deberá adquirir un rival. Todas las empresas quieren crecer.
Es su razón de ser. Así que todas tratarán de adquirir a otros rivales.
Si alguna no lo hace, peor para ella.
La mejor estrategia para cada empresa, por tanto, la estrategia
prioritaria, será -o debería ser- la de absorber empresas más pequeñas
con la intención de alcanzar un tamaño tal que le permita,
posteriormente, absorber empresas que son, en ese momento, de mayor
tamaño. Y esto antes de que lo hagan las demás. La empresa más pequeña,
salvo que comience rápidamente un proceso de fusiones, no tendrá ninguna
oportunidad de supervivencia, independientemente de su eficiencia o de
su rentabilidad.
Así que el juego deja de ser de eficiencias, y pasa a ser de tamaños. Y
de velocidad, lo que conduce a una aceleración del proceso. Y aún una
cosa más: la mejor estrategia para cada empresa, una vez descubiertos
los límites en la disponibilidad del objeto de competencia, es idéntica
queden reservas para 20 años o para 100.
La definición misma de beneficio ha cambiado. Mientras el petróleo
parecía inagotable beneficio suficiente era una diferencia entre
ingresos y gastos que permitiese mantener la estructura de cada empresa.
Que permitiese, en suma, su «saneado crecimiento». Ahora beneficio
suficiente será adquirir un tamaño tal que impida la absorción por
otros. No hay reglas de juego justas, no hay sana competencia por la
eficiencia y, desde luego, no hay posibilidad de elección, ni beneficio,
por parte del consumidor. El tamaño, y no la eficiencia, ha pasado a ser
el motor de la competencia. La empresa que se concentre en la
eficiencia, en el buen servicio, podrá ser competitiva, pero si no tiene
el tamaño suficiente será eliminada.
Para colmo de males el proceso, que comienza con el petróleo, se
extiende como una mancha de aceite por todos los procesos productivos.
La limitación energética limita, a su vez, nuestra definición de
materias primas, que no son otra cosa que las materias que necesitamos
en los procesos productivos y que cumplan la condición de ser
accesibles en función de la energía disponible. La aparición de una
limitación en la disponibilidad energética significa una limitación en
nuestra valoración de la disponibilidad de materias primas, por lo que
estas -y sucesivamente sus derivados, etc- entran también en Juegos de
Suma Cero.
Recapitulemos: una vez descubierta una limitación en la fuente
disponibilidad de la fuente de energía las variables económicas
principales son tamaño y velocidad de absorción. Y NO SON eficiencia
empresarial o beneficios para el consumidor. Una vez descubierta la
limitación en la disponibilidad de la fuente energética, el liberalismo
económico deja de funcionar.
Estas situaciones son tan viejas como la misma historia pero, caramba,
ahora felizmente sabemos mucho más que antes. ¿Qué hacer? En mi opinión,
lo siguiente:
Sobre todo, no olvidar que es un proceso crecientemente acelerado, que
al ser de Suma Nula aboca al enfrentamiento, y que es por completo
independiente de si aún queda petróleo para diez o para doscientos años.
Obviamente, dar absoluta prioridad a la localización de una nueva
energía de apariencia ilimitada que pueda generar nuevos Juegos de Suma
No Nula. Disponer de una energía así supondrá la generación de una
tecnología que hará, a su vez, reevaluar las materias primas disponibles.
Y, mientras esta energía es localizada, administrar el tempo del
proceso. Entre otras cosas observando, ante cada gran fusión, si
beneficiará al consumidor -es decir, si realmente persigue la
eficiencia- o si se trata de un simple caso de Suma Cero.
Por Alfredo González Colunga.