Hace falta coraje y solidez para enfrentarse a los precios que casi siempre la sociedad querrá cobrarnos por la osadía de enfrentarnos a ella, por el desplante de desconocer la inviolabilidad de sus mandatos o por la insolencia de pedir explicaciones a las actitudes de los más poderosos.
En el mes de abril se cumplió exactamente medio siglo, del día en el que el entonces secretario general del partido comunista, Nikita Kruschev denunciaba en el vigésimo congreso de su partido, los horrores cometidos durante el gobierno stalinista. El despótico hombre fuerte de todas las Rusias, Brozip Stalin, había muerto tres años antes, después de haber mandado matar a miles de opositores y a todos los viejos compañeros de la revolución de Octubre, entre ellos al mismísimo León Trotsky.

Kruschev decidió denunciar por primera vez, frente a un centenar de sorprendidos representantes partidarios como, despiadadamente, Stalin había encarcelado y torturado a miles de los que osaron oponerse a su autoridad, había ordenado deportaciones en masa para otros tantos y había mandado a recluir a todos los demás, de por vida en las cárceles de la helada Siberia. El secretario general relató con detalles los planes siniestros para oprimir a los países satélites de la entonces llamada Unión Soviética, aplastando en cada lugar a las fuerzas rebeldes con el poderío de la fuerza militar del soviet. Stalin no había escatimado crueldad para hacer saber al mundo, dentro y fuera de Rusia, que nada frenaría su intención de decidir los destinos de la parte del planeta que quedó bajo su «control» después de los acuerdos de Yalta.

Dicen los que asistieron que la situación era tan tensa que podía escucharse la respiración de algunos después de que el secretario general diera su minucioso e impresionante informe.

De pronto una voz se escuchó saliendo de entre las cabezas aglutinadas de los dirigentes. La voz preguntaba casi increpando a Kruschev:

«¿Y dónde estabas tú, camarada, mientras todo esto pasaba?»
Todos entendieron lo que la frase insinuaba sin decirlo. Nikita Kruschev había trabajado muy cerca del fallecido tirano, había sido depositario de su confianza, había sido parte de los dirigentes de aquella cruel etapa stalinista de la Unión Soviética. La pregunta ponía en evidencia que con su silencio el ahora denunciante había sido de alguna manera cómplice de las mimas infamias que en ese momento denunciaba.

El secretario Kruschev hizo silencio. La pregunta a viva voz había conseguido callar a todos.

«¿Quién dijo eso?» preguntó luego, con firmeza.
No hubo respuesta.

«¿Donde está el que hizo esa pregunta?», volvió a preguntar, estirando el cuello como buscando una mano levantada entre la multitud.

Rusia no era ya la Rusia de Stalin, pero estaba muy lejos de ser un modelo de democracia o un estado que pudiera garantizar la integridad de los que se oponían al régimen. Los servicios secretos del Soviet que luego se volvieron la famosa KGB seguían siendo poderosos y temibles.

Nadie contestó la pregunta de Nikita Kruschev.

Fue entonces cuando el secretario general del partido comunista dio la respuesta genial a la incómoda pregunta: «Ya que no te animas a decirme donde estás, voy a contestarte tu pregunta de manera que no te quede duda de mi respuesta. ¿Dónde estaba yo en aquellos días?… yo estaba exactamente en el mismo lugar y en la misma posición en la que tú estás ahora».

Todos hemos vivido situaciones en las que se nos hizo muy difícil hacernos en el centro de escena para denunciar un atropello o una injusticia y con mayor o menor éxito nos hemos planteado si debíamos o no animarnos a tamaña rebeldía.

Sin embargo, me apuro a aclarar, estoy absolutamente convencido de que todos somos capaces de esa cuota de sana osadía.

Todos podemos y muchas veces debemos animarnos a protestar, a interrogar, a cuestionar y a oponernos aun en minoría a los caprichos de algunos o las injusticias de muchos. Quizás las únicas condiciones que yo impondría serían: que podamos ejercer este derecho dentro del estado de derecho, que no involucremos en nuestra queja a quien no quiere estar involucrado y que nuestra forma de protesta o de rebeldía no esté diseñada para destruir a los que piensan diferente sino para sumarnos a los demás en la construcción de un mundo mejor.