Por Aristarco el Bolchevique (junio 2004)

Tanto en el clásico japonés “Los siete samuráis” de Akira Kurosawa, como en su versión norteamericana “Los siete magníficos” de John Sturges, un grupo de aventureros se reunía para socorrer a un pequeño pueblo asolado por malvados sin escrúpulos. Ninguno de esos siete tipos duros se habría sentido ofendido ni habría liquidado a alguien que le hubiera calificado como mercenario, puesto que no era otra su profesión.

paramilitares en Colombia
paramilitares en Colombia

A diferencia de estos dos casos cinematográficos, los mercenarios nunca se han distinguido a lo largo de la historia por trabajar altruistamente ni por ayudar a los pobres frente a los ricos, Robin Hood no era uno de ellos. Desde la antigüedad, y probablemente desde que el hombre es tal, ha habido guerreros sin patria ni ideología, dispuestos a ganarse la vida vendiendo su espada. A veces trabajaban para gobiernos, a veces para oligarcas o caciques, pero siempre para quien más les llenara los bolsillos.

En el Siglo XXI sigue existiendo la figura del mercenario, lo cual demuestra lo poco que ha mejorado la civilización en algunos aspectos. En la actualidad hay unos dos millones de estos asalariados de la guerra campando por nuestro planeta a sus anchas. Esta cifra se ha visto aumentada de golpe desde el fin de la guerra fría, tras la caída de numerosas dictaduras militares en Sudamérica y con el final del régimen racista en Sudáfrica. Los excedentes de aquellos ejércitos no tienen demasiada dificultad en encontrar empleo.

Hoy mismo, en Irak, el segundo grupo de ocupación armado tras el norteamericano es el formado por mercenarios. Hay unos 20000 paramilitares pertenecientes a distintas empresas, que principalmente se hallan allí para proteger pozos de petróleo, oleoductos, refinerías y a peces gordos. No obstante, según el Washington Post, estas empresas han comenzado a coordinar sus actividades en vista de lo fea que está la cosa, sobre todo desde que el 31 de marzo se pudo ver en las televisiones de todo el mundo a cuatro mercenarios siendo linchados por la resistencia iraquí.

El principal cliente de estas tropas de alquiler es el gobierno de George W. Bush, pagando salarios individuales que en algunos casos llegan hasta los 1000 dólares diarios, y llevando así a la práctica una privatización de la guerra en toda regla. Hasta el punto de que 30000 millones de dólares fueron aplicados a este fin en 2003, de los 87000 destinados ese año a la ocupación de Irak.

Entre los sujetos que se han dado cita como mercenarios en la ocupación de Irak se encuentran ex presidiarios diversos, comandos chilenos de tiempos de Pinochet o miembros de la policía secreta sudafricana de la época en que imperaba la brutalidad de blancos contra negros. Tal vez lo que más polvo ha levantado ha sido el descubrimiento de que dos de ellos estaban implicados en las recientes torturas a presos iraquíes.

Fuera de Irak, se les puede encontrar ofreciendo sus servicios en los lugares más dispares. En Angola y Sierra Leona protegen pozos petrolíferos y yacimientos de diamantes, en Méjico y en Colombia ejercen de fuerzas antiguerrilleras y las mismísimas Naciones Unidas les contratan para intervenir en ciertas zonas.

Las ventajas de estos ejércitos privados frente a los estatales pueden ser indudables vista la calaña de muchos gobernantes. En trabajitos sucios puntuales o en ocupaciones largas como la de Irak, pueden ir mucho más lejos en la aplicación de la barbarie, mientras que el gobierno contratante se lava las manos y dice aquello de: “me enteré por los periódicos”.

Lo paradójico de esta situación es que desde la segunda guerra mundial el uso de mercenarios quedó prohibido. Pero ya se sabe que la legalidad internacional depende del color del cristal con que se mire, y cuando este color es el del dólar la flexibilidad aumenta de manera ostensible. Para encubrirse mínimamente, las compañías dedicadas al tráfico de mercenarios se hacen llamar empresas de seguridad. Pretenden equiparar al vigilante del edificio de mi trabajo, cuyas mortíferas armas consisten en una porra y una linterna, con veteranos de varios conflictos bélicos, cuando no criminales de guerra, dispuestos a seguir ejerciendo de soldados.

Las principales de estas “empresas de seguridad” tienen su sede en Estados Unidos y en Gran Bretaña, y su volumen de negocio se calcula en 100 mil millones de dólares anuales. Resulta escalofriante echar un vistazo a la página Web de una de estas firmas, llamada Blackwater, afincada en el estado norteamericano de Carolina del Norte:

http://www.blackwaterusa.com/

Quien se halle un poco despistado pude pensar que se trata de la página oficial de una película de ciencia ficción que plantea un futuro dominado por militares fascistas. Sin embargo, es la dura realidad. Su logotipo habla por sí sólo, y (por si alguien no anda muy versado en inglés), su lema dice: “En apoyo de la libertad y la democracia en cualquier parte”. Es de temer lo que entiende esta gente por libertad y democracia.

En Blackwater se muestra orgullosos de haber entrenado a 50000 combatientes y de haber proporcionado soluciones a cientos de satisfechos clientes. Explican que entre sus usuarios se incluyen el estado norteamericano, naciones amigas y corporaciones multinacionales.

Esto último puede ser si cabe más preocupante que todo lo anterior. En la locura neoliberal que se ha convertido el mundo, podría no ser descabellado imaginar ejércitos permanentes de mercenarios pertenecientes a multinacionales. Un enfrentamiento bélico entre General Motors y Toyota podría salir de las páginas de la ciencia ficción para entrar en los noticiarios televisivos.

Aunque, bien pensado, ¿para qué necesitan llegar a eso si ya controlan a los gobiernos?