
En nuestras Fuerzas Armadas, por lo general respetables y respetadas, aún quedan algunos personajes belicosos, atrabiliarios y con una propensión inusitada al uso de la fuerza como medio predilecto para resolver todo tipo de problemas y conflictos. De vez en cuando, nos los podemos encontrar por alguna Embajada, perdonándoles a vida a esos bujarrones que lo solucionan todo con diplomacia, negociación o cooperación, palabras malditas que no existen en su diccionario.
Hace no mucho, en Washington, había unos militares españoles que compadreaban con Rumsfeld y Wolfowitz. Eran aquellos maravillosos años del Embajador Rupérez. La Embajada de España en Washington vivía borracha de poder y de gloria, ebria de muerte y guerra. Los agregados militares no salían del Pentágono y los americanos les daban palmaditas en la espalda haciéndoles creer que su opinión importaba algo. Estos, en su particular delirum tremens, se lo creían y machacaban a quien insinuara una opinión disidente: “Cállate pacifista de mierda, cobarde, que ahora nos tratan como nunca. Estamos entre los grandes”, decían con el brillo de la locura en sus ojos, viéndose dirigir los designios de la Historia con americanos y británicos.
Del mismo modo que hay diplomáticos españoles que alcanzan el orgasmo cuando oyen hablar de la grandeur de la France, algunos militares (y algún diplomático también, claro) experimentan una especie de éxtasis lujurioso cuando ven la bandera de las barras y estrellas y, entre espasmos, se imaginan que España es una estrella más de la Unión.
Del infinito se ha pasado al cero y a día de hoy D. Carlos Westendorp no se come una rosca, el pobre. De aquellos militares poco más se sabe. Igual están a punto de pedir la nacionalidad estadounidense, coger una M-16 y echarse al monte.