Nuestro norte es el sur

Nuestro Norte es el Sur es el eslogan elegido por la nueva televisión latinoamericana que recientemente comenzó a emitir su señal: teleSUR. Su programación se puede seguir, desde España, a través de Internet, siempre que se disponga de cierta capacidad de conexión (cualquier banda ancha puede servir). El caso es que después de pasar un rato viendo teleSUR uno empieza a tomar conciencia de que el proceso de cambio que vive Latinoamérica es mucho más profundo de lo que aparenta. No hay publicidades comerciales y en lugar de anuncios de leche en polvo de Nestlé se hace promoción de la lactancia materna, o se anuncia el VI Foro Social Mundial que este año se celebrará en Caracas. Se emiten cortos, películas o documentales de gran calidad realizados por pequeñas productoras independientes que fomentan la identidad latinoamericana desde el entendimiento mutuo.

Su programación dedica especial atención a los problemas estructurales que vienen padeciendo las sociedades latinoamericanas desde tiempo inmemorial: hambre, miseria, marginalidad, exclusión racial, violencia, etc., pero no desde una óptica caritativa sino que se enfrenta a esa propia realidad a través de la difusión de las experiencias emancipadoras que súbitamente parecen haber recuperado la iniciativa política a escala regional.

Llama la atención la calidad técnica y profesional de lo que todavía es una prueba piloto, un experimento comunicativo que quiere conjugar la excelencia de los mass media capitalistas en cuanto al saber hacer atractivo el «producto» con unos contenidos alternativos a los que se han venido ofreciendo por las cadenas televisivas tradicionales. Hasta ahora, en Latinoamérica casi todos los canales de noticias y actualidad de ámbito regional provenían de EE.UU: CNN en Español, Sky News, NBC, eso sin contar las dedicadas al deporte: Fox Sports, ESPN; a la «cultura»: MTV Latinoamérica, Discovery Channel Latino e incluso al adoctrinamiento temprano de los niños: Cartoon Network, Nickelodeon, Disney Latino, etc…

Se trata de crear un modelo comunicativo contra-hegemónico, ver el sur desde el sur y no a través de la óptica del norte. Uno de los separadores de los programas expresa muy bien la idea central de teleSUR: «Vernos es conocernos, reconocernos es respetarnos, respetarnos es aprender a querernos, querernos es el primer paso para integrarnos».

Lo más emocionante del asunto es la realidad política que lo respalda. TeleSUR es una sociedad multiestatal financiada por Venezuela, Argentina, Cuba y Uruguay al que próximamente se unirán otros países de la zona. Después de décadas de gobiernos vendidos al capital internacional hoy existen en Latinoamérica muchos gobiernos con un discurso y una práctica política antagónica al neoliberalismo. Han quedado en lo peor de la historia nombres como Carlos Menem, Alberto Fujimori o Carlos Salinas de Gortari.

Y es que teleSUR sólo es la vertiente comunicativa de un proyecto de integración política en Latinoamérica que se constituye como base fundamental de la emancipación de América del Sur. El grado de interdependencia de las economías nacionales sudamericanas (y mundiales) es tan alto que cualquier alternativa nacional al capitalismo se vuelve inviable. Solo a través de la unión político-económica de la Patria Grande se pueden crear las bases materiales objetivas para hacer viable esa alternativa. Y la unión que generará esas condiciones objetivas para la liberación ya está en marcha, se va concretando a través de la actuación decidida de quienes integran el llamado Bloque Regional de Poder.

La construcción política latinoamericana se puede decir que es una construcción de dos velocidades. Existe un eje La Habana-Caracas-La Paz que trabaja aceleradamente por la unión y se plantea abiertamente la necesidad de llegar al socialismo del siglo XXI:

Cuba ya es un Estado Socialista y bien sabe que la supervivencia de la Revolución después de la muerte de Fidel pasa por un factor interno: mantener los logros sociales y culturales alcanzados, implicando al pueblo en el destino político de la isla mediante la transformación progresiva del sistema político socialista ortodoxo en un nuevo modelo que incorpore la democracia participativa y la autogestión cooperativa. Y por otro lado, un factor externo: conseguir el apoyo político, económico y militar de Latinoamérica de modo tal que desaliente una intervención militar directa de Estados Unidos, por lo que la integración resulta fundamental para su propia autodeterminación.

Venezuela y Bolivia cuentan con Hugo Chávez y Evo Morales, lo que de por sí es fundamental para constituir junto a Cuba el eje avanzado de la integración. Además poseen características similares que les facilitan el camino, pues ambos países centran su desarrollo industrial en materias primas energéticas cuya titularidad última pertenece al Estado, con amplias clases populares que apoyan un proceso revolucionario y unas clases medias y altas muy minoritarias.

Por otro lado está el eje Buenos Aires-Montevideo-Brasilia que apoya la integración pero desde una posición más moderada, determinada por una realidad social más heterogénea (clases medias más amplias), economías diversificadas con poco margen de maniobra de los Estados y unos dirigentes políticos menos comprometidos con el socialismo como es el caso de Néstor Kirchner o menos arriesgados que sus propias bases como es el caso de Lula da Silva o Tabaré Vázquez. Pero a pesar de su tibieza, la desaparición de Kirchner o Lula de la presidencia de sus países sería un duro golpe para la integración y una mala noticia para los pueblos latinoamericanos.

Los nefastos efectos del capitalismo salvaje en Latinoamérica no han dejado otra alternativa más que la búsqueda del desarrollo económico, social y cultural a través de la cooperación mutua y la solidaridad, recuperando el control de los resortes económicos que hacen posible ese desarrollo. Ya no se puede volver al capitalismo nacional ni al viejo Estado paternalista, el nuevo sujeto político latinoamericano exige una transformación radical de la forma de entender la política o la democracia, se hace protagonista del cambio y se reconoce igual dentro de la diferencia: zapatistas, indígenas bolivianos, trabajadores industriales, trabajadores informales, trabajadores desocupados, piqueteros, etc., van adquiriendo conciencia de su propia fuerza y son el motor fundamental del cambio.

Sin embargo no se puede subestimar al enemigo, el Imperio es fuerte y va a hacer valer sus intereses. Estados Unidos, principal interesado en hacer fracasar el Bloque Regional de Poder, se pondrá al frente del caballo de batalla del capital transnacional y no dudará en emplear los mismos medios que ya usó el siglo pasado: sobornos, golpes de estado o invasión militar directa, con el apoyo de las oligarquías nacionales que comienzan a oler un pronto exilio a Miami. Para ello ya han comenzado a preparar el terreno ideológico de la intervención, a través de la ilegitimación de los gobiernos populares, muy especialmente el de Hugo Chávez. Se acepta la legitimidad de las urnas pero se argumenta falazmente que se ilegitima en el ejercicio del poder por no respetar las «reglas esenciales» de la democracia, dicen que se oprime a la oposición política y se impide la libertad de expresión. Eso es lo que trató de hacer la oposición venezolana al no presentarse voluntariamente a las últimas elecciones legislativas: deslegitimar. Por eso, la profundización democrática y la transparencia deja al enemigo sin el más mínimo argumento, destapando ante los ojos del mundo sus propias contradicciones: se defiende la libertad de mercado y a la vez se prohíbe que dos países democráticos comercien con aviones y barcos militares de transporte (España-Venezuela).

A pesar de todo, se están dando pasos decididos hacia la integración, pasos previos a una verdadera revolución socialista del siglo XXI, de ámbito continental y con una fuerte proyección internacional: ¿acaso se está creando en Latinoamérica un modelo político y económico exportable a otras regiones del mundo sometidas al yugo del neoliberalismo?