Algunos de los que viajamos más de la cuenta hemos notado en los últimos cinco años un giro para nada auspicioso en la conducta de la mayoría de las personas con las que nos cruzamos en las calles de casi todas las grandes ciudades a las que nos llevan las actividades profesionales o comerciales. Y esto se repite por igual tanto en Europa como en América como en Asia.

Salvo en pequeños momentos festivos muy puntuales, el gesto y la actitud cotidiana de las personas es mayoritariamente el de hombres y mujeres enojados, furiosos o entristecidos.
Extranjeros y compatriotas que visitan España ocasionalmente, suelen asegurar desde hace años que las ciudades de nuestro país no son una excepción.

Los más críticos se animan a decir que pareciera que hubiéramos perdido el optimismo, o que nos ocupáramos cada día de escaparnos de todo motivo de alegría.

Muy lejos estoy de negar las genuinas razones de todos los habitantes de este planeta que justifican nuestra inquietud. Ciertamente hay a nuestro alrededor demasiadas cosas que no funcionan, un montón de situaciones que no se terminan de resolver y una cuota de incertidumbre que muchas veces nos agobia. Pero como ya dijimos, el futuro está por construirse y lo haremos mejor si somos capaces de encontrar en el presente alguna de las buenas cosas que aún nos rodean.

Quizás nos ayude saber que todo podría ser peor y que comparando, no somos los que peores problemas enfrentan en este momento (aunque en otros países no se registren en el bolsillo o no se manifiesten al leer las noticias policiales).

Seguramente podamos encontrar todavía, si lo deseamos y lo buscamos, algunos hechos afortunadamente auspiciantes, cobijadores y optimistas en los que encontrar apoyo para poder acostarnos cada noche un pelín más serenos y despertarnos cada mañana un poco más alegres.

Para ayudarnos le repito esta historia, que me contaron hace unos meses.

El padre había aceptado, un poco a regañadientes, quedarse a cuidar a la pequeña Claudia de apenas cuatro años, mientras su esposa viajaba a visitar a su hermana.

Desde su escritorio de la planta baja, el padre escuchaba las risas de la pequeña que miraba los dibujos animados en su habitación de la primera planta. De pronto, notó que el ruido de algunos muebles torpemente empujados iba reemplazando a las risas

– ¿Qué estás haciendo Claudia? – Preguntó en voz alta.
No hubo respuesta.

– ¿Qué haces, hijita? – Volvió a preguntar.

– Nada papi nada – contestó por fin la pequeña.
Adivinando una travesura escondida en su temblorosa voz, subió a investigar. Arriba alcanzó a verla salir como un ladrón del dormitorio principal y esconderse en el baño, cerrando la puerta detrás de ella. «¿Qué habrá hecho que se está escondiendo?» pensó.

El padre entró en el pequeño cuarto y la vio, de espaldas a la puerta, con la cabeza baja,
– ¡Clau! ¿Qué pasa? Date vuelta y mírame.

La niña hizo un gesto negativo con la cabeza y permaneció de espaldas tratando de ocultar lo que tenía en las manos..
– Claudia- Dijo el padre – Dame eso!

La pequeña giró y extendió temerosa el lápiz de labios que había tomado del cajoncito de cosméticos de su madre. Sus dedos estaban llenos de rouge igual que su cara y su ropa.

– Clau! – Gritó ahora el papá – Tú sabes que no puedes tocar estas cosas. Te ganaste una paliza. Ven aquí.
Y tomándola con firmeza del brazo la sacó del baño anticipando en el regaño, el castigo que vendría después.

– Cuantas veces hay que decirte que no puedes entrar al cuarto sin permiso, y menos para agarrar las cosas de tu madre. Este lápiz es muy caro y no es ningún juguete.

Y recién entonces, en medio de la protesta y el regaño, la vio. Tenía puesta la camiseta blanca que su madre le había dejado sobre la cama aunque la prenda ya no era la misma.
Tenía dibujado en el centro un enorme corazón de rouge. Dentro de él, una burda y deforme letra proclamaba: «Papi y Claudia»

El padre sintió cómo el episodio que justificaba el castigo perdía bruscamente importancia y cómo todo su enojo se ahogaba en una ola de ternura.

Emocionado abrazó a su hija, mientras balbuceaba:

– Te quiero mucho, hija… – dijo cuando recuperó el aliento – Y como los dos queremos a tu mamá, mañana nos levantaremos temprano para comprarle un nuevo lápiz de labios. Pero ahora, mi amor quédate quietecita aquí, mientras yo voy a buscar la máquina fotográfica.
Mami nunca me perdonaría si no te saco unas fotos para poder mostrarle lo hermosa, hermosa, hermosa que estás.