
En fecha reciente se ha producido un nuevo movimiento de mando en la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que deja ver los problemas que la Casa Blanca continúa teniendo en ese importante cuerpo de espionaje luego del 11 de septiembre de 2001. En aquel entonces en manos de George Tenet, la agencia fue acusada después del ataque terrorista de ineptitud en prever dicho evento. Luego el presidente George W. Bush otorgó la dirección del organismo a Porter Goss, un viejo conocedor de los sistemas de “inteligencia” y entonces senador republicano quien ahora renuncia inesperadamente, cediendo su lugar con probabilidad a un militar, en lo que ha sido considerado como una sorda lucha de poder en medio de la crisis del gobierno republicano.
Como resultado del decaimiento de la Guerra Fría, a mediados de los años noventa la CIA comenzó a mostrar severas complicaciones de orden operativo resultado de la falta de atención por parte del gobierno y el Congreso en turno; con un escaso presupuesto y la gradual incompetencia de muchos de sus agentes, el organismo patinó en distintas ocasiones y el peligro terrorista fue ascendiendo hasta estallar en manos de una, por otro lado muy conveniente, ineficiencia que inauguró la nueva era político-militar de Washington en el mundo. Luego del tropezón, en septiembre de 2004 Porter Goss, hombre de toda la confianza de Bush, comenzó a dirigir la agencia y promovió una dura purga política que se tradujo en la salida de más de 90 altos funcionarios no del todo leales a la dupla Bush-Cheney.
A sólo 19 meses de asumir el mando, Goss renuncia ahora y deja la CIA todavía sumida en la incertidumbre, sin alcanzar a limpiar la imagen de fracaso al no haber impedido el ataque terrorista; a la vez, sin resolver aún las críticas por suministrar información incorrecta para justificar la invasión de Irak. Envuelta en el misterio, dicha dimisión da cuenta según los analistas de una lucha interna por el poder en los servicios globales de espionaje del país en manos formalmente del oscuro John Dimitri Negroponte, primer director de las 16 ramas de la “inteligencia nacional”, a quien al parecer preocupa la creciente influencia de los militares en dichos servicios ancestralmente civiles (en particular la del Pentágono de Donald Rumsfeld). Inevitablemente, Negroponte ahora tiene que aceptar el nombramiento por parte de Bush de un general: Michael V. Hayden, como nuevo jefe de la CIA, a la espera de que este nuevo nombramiento equilibre las cosas.
A pesar de que Hayden es el quinto militar en estar a cargo de la agencia, su designación (todavía en espera de su aceptación por el Senado) tiene un particular significado, pues el general ha sido el encargado de llevar adelante los planes del presidente de espiar a millones de ciudadanos estadounidenses a través de intrusiones telefónicas inconstitucionales desde la Agencia de Seguridad Nacional; lo que a muchos no ha caído nada bien. Pero estos son tiempos de emergencia y no de consideraciones; a pesar de que las encuestas hoy hacen ver que la administración Bush se encuentra en su peor momento de las preferencias de esos ciudadanos (sólo un 29 por ciento de aceptación, de acuerdo con la última), lo que importa es responder a la creciente lucha por el poder en medio de la crisis, del desgaste republicano y de las próximas elecciones. Un alto militar a cargo de la CIA permite hoy a Negroponte mantener al Pentágono bajo control con respecto a la “inteligencia nacional”. Y eso cuenta, en tiempos de guerra…