
La intención que subyace en mis escritos destinados al debate ha sido señalar los cambios y trasformaciones sociales significativos ocurridos en los últimos veinticinco años, a fin de propiciar el planteamiento de una acción coherente contra la opresión, es decir, el desarrollo de un pensamiento estratégico. Desde hace más o menos veinte años se viene haciendo historia universal a lo bruto, y aún así no nos enteramos.
Nos faltan conceptos con los que captar lo sucedido. Las viejas ideologías han agotado sus posibilidades como herramienta de interpretación y de orientación. Ocurre como con todas las cosas sometidas al envejecimiento y la contaminación: pierden solidez y seriedad y lo ambiguo pasa a ocupar en ellas el lugar de lo auténtico. Las nuevas son sin embargo un pálido simulacro de las anteriores: ecologismo, ciudadanismo, negrismo, insurreccionalismo… reflejando la degradación extrema de la protesta y de las ideas que la acompañan.
La separación existente entre los individuos y el resultado de su trabajo no ha dejado de crecer, y mediante el desarrollo tecnológico ha pasado de ser el signo de la esclavitud material a ser el de la catástrofe esclavizadora. Pues la característica principal de esta sociedad es su inmersión en la tecnología. Todas las demás son consecuencia de ello: la mundialización económica, la mercantilización de la vida en todos sus aspectos, el control social absoluto, la expansión del transporte y de las comunicaciones, la ruina de las ciudades, la destrucción del territorio, la aparición de las masas, el totalitarismo político.
La clase dirigente sufre los cambios y evoluciona hacia una casta ejecutiva vertical, casi invisible y de extrema movilidad. El resto de las clases se disuelve en un conglomerado amorfo, sin identidad ni conciencia de sí, las masas. Las masas no constituyen un sujeto histórico, son simplemente el vertedero de todas las clases. Actúan conforme a impulsos o a directrices emanadas del exterior.
Los movimientos de masas pueden llegar incluso a forjar órganos de democracia directa como asambleas y coordinadoras, pero no sabe utilizarlas como corresponde; a menudo sirven para fines contrarios. No son capaces de captar el carácter absoluto de la contradicción entre su desposesión y el acaparamiento de la decisión por los dirigentes. En esas condiciones los conflictos que ese antagonismo reprimido no cesa de provocar transcurren en el terreno mismo de la dominación, sin llegar a cuestionarla, aunque se apoyen en mecanismos asamblearios.
El crecimiento incontrolable y el peligro constante de desintegración no permiten un reparto serio de tareas e impiden cristalizar un idea común. Así, la dominación se impone como el menor de los males, la única salida posible, y las luchas han de componer con los que deciden, o con quienes los representan. No obstante, la disolución de las clases y la atomización paralela de los individuos es un proceso que nunca acaba del todo. Tras el reflujo inevitable de los movimientos de masas puede que sobrevivan colectivos y que estos se involucren en problemas más cercanos. A pequeña escala un conflicto puede generar conciencia social y la conciencia forjar lazos comunitarios.
La lucha puede escapar al aislamiento federándose con otras luchas locales y manteniendo un estado de ánimo adecuado donde cristalice la cuestión social. Dichas luchas surgen lejos de las fábricas pero dentro de la fábrica global en que se ha convertido la sociedad; son por consiguiente necesariamente antidesarrollistas: contra las centrales nucleares, contra los alimentos y cultivos transgénicos, contra el Tren de Alta Velocidad, los parques eólicos, las incineradoras, las líneas de alta tensión, las autopistas, los trasvases y pantanos, las urbanizaciones, los puertos deportivos y los campos de golf, etc.; en resumen, contra toda la maquinaria de guerra del totalitarismo dominante.
He denunciado los seudo movimientos que buscan la integración en el sistema dominante, me he asombrado de la imbecilidad narcisista que caracteriza a los militantes e ideólogos y he criticado el activismo sin ideas que consume todas sus energías en enfrentamientos epidérmicos. No vivimos bajo un régimen democrático burgués sino bajo un régimen totalitario con apariencias democráticas. En un disimulado estado de excepción. Esa distinción es fundamental para encarar el problema de la acción. Quienes aceptan las instituciones no practican un reformismo cualquiera, trabajan directamente para la dominación. Nada desde dentro, todo desde fuera. Pero tampoco basta con un rechazo institucional por violento que sea. La posición negativa camina en círculo. La conciencia no puede ser soslayada.
Decía Guicciardini en una de sus máximas que “la ignorancia, no teniendo ni fines ni reglas ni medida, procede furiosamente y da palos de ciego”. No basta con lo que no se quiere; hay que saber qué se quiere. Si se quiere construir una línea de resistencia contra el capitalismo la crítica social unitaria es tan necesaria como la inteligencia del momento. La ignorancia es contrarrevolucionaria. Los nuevos procedimientos de la opresión como por ejemplo la exclusión, la motorización, la adicción al consumo, la suburbanización, etc., se han desenvuelto con pocos problemas gracias a los sindicatos, a las asociaciones cívicas, a las ONGs, a los partidos, a las plataformas, a los expertos, es decir, a los intermediarios. La supresión completa de ellos será la mejor garantía de éxito, aún en caso de derrota. Por otra parte, la nueva sociedad a construir no puede nacer de la apropiación del sistema productivo sino de su desmantelamiento. Eso significa desurbanización, artesanía, campesinado, lentitud, deriva, vida en común, fin de la política y de cualquier especialización, liberación del deseo…
Cambio radical en la forma de relacionarse con la naturaleza, cambio pues en la forma de vivir. Economía del potlach; don en lugar de intercambio. Municipalización del suelo; autogestión territorial. Nueva sociedad a la medida del hombre, basada en relaciones directas, sin mediaciones, sin Mercado, sin Estado.
> Miguel Amorós: «Aviso del mal tiempo»
Ya decía Karl Marx que la clase obrera es revolucionaria o no es nada.
En los largos períodos de calma social la clase obrera desaparece de escena.
Pero de ahí a afirmar que la clase obrera ya no existe hay una gran diferencia.
Es como si en un período estival de sequía alguien afirmara que la lluvia ha dejado de existir.
El proletariado existe (emigración clandestina sin papeles; jóvenes con trabajo precario de por vida; suburbios de miseria en torno a París o todas las grandes ciudades; las maquilas y el trabajo esclavizado y/o infantil de América y Asia, etcétera, etcétera.
Negar al existencia del proletariado no es sólo un error: es contrarrevolucionario y acerca esas tesis a las de Rifkin, escuela de Frankfurt (Marcuse y Anders incluidos)y otros intelectuales que santifican el capitalismo salvaje.
Negar la existencia del proletariado, negar la existencia de las clases sociales, negar el capitalismo llamándole industtrialismo o tecnociencia es el primer paso hacia la derrota. Sólo el proletariado es revolucionario. Y lo es por la situación de explotación y de generador de plusvalía que sufre y ocupa en el capitalismo.
> Miguel Amorós: «Aviso del mal tiempo»
¿Y si la manera de ir transitando hacia un mundo más justo y sustentable fuera a partir del decrecimiento, una vez que se comprueba que el crecimiento continuo es inviable, antiecológico y que está generando un mundo crecientemente injusto e ingobernable?.
Un camino de cambio profundo desde abajo, radicalmente democrático, de la base material y estructural de nuestras sociedades; es decir, del modelo económico, productivo y de consumo dominante. Pero también de sus estructuras políticas, desde sus niveles más locales, a través de dinámicas democráticas verdaderamente participativas.