Esperando al Viento

Curiosas travesías ideológicas las de aquellos que, erigiéndose en luchadores por las libertades, se encargan de institucionalizar el secuestro. Las de aquellos que se muestran como elegidos para acabar con las técnicas terroristas al tiempo que hacen un hueco en sus democráticas leyes a la tortura y los atentados dirigidos desde el propio Estado. Curiosas también porque para defender la superioridad moral de un sistema basado en el Estado de Derecho y la democracia eligen la opción de promocionarlos saltándoselos a la torera.

Igual de curiosos son los silencios de otros muchos que no son más que espectadores de esta evolución esquizofrénica y cuyo único papel es el de aplaudir mansamente. Estos irrelevantes personajes cumplen con su irrelevante papel con una vocación y una altanería tal que les lleva a colocarse en el púlpito y señalar con el dedo a los extraviados. Ellos, que explotan al máximo esa vocación de sumisión ante el poderoso que es su única cualidad conocida, son los que dicen advertir peligros, defender libertades y salvaguardar derechos. Desde esa superioridad nadie puede discutir sus métodos, pues defienden el bien supremo. Podríais preguntaros si mezclar los fines con los medios no roza lo moralmente repugnante. No lo hagáis, estaríais haciéndole el juego al enemigo.

Pero cuando esta curiosidad supera el límite de lo extravagante para adentrarse en los terrenos de la necedad es cuando, no sólo asienten o aplauden, sino que además justifican y sesudamente argumentan lo razonable de determinadas posiciones. Y las reclaman. Entonces el manso aplaudidor se transforma en un personaje capaz de recorrer un laberinto mostrando que existe un camino unívoco entre sus supremos fines y sus métodos. Da igual que ese camino transcurra por los más desolados parajes, es el único que conduce a la verdad. No importa que en su ideario se rechace todo eso por lo que ahora se babea. Siempre hay tiempo para escribir una nota al margen y lanzarse a la calle a exigirlo. Lo que en principio eran contradicciones se convierten en elementos imprescindibles y necesarios de su pensamiento.

Esta banda, tan peligrosa como el peligro del que creen ser los únicos apercibidos, justifica su posición de superioridad basándose en una serie de valores conquistados por nuestra civilización. Pero su razonamiento gira bruscamente 180 grados cuando el efecto se convierte en causa. A partir de un determinado momento se olvida que esa supuesta superioridad es consecuencia de cumplir con ciertos valores y todos ellos pasan a ser ignorados. En ese momento la superioridad moral «se le supone» y en nombre de élla se permite todo. Ésto, lejos de convertirnos en algo tan despreciable como lo que combatimos, es justificado: es lo único que se puede hacer, porque ellos son peores. Lo suyo es vocación criminal, a nosotros no nos queda otro remedio. Preguntarse cómo es posible que, destruyendo las bases en las que se sustenta su púlpito, todo se mantenga en pie y la verdad siga en nuestro lado significa situarse directamente en el bando contrario.

Llega un momento en el que no es suficiente ignorar las patrañas dándoles las espalda despectivamente, girando la cabeza por encima del hombro con una media sonrisa burlona. En nombre de valores que todos apreciamos se nos impone una concepción tergiversada de éstos. El reclamar la falsedad de esa imagen adulterada supone ser acusado de rechazar su forma verdadera. Pero no se quedan en el cinismo y la criminalización por una cuestión de términos, llegan mucho más lejos. El oponerse a sus métodos, lo que requiere renunciar precisamente a los valores que pretenden imponer, significa convertirse en objetivo de su cruzada. Su extraña pedagogía inversa por la cuál promocionan su producto destruyéndolo sobre las cabezas del enemigo no debe ser discutida. Pero no basta con callar ante ella, hay que jalearla, reclamarla como la única solución. Se alcanza así una esquizofrenia sin parangón en la cual todos aquellos que renuncian a ser cómplices de la barbarie se convierten en los verdaderos criminales.

Como apunte final me gustaría dejar una reflexión que llevo tiempo haciendo. Todas las tropelías antidemocráticas y terroristas en nombre de los valores supremos son introducidas sin ningún rubor en las alforjas de los que se consideran demócratas y pacificadores. Pero, ¿por qué sucede lo mismo, multiplicando la ironía, cuando además se hace en nombre y mediante la fuerza del Estado y los que aplauden, además de «demócratas», se llaman liberales y se consideran antiestatistas? Los demócratas liberales apoyan el secuestro y el asesinato a manos del Estado. Lo dicho, es evidente que es ridículo y lo único que merecen es un portazo en las narices, pero tal vez sea necesario un pequeño esfuerzo para deshacer unas cuantas mentiras.

Liberales… ¡já! El Estado no me puede impedir que emplee a un niño, pero sí puede asesinar al que yo considero mi enemigo o puede invadir un país que sitúo en el eje del mal. Lo que digo, esquizofrenia.

Escrito por Jimmy Jazz