Septiembre roza nuestra piel, finaliza la tregua. Es cuando el calor parece levantar el pie del acelerador y los días ya no son tan largos. Dejamos la playa aparcada en un rincón de nuestra memoria.

La ciudad de las palmeras amenazadas que nos cobija, la que es testigo muda de nuestros avatares por la vida nos recibe con su constante y renovada acción de aceras bombardeadas por las obras eternas. Pero en ella se hallan nuestros amigos, esos seres – más o menos queridos- esparcidos por sus calles como verdes tallos de trigo entre la maleza.

Los pájaros semi metálicos que se posan en los bosques de antenas de los tejados nos recuerdan que la inverosímil belleza de lo vivo puede surgir de cualquier sitio inesperadamente.

Cuando de súbito le aplicamos el castigo y la veda a la “vidilla” de nuestro cuerpo, con la vuelta de tuerca del despertador a la hora temprana de los sueños sin finalizar… nos sentimos con el alma escayolada, vulnerables ante tanta disciplina como nos imponen nuestras laborales labores.

El verano ha sembrado en nuestra piel el pigmento de las horas desabrochadas, del ocio sin reloj, mientras las macetas de los geranios urbanos se mustiaban a nuestras espaldas.

Agosto acaba, bruscamente, agotando nuestro préstamo de tiempo de asueto y escape y al regresar, por el Camino de Castilla, entre las montañas desiertas de nuestro querido paisaje lunar, vamos comprendiendo con desencanto que nuestra vida no es otra cosa que un corto viaje de ida, limitado y efímero en el que siempre pasamos veloces por los paisajes sin percatarnos de que los estamos viendo por última vez.

Resignados regresamos con el resto de nuestra condena micro económica encadenada a esta forma de vida donde producimos y consumimos de todo excepto entusiasmo.

Volvemos, sin remedio, a acelerar nuestro reloj biológico y emocional aún siendo conscientes de que jugamos ya con el tiempo muerto de descuento, a medio vivir, a poco gozar

Pero la ciudad, ese ente vivo y bullicioso que convive a nuestro lado parece querernos consolar abriendo las persianas y los escaparates de la ilusión. También septiembre resucita con su griterío infantil las aulas silenciosas del verano.

Sentir septiembre penetrar hasta en los huesos de nuestra memoria nos obliga a poner el punto y seguido en el recuerdo, a reconciliarnos con los días que nos quedan.

Elche, 11 de septiembre de 2006

Pere Vicent Agulló es membre del Col.lectiu Ecologista «El Margalló» de Elx.