Que buenas cosas publica Marta Peirano

Entrevistan a Legs McNeil en LA Ciity Beat (thanks S) acerca de la elaboración de su historia oral del porno. De él dice Den Kuipers que «no se puede dejar» pero eso es decir poco.

John Waters: Desde mi punto de vista, el porno se legalizó en 1969, el dia que proyectaron Pornography in Denmark en un cine comercial de Nueva York y no apareció la policía. Variety
puede confirmarlo. Yo hice dedo desde Provincetown, Massachussetts,
todo el camino hasta Nueva York para verla porque sabía que era un
momento histórico. Pornography in Denmark
toreó a la Ley porque se trataba de una «documental serio», ¿sabes? Se
suponía que traía «redención social», pero había penetración. Eso abrió
las puertas para a otras películas como SEX U.S.A. y, con el tiempo,
Deep Throat. Era una cosa seria porque después de aquello no había
vuelta atrás.

Ese fue el dia que se acabaron las «explotation», del mimso modo
que Andy Warhol acabó con el expresionismo abstracto en una noche con
una lata de sopa, del mismo modo que los Beatles acabaron con el Rhythm
and Blues en una noche en el show de Ed Sullivan.

El libro no empieza aquí pero, desde aquí (la entrada del capítilo
II) se convierte en lectura compulsiva. Sin más hilo argumental que la
cadena de declaraciones de sus protagonistas, frases de promoción de
las películas, titulares de periódcos, entrevistas, etc, The Other Hollywood viaja de las primeras fotos y películas nudistas de los 50 y 60 a la
industria supermillonaria donde reina Jenna Jameson a finales de los
90. Hay múltiples historias y cada historia es fascinante. Está la de
Deepthroat, Linda Lovelace, su marido-chulo-representante y sus
productores, la familia Peraino (familia con la que, sobra decirlo, no
tengo, ni relación, ni parentesco alguno) cuya interminable persecución
policial y el equipo del FBI que la llevó a cabo es una de las espinas
dorsales del libro.

Está Reuben Sturman y su idea millonaria de colocar cabinas a
monedas, la llegada de la barra vertical y la freak de Annie Sprinkle
qu sólo quería follar, todo el tiempo, cuanto más mejor. Hay un
episodio de alta comedia donde Marilyn Chambers, la primera
superestrella del género, les cuenta a sus productores de su primera
película –Behind the Green Door– que su cara está a punto de colonizar todos los supermercados del pais montada en las pastillas de jabón Ivory Snow de Procter&Gamble sujetando un bebé. Esta es probablemente la primera y última vez que podemos mirar a la industria con cierto romanticismo.

Como ocurrió con la movida madrileña, la mala droga y el sida
acabaron con la diversión, el VHS acabó con las pretensiones artísticas
y todo esto dió paso a la malhadada y un poco patética historia de John
Holmes. Y eso que al nacer, además del regalo que todos conocemos de
sobra, a Holmes le dieron al menos ciento cincuenta puntos de karma
extra por equivocación. La colección de informes policiales, titulares
de los periódicos y comentarios de starletts, técnicos y los agentes de
policía encargados del caso Wonderland y el propio Holmes provoca la
misma clase de sudores fríos que A Sangre Fría, la novela-documental de Truman Capote. Eso, y muchos flashbacks a Boogie Nights.

Le siguen el principio de un desgraciado romance entre los recién
llegados y Hollywood, la jugada maestra de la adolescente Tracy Lords,
la superpro de Ginger Lynn, Ron Jeremy, los famosos suicidios de Shauna
Grant y Savannah, la nueva ola feminista, el proceso de plastificación
y mecanización del negocio a manos del chapucero de Marc Carriere, el
fraticidio de los hermanos Mitchell y, en un ejercicio circense tipo
«¡más difícil todavía!», la sorprendente introducción de John Wayne
Bobbit en el mundo del sexo profesional. Aparentemente, Bobbit -cuyo
nombre despertará más recuerdos pegado al de su ex-mujer, Lorena-
quería demostrar que, aun después de la experiencia que traumatizó al
menos a tres generaciones de hombres, estaba en forma para Janine
Lindemulder, y lo que mandara el director.

The Other Hollywood es un gran libro. Es lo que, en círculos pijo-académicos se llamaría un trabajo interdisciplinario
porque la historia que quiere contar es tan inseparable de su contexto
que, sin intención, explica buena parte de la cultura popular de los
ochenta y los noventa. Y es muy emocionante. Sin que sepa explicar
porqué, todo en este libro resulta cercano; quizá porque McNeil, Peter
Pavia y Jennifer Osborne son unos genios, quizá porque todos somos un
poco hijos de los primeros pornófilos, aunque los recuerdos estén
enterrados en lo más oscurio de nuestra tierna infancia…

MAS: That Old Feeling: When Porno Was Chic