
El insultador más original de la Argentina celebró su cumpleaños. Spinetta, junto a Claudio Cardone; y Mollo, acompañado por Arnedo, tocaron en su honor.
Ascendentales, Fierita (¿se acuerdan de Fierita?) hizo las veces de maestro de ceremonia y, antes de comprobar, con «roturas de ortos» y otro tipo de epítetos que los miembros del público eran «iniciados», se corrió el telón del escenario de La Trastienda. Fue el viernes pasado, cuando el creador de insultos más original de Iberoamérica festejó sus 90 años.
Allí estaba el Doctor Tangalanga, junto a Luis Alberto Spinetta, Ricardo Mollo, y Diego Arnedo. La escenografía era sencilla. Un pequeño living y, por detrás, un paisaje urbano con publicidades de los llamados más emblemáticos de Raul Tarufetti, como las dentaduras «Sonría ya» o «Los cazafantasmas».
El encargado de hablar fue Spinetta, quien se declaró fanático de Tangalanga desde 1976, y le agradeció las miles de horas de risa. Confesó, también, que junto a su amigo (y tecladista) Claudio Cardone, habían investigado hasta los más mínimos detalles de cada una de las conversaciones, con una notable obsesión.
Luego, ya solo sobre el escenario, Tangalanga comenzó con los llamados y dejó algunos mensajes en contestadores automáticos. Versitos memorables, como: «Pusiste el contestador, quiere decir que no te importo, cuando escuches este mensaje, metete un dedo en el orto». (Valga la aclaración: el «orto» final fue coreado por los seiscientos fanáticos enfervorizados que colmaban el recinto).
En sucesivos llamados, aparecieron algunas de sus marcas registradas: «A usted no lo conoce nadie…», le dijo a un mago (ignoto, por cierto); «Boludo no, ¡pe-lo-tu-do!», le aclaró al dueño de un supermercado chino; «Sos bastante boludito, a vos te chifla el orto», increpó -con altura- al empleado de un videoclub; y le clavó un «¿En qué sentido me lo dice?» al cuidador de un garage que luego de que le echara una catarata de insultos.
Y así llegó el turno de la música: «Dos o tres canciones porque si no se corta la joda», dijo Spinetta. Y, junto a Claudio Cardone, le regaló al Maestro una versión de «Crisantemo» y, luego, «Laura va». Sólo que los gritos de devoción, en este caso, fueron para el Doctor T, que disfrutaba del show en el otro extremo del escenario.
Subieron Mollo y Arnedo, y tocaron una impecable versión del «Rock de la mujer perdida», de Los Gatos, en formato acústico y casi circense. «Esta canción bien tocada hubiera sido bárbara», retribuyó el Doctor.
El público le cantó el feliz cumpleaños y apareció en el escenario su bisnieta, con una enorme torta de cumpleaños. Tangalanga amagó apagar las velitas con un matafuegos, y luego declaró: «No es tan cagadora como el bisabuelo, pero lo va a ser».
Siguieron los llamados, se sortearon retratos del Dr. Tangalanga y desde el escenario regalaron sus características gorras. Y así, con todo el mundo de perfil, la fiesta llegó a su fin.
Teatro lleno, torta, bisnieta, invitados de lujo. El doctor Tangalanga -de pie, señores- decidió que los 90 años deben festejarse a puertas abiertas y ahí está en medio de un escenografía porteña. Entre las mesas de La Trastienda, Spinetta, los integrantes de Divididos, unas 700 personas. ¿Y ese gordo disfrazado de Tangalanga? Ese es el Gordo Cosco, explican: parrillero de diez mil asados y fan número uno del doctor.
Ni un afiche, ni un aviso. La convocatoria se hizo vía mail entre ese montón de incondicionales de Tarufeti (su otro alias). En una mesa, cinco locos dicen que viajaron desde Rosario y en la boletería repiten que no, que no queda ni una entrada. Los shows de Tangalanga son como una jam session. Chet Baker con teléfono, o una Susana Giménez en celo.
La función del viernes arranca con Spinetta y su reverencia. «Se ha comprobado que de todas las terapias, la risa es la mejor. Ojalá que ésta dure eternamente en un mundo que ya parece que no va a reír más». Desde su posición, el protagonista espera que terminen los aplausos y responde. «Me dijeron que viniste a cantar… Por favor, no más de dos canciones, eh… ¡Y que no se te ocurra hacer la de la muchacha con ojos de papel». El Flaco se ríe, todos se ríen. Tangalanga divide su espectáculo en llamadas, algo de stand up, picaresca irreverente y mucho ida y vuelta con el público. La historia de los llamados, que en los 80 circulaban en viejos TDK, empezó en 1964. Un tal Sixto, su gran amigo, estaba en cama tras una operación en la cabeza. El futuro Tangalanga iba a visitarlo casi todos los días. «Un día me contó que estaba atendiendo a su perro con un veterinario que le cobraba como Favaloro: una barbaridad». Y él pidió que le dieran el teléfono del experto. Esa fue la primera llamada. Empleado de Bunge & Born, el Doctor siguió con su rara costumbre hasta que una de esas cintas cayó en manos de Tato Bores, quien le aconsejó que las comercializara. Las llamadas pasaron a ser discos y libros.
En vivo y en directo, la mecánica consiste en que un asistente le acerca avisos clasificados algo bizarros: «Vendo ropa para muñecas Barbi»; «Tarot y destrabes» o llama al restaurante donde la carne es un poco dura. Mire señor, ayer fuimos a comer con mi familia, pedimos asado y no podíamos digerirlo. Mi mujer se sacó de la boca un pedazo de carne, yo machaqué y no hubo caso; se lo pasé a mi hija, que realmente mastica muy bien, y tampoco. Del otro lado: ¿Usted dice que eso ocurrió anoche? Otro llamado: la casa de Iliana Calabró. ¿Con la señora Calabró?. Una voz femenina: La señora no se encuentra. Tangalanga: ¿No se encuentra? ¿Buscó bien?. Spinetta sube junto al tecladista Claudio Cardone y tocan Crisantemo y Laura va. Le siguen Arnedo y Mollo con un instrumento digno de Les Luthiers. Cantan Rock de la mujer perdida. Al cabo, Tangalanaga dice: «Esta canción, bien tocada, hubiera sido bárbara». Sobre el final, aparece una nena con la torta. «Es mi bisnieta», anuncia. «Por suerte no resultó tan atrevida como su bisabuelo». Bombardeo de llamados finales. A la mujer que tiene 180 de busto le dice que con un corpiño suyo podría hacerse el guardapolvos de todo un jardín de infantes. Olé, olé, olé, doctor, doctor…