
Cuando en 1992 los espectadores de la MTV eligieron a Linda
Hamilton como la mujer más sexy del planeta, a mi amiga Pía se le
salían las amígdalas de la boca. Sus palabras fueron (y cito
textualmente): ¡¡¡Perosiesunmarimacho Porlosclavosdecristo!!!
(y fin de la cita). Secretamente, sin embargo, yo les dí la razón:
ninguna sirena de largas pestañas puede competir con una Mujer Que
Tiene Su Propio Arsenal. ¿Por veinticinco pesetas cada una? Linda
Hamilton.
La leyenda dice que las amazonas se cercenaban un pecho para tirar
mejor con el arco. Aunque ningún texto clásico lo confirme, dicha
leyenda ha sobrevivido a otras de gusto más dudoso, como su costumbre
de hacer prisioneros, repartirlos para la cópula y después
desmembrarlos para dar de comer a sus perros, a los que querían con
devoción. Como Hitler. Mientras mujeres quizá más bellas se ponen pecho
sobre el que ya tienen para hechizar a magnates y futbolistas de
primera división, las amazonas nos parecen aún más hermosas porque,
entre la guerra y la teta, han elegido la guerra. De una manera
enfermiza y equívoca, eso pone mucho más.
Amazonas urbanas, alabado sea el señor. Su descendiente
moderno y urbano, la Mujer que Tiene Su Propio Arsenal, es peligrosa
pero no chunga, como la chiflada autodestructiva que te mete en una
pelea de bar y se queda detrás de la barra mirando cómo te dan. Sabe
defenderse sola, es poco probable que nos llame a gritos desde el
armario porque ha visto una araña. Si se la pegas con otra no llorará
después de follar ni empezará un curso de cerámica a domicilio; te
romperá la mandíbula y ya está. Una mujer capaz de manejar un aka47 o
pilotar un bombardero tiene poco tiempo para el chantaje emocional.
Pero, sobre todo, no gusta por puro sentido común: es como salir con tu
mejor amigo y que, al final de la noche, se transforme por arte de
magia en una diosa del sexo. No se le puede pedir más a la vida.
Dicho esto quiero aclarar que lo de Linda Hamilton es sólo una
anécdota. El 92 fue un año difícil para los espectadores de la MTV,
pero hay un antes y después de Angelina Jolie. No es sólo Tomb Raider.
Angelina no es una de esas famosas que tiene un jet privado y una cada
en Malibu, ella pilota su propio avión, y lo lleva hasta la selva de
Namibia donde tiene su casa de vacaciones en medio de la jungla. A la
bella Angelina deberían darle sólo papeles de acción: se mueve como una
araña, trepa como un mono y, cuando se enamora del malo, se da cuenta
enseguida y le rebana la yugular sin demasiada pena. Con franqueza, no
creo que Brad Pitt esté a la altura. Hasta en Mr y Mrs Smith -pelicula
que a mi, por cierto, me gustó- queda bien claro hasta qué punto no lo
está.
Lo que no puede ser. A la mujer guerrera no le van los dramas
y, cuando los hay, se los cura bebiendo tequila con un grupo de
mercenarios. Para desenmascarar a una amazona de pega basta con decirle
que su novio ha estado vendiendo secretos militares a una compañía de
patentes en Corea del Norte o que ha sido elegido por una negra hippy
para salvar el planeta. Kate Beckinsale no sólo lloriquea por un humano
de mierda sino que además lanza las balas como si fueran polvos mágicos
en una función escolar. Las tres Nikitas, psicópatas de diseño, se la
pasan haciendo pucheros delante de su jefe y dejando el azote del
crimen para marcharse con un holgazán. Y no me hagan empezar con la
Trinity, con su cara de mal rollo y venga dale que te pego con el puto
Oráculo. Eso es dime de qué presumes y te diré que te vuelvas al pueblo
de donde nunca debiste salir. Menudo ejemplo le dan a las niñas.
En los últimos años, el cine ha producido unas cuantas amazonas
inesperadas, como el asombroso caso de Milla Jovovich (Resident Evil,
2002) que se pasa hora y media matando zombies, maridos y esquivando
trampas mortales con el camisón de saten rojo más sexy que haya visto
una sábana. O Monica Bellucci en Doberman (1997), donde es gitana,
sordomuda y se mueve por entre las balas como el coronel Kilgore en
Apocalypse Now, con el demonio en el cuerpo. Hay una guerrera sin
escrúpulos ni entrañas en el extraño y excitante experimento Battelle
Royale pero a esa le dedicaremos más tiempo más adelante.
Mirando hacia atrás, la única amazona que se me antoja
comparable a Angelina, aunque sea solo por un instante maravilloso,
surge de un traje espacial con una breve camiseta blanca y unas más
breves braguitas de talle bajo, minúsculas, después de perseguir a
muerte a un villano perfecto que ya no se sabe si se la quiere comer o
se la quiere follar. No se sabe si no te has visto la cuarta entrega,
claro. Sólo por ese momento alguien como Sigourney Weaver puede
compararse a la incomparable Angelina Jolie. Después de semejante
hazaña, yo no habría hecho ninguna secuela. Me habría retirado y ya.