La Página Definitiva

El estreno de una película de Sylvester Stallone suele remover nuestros cimientos culturales más sólidos. La fuerza de sus películas es tan arrolladora que, desde hace treinta años, no sólo han hecho que todo el mundo hable de ellas, sino que se han convertido en catalizadores y símbolos de las épocas que han retratado. Stallone es un icono: lo fue en los años 70 (de la crisis económica y el desengaño de la política), en los 80 (de la recuperación de la confianza, el orgullo y los valores del individuo), en los 90 (del abandono y olvido de los de su generación por el empuje de los nuevos tiempos), y lo sigue siendo en el nuevo siglo, reivindicando su valía y resistiéndose a ser apartado, por motivos de edad, de un mundo que él ha ayudado a configurar.

Porque, reconozcámoslo, todos tenemos algo de Stallone en nosotros mismos. Cuando en los años 70 la gente se encaraba a sus diversas pesadillas colectivas (Watergate o el franquismo, por ejemplo), Stallone nos ofreció una película como Rocky, cargada de melancolía: su personaje era un hombre medio, del pueblo, que luchaba por abrirse un hueco en la sociedad, que hacía frente a las altas instancias y que sólo podía conseguir una victoria parcial, ya que al final no lograba derrotar a su adversario en el ring. Stallone inauguraba así su empeño consistente en que sus películas fueran continuos espejos en los que mirarnos y reflexionar sobre nuestra condición humana.

Y entonces llegó a sus manos una estupenda novela de David Morrell (que se ha traducido al español) titulada First Blood. La novela estaba protagonizada por John Rambo, un ex-combatiente del Vietnam al que la sociedad norteamericana le daba la espalda negándole una inserción en el mercado laboral y proyectando en él un sentimiento de culpa global por haber participado en una derrota. Stallone vio el potencial filosófico de la novela y, para su adaptación cinematográfica, prefirió cambiar (y mejorar, por supuesto) el final. En el libro, Rambo y el sheriff acababan matándose el uno al otro. Para su adaptación al cine, Stallone prefirió un mensaje más positivo: Rambo acababa en la cárcel y el sheriff sobrevivía. Así, Stallone optaba por mandar un mensaje de esperanza al otorgar un atisbo de redención y de prosperidad en la sociedad.

Rambo fue, a partir de ese momento, un auténtico héroe para el pueblo norteamericano y, como no podría ser de otra manera, para el mundo occidental. En la secuela, Rambo se enfrentaba a cualquier tipo de ojos rasgados o a cualquier burócrata que se le pusiera por delante: así trazaba una bella metáfora al exterminar a los dos especímenes humanos con mayor capacidad de reproducción. Pero donde Rambo nos descubría su lado más humano era en la tercera película, que aparecía dedicada al pueblo de Afganistán, y en la que ayudaba al pueblo afgano para combatir al enemigo invasor. Con una sensibilidad propia de un artista para anticiparse a los acontecimientos, Stallone ya supo ver en los 80 la importancia de ponerse de lado de los afganos oprimidos. Si no fuera combatiente, Rambo sería, como vemos, un afilado columnista de Le Monde Diplomatique.

Pero ya nos centraremos en Rambo el año que viene, que para entonces está anunciado el estreno de la nueva entrega del veterano guerrillero. Destaquemos algunos de los hitos cinematográficos de Stallone para comprender más la magnitud de un monumento cultural como Rocky:

– Stallone fue el auténtico precursor del cine de musculosos. De todos es sabidos que el cine clásico estadounidense es muy pudoroso y que, por ejemplo, siempre ha omitido las escenas de sexo. Lo mismo pasaba con los músculos: estaba mal visto enseñar los torsos masculinos musculosos. Cuando alguna película se había atrevido (como Picnic, de Joshua Logan y con William Holden), el escándalo había sido de aúpa. Stallone ayudó de una manera decisiva a introducir la modernidad en el cine, a romper el tabú de lo políticamente correcto, a combatir la dictadura moralista y a eliminar los tapujos de una sociedad que se miraba demasiado el ombligo.

– A diferencia de otras muchas estrellas del cine, Stallone nunca se ha encasillado en un personaje: se ha encasillado en dos. Que es (no por obvio es menos importante subrayarlo) el doble de lo que pueden decir la mayoría de las estrellas cinematográficas, desde Douglas Fairbanks hasta Macaulay Culkin. Sus éxitos han ido, además, a la par, de tal manera que siempre será recordado tanto por Rocky como por Rambo.

– Stallone siempre ha explorado nuevos géneros cinematográficos, firmando obras de referencia para análisis posteriores. Ahí quedan películas como Máximo riesgo, una gran película sobre el rescate en montañismo, o Yo, el Halcón, una de las mejores películas de pulsos de la Historia del Cine.

– En este sentido, tenemos que recordar que Stallone ha trabajado con algunos los mejores directores de todos los tiempos, como John Huston en Evasión o victoria. Eso le permitió labrarse una reputada carrera como guionista y director, ya que en los años 70 realizó unas cuantas grandes películas (Paradise Alley, por ejemplo). En contra de lo que opinan sus detractores, nunca ha perdido el gusto por contar historias, por el cine de calidad. Ahí tenemos su papel en Cop Land o su puesta al día de un clásico con Get Carter.

– Su espíritu independiente, su convicción en la necesidad de la libertad creativa, le han supuesto algunos problemas con la censura. Para la realización de la cuarta parte de Rambo, se las vio con la censura del ejército norteamericano y tuvo que tirar el primer guión a la papelera, puesto que en él se desarrollaba la historia de Rambo liquidando a Bin Laden, y el ejército se opuso al entender que ese guión ridiculizaba a la institución al presentar a un solo hombre cumpliendo una misión que ha fracasado hasta el momento. El ejército no supo ver el poder simbólico de la historia y prefirió quedarse en la anécdota.

Todos estos hitos (y más) le han granjeado un respeto absoluto por parte de millones de espectadores que, generación tras generación, han sabido apreciar fielmente su arte. Y lo hacen con continuas muestras de apoyo. La última prueba es la sexta entrega de Rocky, en la que Stallone ha vuelto sobre el personaje con el que despegó su carrera, el que le proporcionó el mayor éxito y prestigio (Oscars incluidos). Stallone ha decido callar las voces de quienes le critican sin piedad, y para ello nos ha ofrecido un epílogo sensible y emotivo para su personaje. No quería una película más, y por eso no la ha titulado Rocky VI, sino que tenía la voluntad de reordenar el universo de Rocky y ofrecer nuevos matices a su personaje. Y lo consigue en Rocky Balboa.

La experiencia de ver Rocky Balboa en una sala grande nos devuelve al espíritu de las proyecciones pioneras, al entusiasmo del público de las películas de los Lumière: en las cintas de Stallone, la gente aplaude cada gesto, ríe, llora, eructa, sigue las peripecias de su héroe. En esta ocasión, Rocky ha colgado definitivamente los guantes, se ha cansado de pelear ya con negros y comunistas y es dueño de un restaurante en el que deleita la cena de sus clientes relatándoles sus gestas. Hasta que un día decide que quiere volver a sentirse útil y concierta un combate de exhibición con el campeón del mundo (unos treinta años más joven que él), un evento que levanta una importantísima expectación.

Stallone ahonda en esta película en su retrato de Rocky. Es un boxeador sensible, bondadoso, ignorante como un niño (en un momento dice que Jamaica está en Europa), que ayuda siempre a los más necesitados. Acude regularmente al cementerio para visitar la tumba de su mujer (que había muerto de cáncer unos pocos años antes), intenta comunicarse con su hijo, un joven agobiado por la larga sombra de su padre, y ayuda a una mujer a salir adelante. Pero sin afán de sexo, ojo, porque Rocky es un caballero. Para mostrar este retrato, Stallone se ha inclinado en esta ocasión por el control total de su película, ya que, aparte de interpretarla, la ha escrito y dirigido, en un alarde de dominio del producto cinematográfico que no se veía desde Chaplin.

En definitiva, Stallone ha rendido cuentas con su tiempo entregando una película exquisita y sencilla. Rocky no es un marrullero que pelea a las primeras de cambio, es un tipo que dialoga (ahí está su encuentro con el follonero del bar) y que boxea de una manera limpia, en un combate dominado por la deportividad y las buenas maneras: al final, Rocky le da las gracias a su rival por la oportunidad concedida y se marcha del cuadrilátero para no quitarle protagonismo a su oponente.

Rocky Balboa es una película simpática, elegante, en la que Stallone, en lugar de hacer apología de la violencia, se decanta por un mensaje positivo de paz, de buen rollo. La prueba está en los títulos de crédito finales, en los que se muestra a niños, ancianos y jóvenes jugando a ser Rocky, imitándole en la famosa secuencia del entrenamiento subiendo las escaleras. En un género, el del cine de boxeo, que se ha caracterizado por mostrar de forma sistemática la corrupción (en películas como Fat City, Más dura será la caída o The Set-up) y que, como mucho, había dejado alguna película amable en tono de comedia (Gentleman Jim o Jugando a tope), cuando no había sido una vía para profundizar en las constantes del autor de turno (Scorsese con Toro salvaje o Eastwood con Million Dollar Baby), en un género dominado por estas directrices, es saludable ver la película de un maestro, Stallone, dispuesto a seguir marcando las dinámicas culturales. Amistad, sensibilidad y sensatez, todo ello alejado de los clichés turbios que sólo pretenden reflejar una sociedad en decadencia. La sabiduría de Stallone nos aporta un nueva lectura: queda mucho futuro por vivir, desde el respeto entre todos. La sabiduría de un clásico.

2 thoughts on “Rocky Balboa: Sentido y sensibilidad”
  1. Rocky Balboa: Sentido y sensibilidad
    Pues me ha gustado mucho la reseña. No me esperaba este enfoque sobre el bueno de Silvestre.

  2. Rocky Balboa: Sentido y sensibilidad
    Estoy de acuerdo contigo en todo, pero muy particularmente en que es un icono para varias generaciones y en que hay que hacer una lectura profunda de los valores que en muchas de sus películas, Sly intenta trasmitir.

    Stallone no escribió una sola de sus películas sin reflejar algún valor moral en ellas. Sin emabargo lamentablemente podemos encontrar que la mayoría de las películas de acción de los 80 distintas de Rambo o Rocky carecen de análisis alguno, en pro únicamente de la diversión, lo cual está muy bien, pero hay que reconocer que en la películas de Stallone hay miga(y me refiero a las que él ha guionizado).

    Gracias por tu artículo, me ayuda a saber que «hay alguien ahí fuera» opinando lo mismo que yo. Saludos

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