
Indios, Bantúes, Chinos, Tirolenses, Mexicanos, Esquimales, Árabes… padres, hijos, hermanos y abuelos se iban juntando hasta formar las familias en un juego de cartas allá por los años 70 y que aún hoy existe. Era algo normal pensar que esos seres se juntaran en mis pequeñas manos, era algo normal pensar que eran seres humanos distintos a nosotros pero con las mismas necesidades.
Camino por el barrio de Carrús-Este, por las inmediaciones de la Plaza de Barcelona, esa plaza a la que en los últimos coletazos del franquismo y la transición se le llamó “roja”. Camino sin prisa y veo o escucho, Asiáticos, Murcianos, Africanos, Manchegos, Latinoamericanos, Extrémenos, Andaluces, Árabes, Valencianos, Rumanos, Ucranianos… más nacionalidades que en la baraja, más colores que el arco iris.

Elche es desde hace mucho tiempo una ciudad de acogida, una ciudad que ha dado oportunidad a muchas familias de otras regiones para poder subsistir, y estas personas han contribuido a su vez al desarrollo industrial de Elche.
Muchas de estas personas han venido hace poco tiempo, son familias incompletas llegadas para trabajar arriesgando incluso la propia vida dejando atrás a la mayoría de sus seres queridos. Se juntan como constelaciones alrededor del “dorado” que no les llega fácilmente y se hacinan aliento con aliento en las casas para poder sobrevivir. Nos han enseñado a temerlos, un delincuente inmigrante vale por mil.
Atan sus bicis en la calle resguardadas por una farola, árbol o señal de tráfico, salen a la calle, a los parques, a las aceras para respirar y mucha gente los acusa de robarles el aire, ignoramos todas sus virtudes y nos sabemos de memoria todas sus flaquezas y agravios comparativos para con nuestra “cultura”.
A veces uno se siente extraño cuando los rocieros celebran su día, los colombianos, argentinos u otros, con respecto a nuestra cultura valenciana o de Elche, y es difícil que algunas de nuestras tradiciones, fiestas, la propia lengua valenciana no se vean resentidas. Las ciudades son focos de civilización y cultura, las ciudades son entes vivos, como la lengua, en continua transformación. Ahora mismo Elche es un puzzle de “culturas” y lenguas, el gran reto u equilibrio es como, basándose en el respeto mutuo, somos capaces de mantener nuestras señas de identidad, como la gente que viene de fuera, de culturas diferentes, aprende a respetar nuestras leyes, nuestras reglas y a querer lo nuestro y nosotros a su vez a querer o respetar lo suyo.
El encuentro de civilizaciones es un hecho ya en el supermercado, en el mercado, en los centros de salud, en los parques… pero falta el hilo conductor de cualquier encuentro, la comunicación, la participación social es la clave para la no exclusión. Una falta de entendimiento, un atrincheramiento etno-cultural, o un abandono institucional, la escasez de recursos para satisfacer las necesidades más básicas.
Solo puede representar, entre otras cosas, el enfrentamiento y la no-superación de un shock cultural proveniente del encuentro personal e intenso con personas de una cultura diferente.
Carrús-Este, hoy más que nunca, más allá de proclamas electoralistas, necesita una atención a la diversidad Etno-Cultural que vive en él, hoy más que nunca necesita una actuación integral para que el barrio no se convierta en un guetto con respecto a otras zonas promocionadas y en constante expansión de la ciudad, para que en definitiva, la multiculturalidad, sea más un incentivo para vivir en el barrio que un prejuicio para huir del mismo.
Francisco Gómez Marcos
C. Cultural Margalló