
José Santamarta Flórez, director de World Watch.
www.nodo50.org/worldwatch
El negocio de negar el cambio climático se acerca a su fin. Tal vez demasiado tarde.
El cambio climático a causa de las emisiones de gases de efecto invernadero hoy, tras el IV Informe del IPCC presentado el pasado mes de febrero en París, es una realidad aceptada por toda la comunidad científica, e incluso por los responsables políticos. Cierto que aún quedan algunos ‘disidentes’, siempre a sueldo de las empresas que se verán perjudicadas por las medidas
que habrá que adoptar, pero la resistencia es cada vez menor y hoy no pasa de anécdotas. Pero no siempre ha sido así, y volverá a suceder una y otra vez en el futuro. Cada vez que ha surgido la preocupación sobre algún problema ambiental, las multinacionales responsables y sus representantes políticos conservadores, jaleados por numerosos medios de comunicación, se
han lanzado a una campaña de intoxicación.
La industria del tabaco durante décadas negó la relación con el cáncer, y se
opuso a cualquier medida encaminada a reducir el pernicioso hábito, que
tantos beneficios les ha proporcionado, a costa de nuestra salud. Situación
parecida se dio o se da con la industria nuclear, el amianto, el PVC, los
cultivos transgénicos, la sobreexplotación pesquera, los monocultivos
forestales, o el urbanismo disperso y depredador del territorio.
En 1975 se relaciona la destrucción de la capa de ozono con los CFC, y la
reacción de la industria química y los gobiernos, sobre todo la
administración Reagan en EE UU, es la usual: primero se niega el problema,
luego se ridiculiza o se minimiza, y sólo se acaban aceptando las medidas
necesarias cuando el problema es acuciante y más que evidente, el daño ya es
considerable y la presión vence cualquier resistencia. Las mismas empresas
multinacionales que crean el problema, primero se resisten y sólo ceden
cuando otean nuevos negocios, sustituyendo los productos que han creado por
otros, en teoría menos dañinos, como los sustitutos de los CFC. Con el
cambio climático el problema es infinitamente mayor que con los CFC, el DDT
o los transgénicos, porque afecta al núcleo del sistema económico, a la
energía que mueve toda la actividad económica y que ocasiona las emisiones
que contribuyen al cambio climático, un consumo energético que en un 80%
procede de combustibles fósiles, cuya comercialización controlan unas pocas
multinacionales y que permiten que EE UU, con el 4,7% de la población
mundial, emita el 25% del CO2.
Estados Unidos, sus multinacionales, sus grupos de presión y su clase
política no están dispuestos, por ahora, a adoptar medidas adecuadas a su
responsabilidad histórica en las emisiones que están ocasionando el cambio
climático, lo que crea un grave problema, no sólo ambiental, sino también
ético y de responsabilidad hacia quienes más sufrirán el cambio climático:
los pobres de la Tierra y las generaciones futuras. Un amplio conglomerado
bien lubricado de ‘científicos’, comunicadores y empresas de relaciones
públicas como Burson-Masteller se encarga de realizar una permanente labor
de intoxicación de la ciudadanía, para proteger los intereses de las
empresas responsables de la degradación ambiental, y en torno al
‘negacionismo’ se ha creado toda una próspera industria de relaciones
públicas y cabildeo.
La preocupación sobre el calentamiento global debido a las emisiones humanas
de dióxido de carbono y otros gases de invernadero, como el metano y el
óxido nitroso, se remonta a 1896, año en que el científico sueco Svante
Arrhenius lo formuló por primera vez. Cuando Arrhenius publica su primer
cálculo sobre el calentamiento global debido a las emisiones de CO2, el
nivel de CO2 en la atmósfera ascendía a 290 partes por millón (ppm).
En 2006 ascendía a 380 ppm, un 40% más que a comienzos de la revolución
industrial, más que en los últimos 480.000 años, y creciendo; de hecho,
nadie espera que se estabilicen en una cifra inferior a las 550 ppm. La
ciencia sobre el cambio climático avanzó lentamente a lo largo del siglo XX,
y en 1988, año en que la Conferencia de Toronto pide una reducción del 20%
de las emisiones para 2005 respecto a los niveles de 1988, era ya muy
evidente la gravedad del problema. Los hitos posteriores los conocemos: en
1992 se aprueba en Río el Convenio Marco sobre el Cambio Climático, y en
1997 el Protocolo de Kioto.
¿Quién y por qué se oponen? Se oponen las multinacionales del petróleo y del
automóvil, las empresas del carbón y Australia (el mayor exportador de
carbón), algunos países de la OPEP como Arabia Saudí y, sobre todo, Estados
Unidos, primero con Bush padre y sobre todo con Bush hijo, pero la
presidencia de Clinton tampoco fue muy activa que digamos, aunque al menos
no mantuvo la retórica ultrarreaccionaria de los republicanos.
El núcleo que financió las campañas de intoxicación fue la llamada Global
Climate Coalition, además de otros institutos ligados al núcleo duro de
multinacionales como Exxon, y con estrechas relaciones con la política
estadounidense, y muy especialmente el Partido Republicano.