
Publicamos este artículo tomado de La Haine, y que es respuesta al de Miquel Amorós, que publicamos hace unos días en Tortuga, tomándolo también de La Haine. Lo publicamos porque nos parece justo que se escuchen las dos versiones, pero aclaramos que el Grupo Antimilitarista Tortuga no se identifica con la ideología leninista. Nuestro colectivo apuesta por la Noviolencia y el Socialismo Autogestionario. No creemos en el concepto de élite o vanguardia, en la jerarquía, el militarismo estatal o “revolucionario” ni en ningún tipo de autoritarismo. Al contrario que las/los leninistas consideramos que los fines nunca justifican los medios, y que la integridad física y mental de CADA persona es el valor de referencia principal, no siendo legítima su instrumentalización al servicio de ninguna causa, ni las “matemáticas” que pretenden justificar la eliminación de pocos o muchos seres humanos en pro de un supuesto beneficio más amplio. Nota de Tortuga.
Otra nota de Tortuga: No va más. También en La Haine el 29 de marzo. Ahora son los defensores del estalinismo los que se quejan, pero no del artículo de Amorós, sino del de Iñaqui Gil, porque les parece que no respeta adecuadamente la figura de Stalin. Además ilustran su queja con un artículo sobre Stalin escrito nada menos que por el Camarada Arenas. Vean: Respuesta al antistalinista Gil de San Vicente: No hables en mi nombre, gracias
He leído el texto: “Leninismo, ideología fascista”, escrito por Miguel Amorós. Lo bueno es que tanta descalificación y desprecio hacia Lenin –y al marxismo– puede llevar a cualquier lector crítico a preguntarse: ¿por qué se excomulga a Lenin sin una sola prueba precisamente ahora que vuelve a tomar fuerza la tendencia al ascenso de las luchas y al acercamiento militante y prácticos de muchos grupos al margen de sus diferencias teóricas?
1.
He leído con extremo agrado y a la vez agradecimiento el texto: “El leninismo, ideología fascista”, escrito por Miguel Amorós. Sí, le debo un agradecimiento por haberme descubierto lo que soy en realidad y lo que realmente he estado haciendo en mi algo más de un tercio de siglo de militancia política, como luego veremos; me ha gustado porque su autor ha conseguido lo extremadamente difícil, lo que muy pocos intelectuales logran: sintetizar en un espacio muy reducido todos los tópicos antileninistas aderezados con todo el odio e insultos posibles contra el leninismo, sin argumentar nada de ello en ningún momento. Me ha gustado porque este pequeño escrito vuelve a confirmar muy probablemente, a pesar de su autor, la tesis de la dialéctica materialista según la cual hasta de lo más malo de lo peor siempre se puede extraer algo bueno por enano que sea. En este caso, lo bueno es que tanta descalificación y desprecio hacia Lenin –y hacia el marxismo– puede llevar a cualquier lector crítico a preguntarse: ¿por qué se excomulga a Lenin sin una sola prueba precisamente ahora que vuelve a tomar fuerza la tendencia al ascenso de las luchas y al acercamiento militante y prácticos de muchos grupos al margen de sus diferencias teóricas? ¿Por qué seguir echando tierra a un supuesto muerto y exorcizando a un supuesto fantasma? ¿No es mejor dejar que siga olvidado en el vacío absoluto de su supuesta derrota definitiva? No son preguntas superficiales.
Uno de los grandes problemas a los que siempre se ha enfrentado la teología católica es la de lograr el exterminio total, definitivo, sin dejar rastro alguno, de las ideas que condenaba. Tras quemar u ocultar los libros en los que estas ideas aparecían, y encarcelar o quemar a sus autores, la Iglesia veía y ve que a pesar de sus esfuerzos titánicos las ideas reaparecían y reaparecen una y otra vez bajo ropajes y formas diferentes. Claro, el idealismo antidialéctico inherente a cualquier religión, en este caso al cristianismo, le impide a la Iglesia tomar conciencia de una de las características esenciales del pensamiento racional: que tarde o temprano termina usando de algún modo el principio de la lucha de contrarios inseparables, según el cual en toda negación hay una afirmación y viceversa, y en toda nada siempre existe algo.
Por esto, las masas oprimidas terminaban y terminan siquiera intuyendo que cuando alguien ataca y denigra alguna idea, y sobre todo, una práctica social, sin aportan ninguna prueba, cuando eso sucede es que lo atacado puede contener una parte de verdad o mucha verdad.
Una reacción idéntica le sucederá, a buen seguro, a quien lea el texto que sostiene que el leninismo es fascista, sin desarrollar un solo argumento que lo demuestre excepto una larga lista de calificativos como “secta”, “neurosis”, “supervivencia esquizoide”, “fe”, “conciencia escindida”, “doble personalidad”, “angustia del creyente”, etcétera, hasta llegar al momento de la verdad: los leninistas han pasado -hemos pasado– de ser la “vanguardia de la contrarrevolución” de hace unas décadas a “trabajar para la dominación como agentes provocadores”. Yo les juro que cuando me detuvieron, me torturaron, me encarcelaron, etc., durante el franquismo, desconocía que fuera un contrarrevolucionario, y también les juro que no me he enterado que soy un agente provocador que trabajo para la dominación hasta que, como a San Pablo, me ha venido la iluminación súbita con las palabras de M. Amorós. Además, me acuerdo que mis dudas sobre la existencia de dios se esfumaron cuando me estaban torturando delante de un crucifijo en la comisaría de Donostia, y que entonces terminé de hacerme un ateo militante, de esos que el nacionalcatolicismo español definía como “comecuras, quemaiglesias y matamonjas”, pero ahora resulta que en realidad soy un meapilas y un drogata religioso ya que: “En el universo leninista Lenin es la Virgen Maria; la clase obrera de la que hablan es como la cristiandad”. Les juro que tampoco lo sabía.
O sea, que como me estoy descubriendo a mí mismo, no tengo más remedio que releer a Lenin, puesto que mis anteriores lecturas no me han servido para nada, y lo mismo les sucede a las compañeras y compañeros de la izquierda abertzale que también se reivindican de Lenin y han abierto los ojos como platos al enterarse de repente que son fascistas, provocadores y contrarrevolucionarios, alienados, neuróticos y esquizoides. Ya habían oído estas acusaciones provenientes de la extrema derecha, de los tertulianos de La COPE, de sesudos intelectuales del Foro de Ermua y grupitos como Basta Ya, Manos Limpias, Ciutadans, AVT, etc., además de la larga lista de escribanos a sueldo de periódicos como El País, ABC, La Razón, El Mundo, etc. Mis amigas y amigos, yo mismo, nos hemos preguntado a raíz de esto sobre qué enorme e inmenso error estamos cometiendo cuando se nos ataca simultáneamente desde la derecha extrema y desde la extrema izquierda. No puede ser que enemigos antagónicos e irreconciliables, mortales, tengan razón sobre el mismo problema. ¿O no serán tan enemigos? Hemos abandonado de inmediato esta duda peregrina porque es imposible que haya un ligero fallo en un artículo tan excelso como al que nos referimos.
A pesar de nuestra ciega ignorancia creemos haber detectado algunos errores pero los achacamos al cansancio lógico de su autor tras el impresionante resumen sintético que ha logrado. Ahora mismo sólo vamos a citar tres de ellos, y siempre con humilde respeto, porque el resto irá saliendo en la exposición que haremos de Lenin en un escrito posterior, cuando nuestro arrepentimiento nos haya permitido realizar una lectura menos religiosa y alienada de este fascista y reaccionario. Uno de ellos dice así: “los partidos izquierdistas, nacidos principalmente de la explosión del FPL, de escisiones del PCE y del Frente Obrero de ETA, no actuaron de otro modo”, y se refiere al empleo de todos los procedimientos imaginables para acabar con la autoorganización obrera en 1970-78. Las dos principales organizaciones escindidas de ETA tuvieron poco que ver con su Frente Obrero. Cronológicamente hablando, la primera de ellas fue el MCE que surgió en buena medida desde la Oficina Política de ETA y que bien pronto se hizo maoísta aunque luego derivó; y la segunda fue la VI Asamblea que recogió militantes de diversos frentes y que tras varias rupturas internas una parte se hizo trotskista. Hay que decir en honor de ambas escisiones que no se caracterizaron precisamente por lo que les acusa el autor, cuya capacidad intelectual nos subyuga. Significativamente, al cabo de los años y tras varios esfuerzos iniciados a comienzos de los ’80, ambas se reunificaron en una única organización que volvió a romperse al poco tiempo. En cuanto al Frente Obrero, la principal escisión que sufrió tomó el nombre de LAIA y desde su mismo origen insistió en que seguía defendiendo los mismos principios esenciales que ETA y que el resto de organizaciones de independentistas, pero LAIA también se dividió en dos fracciones, ninguna de las cuales es acreedora de las acusaciones de nuestro maestro, sino al contrario.
Nos inquieta este error porque puede traslucir algo más profundo y que no aparece en ningún momento a lo largo de su texto. Es sabido que Lenin defendió a capa y espada el derechos de las naciones oprimidas a su libre autodeterminación, y a la independencia práctica inmediata si así lo decidían, añadiendo que lo mejor era avanzar hacia una nueva y superior solidaridad internacionalista entre los pueblos, pero insistiendo cada vez más a lo largo de su vida en la obligación de la clase trabajadora de la nación opresora de luchar activamente por el ejercicio del derecho de autodeterminación, y remarcando la imperiosa obligación de los comunistas de la nación dominante en impulsar ese derecho. Precisamente, esta cuestión crucial fue una de las razones básicas que le llevaron a enfrentarse totalmente a Stalin, a pedir su destitución y a proponerle a Trotski una alianza para corregir el nefasto rumbo del partido bolchevique.
Todos sabemos que el anarquismo es muy insensible a las luchas nacionales, y que tenemos que llegar hasta el comunismo libertario para encontrar posturas más rigurosas al respecto; más aún, exceptuando pequeñas y meritorias tendencias precisamente en las naciones oprimidas que en Euskal Herria –los libertarios que participaron activamente en los decisivos primeros tiempos de ETA; el colectivo Askatasuna, el colectivo Likiniano, y alguna cosa más de poco arraigo pese a sus esfuerzos meritorios– no han dudado en acercarse mucho a la izquierda abertzale e incluso en militar en su interior, aunque siempre subsiste un vago programa legado por viejos anarquistas. De hecho, en el Estado español la CNT está reforzando sus clásicas tesis estatalistas y “antinacionalistas”, asumiendo oficialmente el marco nacional español en los comunicados del “Comité Nacional de la CNT de España” (sic). Un silencio absoluto sobre este problema crucial para la lucha de clases en el Estado español en el texto que analizamos, puede ser entendido sólo de una forma: dado que el leninismo es en sí mismo contrarrevolucionario, provocador y fascista, también lo es la exigencia leninista del derecho de autodeterminación de los pueblos, y, en este caso, la lucha revolucionaria por su independencia deviene en lucha reaccionaria.
Podemos ser magnánimos y comprender que el autor del texto antileninista maneja pocos datos sobre la historia de ETA, pero no podemos pasar por alto otro ¿error? ya de mucho bulto, que dice así: “La teoría de Marx, adaptada por Kautsky y Bernstein, identificaba la revolución con el desarrollo de las fuerzas productivas y del Estado democrático correspondiente, lo que favorecía una praxis reformista que aunque podía funcionar en Alemania, no podía en Rusia. Si bien Lenin aceptaba íntegramente el revisionismo socialdemócrata de Marx, sabía (…)”. No seguimos con el resto del párrafo porque se puede leer en el texto citado y porque no añade nada cualitativo al tema que ahora tratamos. Dicho claramente: o M. Amorós dice lo que dice por crasa ignorancia o falsifica deliberadamente el pensamiento de Marx. La teoría de Marx no fue “adaptada” por Kautsky sino, primero, vulgarizada por éste; segundo, a la vez que vulgarizada, vaciada de su esencia dialéctica y, tercero, una vez ya “descontaminada” de todo virus hegeliano, transformada en un simple mecanismo positivista, economicista y gradualista de avance pacífico a un “socialismo” que no tenía nada que ver con el apuntado sucintamente en los textos de Marx y Engels. Bernstein no “adaptó” el marxismo sino que bien pronto atacó abiertamente sus bases elementales: la teoría de la explotación y de la plusvalía, la teoría de la democracia socialista y del Estado burgués, y la dialéctica materialista. Desde Bernstein, estos tres ataques se reiteran una y otra vez desde la derecha, el reformismo y la “izquierda” arrepentida. Por otra parte y dejando de lado errores de traducción superficial, es prácticamente imposible encontrar en toda la obra de Marx y Engels una referencia que no sea de denuncia crítica al “Estado democrático”; más aún, esta expresión es incompatible con su entera teoría revolucionaria, como lo es la falsa acusación de que Marx defendía un “revisionismo socialdemócrata”.
Si ya todo el texto que comentamos nos ha sorprendido por el abuso del método tramposo de acusar sin prueba alguna, este párrafo supera todo lo imaginable porque no sólo atañe a uno de los aspectos cruciales de la historia de la lucha revolucionaria –las muy conflictivas relaciones entre el marxismo y las diversas corrientes de la socialdemocracia alemana– sino porque, además, sobre estas cuestiones es tan abundante la bibliografía, son tantas las discusiones y tales las diferencias de fondo que casi resulta imposible pensar que alguien se limite a lanzar una tesis tan falsa, tópica y hueca creyendo que va a colar. Lo malo es que este método –o sea, la ausencia de un método contrastable, es decir, científico-crítico– basado en la nada, es la base de toda la “argumentación”. Por ejemplo, en un momento se dice que: “durante julio-agosto Lenin aún defendía un régimen burgués con presencia obrera (…)”, cuando la verdad es que Lenin optó definitivamente por la tesis de romper radicalmente con la burguesía antes de abril de 1917, y la defendió por escrito en sus célebres “Tesis de abril”. ¿Puede ser otro error de M. Amorós en el momento de mirar un calendario, o es algo mucho más grave? Hay dos respuestas interrelacionadas a esta pregunta: la primera es que en todo período de doble poder, cuando las masas ascienden en sus movilizaciones y la burguesía retrocede y se prepara para contraatacar, en estos momentos decisivos y siempre cortos en el tiempo, es vital por ello mismo reaccionar a tiempo, dominar los ritmos, dirigir los procesos e impedir la reacción burguesa. Por eso es importante el “error” entre abril y agosto, cinco meses en los que las masas se preparan para el paso decisivo, pero también lo hace la clase dominante. Y ese paso se dio en octubre.
La segunda respuesta, o la segunda parte de la única respuesta, como se quiera, aún es más esencial ya que concierne al método que empleó Lenin para llegar a esa conclusión que sólo fue comprendida por un sector muy reducido de los bolcheviques, pero aún menos por el resto de las izquierdas rusas. El método no fue otro que el estudio sistemático –que no simple lectura– de la dialéctica de Hegel que Lenin inició en 1914 y que marca el inicio de la fase más rica y profunda del leninismo. Hasta entonces el dominio de la dialéctica por Lenin, siendo muy superior en la práctica política al de la mayoría inmensa de otros marxistas y sobre todo de los anarquistas, que siempre se han despreocupado de esta cuestión o la han rechazado, adolecía empero de un buceo radical en los textos de Hegel, por lo que era una dialéctica bastante superficial e influenciada por el materialismo de Plejanov y otros intelectuales. Fue la mejor comprensión de la dialéctica lo que le permitió avances cruciales con respecto al contenido de clase de la guerra mundial de 1914-18, al contenido de clase y nacional de la revolución de 1917, a las contradicciones mundiales de esa época, al proceso de degeneración burocrática en la URSS, a las tareas mundiales de la III Internacional, a la importancia creciente de las luchas anticoloniales y de liberación nacional, etc.
Nos hemos extendido un poco en el valor de la dialéctica porque aquí aparece otra de las insuperables debilidades del texto de M. Amorós y del anarquismo en cuanto tal. Una total ausencia de dialéctica está en la base de la incapacidad de ver la diferencia cualitativa existente entre el leninismo y el stalinismo, por no hablar de las existentes entre leninismo y fascismo. Para M. Amorós, todo es lo mismo: desde el socialdemócrata reformista Marx hasta los provocadores leninistas de la actualidad. No comprender que la burocracia stalinista asentada sobre el exterminio físico de varios millones de bolcheviques y de obreros más cercanos al bolchevismo que al anarquismo y al socialismo revolucionario, era una cosa cualitativamente opuesta al leninismo es, al margen de otras consideraciones, un ejemplo de creencia metafísica e idealista, por mucho que intente protegerse tras las palabras de Otto Rülhe o Paul Mattick. Flotando ya en estas abstracciones nebulosas no sorprende en modo alguno que el autor hable de “fascismo estalinista”, etc.; lo llamativo sería que no emplease esos y otros términos usado masivamente por los reaccionarios de todo el mundo desde que la derecha neoliberal lanzó su contraofensiva planetaria a finales de los ’70 y comienzos de los ’80 del siglo XX. Levitando en la grandilocuencia vacía, el autor se permite el lujo de contradecir todo rigor metodológico al identificar el leninismo con Negri: ¿y la insalvable diferencia entre la teoría del imperialismo que Lenin desarrolló, sintetizando con aportaciones propias, la tesis de otros marxistas de su época, y la ideología barata del Imperio de Negri? Nada de esto existe. Otra pregunta: ¿Lenin hubiera votado sí a la constitución burguesa europea como ha propuesto votar Negri? Existe un abismo insondable entre el rigor teórico y la palabrería de M. Amorós.
La última crítica que ahora mismo hacemos, surge precisamente del idealismo antidialéctico del autor. Los marxistas sabemos que la dialéctica es eminentemente crítica con todo lo que existe, con ella misma también, es por eso esencialmente autocrítica. Nada de esto existe en el texto de M. Amorós: ninguna de las derrotas del movimiento revolucionario tiene que ver con las dificultades, debilidades e inconsistencias del anarquismo. Más aún, parece que no han existido los anarquistas en esas luchas, o que habiendo existido lo han hecho tan subrepticiamente, con tanto respeto a la autoorganización de las masas, que no ha dejado rastro alguno, se han invisibilizado ellos mismos, excepto una breve referencia a tres anarquistas (Rocker, Volin, Archinoff) autores de “banalidades de base” sobre el leninismo. Mientras que, según M. Amorós, los leninistas hemos actuado siempre buscando derrotar y aplastar a la autoorganización, como buenos provocadores contrarrevolucionarios que somos, aunque sin darnos cuenta de ello, mientras es así según el autor, no podemos decir absolutamente nada del resto de izquierdistas porque no aparecen citados en el texto, pese a que se cita a la guarnición de Kronstadt, el ejército makhnovista, la revolución alemana de 1918, la victoria de Hitler, la revolución española de 1936 y la situación en este Estado en 1970-78. Pues bien, ni una sola referencia a los diferentes contextos y circunstancias, a las diferentes fuerzas en lucha, y tampoco ninguna crítica a las izquierdas no leninistas que participaron en ellas, fueran o no anarquistas, anarco-comunistas, libertarias, comunistas-libertarias, etc.
Del mismo modo que no aparece por lado alguno la autocrítica inherente al método dialéctico, tampoco aparece otra de las exigencias de este método: la interrelación de todos los factores dentro de la totalidad concreta que se analiza, es decir y en este caso, además de las condiciones objetivas en las que se realizaron esas luchas y dentro de ellas, el nivel de alienación e integración en el sistema dominante de sectores de las masas explotadas, también el comportamiento de las fuerzas burguesas, de sus policías y ejércitos, de sus bandas paramilitares, etc. Exceptuando una muy rápida referencia a la “demasiado débil” burguesía rusa, el autor no se detiene ni siquiera en pedir una disculpa por no concretizar nada de nada, ni lo más mínimo, sobre las respectivas condiciones objetivas y subjetivas en procesos tan diferentes. Eso sí, al final reconoce que se ha basado en la “crítica clásica” al leninismo.
Nosotros damos aquí por cerrada nuestra respuesta a M. Amorós, quedándole infinitamente agradecidos por habernos iluminado sobre nuestra esquizofrenia colectiva e individual ya que, creyéndonos revolucionarios resulta que somos provocadores y contrarrevolucionarios. M. Amorós puede decir de ahora en adelante todo lo que le de la gana, que nosotros no vamos a contestar hasta que no nos de permiso nuestra grupo de psiquiatras, psicoanalistas y psicólogos que acabamos de contratar y en cuyas manos entregamos nuestra personalidad atormentada, y hasta no cobrar los sueldos de la CIA, del Pentágono, del Vaticano… y de los gobiernos español y francés. ¡Ahí es nada!
2.
Antes de empezar con el análisis de la valía de Lenin -y del marxismo– a comienzos del siglo XXI tanto en sentido general –texto que aparecerá alrededor del noventa aniversario de la revolución de 1917–, para el grueso de las luchas de las masas explotadas en el planeta, como en el particular, para las luchas de los pueblos trabajadores oprimidos nacionalmente, antes de hacerlo, conviene detenernos un poco en las diferencias de método entre ese amplio y diverso universo ideológico que podemos definir como “anarquismo” y el marxismo tal cual se entiende en este texto. Pese a que entre el anarquismo y el marxismo existe una profunda identidad en el rechazo absoluto del sistema capitalista, sin embargo existen sustanciales diferencias en lo que respecta al método de estudio crítico del capitalismo. Es importante conocerlas para entender mejor todo lo demás. Y la mejor forma para empezar es recurriendo el propio Lenin, ese “fascista” anterior al surgimiento histórico del fascismo en cuanto tal, que había escrito unas notas como bases de un artículo sobre “Anarquismo y socialismo” poco antes de empezar a redactar su célebre “¿Qué hacer?” en otoño de 1901. Según Lenin:
“1) El anarquismo, en 35-40 años (Bakunin y la Internacional 1866-) de existencia (y al comenzar por Stirner muchos más años) no ha dado nada, excepto frases generales contra la explotación. Estas frases están en uso desde hace más de 2.000 años. Falta (1) comprensión de las causas de la explotación; (2) comprensión del desarrollo de la sociedad, que conduce al socialismo; (3) comprensión de la lucha de las clases como fuerza creadora de la realización del socialismo.
2)Comprensión de las causas de la explotación. La propiedad privada como base de la economía mercantil. La propiedad social de los medios de producción. Nil (nada) en el anarquismo. Defensa de la pequeña propiedad y de la pequeña hacienda en la en la tierra. Keine Majorität (Ninguna mayoría, es decir, negación de los anarquistas de la subordinación de la minoría a la mayoría).- E.d.)
3)Incomprensión del desarrollo de la sociedad -papel de la gran producción – transformación del capitalismo en socialismo. (El anarquismo es fruto de la desesperación. Es la sicología del intelectual descarriado o del elemento desclasado, pero no del proletariado)
4)Incomprensión de la lucha de clase del proletariado.
Negación absurda de la política en la sociedad burguesa. Incomprensión del papel de la organización y de la educación de los obreros. Panaceas compuestas de remedios unilaterales, sin conexión.
5)¿Qué ha dado el anarquismo, dominante en otros tiempos en los países latinos, en la historia contemporánea de Europa? – Ninguna doctrina, ninguna enseñanza revolucionaria, ninguna teoría. -División del movimiento obrero. -Fiasco completo en las experiencias del movimiento revolucionario (el proudhonismo en 1871, el bakuninismo en 1873).
– Subordinación de la clase obrera a la política burguesa bajo la apariencia de negación de la política”.
Haciendo una excepción de los avances introducidos sobre el decisivo asunto de la propiedad colectiva de las empresas por parte de los trabajadores, sin entrar ahora al debate sobre su forma autogestinada, cooperativista, etc., avances realizados por el comunismo-libertario en su mayoría y por algunos anarquistas, haciendo esta salvedad de la evolución posterior a 1901, el resto de las notas de Lenin tienen una actualidad obvia y han sido confirmadas por la evolución posterior de la lucha revolucionaria, quitando momentos puntuales de tal o cual conflicto más o menos aislado.
Si hay algo especialmente tergiversado y falsificado en el campo del pensamiento humano y en el de la historia en el último siglo y medio, eso es el marxismo, una teoría que retoma crítica y creativamente lo mejor del pensamiento humano anterior a él. Lo más significativo es que el anarquismo surgió antes que el marxismo, y que en los primeros tiempos hubo entre ambos una estrecha relación. También es muy significativo que no existan diferencias cualitativas entre ellos en lo concerniente a los objetivos últimos y a muchas cuestiones decisivas. Las diferencias, más que todo, son de táctica y de método de estudio crítico de la realidad a transformar, lo que en modo alguno niega o minimiza su importancia pues estas diferencias han resultado desastrosas para las clases y naciones oprimidas dado que en determinados momentos cruciales para la emancipación humana, el anarquismo ha fallado estrepitosamente cuando precisamente tenía en sus manos el poder revolucionario. En este sentido, el decisivo por cuanto no es otro que el veredicto de la práctica, los hechos confirman la superioridad del marxismo aunque, a diario, la industria político-mediática capitalista se esfuerza en sostener lo contrario.
Sin embargo, el marxismo tiene que en su contra cuatro grandes obstáculos que le dificultan mucho el poder demostrar fácilmente su superioridad con respecto al anarquismo. Uno de esos obstáculos es la losa de plomo de la socialdemocracia y del stalinismo. La máquina intelectual burguesa no ha parado nunca de decir que, por un lado, el reformismo socialdemócrata iniciado incluso en vida de Marx y Engels, «demuestra» la naturaleza anticientífica del marxismo, pues fueron sus primeros y más fieles (sic) discípulos los que antes que nadie se cercioraron de los errores del marxismo. Sin embargo, a la altura del conocimiento histórico y teórico actual, esta afirmación es absolutamente insostenible, de no ser que se quiera legitimar el orden capitalista. Y por otro lado, esa misma maquinaria intelectual, más la propia socialdemocracia, sostienen que el stalinismo es el auténtico marxismo, y que el fracaso de la URSS es la certificación de la «muerte del marxismo». No podemos responder ahora a estas afirmaciones. Mientras, el anarquismo, bastante menos atacado por la prensa burguesa especializada, puede ocultar su absoluto fracaso práctico desde antes incluso de la formación del marxismo. La intelectualidad burguesa y la reformista en modo alguno entran a saco contra la experiencia histórica anarquista, sino que sólo atacan el comportamiento de los grupos anarquistas cuando se producen oleadas de contestación generalmente juvenil y estudiantil. Lo que busca la burguesía no es entrar a un debate a fondo, sino en movilizar reaccionariamente a la sociedad contra la juventud, nada más.
El segundo obstáculo consiste en que la relativa dificultad del aprendizaje del método marxista, riguroso y exigente con la metodología del pensamiento dialéctico, hace que muchos jóvenes militantes desistan de aprender su manejo intelectual. Además, a esto hay que unir las consecuencias del punto anterior en lo relativo a la perniciosa vulgarización superficial, mecanicista y dogmática impuesta por el stalinismo. Pero lo peor no es el vaciamiento interno del marxismo sino el hecho de que los partidos stalinistas impusieron una absoluta separación entre la práctica y la teoría, rompiendo y prohibiendo la crítica dialéctica, de modo que las «escuelas de formación de cuadros» eran mecanismos de imposición dogmática. Si a esto unimos el silenciamiento y la represión de las aportaciones teóricas de centenares de marxistas no stalinistas, no sólo de los anti-stalinistas, entonces comprendemos que la mayoría de la juventud militante se tope con grandes obstáculos para aprender a usar en su práctica la teoría marxista. Mientras, el anarquismo tiene la «ventaja» de una palabrería fácil, superficial y llena de tópicos heredados del socialismo utópico de los dos primeros tercios del siglo XIX. Resulta muy fácil, comparado con el marxismo, usar la terminología anarquista porque, como veremos luego, proviene en un simple endurecimiento por la izquierda de lo más radical, originario y progresista del democraticismo y del socialismo utópico.
El tercer obstáculo radica en que la disciplina consciente y el rigor práctico de la militancia marxista, tan arduas y ásperas para los anarquistas, nacen de los análisis estratégicos de contexto y los tácticos de coyuntura, e imponen criterios de prioridad a determinadas cuestiones y de secundariedad a otras, con los problemas de explicación teórico-política y de organización táctica que ello implica. El marxismo no concibe ninguna lucha sin un análisis concreto de su realidad concreta, y sin la práctica consecuente de las lecciones que se han extraído del estudio. Tal exigencia, esencial en el método dialéctico y materialista, conlleva el que la práctica posterior se acerque lo más posible a la estrategia y la táctica sustentadas en dicho estudio. La disciplina consciente es aquí decisiva, como también lo es la explicación democrática, científica y fácil, pedagógica, de las razones y de los objetivos. Mientras, el anarquismo permite una «libertad» de interpretaciones y conclusiones que a su vez propician otra «libertad» similar en los campos y formas de acción. Más aún, en el caso de la juventud, el anarquismo tiene la «ventaja» de que, en apariencia pero sólo en apariencia, va directamente al fondo del problema al moverse con conceptos vagos y absolutos como «individuo», «libertad», «tiranía», «opresión», etc. El marxismo también los emplea pero dentro de una totalidad teórica que les dotan de contenidos mucho más ricos, y por ello obliga al que los usa –desde el marxismo– a una sofisticación teórica y rigor práctico muy superiores. Cuando la juventud acude en masa a la lucha lo primero que busca y necesita es la acción práctica, y está bien y es necesario que así sea. Aparece claramente entonces la «ventaja» del anarquismo sobre el marxismo. Los dos insisten en la acción, pero el primero no insiste tanto como el segundo en la teoría, y éste, el marxismo, sin menospreciar nunca la acción, sí insiste en saber guiarla teóricamente, en saber invertir mejor las fuerzas, en saber cuáles son los eslabones débiles de la cadena opresora, por qué, cómo y para qué golpearlos hasta que se rompan y qué hacer después de rompéroslo, en vez de perder el tiempo en los eslabones fuertes.
El cuarto y último obstáculo consiste en la férrea exigencia marxista de verificación práctica y autocrítica de los resultados obtenidos en la lucha, exigencia que viene de la esencia revolucionaria y científica -ciencia no el sentido positivista– del método dialéctico, sólo puede realizarse eficazmente si existe un medio organizado colectivamente de debate y de práctica relacionada internamente con la teoría; es decir, si la organización revolucionaria está pensada para asegurar la metodología democrática de investigación y debate. Toda organización exige una disciplina de funcionamiento, y todo método riguroso de debate autocrítico exige de una disciplina colectiva anterior, simultánea y posterior. Del mismo modo que cualquier ciencia concreta, salvando las distancias, tiene sus necesarios protocolos e impone por ello una metodología disciplinadora del proceso científico, exactamente sucede lo mismo en el marxismo, pero con el agravante de que aquí la relación dialéctica entre las condiciones objetivas y la conciencia subjetiva es mucho más compleja. Además, nada de esto se entiende si se le aísla de los tres obstáculos antes vistos pues se trata de una totalidad, de un sistema. Pues bien, cuando la juventud sin apenas formación ni experiencia se involucra en la lucha, no se detiene a pensar en lo aquí dicho porque la gran mayoría de los jóvenes buscan en primer lugar los resultados inmediatos, desanimándose si estos no llegan o cansándose y hasta abandonando ante las presiones del poder adulto, familiar, estudiantil, etc. Conocemos de sobra con qué facilidad aparecen, engordan, se estancan, enflaquecen y se extinguen organizaciones juveniles anarquistas y no marxista, e incluso «marxistas» dogmáticas. La gran «ventaja» del anarquismo es que está en libre de esas autoexigencias de contraste colectivo permitiendo que cada cual aplique criterios muy laxos e individualistas de autodisciplina y autocrítica.
Pese a estos iniciales obstáculos y desventajas del marxismo en comparación al anarquismo, la balanza de la experiencia histórica se ha inclinado a favor del marxismo. Las causas hay que buscarlas precisamente en que dichos obstáculos iniciales son en realidad fuerzas tendenciales positivas de crecimiento a medio y largo plazo: lo que en un principio frena el avance, luego lo impulsa. Semejante paradoja es fácilmente comprensible si repasamos las ocho diferencias tácticas entre el marxismo y el anarquismo, viendo cómo todas y cada una de ellas han terminado por reforzar la teoría marxista.
La primera hace referencia a la primacía que el marxismo otorga a la dialéctica de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, como núcleo duro de la concepción materialista de la historia. El anarquismo, que inicialmente estaba de acuerdo en todo con esta concepción, sin embargo se fue distanciando no de ella en cuanto tal, sino de su aplicación práctica en los análisis estratégicos y en las síntesis teórico-prácticas consiguientes. Muchas buenas obras anarquistas, sin embargo, adolecen de una sustentación científico-crítica, en el sentido marxista. Y esta debilidad es manifiesta en todo lo relacionado con la crítica radical de la economía política burguesa, de las leyes de movimiento tendencial de las contradicciones irreconciliables que minan al capitalismo. Siglo y medio de lucha revolucionaria ha concluido por cerrar definitivamente el debate.
La segunda hace referencia a la otra primacía irrenunciable del marxismo, que es la que otorga a la dialéctica materialista en cuanto método de pensamiento capaz de captar las leyes básicas y generales del movimiento de la naturaleza, de la sociedad y del conocimiento humano, cada uno en su nivel específico. El anarquismo prestó mucha menor atención a esta otra prioridad del marxismo. De hecho, el conocimiento de la dialéctica hegeliana y de la filosofía idealista alemana era muy precario y superficial en los primeros y decisivos fundadores del anarquismo, y esta preocupante limitación inicial se ha ido agravando con los años pese a que todos los avances científicos posteriores han confirmado y mejorado –síntesis dialéctica– las primeras bases de la dialéctica materialista, muchas de ellas enunciadas con restringida base de sustentación empírica y epistemológica pero con suficiente solidez hipotética.
La tercera hace referencia a la importancia que el marxismo otorga a la organización política estable dedicada a expandir la conciencia revolucionaria dentro del pueblo trabajador, partiendo de él y aprendiendo de su experiencia. Es cierto que algunas corrientes anarquistas también se estructuran en forma de organización con algunas inquietudes políticas, pero el anarquismo no presta apenas atención a la política como síntesis y quintaesencia de las relaciones antagónicas entre la explotación y la liberación, que es como la entiende el marxismo. Esta diferencia es muy importante porque se sustenta, a su vez, en una teoría sobre la conciencia de clase que inicialmente estaba apuntada sólo en sus puntos nodales pero que fue enriqueciéndose y ampliándose con las experiencias posteriores, avance teórico que no se aprecia en el anarquismo, y en el que Lenin tuvo un papel clave. Y la teoría básica de la conciencia de clase, de las clases mismas, llevaba en su interior también el embrión de una teoría de la psicología humana en el capitalismo –la decisiva teoría de la alienación– que ha demostrado su valía al engarzar con el mejor psicoanálisis, con la antipsiquiatría y con la psiquiatría crítica. Desde el marxismo, que no desde el stalinismo y la socialdemocracia, la acción política revolucionaria es inseparable de la desalienación y de la superación de la falsa conciencia, de la reificación y cosificación. El anarquismo ha avanzado muy poco en este decisivo tema pese a la insistencia que hace en la «libertad individual».
La cuarta hace referencia al paso siguiente en la lógica de lo político como quintaesencia de las contradicciones sociales, a saber, la teoría de la organización revolucionaria como expresión material en el capitalismo de la democracia socialista y de la dictadura del proletariado. En contra de la fácil y hueca palabrería, el funcionamiento burocrático, vertical y dirigista de una organización, eso que eufemísticamente de licua con la excusa del llamado «culto a la personalidad», esa degeneración está tan presente en la mayoría de los anarquismos como en el stalinismo, mientras que apenas aparece o lo hace con mucha menos intensidad en las organizaciones y/o partidos revolucionarios marxistas, y en el caso bolchevique sólo triunfó a costa del exterminio masivo de los bolcheviques sobrevivientes a todas las guerras anteriores. La burocratización y el dirigismo vertical son tanto más fáciles de imponerse cuanto menor es el funcionamiento práctico de las cuatro desventajas del marxismo con respecto al anarquismo arriba vistas, que son efectivas garantías del funcionamiento interno adecuado a las necesidades revolucionarias. O dicho a la inversa, cuanto más se aplican las «ventajas» del anarquismo más fácil es el dirigismo vertical y burocrático de un líder, y más difícil es obtener el equilibrio entre la necesidad de la crítica y la necesidad de la cohesión práctica.
La quinta hace referencia al problema de las relaciones con el pueblo trabajador, con los diferentes sectores de la clase obrera y con el movimiento obrero organizado en sindicatos sean reformistas y amarillos, sean revolucionarios y sociopolíticos. El marxismo ha sido desde siempre tajante al respecto desde su concepción política y su profundo conocimiento de la complejidad de la fuerza de trabajo social y de las relaciones entre la conciencia-en-sí y de la conciencia-para-sí de la clase obrera. En este sentido, las críticas a los sindicatos y a sus limitaciones son permanentes desde hace siglo y medio, pero a la vez la insistencia en llevar una tenaz práctica concienciadora político-pedagógica que supere la tendencia al economicismo reformista. Recuérdese que hablamos de marxismo y no de stalinismo y menos aún de socialdemocracia. Por el contrario, el anarquismo en su conjunto tampoco ha prestado tanta atención a esta problemática decisiva, y a lo sumo ha desarrollado el sindicalismo-revolucionario destinado a suplantar a la «politiquería» de los partidos, y avanzar dentro de la sociedad capitalista algunas de las características de la sociedad anarquista del futuro.
La sexta hace referencia a la importancia que el marxismo otorga a la acción revolucionaria en el frente electoral e institucional, frente secundario pero que refleja aproximadamente y con algunas distorsiones, la relación de fuerzas existente en cada momento, entre otras cosas. Al ser el institucional y parlamentario un frente secundario, es por ello mismo un frente no siempre obligado ni necesario obligatoriamente, dependiendo de la coyuntura y del contexto en el que se realice y de los objetivos estratégicos que lo guíen. Y este frente va unido al problema permanente de la relación entre las reformas y las conquistas parciales, entre los objetivos tácticos y los fines estratégicos, entre los avances parciales y la imposibilidad última de mejorar cualitativamente la situación del pueblo trabajador en el capitalismo, dentro de sus estrechos límites. Una de las bazas del reformismo ha sido la del desprecio por parte de las izquierdas revolucionarias de estas problemáticas y de las posibilidades relativas que ofrece. Pero, de entre las izquierdas, el anarquismo se ha caracterizado por su total desprecio y hasta por su ridiculización. Por el contrario, las izquierdas que sí se han preocupado por intervenir también ahí lo han hecho, en la mayoría de los casos, insistiendo correctamente en que lo decisivo de cualquier práctica electoral e institucional radica en la dinámica de calle, de fábrica, etc., en la creación de un contrapoder orientado al desarrollo de situaciones de doble poder como antesala al poder popular de base que controle desde la práctica la intervención institucional y electoral. Sin embargo, el anarquismo se desentiende de esta problemática.
La séptima y última diferencia es la que concierne a la teoría del Estado. Ambos afirman muy correctamente que hay que avanzar hacia la extinción histórica del Estado pero la diferencia surge en el cómo y en el cuándo. El marxismo sostiene que a la vez que se destruye rápida y definitivamente el Estado burgués, garante de la dictadura del capital, hay que mantener sin embargo un Estado obrero en proceso de autoextinción desde el primer día de su existencia, y que el Estado obrero en autoextinción es necesario para garantizar la democracia socialista y asegurar el desarrollo revolucionario. El anarquismo sostiene que hay que destruir el Estado burgués pero que no hay que crear a la vez ningún otro Estado obrero en autoextinción porque, de ser así, se regenerarían de inmediato los peores vicios autoritarios del ser humano. En la apariencia de las frases pomposas y carentes de contrastación histórica, la tesis anarquista es más atrayente y fácil de imaginar que la marxista que exige, como en todo, una explicación teórica. Sin embargo, este debate que tenía importancia en la segunda mitad del siglo XIX, fue perdiendo valor en la medida en que todo el siglo XX ha demostrado que las clases, naciones y mujeres oprimidas necesitan objetiva y subjetivamente de un aparato estatal en autoextinción cualitativamente diferente al capitalista. Nada de la experiencia y de los logros revolucionarios –que los ha habido y muchos– realizados en este período por las masas explotadas se comprenden sin el apoyo de un poder popular revolucionario que ha tomado, entre otras, la forma de Estado obrero vigilado desde el exterior por un poder popular que dirige su autoextinción durante el largo tránsito al comunismo.
Como se comprueba no hemos calificado como «diferencia táctica» lo que muchos anarquistas achacan al marxismo de haber abandonado la lucha en la cotidianeidad, la relación entre la vida privada y la pública, la emancipación del cuerpo y de la sexualidad, la lucha por otra sanidad, pedagogía, etc. No es cierta esta acusación. El marxismo ha prestado tanta o más atención a estos problemas como el anarquismo. Más aún, lo ha hecho con contundentes superioridades teóricas y científicas provenientes de la superioridad de su método teórico. Una vez más, se confunde interesada y tramposamente la dogmática autoritaria del stalinismo con el marxismo, e incluso el stalinismo no se atrevió a liquidar del todo las conquistas prácticas impresionantes logradas en estas reivindicaciones por y en los procesos revolucionarios. Otro tanto hay que decir de las relaciones del marxismo con los feminismos, con el ecologismo, etc. Aquí, como en otras cosas, es llamativa la coincidencia de las críticas anarquistas al marxismo con las tergiversaciones de la historia real que hace la historiografía burguesa.
En la práctica, tanto las cuatro dificultades y obstáculos iniciales del marxismo con respecto al anarquismo y las siete diferencias entre ambos, se han plasmado en un hecho innegable: los procesos revolucionarios habidos hasta el presente, y todo indica que seguirá siendo así, se han caracterizado por ir esencialmente unidos a su ubicación, contenido y continente nacional. Es decir, como ya se indicó en los primeros textos marxistas de antes de la mitad del siglo XIX, los procesos revolucionarios se moverían en la dialéctica de lo nacional e internacional, como ha sido, está siendo y será. Pero el anarquismo, a excepción de genéricas afirmaciones sin concreción material en cuanto a programa político y guía práctica, ha despreciado olímpicamente la llamada «cuestión nacional», tema que sin embargo está en el núcleo duro tanto de la defensa anarquista de la autodeterminación colectiva e individual como del materialismo histórico y de la dialéctica del desarrollo desigual y combinado, componentes esenciales del marxismo. Más aún, la experiencia histórica muestra, primero, que los procesos revolucionarios que han triunfado han sido aquellos en los que la opresión nacional era una contradicción antagónica asumida conscientemente por las organizaciones revolucionarias; segundo, que los procesos revolucionarios que han menospreciado estos problemas o que han pospuesto su resolución para un futuro indefinido, han terminado por estancarse y fracasar; tercero, que las izquierdas que han dejado en manos de las derechas los profundos, contradictorios y complejos sentimientos nacionales, populares, culturales, simbólicos, etc., en realidad han dejado en manos de la clase dominante un polifacético y polivalente campo de manipulación y control social; y, cuarto, que en las crisis prerrevolucionarias el capitalismo, monopolizador de los contradictorios sentimientos nacionales despreciados por las izquierdas, los ha manipulado, ha aplastado sus contenidos democráticos y progresistas desarrollando y oficializando sus contenidos reaccionarios, racistas y machistas para, con la fuerza irracional así activada, proceder a aniquilar mediante el terror y con el apoyo de las masas alienadas a las organizaciones revolucionarias.
La experiencia de la izquierda independentista vasca no niega nada de esto sino que lo confirma, y no vamos a extendernos en la responsabilidad reaccionaria del stalinismo español en todas sus variantes y sobre todo del eurocomunismo, en la década de 1970 y posterior. Pero tampoco tenemos que olvidar el comportamiento del anarquismo con su indiferencia suicida ante la opresión nacional concreta, lo abstracto de sus tesis y, en la práctica, lo beneficioso que ha sido esa indiferencia para el Estado nacionalmente opresor. En este sentido, nuestra experiencia confirma también que el marxismo es la teoría que más ayuda a la independencia nacional del pueblo trabajador, como lo ha sido, con todos sus problemas, en el resto de luchas de liberación nacional y social. El anarquismo, si quiere aportar ideas cualitativamente innovadoras y decisivas para la emancipación vasca, debe introducir en su cuerpo teórico ideas que surgieron después de su formación, ideas a las que se ha enfrentado desde entonces. No es una tarea fácil sino prácticamente imposible porque para lograrlo el anarquismo debería reestructurar de arriba abajo y también en su interior el modelo entero de su ideario. Podríamos usar el símil del edificio viejo que debe albergar además de nuevos sistemas de electricidad, agua, ascensores, muebles, sistemas aislantes y seguros contra terremotos e incendios, etc., también y sobre todo a mucha más gente sin tocar los cimientos, las paredes y las habitaciones. Imposible.
Sin embargo, el marxismo sí puede integrar y asumir el grueso de las aportaciones anarquistas, que también las hay, porque su estructura conceptual lo permite y lo exige. El ejemplo más valido es precisamente el de la independencia de Euskal Herria. El pueblo trabajador vasco necesita asumir todos los logros y avances progresistas provenientes de otras luchas y experiencias tanto en nuestra nación como en otros países. Lo necesita por el mismo contenido dialéctico del proceso revolucionario. De hecho, eso es lo que la izquierda abertzale lleva haciendo en todos los campos en los que otras organizaciones han tenido la razón y han comenzado antes la lucha. La izquierda abertzale ha sabido y podido integrar esas aportaciones porque dispone de una verdadera ventaja estratégica consistente en haber acertado antes que nadie la naturaleza del proceso independentista y socialista. Es la dialéctica del todo y de las partes. El todo lo pensó y lo desarrolla la izquierda abertzale, y algunas partes de las contradicciones que nos afectan las han pensado y aportado izquierdas no abertzales. A otra escala, sucede lo mismo entre el marxismo y el anarquismo.
Precisamente, la necesidad de integrar todas las luchas y reivindicaciones en un todo político coherente y radical fue una de las primeras exigencias de Lenin, pero también de Marx, del llamado Marx “joven”. No se trata de un descubrimiento reciente forzado por las amargas derrotas de muchas luchas revolucionarias, sino de una exigencia básica teorizada ya en una fecha tan temprana como finales de 1843 y comienzos de 1844 gracias a un estudio riguroso de los conflictos sociales habidos hasta entonces y de sus limitaciones. Sintetizar la quintaesencia política de todos los problemas, presentar esa síntesis de tal manera que se visualicen claramente las interacciones entre todas las opresiones y explotaciones, y mostrar que a pesar de todas sus diferencias al final siempre llegamos al punto crítico y decisivo que les unifica y que no es otro que la propiedad privada y el poder a ella unido, este proceso simultáneamente práctico y teórico, es el que expresa la diferencia entre marxismo y anarquismo.
3.
En base a lo dicho aquí arriba, lo primero que debemos hacer al intentar una defensa actualizada de Lenin es no caer en dos errores extremos: deificarlo o demonizarlo. El primero lo cometió el stalinismo llegando a grados irracionales como el de momificar su cadáver en contra de toda su filosofía vital, censurado textos decisivos suyos, manipulando descaradamente el resto y creando artificialmente un “leninismo” que hubiera hecho vomitar al propio Lenin. El segundo, que ha tardado algún tiempo más en aparecer plenamente dada la magnitud del personaje y de su obra, empezó a surgir en sectores de la burguesía más reaccionaria y en algunos grupitos de ultraizquierda, y ha llegado a su máximo nivel tras la implosión de la URSS, cuando algunos burócratas que lo idealizaron durante el stalinismo, y que lo “adecuaron” convenientemente para justificar la perestroika, luego lo demonizaron obedeciendo a la nueva burguesía surgida del interior de la casta stalinista. De dios a diablo. Simultáneamente y bajo la presión postmoderna y neoliberal, sectores de la intelectualidad ex marxista y ex revolucionaria se lanzaron contra Lenin con el mismo odio del converso usado en su excomunión de Marx. Por último, cuando tanto el posmodernismo con el neoliberalismo empezaron a entrar en crisis, cuando se vio que la “democracia occidental” sumía en la pobreza y hasta en la miseria a las masas de los Estados del socialismo realmente inexistente y, por no extendernos, cuando la moda antiglobalización se desinflaba para aparecer una nueva oleada ascendente de lucha de clases mundial, en la que los pueblos oprimidos destacan con más fuerza incluso que la demostrada en oleadas anteriores, ahora reaparece una anterior crítica a Lenin: su supuesto desprecio a las masas, a la creatividad espontánea del pueblo, la crítica a su tesis de que la conciencia socialista y revolucionaria sólo puede surgir “fuera” de la clase obrera, la crítica a su supuesta tesis del “partido ultracentralista”, etc.
Tanto la deificación como la demonización se oponen frontalmente a una de las características del marxismo: el análisis concreto de los problemas concretos siempre en su contexto, siempre en sus interacciones con los demás problemas que a su vez pertenecen a una totalidad superior e integrante que está en movimiento permanente debido a sus contradicciones internas. Lenin elevó esta característica a uno de sus niveles más altos desde el inicio mismo de su militancia marxista pese a la muy limitada cantidad de textos clásicos disponibles en aquél momento. Krupskaya, su compañera, informa que la mayoría de miembros del grupo de estudio del marxismo al que ella y Lenin pertenecían a finales de 1893, justo habían leído el primer volumen del Capital pero no habían leído ni siquiera el Manifiesto Comunista, y añade dos cosas que serán permanentes en Lenin: una, que a diferencia de otros estudiantes incluso más formados que él, sorprendió al grupo de estudio la manera muy concreta con que Lenin analizó el problema de los mercados y su explícita referencia a la “patria” rusa.
Una de las características de la izquierda independentista vasca es que, casi siempre, ha supeditado los debates teórico-abstractos a las urgencias de la práctica revolucionaria. Semejante hábito ha sido malinterpretado por nuestros críticos como un ignorante desprecio de la teoría, como un empirismo cegato, como una demostración más de nuestra “esencia pequeño burguesa y reformista” que permanece oculta tras una fraseología aparentemente radical y militarista, etc. Sin embargo, por lo general, la izquierda independentista ha tenido como principio rector en estas cuestiones el criterio marxista de que vale más un avance práctico en la lucha de las masas que diez programas sesudamente ideados. Mientras que los críticos nos han excomulgado basándose casi siempre en base a su interpretación peculiar de sus libros sagrados, desde los demócratas burgueses y humanistas del socialismo católico hasta las más recientes genialidades de Negri o de anarquistas que le superan por la “izquierda”, pasando por los manuales soviéticos y chinos, las obras de Trotsky, Rosa Luxemburg, Pannekoek y otros más, convenientemente descontextualizados, sin olvidarnos de los marxistas-leninistas albaneses, por no citar a todo el rebaño de sociólogos y demás profesionales de la ideología burguesa.
Antes de pasar a una defensa más detenida de Lenin, especialmente del “¿Qué hacer?”, conviene adelantar una visión general de sus aportaciones al marxismo para disponer de una perspectiva histórica. Pese a no haber podido leer la Crítica a la Filosofía del Dedrecho de Hegel, los Manuscritos de 1844, La Ideología Alemana, Los Grundrisse, todos ellos publicados tras su muerte en 1924, y tampoco, obviamente, otros manuscritos aún más tardíos, y pese a su lectura superficial de Hegel antes de 1914, una de las grandezas de Lenin consiste en haber captado muy tempranamente tres de las características esenciales del marxismo: primero, guía y método para la acción revolucionaria; segundo, guía que se basa en el análisis concreto de la realidad concreta; y tercero, el contenido crítico y autocrítico de la dialéctica. Existe una dialéctica entre estas características que se muestra en la efectividad del método resultante para descubrir las contradicciones internas de la sociedad e incidir en ellas. Teniendo esto en cuenta, las aportaciones de Lenin al marxismo se pueden enumerar así por orden cronológico: Una, desarrollar en sus textos iniciales la crítica a la sociología ya implícita en la crítica de Marx a Comte, y luego recuperadas parcialmente por Kautsky, de modo de Lenin, al igual que Gramsci más tarde, precisó la diferencia cualitativa entre marxismo y sociología. Sin este avance Lenin muy difícilmente hubiera podido realizar el estudio sobre el desarrollo capitalista en Rusia, estudio que confirmó de manera inapelable que la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado era ya la contradicción antagónica fundamental sobre la que incidir, en vez de la contradicción entre zarismo y campesinado. Este estudio también estaba en la base de otra de las aportaciones de Lenin: las relaciones entre elproletariado y el campesinado, a la que volveremos luego.
Vino luego la aportación de la teoría de la organización y del valor del revolucionario «profesional», formado teóricamente, conocedor de la complejidad social y capaz de incidir sobre ella, dispuesto a adaptarse a los cambios en las formas de dominación y explotación para combatirlas mejor, consciente del papel de la represión policial, y, sobre todo, sabedor de que para decidir en todo lo anterior son vitales dos principios elementales: el papel central de la conciencia política organizada y la importancia estratégica de lograr la hegemonía social de la clase trabajadora sobre el resto de clases y grupos dominados y subalternos. Todos estos criterios están expuestos en el «¿Qué hacer?», y siguen teniendo ahora la misma validez esencial que tenían hace un siglo, pero sabiendo aplicarlos a las condiciones del capitalismo actual. Un ejemplo de la efectividad teórica del método marxista elaborado por Lenin hasta 1902 es su teoría implícita sobre los riesgos de burocratización política, adelantándose a los sociólogos burgueses Weber y a Mitchels.
Tras la revolución de 1905 Lenin desarrolló la aportación anteriormente citada sobre las relaciones entre la clase trabajadora y el campesinado. Recordemos que en 1905 hicieron irrupción los primeros soviets en la historia rusa y otras nuevas formas de lucha social. Pero también sucedió que el movimiento campesino se sumó a la revolución cuando el movimiento obrero había empezado a retroceder, de modo que el Estado zarista pudo vencer sucesivamente a sus dos enemigos. Lenin tomó buena nota de todo ello y comenzó yuna larga reflexión sobre el significado de los soviets y su relación, primero, con la teoría de la organización mediante sus propuestas de máxima democratización en la vida interna del partido bolchevique ya en noviembre de 1905 hasta su autocrítica de 1907 y con la crítica a sus propios compañeros bolcheviques que se aferraban a la tesis de 1901-1902, que estudiaremos en su momento; y segundo, con la teoría del poder soviético y sus relaciones con el Estado obrero, teoría que completará en 1917. Además de esta reflexión también redobló sus esfuerzos para resolver el problema de las relaciones entre el movimiento obrero y el movimiento campesino dentro de su concepción de la hegemonía social abarcadora que debía lograr el proletariado.
Conforme pasaban los años y además de otras muchas cuestiones, Lenin empezó a preocuparse cada vez más por la llamada cuestión nacional, de modo que en 1912-13 encargó a Stalin que redactara un opúsculo que sirviera para homogeneizar la postura de los bolcheviques al respecto. Se intensificaba así un proceso práctico y teórico que terminaría siendo uno de los detonantes de la ruptura total entre Lenin y Stalin porque se había transformado en uno de los problemas candentes de la revolución rusa y de todo el proceso revolucionario mundial. Mientras esta pugna se mantenía larvada, con el estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914 se inicia el período de esplendor de Lenin que duraría hasta el instante de su muerte y que alcanzaría su máximo rigor autocrítico y crítico en el llamado “último combate”, el sostenido a la desesperada contra la burocratización stalinista.
Hay que empezar diciendo que Lenin se llevó un tremendo golpe psicológico, teórico y político por el comportamiento imperialista de la socialdemocracia internacional en agosto de 1914, cuando casi todos los partidos socialistas -excepto rusos e italianos– se pusieron incondicionalmente a las órdenes de sus respectivas burguesías, convenciendo a los millones de trabajadores socialistas que debían matarse entre ellos en densa del capitalismo. Fueron muy pocos los socialistas que se mantuvieron firmes en sus convicciones internacionalistas. Una de las razones que explican esta debacle es la del dominio positivista, mecanicista, objetivista y occidentalista en el socialismo de la época, lo que le imposibilitó percatarse de la complejidad contradictoria de los referentes identitarios de las clases trabajadoras, referentes que palpitaban en su subsuelo de la vida oficial y que crecieron al calor del reformismo parlamentarista y sindicalista. Aunque no se trata de exonerar al socialismo diciendo que en muchos textos de Marx y Engels, sobre todo en los “juveniles” y en los de sus últimos años, así como en gran cantidad de sus minuciosos análisis concretos de problemas concretos, abundan indicaciones directas sobre estos problemas de la “subjetividad”, sí hay que decir que crisis idénticas a las de Lenin la sufrieron casi la totalidad de intelectuales de todas las opciones políticas, bástenos recordar al profundo giro que Freud dio al psicoanálisis tras el impacto de dicha guerra sobre su visión del ser humano, por citar un solo caso.
Pero Lenin se repuso con bastante rapidez y su reacción fue idéntica a la de otros marxistas anteriores y posteriores a él que sumidos en una crisis similar a la suya reaccionaron de la misma forma, a saber: bucear sin miedos en las causas de su error de apreciación sobre el significado de la II Internacional hasta estar en condiciones de una reelaboración del grueso de sus concepciones, manteniendo sin embargo el método esencial al marxismo. Dejando de lado dignos y hasta heroicos comportamientos individuales en contra de la guerra que se dieron en casi todos los Estados implicados, lo cierto es que solamente rusos e italianos se opusieron frontalmente a la masacre imperialista. Lo significativo de este comportamiento es que ambos colectivos habían librado con anterioridad una áspera lucha contra el oportunismo, contra la dejadez e indiferencia teórica, contra toda forma de contemporización con el reformismo y con el poder de la burguesía. Ambos grupos habían formado una militancia radical y muy consciente de las contradicciones irresolubles entre la burguesía y el proletariado, lo que les permitió reaccionar rápidamente sin caer en el fanatismo interclasista y reaccionario.
Partiendo de esta base crítica hacia el anarquismo, Lenin argumentó su “¿Qué hacer?” avanzando en las tesis centrales que ya estaban apuntadas en los últimos desarrollos de Marx y Engels con respecto a la dialéctica entre la clase trabajadora y la organización revolucionaria. Antes de seguir hay que respetar el criterio de la historicidad de toda teoría y pensamiento, en este caso del marxismo.
Aunque uno o dos pensadores geniales puedan adelantar algunas hipótesis válidas sobre el futuro de las contradicciones sociales partiendo del nivel teórico alcanzado y de una correcta utilización de la dialéctica inducción y la deducción, aunque sea así y de hecho ha ocurrido varias veces, la teoría en el sentido pleno de la palabra no se desarrollará hasta que las luchas sociales no hayan hecho emerger las contradicciones irreconciliables que minan internamente la sociedad capitalista. Esto es lo que les ocurrió a Marx y Engels en muchas cuestiones y por eso mismo, hoy podemos decir que su teoría, mejor decir su método para hacer la revolución comunista, es más actual y válido a comienzos del siglo XXI que a mediados del XIX.
En el problema de la organización revolucionaria y de sus relaciones con la concienciación obrera y popular se advierte en ambos amigos un fenómeno característico que no es otro que el de la tensión entre una visión de fondo esencialmente correcta desde el principio y su enriquecimiento progresivo, con la superación dialéctica de partes que van quedando superadas en la medida en que el capitalismo avanzaba hacia su plena industrialización. Marx no vivió el inicio de la fase imperialista pero en sus textos se aprecia claramente cómo avanzaba de la intuición del papel del capital a préstamo, financiero, a las bases de lo que sería más adelante su papel crucial en el imperialismo y a lo largo de esta fase del capitalismo. Y aunque Marx adelantó muchas tesis básicas sobre el Estado burgués en sus muy precisos y minuciosos análisis de las luchas concretas, pese a esto no pudo ver definitivamente el papel crucial que adquiriría el Estado burgués con el desarrollo del imperialismo. También comprendió el efecto devastador del chauvinismo gran nacionalista en la clase trabajadora de la nación ocupante, pero sólo vivió en el momento en que ese chauvinismo se mostraba en el aspecto económico, es decir, en la integración socioeconómica y sindical del movimiento obrero, pero apenas en la generalización de la ideología eurocéntrica y del nacionalismo imperialista en su seno. No son “limitaciones” en el sentido negativo, sino limitaciones objetivas impuestas por la propia e inevitable historicidad de su pensamiento. Es por esto que Engels, que vivió una década más que él, y además una década en la que buena parte de estas nuevas formas de la explotación capitalista ya aparecían con su plena identidad, sí pudo darse cuenta de dichas tendencias y responder en la medida de sus menguantes fuerzas. No es casualidad, como veremos, que en esos últimos años y cuando estaba sobrecargado de trabajo intentando traducir los garabatos ilegibles de su amigo y ordenar las montañas de desordenados manuscritos, en esas condiciones y sometido a un diluvio de preguntas y peticiones de ayuda de todas partes, hizo hincapié mil veces en la urgencia de valorar en su justa función histórica todo lo relacionado con el llamado “factor subjetivo”, algo que está siempre presente en toda la teoría leninista.
En “Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel”, Marx plantea, entre muchas más, dos cuestiones que serán decisivas en los procesos revolucionarios posteriores y que Lenin desarrollará con detenimiento: el problema de las “cadenas radicales” y el problema de la “conciencia desde fuera”. En la primera cuestión, sostiene que el proletariado debe asumir como propias todas las reivindicaciones sociales, debe enfrentarse a todas las injusticias que sufran otros sectores y clases como si las padeciera y sufriera él mismo: las “cadenas radicales” de la clase trabajadora expresan la realidad objetiva de que la clase trabajadora está explotada en el pleno y absoluto sentido de la inhumanidad práctica, es decir, no se trata de una crítica moral y utópica que se dispersa en infinitas circunstancias, como hasta entonces, sino de una realidad material única que debe ser materialmente superada con la práctica revolucionaria que se concentre en la “disolución del orden actual (…) la negación de la propiedad privada”, con el arma de la crítica y la crítica de las armas.
En defensa de Lenin
Yo no he leído el artículo de Amorós, pero no hace falta ser un experto en nada para saber que el leninismo está emparentado con la extrema derecha (de hecho, se está dando cierta convergencia entre ambos sectores; como muestra, un botón: la revista «Boltxe», en su web, recomienda el portal NuevOrden, de ideología nazi).
El leninismo postula el estado como director de la sociedad, el partido como director del estado y la ejecutiva como directora del partido. Todos los grupos leninistas sin excepción tienen líderes o los esperan, como las sectas mesiánicas que son.
Además, en el terreno económico – aún habiendo diferencia – hay un fuerte parecido: el corporativismo nazi-fascista respeta la propiedad privada, sometida al arbitraje del estado y ele leninismo va un poco más allá y promueve la propiedad estatal de los medios de la economía.
Termino recomendando, a quien quiera ahondar en este tema, que se informen sobre el llamado «nacionalbolchevismo» y sobre un tipejo llamado Joan Colomar o Colomà, conocido en Catalunya por haber pasado del trotskismo a la ultraderecha.
En defensa de Lenin
No he leido todo el artículo, porque estas discusiones clásicas sobre el leninismo ya me resultan pesadas (gracias a la tímida emergencia del PCPE). Sólo puedo decir, que da la senscaión de que que lo único que ha leido Iñaki Gil de Amorós es el artículo sobre el leninismo.
En defensa de Lenin
Esta polémica podría ser infinita, ya que puestos a argumentar y contraargumentar se pueden ver las cosas desde diferentes perspectivas, se pueden forzar y manipular datos etc etc. Al final todo es argumentable y defendible con palabras y argumentos. Hay incluso unos señores de la New Age que dicen que la conquista de américa por parte de los españoles se produjo porque los indígenas nos les vieron llegar, ya que al no haberlos visto nunca no tenían esa representación en su mente que crea la realidad, la cual es sumamente etérea al parecer…
Pues eso, cuando leo a Gil de San Vicente tengo la sensación de escuchar a un teórico de la New Age. Supongo que se deberá a mis ideas y lecturas previas, pero el texto de Amorós, salvo algunas cosas puntuales, en cambio me resulta del todo convincente. Efectivamente el leninismo es un fascismo más y una total perversión del marxismo.
Salut.