Si no fuera por el sufrimiento que se aprecia en las caras de los palestinos que viven en la ciudad vieja de Nablús e incluso por la detención de tres compañeros, hay aspectos del toque de queda que se parecerían más a una película de los Monthy Pyton, en lo relativo a nuestra vivencia, que a una guerra. Es imposible no sorprenderse por la facilidad con la que los brigadistas nos movemos por la ciudad, molestando a los soldados. Imagínense la escena: treinta extranjeros en grupos de cinco personas que siguen a grupos de soldados que vuelan puertas, irrumpen en casas, interrogan al vecindario, lanzan continuamente bombas de sonido y disparan con fuego real de tanto en tanto para amedrentar, y en algún caso herir gravemente, a los niños que les tiran piedras constantemente. Y pese a lo sorprendente de nuestra facilidad de movimientos, nunca estamos a salvo. El ejército ha detenido a tres de nuestros compañeros. Se encontraban en la puerta de una casa ocupada. Llevaban un buen rato gritando desde la calle que querían entrar a comprobar a que la familia que los soldados mantenían prisionera se encontraba en buenas condiciones. Tres soldados salieron corriendo de la casa, los agarraron y los arrastraron hacia una de las habitaciones. Franz, de nacionalidad austríaca, Tom, británico, y Uwe, el alemán que, con apenas 19 años, ostenta el título de benjamín de la organización, fueron retenidos durante más de siete horas. Las condiciones de su retención fueron absolutamente ilegales. Esposados con las manos a las espaldas, con una bolsa de cartón cubriéndoles la cabeza e impidiéndoles ver nada de lo que sucedía a su alrededor, permanecieron todo ese tiempo de rodillas, recibiendo insultos y patadas de los soldados, hasta que la policía se hizo cargo de ellos. Tras ser trasladados a la comisaría del asentamiento de Ariel, y en vista de que habían sido seriamente maltratados por el ejército, la decisión del Ministerio de Interior de Israel fue la de ordenar una vista rápida en el centro de deportación del aeropuerto de Tel Aviv para deshacerse de ellos. Cuarenta y ocho horas después de su detención, fueron puestos en libertad. Pero tuvieron que comprometerse a no volver a poner un pie en los territorios ocupados.

Más allá de las circunstancias a las que ya sabemos que nos enfrentamos, como la detención y el maltrato, ha sido un día largo en Nablús. Muy largo. Desde las ocho y media de la mañana hasta la noche, cuando aumenta el nivel de peligrosidad y debemos retirarnos a los tejados donde dormimos, nos hemos dedicado a incordiar y perseguir a los soldados israelíes. Y con ello me refiero a estar presentes en todas y cada una de las casas que han allanado, para comprobar que no se exceden en el abuso que constituye que 15 soldados entren en un hogar, encierren a una familia en una habitación durante cinco horas, y pongan el resto de la casa patas arriba o incluso la vuelen con cargas explosivas, como hemos presenciado en al menos tres ocasiones.

La escena se repite una y otra vez con pocas variaciones. Los soldados, en posiciones de combate, se dedican a pasearse por la ciudad antigua, tan llena de callejones y recovecos como cualquier zoco de cualquier ciudad árabe. De vez en cuando pegan una patada en una puerta y entran a registrar una casa. Saben perfectamente que no van a encontrar nada porque todos sus movimientos tienen mas de repetición y entrenamiento que de intención real de localizar a quien pretendidamente buscan. Está claro que su objetivo se limita única y exclusivamente a mantener una guerra de desgaste psicológico que deje inermes a los palestinos. Cualquier supuesto terrorista a quien buscasen hoy, habría tenido tiempo más que de sobra para escapar. ¿Qué sentido tiene mantener encerrado durante horas a un matrimonio de ochenta años para que quince soldados y un perro registren una casa que no supera los 50 metros cuadrados? Crear el terror. Eso es lo que podemos asegurar quienes estamos presenciando la invasión militar de Nablús. ¿Qué sentido tiene volar con explosivos la sala de estar de una familia para ver si detrás de alguna de las paredes se esconde un zulo? Demostrar quién tiene el poder, humillar y destrozar los nervios de las víctimas. Nada más complejo que eso.

Y lo peor de todo esto es que los soldados justifican este tipo de comportamientos para «frenar el terrorismo suicida», cuando el terrorismo suicida no es más que el fruto de la opresión que Israel siembra en Palestina. Pese a la irónica alusión al cine de los Monthy Pyton, que se refiere expresamente a la extrañeza de que el ejército nos permita presenciar su invasión de la ciudad, la situación es absolutamente trágica. Los niños miran, con odio, cómo se humilla a sus padres. Los padres saben que sus hijos seguirán expuestos a esta situación durante años y los abuelos se preguntan por qué llevan sufriendo todo esto desde 1948. El sometimiento constante de estas ciudades, la aleatoriedad de las represalias, la imprevisibilidad del comportamiento israelí supone una presión psicológica de tal calibre para los miles de jóvenes palestinos sin ninguna expectativa de futuro que, aderezada con una buena dosis de fanatismo religioso, sólo puede conducir al terrorismo.

En realidad, y conociendo la situación, se vuelve imposible no comprender a los luchadores palestinos. Privados de su tierra, privados de su Estado, desprovistos de futuro y sometidos a la humillación y el miedo diarios, es lógico que una pequeña proporción opte por el suicidio. Ya me he encontrado a unos cuantos chicos de mi edad que me han expresado directamente y sin ambages su intención de inmolarse con una bomba en Tel Aviv. Y para entenderlo hay que mirarles a los ojos, hay que comprender su expresión, hay que ver el respeto con el que se refieren a sus compañeros de universidad y sus amigos del barrio y de la infancia, asesinados por el ejército de Israel. En las calles palestinas apenas hay carteles publicitarios. Las imágenes de los mártires apenan dejan espacio para otra cosa. Son tantos los jóvenes que ha perdido cada población, que será difícil desterrar las semillas del odio de su formación o de sus expectativas vitales.

Con comportamientos como el que estamos presenciando en Nablús, el gobierno de Sharón no puede pretender otra cosa que seguir alimentando la cantera del odio de la que se nutre desde hace años su política. No puedo encontrar ningún otro motivo para aplicar un toque de queda y una invasión militar como la que estoy presenciando, a menos que me limite a creer en la estupidez de todos y cada uno de los israelíes que toman las decisiones y la cobardía quienes la conocen y callan. Teóricamente, nuestra presencia como brigadistas debía servir para mostrar al mundo lo que sucede y denunciar la injusticia y el salvajismo de la ocupación. En un principio, cualquiera podría pensar que un ejército que se comporta de ese modo no quiere testigos; pero la experiencia demuestra que se trata de todo lo contrario: el ejército permite que nosotros y las cadenas de televisión del mundo árabe presenciemos la invasión de Nablús para avisar al mundo de lo que están dispuestos a hacer. Ningún atisbo de vergüenza o arrepentimiento, ninguna autocrítica, ningún intento por parte de los soldados de esconderse para disparar a grupos de niños. Lo hacen en nuestras propias narices y se vanaglorian de ello. Y mientras tanto, a nosotros se nos revuelven las tripas y a nuestros gobiernos les importa una mierda que asesinen a otro niño palestino.

He visto a un niño con un tiro en la cabeza. No puedo expresar la sensación de rabia, impotencia y odio que me provoca. No sé cómo explicarlo, no sé cómo olvidarlo ni cómo podría narrarlo a mi regreso a España. Y no he visto nada excepcional. Sucede todos los días. Es la norma, el triste bucle de muerte y más muerte que se retroalimenta a sí mismo. Los últimos estertores de la intifada y el final de esta serie de crónicas desde Palestina, que no han tenido otra intención que contribuir a que se conozca la verdad de lo que aquí sucede. Gracias.

COA-MOC
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