Los EEUU están en “alerta naranja”, que por lo visto, es un caso de extrema peligrosidad para los poderes financieros mundiales. Así, los policías se cuentan a miles por las cercanías a los grandes colosos norteamericanos. Da que pensar, que el Estado que más seguridad dice poseer, no hiciera nada para evitar el 11-S, y si embargo, decreten estado de extrema peligrosidad continuamente.

Lo cierto es que las elecciones se acercan y la administración Bush sólo tiene una manera de ganar: el miedo. Vender protección a una sociedad estúpida que se cree las falacias de un gobierno que gana a base de miedo y pánico.

El miedo es una de las herramientas más utilizadas por los sistemas que se hacen
llamar democráticos. Crear una conciencia de individualidad competitiva, de
sujetos aislados que tengan miedo lxs unxs de los otrxs, puede ser la mejor
manera de ejercer una represión encubierta. Miedo al cambio, miedo al
inmigrante, a la delincuencia, al sindicalismo, a las reivindicaciones, miedo a
hablar o pensar “de más”; miedo a meterse «en líos» o «a tener problemas». Las
aulas universitarias se pueblan de personas mudas que no hablan, por miedo;
miedo al que dirán, o quizá, tienen miedo a no saber que decir.

La represión no sólo está en las fuerzas de seguridad. Quizá la cara visible de
ésta sea el policía o el carcelero, pero no es la única manera de control
social. Unas fuerzas represoras, por muy represoras que sean, pueden ser
combatidas sin cuartel y conseguirse logros, así nos lo demuestra la historia.
El problema es cuando los cuerpos represivos, la mentalidad autoritaria, se
incrusta en las mentes de la gente. El conformismo más salvaje que vivimos en
estos tiempos es buena muestra de ello. “Es el sistema menos malo”, “No podemos
hacer nada mejor”, “Es inevitable que las cosas tengan que ser así” y otra serie
de mensajes derrotistas que apoyan el mantenimiento de un sistema “democrático”
construido en la injustita y la desigualdad de arriba abajo son también pruebas
palpables de un peligroso desánimo autoritario.

En la guerra civil había un cartel que versaba “¡Guerra a muerte al bulista! Con
sus gritos de derrota trata de resquebrajar el espíritu combativo del frente y
la retaguardia” Deberíamos tener ese cartel pegado en el salón de casa.

El policía justifica sus actos “porque tiene que vivir de algo” o “porque de
todo tiene que haber”. Si ha de pegar, pongamos por caso, a unos astilleros que
protestan por un despido injusto que les deja en la calle con hijos a los que
alimentar, aún sabiendo que es injusto, lo realizará porque “es un mandado”. Esa
mentalidad para calmar la propia conciencia, para justificar todos los
atropellos, puede traspasar el campo del policía y meterse en tu cabeza.

Si seguimos así, los policías ya no tendrán mucho sentido porque la gente ya
lleva el policía dentro, y esa es la mejor manera de controlar a un pueblo,
hacerle creer que vive en un sistema justo y que reaccione contra todo lo que
pueda subvertirlo, incluso sin tan siquiera valorar las posibles consecuencias
de un cambio.

La “paz social” que nos venden no existe, la “seguridad ciudadana”, que tanto
nos repiten los políticos para que les votemos, tampoco existe. Ambos conceptos
disfrazan, a duras penas, un sistema que intenta mantener los privilegios de
unxs a costa de la miseria de otrxs e intenta, por todos los medios, mantener un
orden establecido intacto, que no se rompa. No vaya a ser que “lxs miserables”
puedan organizarse y abolir los privilegios en post de una real igualdad.

No hay paz social porque vivimos en un estado de guerra. Sufrimos la invasión
del Estado en todos los ámbitos de nuestras vidas y contra esto sólo nos queda
la revuelta y el ataque.

Una de las herramientas para que todo siga igual, es el miedo. Miedo a
preguntarte porque esto es así y qué pasaría si fuera de otra forma. El miedo
hace que la gente pierda la responsabilidad y el compromiso de hacer cosas por
“si mismx”. Se delega todo en los demás, en unos pocos sátrapas. Por eso mucha
gente no alcanza a comprender el funcionamiento de una sociedad anarquista ya
que implica cotas de responsabilidad, de cada unx mismx, aun desconocidas para
el género humano.

La democracia no hace concesiones, o colaboras o te reprimen. Por ello nosotrxs
tampoco debemos hacerlas y sólo podemos esperar de ella la represión.

Antes de acabar con el policía de fuera estaría bien matar al policía que
quieren que llevemos dentro.

NOTA DE TORTUGA: Nuestro Grupo no asume ni el tono ni algunas de las afirmaciones de l@s autor@s del artículo, si bien sí la mayoría de sus análisis. El título original es «La Represión del Miedo»