Le recordará siempre esta ciudad acogedora, cosmopolita, obrera e inmigrante; tantos ilicitanos con raíces manchego-andaluzas unidos por el universal signo de identidad del recuerdo de una juventud que el tiempo emborronó y de la que posiblemente solo nos quede ya el incierto sabor de la ausencia, de los momentos que, para bien o para mal, jamás volverán.

Pero la magia de la música tiene el poder milagroso de hermanarnos (a los complejos humanos) en compartir los estados de ánimo.

El Fary, ese pequeño gran hombre con ligeros rasgos asiáticos en el rostro y hablar apasionado nos acaba de dejar. Produce tristeza la despedida, el adiós de ese hombre tan humano y sencillo “una buena persona” como quería que se le recordara.Gracias a la técnica ese torrente de voz con la que muchos pusimos nombre y apellido a nuestras emociones sigue acariciándonos los sensibles oídos del corazón.

Su peculiar voz, esa hemorragia abierta de sentimientos que nos ponía a muchos el vello de punta, ha dejado de brotar en directo como también fenecieron los discos de vinilo donde guardábamos sus melodías y su cante de llanto semiamargo. En este principio de siglo nos acostumbramos a ver morir conceptos, gente buena como él e incluso al fenecer de formas de guardar la voz. También pasan a la historia sentimental colectiva los cassetes, aquellas cintas sonando desafinadas en los “ciento veinticuatro”, “ciento veintisiete”, “Panda” y demás autos de nuestra aparcada juventud, cantando en idénticos barrios de idénticas ciudades, gente humilde unida por similares problemas y sentimientos y también por la música. Cantaba a la muerte , al emigrante, al valor de la amistad, a la enamorada del sacerdote, al campesino, al obrero, a los ojos del ciego , a la novia que se casa con quién no ama, a la madre, al amor…. Y lo hacía de forma tan magistral que intentábamos imitarle desde nuestras fábricas y demás sitios donde soñar despiertos.

No a todos gustaba su estilo, ese híbrido de copla rumbera sazonada de cante “afandangao”, pero a los que nos deleitaba nos hacía levitar y se nos hace difícil disimular la sangre flamenca que él nos inyectó en las venas del alma con su garganta. Es conmovedor, en estos tiempos de cómoda fama mediática, como este currante cantautor se las ingenió en sus comienzos para autopromocionarse o “buscarse la vida” como decía él para llegar al público.

La vida pasa porque tiene que pasar mas la desgarrada voz del Fary ya es inmortal (trasmutada ahora a los discos compactos) y potente como el agua de un río tras la fuerte lluvia. Siempre le quedará el agua a la tierra para que germine aunque nosotros ya no estemos…. siempre nos quedará la caricia de esa su voz envolvente para cantarnos lo que nos pasa o lo que nos debió pasar. Hasta siempre, Fary eterno, gracias por haber estado ahí, en el perfil de nuestra existencia.