
Pulsaciones Veraniegas
1. El turismo es descanso cuando el viaje se realiza hacia el propio corazón.
2. El poder secreto de las palabras es como una moneda de dos caras: un una suena la vibración de la voz del que habla y en la otra el sonido del corazón abierto y receptivo de quien escucha.
3. Descansar no es cambiar de actividad; sino el cese de toda actividad que no sea rehacerse a sí mismo.
4. El verano es una invitación a “salir fuera”, pero sin salirnos ni exiliarnos de nuestro adentro.
5. La mayor manifestación de fuerza es la ternura.
6. Da pena la alegría de quienes gozan con los males ajenos.
7. Propongo un pódium y medallas para los lentos, para aquellos que no luchan “contra reloj” sino “a favor” del tiempo.
8. Hay quien dice estar quemado sin haberse, siquiera, encendido.
9. Este verano voy a acampar en la cima de una inactividad tremendamente fructífera, daré largos paseos por las orillas de mi propio mar emocional y recorreré las costas y litorales que conforman mis encuentros y relaciones con los otros.
10. En la neurosis del consumo hemos acabado comprando cosas “sin alma”: objetos en serie, elaborados toscamente, con la máxima rapidez y con el mínimo cuidado; cosas a las que ya ni siquiera damos tiempo para que se desgasten, se estropeen y envejezcan. Simplemente las matamos antes de que mueran.
11. No habrá verano si, al mismo tiempo que nos trasladamos a la playa o a la montaña no nos adentramos en nuestro paisaje interior… para conocerlo, habitarlo, embellecerlo y disfrutarlo.
José María Toro nos invita, en este tiempo de descanso y de maduración de frutos que es el verano, a que cada una de esas pulsaciones “pueda ser escuchada más que leída; presentida más que interpretada; intuida más que comprendida”.
Veranear hacia adentro
El verano es la estación que representa el mediodía del año; es, por tanto , el apogeo del sol, de la luz y del calor. Estos elementos hacen que las flores de la primavera se conviertan en fruto. El verano representa también para los árboles humanos el tiempo de la maduración, del crecimiento, de la evolución.
Obnibulados de progreso y tecnología, empachados de consumo y propaganda, hipnotizados y alienados por cien mil reclamos publicitario nos hemos ido alejando, distanciando de una vida sencilla, simple, pero al mismo tiempo muy profunda y con una clara sintonía y armonía con la naturaleza que nos rodea y nos alberga.
Las estaciones, y en concreto el verano, ya no nos dice casi nada, salvo qué tipo de cuerpo lucir, qué ropas de baño exhibir, qué distracciones frecuentar… Reducimos los cambios de estación a mero cambio de tiempo y confundimos el tiempo con el clima. El verano, como cada estación, es un tiempo específico, con un sentido particular, con una energía peculiar. Cada estación es un tiempo singular, una invitación a vivir equilibrada y armónicamente sus matices y una oportunidad para habitar ese espacio de calendario de una manera consciente, responsable y creativa.
El verano, según la sabiduría china, es la estación del corazón, del fuego, del color rojo.
No se trata sólo de exponer nuestra piel al sol para broncearla sino de avivar ese sol interior que es el corazón. Exponernos también durante largas horas de inactividad al sol del corazón inundará nuestros cuerpos de una alegría que sudará por nuestro poros. Esa alegría que también se hará correr en las celebraciones festivas propias de este tiempo.
El verano nos invita no sólo a vivir más el aire libre sino también a hacer más libre y consciente el aire de nuestra vida de cada día. Se facilitan y propician el encuentro, el contacto y la comunicación con los demás. El verano es un canto de afirmación a la vida, la exaltación de los sentidos, la celebración de la abundancia y el regocijo de la generosidad. No habrá verano si, al mismo tiempo que nos trasladamos a la playa o a la montaña, no nos adentramos en nuestro paisaje interior… para conocerlo, habitarlo, embellecerlo y disfrutarlo.
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