Melilla Hoy

Santiago Anglada Capel, (Militar)
Tras publicarse en este diario el artículo «¿Qué tiene un militar y otros…?», firmado por el escritor y filósofo D. Antonio García Fuentes, algunos compañeros de oficio me han tanteado la posibilidad de replicar su contenido. Algunos han detectado en él un cierto aire ofensivo; otros, errores de bulto en el concepto general, y algún otro compañero simplemente resalta que «el artículo es malo». Todas ellas me parecen unas opiniones tan respetables como las que vierte el autor en su columna, o las que pueda tener cualquier otro ciudadano respecto a este y otros asuntos relacionados con las Fuerzas Armadas u otras instituciones del Estado. Asumir la libertad de expresión para quienes la tenemos expresamente limitada por ley, entiendo que, a veces, es difícil. Pero, afortunadamente, es lo que hay, mal que pese, sin embargo, incluso a algunos que deben precisamente protegerla y promoverla. Pero ese es otro tema.

Yo, por mi parte, opino que el mencionado artículo ofrece la posibilidad de aclarar y debatir algunas cuestiones muy interesantes. Antes de entrar a comentarlas brevemente, no quisiera pasar por alto la sensación, reconozco que incómoda, que algunos pasajes del artículo provocan, quizás involuntariamente. Me refiero a que tal parece que el autor abogara por la supresión de honras fúnebres solemnes para los miembros de nuestro colectivo caídos en acto de servicio. O, incluso, por la privatización de las Fuerzas Armadas, a cuyos miembros parece reprocharles que dependan del Estado. Es sólo una sensación, pero ésta flota como una densa niebla sobre el contenido del texto.

Pero, además de sensaciones, forzosamente subjetivas, el texto del artículo merece, al menos un par de comentarios. En primer lugar, y al hilo de alguna de esas sensaciones antes citadas, opino que todo trabajador fallecido en el desempeño de su trabajo, no sólo merece el reconocimiento público de toda la sociedad sino también el homenaje de sus responsables administrativos. En este punto concurren demasiadas circunstancias como para ser todas referidas aquí, pero, si hemos de calibrar la salud ciudadana de una sociedad, necesitamos conocer el grado en que ésta respeta y reconoce los derechos de sus trabajadores y trabajadoras. Necesitamos saber, para conocernos como pueblo, qué grado de preocupación despierta en nosotros el hecho de que, por ejemplo, en lo que llevamos de año, se hayan producido 460 accidentes laborales mortales declarados, de los cuales 398 lo han sido durante la jornada de trabajo. Habida cuenta de que, según las organizaciones sindicales y otros colectivos, apenas se denuncian en los juzgados la mitad de los accidentes que realmente se producen, cabe realmente suponer que las cifras serían superiores a las referidas y, sobre todo, que el terreno sobre el que campa buena parte del empresariado español contratante y subcontratante de determinados sectores como el de la construcción, es el de la impunidad. Son multitud las voces que claman por un mayor y mejor control sobre el cumplimiento de la legislación relativa a la seguridad en el trabajo, pero no leo nada a este respecto en el artículo del escritor y filósofo García Fuentes. Soy partidario, asimismo, de homenajear públicamente a todas estas personas que se dejan la vida en el tajo, soy partidario, incluso, de que se haga con los mismos honores que se rinden a los caídos en el seno de las Fuerzas Armadas, y de que estos hechos tuvieran, al menos, la misma la repercusión pública que la que los medios de comunicación y las instituciones otorgan a lo acontecido en misiones militares dentro y fuera del territorio nacional. Pero también soy partidario de que las penas por responsabilidad en estos accidentes sean mucho mayores y de que las inspecciones oficiales sean mucho más frecuentes y exhaustivas. Pero, para eso, hay que hacer inversión pública, hay que creer en el Estado y ahí se abre otro debate en el que no sé si el autor se encontraría tan cómodo como parece estarlo navegando por las plácidas aguas de la libre expresión. ¿Sabemos algo de actos de sentido reconocimiento público presididos por altos ejecutivos inmobiliarios, por ejemplo? Yo, desde luego, no.

Pero es que, además, si las cifras de accidentados en las Fuerzas Armadas (entre los que no incluyo, lógicamente, a los asesinados) han descendido drásticamente en los últimos años se debe a que se han realizado mejoras importantes y graduales en todos los ámbitos. En el área de personal, la profesionalización del soldado y la mejora de la formación de cuadros de mando y tropa. En relación al material, la modernización de vehículos y armamento y la gestión de los recursos y del rendimiento de las unidades en términos de calidad y eficacia. Y todo ello basado en una política de inversión decidida, particularmente en los últimos años, así como en un nivel elevadísimo de sensibilización en seguridad, sustentado en unas altas exigencias normativas. ¿Cuánto invierten la mayoría de las empresas en modernización y en calidad? ¿Cuánto en investigación y en seguridad? ¿Y su nivel de exigencia en relación a la seguridad de los trabajadores? Compare el señor García Fuentes las cifras y extraiga sus conclusiones.

Quizás parezca a este señor que esas inversiones son prescindibles, toda vez que, según él, la vida del militar «transcurre plácida y grata», rodeada de privilegios como la «paga segura». Y ello porque, dice, «en tiempos de paz el militar simplemente cubre el expediente». Este pasaje es tremendo por la ignorancia que trasluce y por (otra sensación) el aparente desdén por los «tiempos de paz» cuyo disfrute el autor parece asignar sólo a los militares. Es tremendo, digo, que este escritor y filósofo prefiera, acaso, que para que los miembros de las Fuerzas Armadas se ganen el sueldo de otra manera tengamos que adoptar modelos de andar buscando conflictos armados por doquier para que la ciudadanía pueda ver desde sus casas por televisión lo bien que gastamos la pasta con nuestro Ejército. Ese tipo de modelo no es el nuestro y el señor García Fuentes debería saber que quienes pagan las abominables consecuencias de la guerra son los ciudadanos civiles, como él, y concretamente las mujeres, los ancianos y los niños, que, al contrario que el Ejército, carecen de medios para paliarlas. Pero es que, además, hay una desgraciada (desgraciada, sí) realidad que a nadie en el mundo escapa: un ejército débil o inexistente es una entrega de soberanía. Quien debe ser defendido por otros, cede a éstos decisiones vitales para la propia ciudadanía, que debe aceptarlas o sucumbir. En nuestra historia reciente, no se puede recordar un hecho más ilustrativamente trágico que todo un parlamento europeo aplaudiendo la autoproclamada independencia de Bosnia – Herzegovina, país que carecía de la más mínima fuerza armada. Días después, la población de esta – entonces – nueva república era masacrada sin piedad, recluida en campos de concentración y treinta mil de sus mujeres violadas por vecinos de todo pelaje. Todavía hoy sufrimos las consecuencias de aquella inconsciencia. Habrá quien piense que es un precio digno el pagado por la «libertad» de esa república. A mí me parece que quien eso piensa es tan cafre como los agresores que perpetraron aquello.

La paz no viene del cielo, no es un regalito azaroso. La paz es fruto de la determinación de los pueblos por lograrla y preservarla. La labor de las Fuerzas Armadas es evitar a toda costa la guerra, pero sin la permanente preparación de sus Unidades, no es creíble. Nadie creería que somos un pueblo volcado con la paz si fuéramos incapaces de estar donde podemos evitarla o de paliar sus consecuencias. Nuestras Fuerzas Armadas no están para invadir donde nadie nos llama: están para acudir a la llamada de la paz, en ocasiones en zonas aún en guerra. No acudimos a la llamada de la sangre, al olor de la pólvora o del petróleo. Lo movido por la mentira y la codicia acaba como acaba, si es que acaba. Nuestra misión en el extranjero es más alta e infinitamente más dura. Y exige la preparación más exigente. La paz no es una mentira, señor García Fuentes. Al igual que en los Balcanes, en otras zonas del mundo nuestras Fuerzas Armadas han contribuido decisivamente a evitar que los inocentes paguen lo que el destino les tenía reservado. Y ello a pesar de gentes con su modo de pensar, por otra parte, tan respetable como el mío. Pero no se nos haga pasar por ignorante al obviar las numerosas «realizaciones de obra civil», como las refiere usted en su artículo, que los militares españoles (y, cómo no, otros organismos como la Agencia Estatal de Cooperación Internacional) han llevado y siguen a cabo en numerosísimas misiones en el extranjero, de las que no me creo que no esté mínimamente informado, aunque no sean informaciones que interesen demasiado a los medios. Por cierto, que en esas «realizaciones de obra civil» es donde en España suceden la mayoría de los accidentes laborales mortales.

Aunque no lo veo por ningún lado, quizás su artículo aquí criticado esté motivado por un concepto muy libertario del mundo, quizás muy en el fondo se hubiera querido usted referir a su preferencia por un mundo sin ejércitos, sin miseria, sin guerras. Permítame que lo dude. Usted es escritor y muy mal ejercería su oficio si no pudiéramos los lectores extraer de sus textos motivaciones tan claras y tan altas. Las personas que luchan por ese ideal, muchas de ellas antimilitaristas convencidas, gozan de todo mi respeto y admiración, pues no las mueve ningún interés mezquino. Tampoco creo que a usted le mueva otro interés que el de expresar su opinión sobre algo que considera importante. Realmente lo es. En realidad es lo más importante, la gran condición sine qua non: la paz. Le ruego que no frivolice con ella al albur de determinadas contingencias políticas, según las cuales desde que salimos de Irak ya no existen misiones de paz, ya todo es guerra. Afortunadamente, eso es falso. A los españoles la paz nos cuesta mucho más que «echar telarañas en asientos y poltronas»: nos cuesta vidas. Pero, desgraciadamente, más nos cuesta la construcción de chalets y demás «realizaciones de obra civil».

2 thoughts on “La mentira de la paz y otras lindezas”
  1. La mentira de la paz y otras lindezas
    «Nadie creería que somos un pueblo volcado con la paz si fuéramos incapaces de estar donde podemos evitarla o de paliar sus consecuencias»

    ¿No entiendo esta frase? ¿Esta mal escrita?…

    ¿No habra confundido el autor la Paz con la guerra?

    ¿Como que evitarla? ¿Se refiere a la Paz?

    ¿Hay que evitar la paz?

    … Pues estamos buenoooos !!!

    internete
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    PD: ¿Y una pistola o un fusil sirven para conseguir la Paz?, pues que me lo expliquen… No lo entiendo.

    No se apagan fuegos con gasolina.

    1. La mentira de la paz y otras lindezas
      He entendido perfectamente que «evitar» se refiere a la frase anterior en la que se hable de la guerra. Y hay fuegos que, no con gasolina, pero sí con un petardazo, quedan extinguiudos.

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