El País

La hipótesis de Sigmund Freud de que los seres humanos se mueven (como todos
los seres vivos) por un instinto de muerte no formaba parte de su
investigación psicoanalítica inicial. Es una idea que desarrolló en un
estado de conmoción intelectual y moral ante las carnicerías de la Primera
Guerra Mundial. La guerra incrementó enormemente su pesimismo respecto a la
bondad y el carácter pacífico de los seres humanos. Cuando estaba a punto de
morir en Londres, en septiembre de 1939, le preguntaron si creía que la
Segunda Guerra Mundial sería la última guerra. Al parecer, contestó: «En
cualquier caso, es mi última guerra».

Desde que acabó aquel conflicto, han seguido muriendo decenas de millones de
personas como consecuencia de todo tipo de violencia política y social. De
uno u otro modo, se ha evitado el enfrentamiento nuclear entre las grandes
potencias. Pero hay que tener un optimismo ciego para suponer que la
humanidad tendrá la misma suerte en el siglo que ahora comenzamos.

Estados Unidos está pensando en impedir que Irán obtenga armamento nuclear
mediante el uso de sus propias armas nucleares, y, aunque esta amenaza no se
haga realidad, quizá otras, en otro momento y otro lugar, sí. En cuanto al
fin de las guerras en general, la producción de armamento es una industria
que crece en todo el mundo.

En una reflexión sobre la situación actual, con motivo de su 90 cumpleaños,
el gran historiador Eric Hobsbawm destacó la resistencia de las poblaciones
de los países más ricos a aceptar el servicio militar que se imponía como
cosa normal a sus padres, abuelos y bisabuelos. La nación, decía, ha perdido
su capacidad de movilizar; si bien añadió que nuestros contemporáneos sí
pueden luchar en nombre de otras lealtades. Los países teóricamente más
laicos no son siempre inmunes a locuras como las que hoy recorren a algunas
poblaciones islámicas cuando una caricatura al otro lado del mundo ofende su
sensibilidad religiosa.

Entretanto, cada vez se perfeccionan más las oportunidades de ejercer la
violencia a través de otros.

De modo genérico, la violencia indirecta no es nada nuevo. La tortura
santificada por la Iglesia y las ejecuciones públicas forman parte del
legado cultural occidental. Los deportes sangrientos son elementos
habituales en todo nuestro paisaje cultural, y hay una línea directa que va
desde el Coliseo romano hasta el moderno estadio de fútbol americano.
También es directa la conexión entre el teatro de marionetas y el cine y la
televisión. La costumbre de canalizar el odio hacia una serie de chivos
expiatorios para desviar la atención pública del hecho de que los
gobernantes no han sabido proteger a sus ciudadanos es un asunto que conocen
bien arqueólogos e historiadores.

Lo que se ha refinado es la explotación intencionada de la violencia
indirecta como parte importante de una gran estrategia de dominación
política. Erich Marque Remarque, que sobrevivió con heridas a la Primera
Guerra Mundial, describe en su inolvidable Sin novedad en el frente a un
estúpido maestro alemán que reprocha a un soldado que está de permiso su
falta de combatividad. Hoy los sucesores de ese maestro son los
editorialistas, expertos y políticos de Europa y Estados Unidos que lamentan
la supuesta debilidad moral y psicológica de quienes critican el ataque
estadounidense a Irak y la «guerra contra el terror». Esos personajes, en su
mayoría sin experiencia militar ninguna, no se dedican a desarrollar un
debate político normal, sino que están tratando de quitar legitimidad al
debate, y para ello han formado una comunidad imaginaria de personas que
viven la violencia a través de otros.

El país en el que es más visible este fenómeno es Estados Unidos, donde el
lenguaje de la política, a menudo, evoca un culto a la virilidad y además
está hinchado de imágenes sacadas del deporte; no el deporte olímpico, sino
la muy rentable empresa capitalista del deporte profesional, con toda su
parte de corrupción y estimulantes farmacéuticos y su énfasis en la
brutalidad repetida. Existe un proceso paralelo en la fabricación industrial
actual de una subespecie de la cultura. La mitad de los cientos de canales
de televisión que tengo a mi alcance muestran películas de crímenes y
guerras. Nadie ha sugerido que se vuelva a imponer el servicio militar
obligatorio en Estados Unidos, pero negar que la violencia es útil e
inevitable es el equivalente actual a no querer hacer el servicio militar.

Como ocurría con la horda primitiva en Tótem y tabú, de Freud, nuestros
ciudadanos participan, unidos, en una fiesta obligatoria de agresión. Nadie
puede permanecer a salvo de esta guerra en su casa, porque el límite entre
el frente y la retaguardia está deliberadamente borrado. La militarización
de la política y la politización del aparato militar avanzan a toda
velocidad. La obligación moral de reafirmar la legitimidad y la necesidad
del uso de la fuerza por parte del gobierno es un requisito para participar
plenamente en la vida pública. Y está claro que es también una forma de
preparar la eliminación del disenso en una situación de emergencia.

Los antecedentes del uso político de la violencia indirecta son varios, pero
destacan tres.

Uno se daba en las situaciones coloniales e imperiales, en las que soldados
mercenarios y profesionales eran los encargados de someter a los pueblos
conquistados. Otro existe todavía, y es la vigilancia de grupos y clases
locales que representan una amenaza. El tercero es el poder de la masa: en
los casos típicos de recurso a la violencia por parte de una comunidad, unos
cuantos asesinos expresan la voluntad de un grupo indignado. Tal vez esto
nos da una pista para entender la persistencia de la violencia indirecta en
un ámbito político más amplio. Permite gratificar los instintos de agresión
y, al mismo tiempo, experimentar la solidaridad, y el precio directo que se
paga es muy bajo. Es posible que las poblaciones modernas no quieran ir a la
guerra, pero eso no significa, por desgracia, que hayan entrado en un nuevo
siglo de las luces.

Norman Birnbaum es catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la
Universidad de Georgetown. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.