A Natu

Para Visoka -y en eso no se equivocaba- Asunción comenzaba realmente en la Chacarita. Más aún, Visoka estaba convencido -y tampoco en ello se equivocaba- que la Chacarita es realmente Asunción. Todo lo demás es simple anexo y confusión de nombres. Por otro lado, y el tiempo le había dado la razón, para Visoka Asunción terminaba en lo que ahora es Santísima Trinidad con Artigas y que antiguamente era un Ykuá apagado.

Asunción, decía Visoka, es la Chacarita y nada más. Lo decía con ese vozarrón inquietante que tenía y que según él demostraba su pura descendencia asuncena, o sea, de la Chacarita.

Mientras ascendía sus últimos y definitivos pasos, camino al falso Asunción, Visoka contaba a los que serían sus futuros biógrafos orales (las pirañitas de la esquina, las vecinas indiscretas, los constructores de paraísos químicos, las enamoradas de siempre, los trabajadores de descanso perpetuo obligado), como era que había instalado sus reales en la verdadera Asunción.

Fue simplemente un descubrimiento, es decir algo a medio camino entre una epifanía y una mera deducción. Cuando pequeño alguna vez se extravió y vino a caer a las orillas chacariteñas del Paraguay. La luminosidad tardía y esplendorosa le señaló la verdad de Asunción. Que esas calles autogestionadas, que esas casas hechas no a mano, sino a puro y santo dedo, que ese aire contaminado de cocina y maíz, que la suave pendiente de todo aquel lugar señalaban el verdadero y exacto lugar donde A sunción es. Quedó inquieto por años. Intentó, decía, acomodarse a lo que se esperaba de él. Para ello, ante todo debía mentirse, negar la certeza de que la pobreza productiva y pronunciada de la Chacarita hacen que el arte de Asunción sea. Por ello cayó en el teatro. Se hizo actor, mago, músico y letrado de las artes escapatorias de la ilusión. Recorrió otras lejanías, intentando alejarse de la verdad de Asunción o de la verdadera Asunción.

Parado en una esquina, sorbiendo tereré dejando escapar un silbidito entre dientes, Visoka, haciendo sus últimos y definitivos ascensos a la falsa Asunción, aprovechaba de despedirse de la verdadera ciudad, del verdadero puerto, contando a su público constante, fiel y permanente (los chicos que juegan pelota, las chicas que limpian más tarde o más temprano los vidrios de los autos detenidos ante el semáforo, las chiperas en descanso) como no pudo acertar a la definitiva forma de negar totalmente su descubrimiento. Y como el haber aprendido el arte del buen mentir le hizo finalmente aceptar la verdad que llevaba entre ojos.

Pues de teatro en teatro aprendió a ver la Chacarita como ese anfiteatro que da la espalda al Asunción anexo, ese que se hizo para que fuese bombardeado y destruido, saqueado y estigmatizado, corrompido y usurpado, permitiendo que la vera Asunción, llamada Chacarita, sobreviviese incólume a tanta desgracia, afirmada en su maderamen y en el barro rojo de la pasión constructora de la pobreza paraguaya, como tan bien contaba ese ilustre chacariteño Barret. Ese anfiteatro cuyo escenario dignísimo es el río y cuya obra se desarrolla día a día en el devenir de sus pobladores, cuyo idioma es el más perfecto y el más distinto, además del más común e inentendible de los lenguajes, que Visoka -decía él- reinventó para devolver a la gente de la Chacarita (ahora siempre con mayúscula) el orgullo que a él le habían regalado.

Orgullo, decía Visoka, de vivir donde siempre se puede ser tan real y tan falso como se quiera, donde se puede pintar el cielo si se quiere, donde el arte no necesita explicación porque simplemente sucede, y donde todo es teatro y nada es espectador, porque todo acontece allí de verdad aunque sea ilusión. Visoka postulaba que el apego a la realidad de la otra Asunción, ese anexo de concreto y metal que comienza donde termina la Chacarita, hacía de esa simulación urbana un triste espectáculo con demasiados espectadores y ningún artista. Faltaba para la recuperación de ese anexo urbano de la vera Asunción, según cuentan quienes escucharon a Visoka, un verdadero compromiso con la duda, con la incerteza y la imaginación, artes que en la Chacarita sobraban como para regalar.

Dando sus últimos y espectaculares pasos, pues Visoka, según saben los verdaderos asuncenos, es decir la gete de la Chacarita, murió haciendo su diario ascenso en dirección al teatro establecido en la falsa ciudad, más allá de las puertas de la Chacarita. Murió dando un paso y contando que aún se podía recuperar esa otra Asunción si es que miraba al río, se reconciliaba con la Chacarita y apagaba los incendios de injusticia que la queman por dentro. Pensaba en voz alta Visoka, que el agua del río a su paso por la Chacarita tiene poderes curativos y que podría ella sola devolver la justicia a la ciudad falsa de más arriba.

Cuando se quemó el Ycuá Bolaños, Visoka decidió partir. Parte de su público ya lo había hecho. La chacarita lo dejó ir, para ello prepararon oídos y mentes para escuchar las verdades que Visoka iba a contar en los últimos pasos ascendentes que diera en la tierra roja y libre de la Chacarita.

Y dijo Visoka como últimas palabras «está es Asunción». De esas palabras constan múltiples registros y miles de repeticiones. Es una verdad inmensa y visokiana que ayudará a devolver cierta dignidad, cierta alegría, cierto desprejuicio a la Asunción de más allá, que da la espalda al río y desoye el arte tierno y cariñoso del anfiteatro siempre en funciones de la Chacarita.

Pelao Carvallo

Asunción, Paraguay

25 de septiembre 2007

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