
HACE unos días leíamos una de esas noticias curiosas y extrañas como es la demanda judicial de un senador de EEUU contra Dios por haber causado «nefastas catástrofes» en el mundo. Resulta paradójico pensar que una eminencia de tal país pueda llegar a esas conclusiones sin darse cuenta de que su país es uno de los mayores causantes directos e indirectos de las mismas. Sin embargo, amén de tan esperpéntica demanda esconde algo que está presente en la imagen de Dios de ciertos creyentes y aquellos que no lo son.
Esta imagen de Dios tan extendida presenta a un dios que lo dirige todo. Todo lo que ocurre en el mundo lo ha querido Dios, da lo mismo un cáncer o la quiniela del domingo. Suerte o desgracia, Dios lo ha querido y por tanto se asiente con una fe irracional o se le achaca a Dios todo lo que sucede. Su cuestionamiento puede conllevar una forma más madura de creer o caer en el ateísmo práctico.
El recurso fácil de la providencia de Dios, nada sucede sin que Dios lo permita y todo lo que pasa en nuestra vida es porque «Dios lo quiere» presenta muchas veces una amenazadora arbitrariedad y dependencia de Dios. Así se llega a situaciones perversas y tragicómicas como aquella persona cuyo retraso a la hora de coger un avión y evitar un accidente aéreo lo atribuye a la providencia divina, olvidándose de los fallecidos como sujetos iguales de la misma providencia. Esto mismo ocurre con la curación particular de una enfermedad no recordando los millones de niños que mueren de hambre o de distintas enfermedades en el tercer mundo.
La apelación a la providencia presenta también cierta legitimación de una situación social. Lo que ha sido fruto de las circunstancias de la vida, del trabajo o explotación se convierte en providencia benevolente para los bien situados o en castigo o prueba para los otros. Una religión de este estilo, con esta imagen de Dios es muy buena para domesticar a la gente. Y supone una idea antiguamente feudal que los gobernantes lo son por providencia de Dios, y ha justificado muchas veces las situaciones de desigualdad e injusticia porque Dios así lo quiere. En esta idea errónea de la providencia se han identificado muchos creyentes y países para atribuir su bonanza económica, entre ellos el país del senador referido. En todo ello, como diría Martin Buber hay una imagen profanada que tendremos que quitarle el polvo y ponerla en pie.
Para empezar, en el Evangelio, Jesús rechaza que los sucesos muy graves ocurridos sean queridos por Dios. En sus escenas, la muerte de unos galileos a manos de los soldados romanos de Pilato (Lc 13,1-5), Jesús rechaza de plano que fueran más pecadores que los demás. Su suerte no se debe a ningún castigo divino por el pecado. En el caso del ciego de nacimiento (Jn 9,1-4) al preguntarle sus discípulos por el origen de su situación, Jesús no lo atribuye a ningún castigo divino por sus pecados o por los de sus padres. Deducimos de estos y otros textos que Jesús no atribuye las actuaciones de Dios como castigos divinos. Este dios es una deformación del Dios de Jesús. Los Evangelios entienden las actuaciones de Dios no de manera directa ni intervencionista. En todo caso es una presencia intencionista, frase de D. Sölle, teóloga alemana que nos viene a decir que Dios nos ha comunicado qué tipo de hombre, de mundo y de vida quiere, pero no interviene en el mundo fuera de nosotros. La manera de entender la presencia de Dios en el mundo es como creador y sustentador, como posibilitador e impulsor. Así pensar en un Dios que interviene manejando el mundo es rebajar a Dios. Lo que la teología escolástica habla de causa primera, causa de las causas, dinamismo de todo dinamismo, viene a decir de manera conclusiva K. Rahner, uno de los teólogos grandes del siglo XX, que «Dios obra el mundo, no obra en el mundo».
Así también podemos señalar en esta línea que la imagen de un Dios intervencionista y claramente determinista es contraria a la idea de un Dios que crea seres libres y responsables. Dios siempre actúa con nosotros, nunca sin nosotros como si fuera una acción mágica. Es su modo de intervenir en el mundo. Dios nos acompaña siempre, es nuestro confidente y amante, en todas las circunstancias buenas y malas de la vida, pero no hace nada en el sentido de intervenir milagrosamente para solucionar los problemas. Nos da la fuerza para abordarlos y solucionarlos. Por tanto a Dios no se le puede demandar nada, como el famoso senador, sino en todo caso, Él nos demanda actuar en la transformación del mundo. Esto, por tanto, tiene unas implicaciones pedagógicas claras para vivir un cambio de actitud en nuestros modelos de actuación y oración. En vez de demandar a Dios para cambiar la realidad de manera mágica, debo pedir cambiar el corazón de las personas, de manera especial mi persona para ser alguien que trabaje en la erradicación de todas las injusticias del mundo y conformarlas a su voluntad. Este tipo de demandas sí se le puede atribuir a Dios.
Demandar a Dios
Si los hijos de los gatos son gatos, y los hijos de las iguanas son iguanas, los hijos de Dios serán Dioses… ¿no?
¿Que clase de padre no daría a su hijo todo lo que es o puede ser?
Y si somos Dioses, PODEMOS hacer nuestro camino con toda la libertad y DEBEMOS hacer nuestro camino con toda la responsabilidad.
Podemos ser demonios o angeles, o simplemente ser personas, a nuestra elección.
Nuestras acciones y decisiones determinaran nuestra trayectoria en la vida, y nos llevaran a donde queramos ir, aunque no seamos conscientes todo el tiempo.
De la misma forma, estamos donde nuestras decisiones y acciones pasadas nos han traido.
En Asia lo llaman «karma».
No es «bueno o malo», sino algo menos simple y mas profundo.
internete
1234567
PD: Yo creo que fue el hombre quien creó a Dios a su imagen y semejanza.
Demandar a Dios
Yo también y por eso hay tantos dioses como personas