
Hace no tantos años, para escuchar música se tenían sólo dos opciones: vinilos y cassetes. En casa y bares de copas se podían escuchar discos de vinilo disponibles en varios formatos: L.P. (a 33 revoluciones por minuto), E.P. (a 45 rpm) y los míticos singles (también a 45 rpm). Y en casa, en el walkman, en el «loro» del makoki de turno o en el coche se escuchaban las entrañables cintas de cassete, que también tenían varios formatos. Al principio había cintas de 45 minutos de duración y de 30 minutos, y podían ser de tipo normal, cromo o metal.
Los vinilos, con el paso del tiempo, acababan cogiendo un mar de fondo con sonido similar al que se obtiene friendo un huevo, además de ondularse y rayarse si no se guardaban en condiciones óptimas. Las cassetes, en cambio, eran mucho más populares y por tanto divertidas: gratos recuerdos nos trae el recordar como rebobinábamos nuestras cintas haciéndolas girar con nuestra mano a toda velocidad, utilizando un boli o lápiz como eje, con el objetivo de ahorrar en las caras pilas del walkman; o cómo las cintas decidían, por cuenta propia, suicidarse o autodestruirse en los momentos más inoportunos -«espera cariño, te voy a poner tu canción favorita de Rick Astley»-, enganchándose al cabezal del magnetófono de turno, y desparramándose irremediablemente la cinta por todos lados.
En plena era de los reproductores digitales y de usuarios fardones de iPods y similares, es cierto que no podemos reprimir una sonrisa condescendiente al recordar esos arcaicos reproductores y formatos analógicos que tantos problemas nos daban. Pero no es oro todo lo que reluce: la industria, en aras de la revolución digital, ya intentó descaradamente darnos gato por liebre con una serie de formatos ya olvidados y condenados al ostracismo, pero que fueron sufridos -y lo que es peor, pagados- por algunos pobres incautos, a los que vamos a intentar vengar en estas líneas. Ni olvido ni perdón.
LASER-DISC. ¿No os acordáis del sistema de video disco óptico reflexivo? Era como un cd, pero de unos 30 cm de diámetro. Para los artistas más pretenciosos, los lanzamientos se hacían en laser-disc en un imposible color oro. No intentes meter un laser-disc en tu DVD, que no caben, hombre… Dejaron de fabricarse de manera definitiva en el año 2000, aunque dejaron de ser comprados por el gran público bastante años antes. En fin.
DAT. Al vinilo y al vídeo se le quiso dar guerra a partes iguales con el Laser-disc, y la némesis del cassete fue el DAT, o cinta de audio digital. Había dos «sabores», DAT de cabeza estacionaria y DAT de cabeza rotaroria, y juro por Elvis que todavía no he encontrado a nadie que sepa explicarme de manera satisfactoria la diferencia. Siguen utilizándose -cada vez menos- en algunos estudios de grabación que picaron en su momento con este soporte caro y marciano.
MINI-DISC. Me imagino al ejecutivo de turno: «oye, si hay L.P. y single, pues… CompactDisc y MiniDisc ¿no?, lo mismo pero en digital, ¡¡vamos a arrasar!!». Si para escuchar un single en platos analógicos hacía falta poner una pequeña «galleta» para poder oirlo, a veces con los MiniDisc era al contrario: en los reproductores de cd estándar, había que poner una prótesis a los MiniDisc (el incomprensible hermano pequeño del cd) para poder escucharlos. A partir del 2001, se utilizan únicamente para ser regrabados (yo los usaría para jugar a los tazos). Como decía Johnny Rotten en su último concierto con los Sex Pistols… ¿nunca habéis tenido la sensación de que os han estado tomando el pelo?