
Proponemos la web del GEES como mejor portal de humor negro de este aciago 2007…
(Del libro Co-ed Combat: The New Evidence that Women Shouldn’t Fight the Nation’s Wars, de Kingsley Browne. Ed. Sentinel, USA, 2007)
Ciertamente no es una cuestión nueva, la guerra, como actividad humana – por terrible que sea- , no escatima esfuerzos de ningún ser humano, ni siquiera de los niños ni de las mujeres. Las mujeres han participado siempre en las guerras, por mucho que se le quiera atribuir esta participación en exclusiva al sexo masculino, y ya sea la forma en que han participado, han dejado huella, sin duda, en la historia. Baste recordar desde la bíblica Judith, a Boadicea, reina de los pictos, pasando por las míticas amazonas, y llegando a Juana de Arco, y a Agustina de Aragón, ya en la Edad Moderna. Hoy en día, la mujer está presente en las fuerzas armadas de casi todos los países del mundo, e independientemente de que mencionarlo sea políticamente correcto, o no, desempeña sus funciones con tanta o más eficacia que sus compañeros masculinos. Otra cosa es su participación directa en acciones de combate, y más en concreto, en el combate terrestre, en el combate de infantería, fusil con bayoneta calada, como casi hoy se lucha, en algunos momentos, en Irak. Y éste es el tema que nos presenta el profesor Kingsley Browne. Una obra a considerar, y, sin duda, a tener presente por la Dirección de Personal del Ministerio de Defensa antes de enviar mujeres españolas a cualquiera de los escenarios conflictivos actuales.
Sin duda la sociedad globalizada actual no admite distinciones, en el ejercicio profesional, por más tiempo, basadas en motivos raciales, de sexo, o incluso biológicos. El profesor Kingsley Browne, de la facultad de Derecho de la Wayne State University, en Michigan, nos acaba de presentar un profundo estudio sobre las razones por las que las mujeres no deben participar en acciones de combate directas, especialmente en el combate terrestre, y mucho menos en la lucha cuerpo a cuerpo. El profesor Browne viene siendo acusado, desde sectores radicales, de obrar guiado por un cierto chauvinismo masculino exagerado, por no emplear términos más radicales, lo que no nos sorprende, pero rompiendo una lanza en su favor, hay que decir que sus conclusiones no se presentan a la ligera, que son el resultado de un profundo estudio, de un análisis detallado realizado a lo largo de toda una vida profesional dedicada a los aspectos jurídicos y legales de la discriminación laboral, de los aspectos biológicos ligados a la actividad profesional, en suma, de la mujer en el trabajo.
La obra que nos ocupa se presenta, ciertamente, en un momento en el que la sociedad norteamericana debate, con intensidad, la guerra en curso en Irak. No son pocas ya, las mujeres caídas en combate, a pesar de que el Ejército norteamericano no coloca a sus mujeres, en puestos implicados directamente en acciones de combate. A pesar de las diferencias, no son pocas las enseñanzas que se pueden extraer para el caso español.
Hoy por hoy el Departamento de Defensa de los Estados Unidos no permite que las mujeres lleven a cabo misiones de combate ni formen parte de las unidades de infantería, pero es una norma que resulta difícil de respetar ya que, en la práctica, el desarrollo del combate no tiene en cuenta ni el origen ni la procedencia de las unidades, y bajo el fuego del adversario hay que reaccionar, y todos los implicados tienen una tarea a ejecutar. Una mujer puede ser conductora de una ambulancia, u operadora de una emisora de radio, pero en el curso de un ataque puede verse obligada a emplear un fusil de asalto y no se puede contar nunca con que solo se vean obligadas a ejecutar su cometido específico.
El profesor Browne maneja algunos argumentos ya conocidos, como el de la fortaleza física y el de la resistencia a la fatiga, pero por muy tópicos que puedan resultar no se deben ignorar. El equipo individual del combatiente supone, aun en la actualidad, cerca de 30 kg de peso, a menudo sin contar raciones de previsión, agua y otros accesorios. No es un factor que pueda ser despreciado.
Pero el problema mayor que el profesor Browne ve no es solo físico sino mayormente psicológico. Browne considera que las mujeres sufren desórdenes psicológicos post-traumáticos con mayor frecuencia que los hombres y, en general, acusan secuelas negativas mayores que los hombres tras ser sometidas a algún tipo de agresión física. Las encuestas señalan, en los Estados Unidos, que las mujeres no desean tomar parte en acciones de combate. También ha descendido el porcentaje de alistamientos, algo que se atribuye precisamente a la posibilidad de tener que participar en misiones de combate. En este campo considera el profesor que hay nuevas evidencias que emanan de lo que se viene llamando psicología evolutiva, que reconoce a la mente humana como un resultado de la propia evolución humana, y en este aspecto se estima que el hombre no se siente cómodo en combate teniendo una mujer al lado.
La razón principal por la que al hombre no le gusta tener a mujeres como compañeras, en combate, radica en su falta de confianza en ellas, y ello es debido a que las mujeres no poseen aquellas cualidades que dan confianza al hombre en situaciones de peligro, ya sea emotividad o fortaleza física. Es, sin duda, una reacción emocional pero es un hecho, posiblemente biológico, y claramente sin significado social alguno. Pero la confianza mutua es esencial en el combate de las pequeñas unidades; sin confianza no hay labor en equipo, y sin trabajo en equipo no se alcanza la necesaria cohesión en una unidad.
El resultado, concluye el profesor Browne, es que la integración de la mujer en las unidades de combate, ha resultado, hasta ahora poco brillante, y hay suficientes razones para pensar que el problema es insoluble, ya que no es cuestión ni de instrucción ni de modificar los procedimientos de mando. En suma, aunque ni los políticos ni los militares lo reconozcan abiertamente, se afirma que una sociedad como la norteamericana no debe enviar sus mujeres a misiones de combate. Y otro tanto es aplicable, al resto de sociedades occidentales. Conclusión, un libro valiente que dice lo que no se quiere oír, en aras de unos principios igualitarios mal entendidos.