
Para contextualizar el texo, es muy recomendable leer el texto Simone de Beauvoir, a cien años de su nacimiento
HOY se habla mucho de este tema, porque se quiere aplicar a muchos ámbitos de la vida social, política y religiosa. Pero, desde los tiempos más antiguos, ha existido siempre la idea de que, por encima de las leyes y obligaciones jurídicas, hay una fuerza superior que impide en algunas circunstancias su observancia. Es el convencimiento sensato de que lo mandado por la autoridad no ha de tener siempre la última palabra, cuando entra en conflicto con otras exigencias que se consideran superiores. Aunque en la propia Iglesia han existido fluctuaciones, desde el Vaticano II la libertad de conciencia se convierte en un derecho basado en la dignidad de la persona. Nadie puede ser obligado a actuar contra sus criterios éticos o religiosos.
El cambio supuso una ruptura tan fuerte con la tradición anterior que provocó en muchos una alarma justificada. Así se manifestó en la carta de los obispos españoles a Pablo VI, tratando de impedir la aprobación del decreto conciliar sobre la libertad religiosa, cuando la inmensa mayoría ya había dado su parecer positivo.
Hoy no es posible alcanzar la unanimidad de criterios que se daba en otras épocas. En estas circunstancias la ética civil aparece como la única alternativa: recoger aquellos valores fundamentales en los que casi todos estarían de acuerdo. Hay que aceptar, pues, que esta ética quede reducida a unas exigencias de mínimos. Pero también resulta comprensible que otros grupos sociales no se queden satisfechos con esta normativa reductora. Poder expresar la fe religiosa o vivir de acuerdo con la propia conciencia no es ningún privilegio que el Estado concede, sino un derecho que él mismo tiene que defender. La ONU recoge esta posibilidad como uno de los derechos fundamentales y así quedó refrendado también por una sentencia del Tribunal Constitucional.
Tanto la sociedad civil como eclesiástica han aceptado la objeción de conciencia con una cierta dosis de miedo y recelo. Su excesiva multiplicación restaría fuerza a las obligaciones legales. Sin negar este riesgo, tampoco me parece admisible que se quiera eliminar, insistiendo en la necesidad de una obediencia incondicionada. Afirmaciones tan generales como «las leyes deben ser cumplidas por todo el mundo, pero sobre todo por los que prestan servicios en la función pública». O que los funcionarios no podrán acogerse a la objeción ya que «han de cumplir las leyes que el parlamento aprueba en una sociedad democrática» resultan también demasiado ambiguas y poco adecuadas en su conjunto. Cuando una ley es aprobada por el órgano competente, la obligación legal no elimina un espacio para el disentimiento. Sin embargo, conviene recordar su verdadera naturaleza para evitar falsas interpretaciones.
La objeción de conciencia es la actitud de aquel que se niega al cumplimiento de una ley o mandato de la autoridad por mantenerse fiel a sus propias exigencias interiores. No se puede dejar en manos de nadie la toma de decisiones personales que afectan a lo más profundo de nuestra responsabilidad. Algunas veces he oído a científicos afirmar que no tienen ningún problema ético, porque cualquier dificultad en este campo queda resuelta por los Comités de ética o la legislación vigente. Como si todo el peso moral recayera no sobre la propia conciencia, sino sobre algo ajeno y exterior.
No creo superfluo insistir sobre esta condición previa. Hay muchas objeciones que se aceptan simplemente por motivaciones ajenas a la reflexión y convencimiento personal. Las recomendaciones religiosas, los partidos políticos, los intereses económicos, el ambiente que se respira son los que, en el fondo, inclinan a presentar una objeción, o a creer que no hay ningún motivo para oponerse. También aquí la manipulación puede eliminar su sentido auténtico. Hasta la libertad conseguida en una democracia se puede difuminar mucho con otras dictaduras más sutiles de las que no es tan fácil liberarse.
Si una parte esencial del régimen democrático es el respeto a la libertad de cada ciudadano, lo sensato sería reconocer el valor jurídico de esta objeción para que la postura del objetor no se convirtiera en un delito, como aconteció con aquellos primeros objetores al servicio militar. De la misma manera que se debería tener en cuenta el derecho de otros a realizar las acciones que las leyes permiten o toleran. Una oposición generalizada podría ser un obstáculo para que alguien pudiera ejercitar un derecho que la ley le concede. El conflicto debería solucionarse con el respeto y diálogo entre las partes y sin necesidad de imponer sanciones, como en otros países se ha hecho.
En bastantes ocasiones, la frontera entre la objeción por razones de conciencia y la desobediencia civil no quedan claramente limitadas. Esta última implica el incumplimiento de una normativa vigente no porque vaya contra mis exigencias éticas o religiosas, sino para protestar contra su existencia y conseguir un cambio que parece más justo y adecuado. La insumisión solo estaría justificada, cuando se realiza de una forma pacífica, y por defender un derecho para el bien de los propios ciudadanos que aún no está reconocido.
La trasgresión nunca ha sido vista con buenos ojos. A ninguna autoridad le agrada precisamente tener que vérselas con personas inquietas que buscan nuevos caminos, pues son molestas y ponen en peligro la armonía social. Sin embargo, hay que reconocer también con sinceridad que muchos derechos se han conseguido con el inconformismo de los que buscaban otros derroteros. Lo que en un principio se consideró como una lamentable desobediencia o un gesto de rebeldía se terminó aceptando con posterioridad, sin mayores inconvenientes. La misma Iglesia ha terminando premiando a los que en otros tiempos fueron mal vistos. Sería una pena que desaparecieran los ciudadanos y cristianos incómodos, que sueñan con otras posibilidades. Aunque solo la historia nos dirá si fueron una rémora o un beneficio.
Con estas líneas no hay ningún elogio ingenuo ni incondicionado al incumplimiento de la ley. Es solo un recuerdo para que no se olvide el respeto a la propia conciencia sincera, en decisiones éticas y religiosas, y para que, sin negar la importancia de lo mandado, tampoco se condene siempre los beneficios de la insumisión. EN el centenario del nacimiento de Simone de Beauvoir, nacida en París en 1908, se impone, como debe ser, una visión crítica de la autora de El segundo sexo, uno de los libros más importantes del siglo XX. Y sobre la crítica hay que decir, en primer lugar, que es una palabra que procede del verbo griego ‘crino’ que significa cribar: por tanto, criticar -o sea, cribar- es una palabra agraria que significa separar el grano de la paja. Criticar es, pues, separar lo positivo de lo negativo. Y, obviamente, una crítica es lo contrario de un ajuste de cuentas, una actividad física o intelectual propia de navajeros. En el campo intelectual hay también navajeros especializados en destripar enemigos. En el centenario de Simone de Beauvoir, una mujer de altísimo nivel intelectual y que llevó una vida amorosa libre, que suponía la práctica del sexo con hombres y mujeres, no faltarán navajeros que centrarán sus comentarios en los errores y mezquindades de esta mujer, que, como cualquier ser humano, se equivocó gravemente en algunas de sus decisiones personales y políticas, vinculadas a una izquierda defendida, en ocasiones, con la fiebre del sectarismo. El marxismo ha dejado de ser el sistema filosófico por excelencia para pasar a ser un sistema filosófico más. Pero a quienes también se ensañen con el apoyo de Simone de Beauvoir a dictaduras -Rusia, China, Cuba, Vietnam- también hay que recordarles que, por ejemplo, la extraordinaria seguridad social de que hoy gozamos -y que en España se implantó en tiempos del ministro falangista Girón de Velasco- fue un invento de la Rusia comunista que luego, a regañadientes, copió el capitalismo.
Unos extractos breves de El segundo sexo deberían leerse en todos los colegios y universidades para que esa basura ideológica sobre la condición femenina, que, por ejemplo, ha llevado en España al asesinato de 74 mujeres en 2007, empiece a desaparecer del mapa. Esa basura ideológica sobre la condición femenina es, en primer lugar, nefasta para la mujer. Pero, en segundo lugar, es también siniestra para el hombre. La concepción errónea sobre la condición femenina conlleva la concepción también errónea sobre la condición masculina. ¿Por qué crece el número de asesinatos de mujeres precisamente cuando las mujeres tienen reconocida su libertad legal y han logrado importantes cotas de independencia económica? No es casual que su libertad legal y su independencia económica -y, a partir de ahí, su independencia amorosa- sean las razones de que machos sentimental y sexualmente analfabetos asesinen a sus parejas o ex parejas, sobre todo, en los momentos en que las mujeres han decidido separarse. Estos asesinatos demuestran la extrema importancia de que, en todos los niveles de la educación académica, se transmitan ideas correctas sobre la condición femenina. Y, en este terreno, Simone de Beauvoir sigue siendo una maestra de primer orden. El segundo sexo se publicó en 1949. Hacía ya, pues, diez años que nuestra guerra civil había arrebatado a la mujer todos sus derechos legales, incluido ese mínimo derecho de matricularse en un centro escolar, un derecho que las mujeres casadas sólo podían ejercer con una autorización otorgada y firmada por su marido. Es decir, en España, el año en que se publica El segundo sexo -y durante otros 29 años más y a los que hay que sumar los diez años previos a 1949- las mujeres, como hoy millones de mujeres de países regidos por teocracias islámicas, hasta 1978, año de la promulgación de la Constitución, carecieron de los derechos más elementales. El segundo sexo, en el transcurso de 20 años, se convirtió en un libro fundamental del pensamiento feminista. A partir de los años setenta, el feminismo creció generando diversas tendencias. Las líderes de esas tendencias -Betty Friedan, Kate Millet, Germaine Creer – admiraron máximamente a Simone de Beauvoir. Para ellas, El segundo libro fue su biblia. Leamos o releamos El segundo sexo y nuestra educación sobre la condición femenina mejorará mucho.