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Fuente: Programa de las Américas del International Relations Center (IRC)

Las periferias urbanas de los países del tercer mundo se han convertido en escenarios de guerra, donde los Estados intentan mantener un orden asentado en el establecimiento de una suerte de «cordón sanitario» que consiga aislar a los pobres de la sociedad «normal».

Cada día millones de hombres, mujeres, niñas y niños viven bajo la amenaza de la violencia armada. Cada minuto uno de ellos muere asesinado. 640 millones de armas circulan por el mundo y cada año se fabrican 8 millones más y 16.000 millones de balas. Hay 1.249 empresas en más de 90 países que fabrican armas pequeñas. En algunos de estos países los controles sobre su comercio son casi inexistentes.

La falta de control en el comercio de armas hace que éstas viajen con demasiada facilidad y lleguen a manos de grupos y personas que las utilizan con fines violatorios de los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario. De esta manera, abusan de las armas tanto los ejércitos durante un conflicto armado como los cuerpos de seguridad que ejercen la fuerza indebidamente, así como las empresas privadas de seguridad y las bandas del crimen organizado.

Pero la violencia armada no se limita a las guerras ni a la delincuencia, sino que se está generalizando en los hogares de miles de familias. Actualmente, más de la mitad de las armas convencionales está en manos de civiles.

Lo cierto es que el negocio de las armas es uno de los más lucrativos del mundo, además de ser escenario de corrupción y sobornos generalizados. Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas -Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China- son responsables del 88 por ciento de las exportaciones de armas convencionales de las que se tiene noticia. Desde 1998 hasta 2001, Estados Unidos, el Reino Unido y Francia obtuvieron, por la venta de armas a países en desarrollo, una suma superior a la que gastaron en Ayuda Oficial al Desarrollo.

Los Estados defienden su derecho a la legítima defensa, individual o colectiva, reconocido en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, y los intereses legítimos en materia de seguridad que hacen valer todos los países. Y mientras se han establecido normas internacionales en las áreas de no-proliferación nuclear y proscrito las armas biológicas y químicas y las minas terrestres antipersonales, todavía no hay un marco de normas de carácter obligatorio y estándares para eliminar el comercio ilícito en las armas pequeñas y ligeras.

A esto hay que sumarle la constante amenaza de las armas de destrucción masiva y de la energía nuclear con fines bélicos, a pesar de la existencia de un Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) vigente desde 1970.

¿Esto quiere decir que estamos condenados a vivir en un mundo inseguro y peligroso? ¿Acaso es “idealista” pensar en un mundo sin armas?

En abril de 2002, el Departamento de Asuntos de Desarme de Naciones Unidas y el Ministerio Exterior de la República Popular China organizaron en Beijing una conferencia internacional sobre “Una Agenda de Desarme para el Siglo XXI”. Entre los participantes había representantes de gobierno de 19 países y delegados de organizaciones no gubernamentales e instituciones académicas. Entre los oradores estuvo Jody Williams, Premio Nóbel de la Paz por su trabajo en la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Terrestres.

Allí Williams expresó: “si queremos vivir en un mundo con una agenda de desarme significativa para este siglo, la sociedad civil, los gobiernos, las agencias internacionales y las Naciones Unidas debemos forjar una sociedad que asegure que nuestra visión ‘idealista’ se convierta en la nueva realidad.”