
Coincidiendo con la jornada de reflexión pre-electoral, varias marchas del Día de la Mujer en distintas ciudades no se legalizaron, lo que fue tomado como un gesto de profunda despreocupación hacia el movimiento feminista. En la Comisión 8 de Marzo de Madrid esta situación dio lugar a un debate muy polarizado sobre la conveniencia o no de mantener la convocatoria del 8, de probar o no la baza de la denuncia por vía legal y de hacer público o no el descontento general. Varios factores, como el interés de grupos afines al Partido Socialista de aceptar acríticamente que la manifestación se realizase el día 7, permitieron que se dibujase un único marco posible dominado por varios elementos:
El vacío, en forma de falta de sentido y poder para hacer frente a una realidad determinada de antemano que debe ser reinventada. El mito de la unidad, que obliga a partir de categorías ya hechas sobre lo que es un movimiento, a presuponer sus alianzas, homogeneizar los objetivos que persigue y por tanto a invisibilizar otros (visibilidad lésbica, bollera y queer, derechos de las trabajadoras sexuales, de las mujeres transexuales, de las migrantes, etc.), así como a medir sus éxitos a través de lo cuantitativo y no tanto en términos de potencia o de capacidad de contagio. La legalidad y el imperio de lo dado, en forma de confirmación de los límites impuestos, terreno en el que lo político deja de serlo y en el que la realidad y la gobernabilidad se autorregulan reafirmando los lugares dados. En este marco, no existen los posibles.
La identidad y las categorías, que olvidando la virtud política del hacer colectivo y el contagio, hacen resurgir estratificaciones, a través de las que se construyen legitimidades y posiciones de poder y exclusión: las más mayores, las radicales, las excluidas, las utópicas, las reformistas, las de los márgenes, etc. El miedo, en forma de castigos imposibles de asumir (multas, detenciones) y de escenarios muy poco alentadores (cargas policiales, etc.). Y la criminalización y la captación de las demandas bajo la lógica de la crispación política.
Llamaremos al cuerpo que conforma este primer bloque de elementos, de manera provisional y con el sentido específico de promover debate, ‘Política del Modo Institucional’. La discusión, dados estos términos, se enmarcaría efectivamente en la pertinencia de realizar o no una manifestación ilegal.
Ir más allá
Pero quizás haya que preguntarse más allá y el debate ni siquiera se encuentre ahí:
¿Qué hace que el miedo y el resto de los elementos se impongan como los únicos horizontes posibles? ¿Qué relación tiene el trazo de este horizonte como el único posible con la desactivación del movimiento feminista (MF), su institucionalización, la gestión de sus reivindicaciones y demandas en términos exclusivamente legalistas, y el desfase existente entre la formalidad de las leyes y su aplicación? ¿Y con la falta de un movimiento vivo capaz de agregar y sumar nuevas mujeres? ¿Y con el hecho de que se haya generalizado una percepción social acerca del camino ya logrado de la igualdad, espacio en el que se mezclan los logros del propio MF y la reapropiación de los mismos en el lenguaje y el gesto institucional?
En la ‘Política del Modo Institucional’ la memoria histórica viva ha sido borrada, prima la operatividad del poder, la hegemonía de un determinado feminismo, y se autoexcluye cualquier marco que intente ir más allá de la legalidad, que intente forzar nuevos imaginarios, generalmente limitados por intereses partidistas, pero también por una naturalizada idea de la política que niega preguntarse: ¿qué es lo real y cómo puedo transformarlo?
Pero, ¿es ésta la única forma de pensar nuestra capacidad de acción?
Ensayemos otros términos
El vacío, lejos de constituir una falta de sentido paralizante, supone la condición de posibilidad para habitar un nuevo terreno. Frente al mito de la unidad, lo común: ¿de qué unidad estamos hablando? Ante la multiplicidad y singularidad de las situaciones de las mujeres y las demandas de los grupos, la unidad organizativa no debe construirse sólo en función de quienes ostentan más poder, debe construirse como común de esa multiplicidad, es decir, desde abajo hacia arriba y no al revés. La autonomía del MF significa, entre otras cosas, que se valoran y cuidan esas singularidades, que se trazan alianzas y momentos de encuentro entre ellas: el 8 de marzo es uno de ellos. Frente a la legalidad y el imperio de lo dado, no la ilegalidad, que confirma los límites impuestos, sino la construcción de nuevas legitimidades, de nuevos marcos de actuación en los que se puedan expresar nuevas demandas y otras formas de salir a la calle. Frente al resurgimiento de las identidades y las categorías, la memoria y sabiduría del propio MF, que supo romper esquemas, fronteras y mezclarse construyendo experiencias complejas de lo colectivo y de las relaciones que no fueron reducidas a tópicos restringidos por la edad, la forma de militancia, la procedencia o la opción sexual. El miedo, en lugar de significar cierre de posiciones, puede ser el punto de partida para pensar formas alegres e imaginativas de plantarse en el espacio público con las que romper la lógica del enfrentamiento. Y frente a la criminalización y captación de las demandas bajo la crispación política, la autonomía con respecto a los partidos, el protagonismo de las mujeres y la capacidad de construir un pensamiento complejo que escape tanto a los intereses de la derecha como de la izquierda.
Imaginación, capacidad inventiva, elaboración de discursos y prácticas, forzar marcos de legitimidad, alianzas, multiplicidad y singularidad, autonomía tanto en el interior del movimiento como con respecto a fuerzas partidistas y masculinas externas, mezcla no identitaria y composición heterogénea, no son nombres que aparecen de la nada, los rescatamos de la propia experiencia del feminismo. A estos nombres que dibujan otro modo de ser de lo político lo llamaremos ‘política viva’, ésta con minúsculas y que es a la vez de nadie y de todas las mujeres.
La cuestión principal entonces siquiera es si salir o no el 8 de marzo a la calle, que también: el problema es que la decisión se tome por un pliegue a la forma institucional de la política, negando toda capacidad inventiva e imaginativa, potencia y poder de un movimiento que históricamente ha mostrado que está más del lado de la política viva, que ha exigido autonomía y que ha sabido siempre forzar la realidad para transformarla, de ahí sus inmensos logros.
El problema general del feminismo hoy tiene que ver justo con este pliegue a lo institucional-legal: por un lado van las leyes, las políticas de género, la paridad, la igualdad formal, los organismos de la mujer. Por otro lado va la realidad. Obviamente, los primeros también son logros y grandes éxitos del feminismo, pero la cuestión es si se agotan en ellos. El 8 de marzo se salió a la calle expresando un exceso (de vida) que rebosa los márgenes de la pretendida naturalizada manera institucional de la política. Se salió a la calle porque existe esa política viva, indefinida, en forma de inquietud, descontento, desafío momentáneo, necesidad de compartir con otras. También de plantear nuevos retos y de profundizar en los debates.
Más allá del 7 o el 8, pensemos qué feminismos (en plural, con autonomía y con respeto) queremos.