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Introducción a la edición en castellano

Qué hubiera sido de nosotros…

Raúl Sánchez Cedillo

Cuando leímos Los Invisibles, a principios de la década de 1990 otros seguramente lo hicieron antes-, no fuimos pocos los
que sentimos que habíamos dado con la novela de aquello que
sabíamos que pasó y no sabíamos cómo había pasado. Jamás
habíamos leído una narración que nos contara en primera persona
las experiencias y tribulaciones de los protagonistas del
«movimiento del ‘77» italiano, y por esa misma razón el descubrimiento
tuvo algo de fundador y decisivo para quienes no
queríamos disimular el vacío asfixiante de la imaginación política
en el que sobrevivíamos, ni queríamos sustituirlo asimilando
los viejos fantasmas de derrota o de hueca esperanza de las distintas
izquierdas históricas del Estado que llaman España. Con
los medios del arte, Los invisibles nos puso en contacto con lo
más intenso de las experiencias de autonomía y de comunismo
del nuevo proletariado social y metropolitano europeo y, pese a
la distancia impuesta por el tiempo y por la cancelación represiva
de aquella historia, por primera vez algunos tuvimos la
impresión de que nuestras historias ya habían comenzado a contarse
antes de que existiéramos políticamente.
Por razones exclusivamente biográficas -no quiero contar
nada que no esté entre mis recuerdos-, situémonos en el
Madrid de finales de los años ochenta y principios de los noventa.
Tal vez me equivoque, pero hoy tengo la impresión de que
era uno de los peores periodos de esta ciudad para aventurarse En una «militancia revolucionaria».

Esto se traducía en una considerable
pobreza de referencias tanto políticas como culturales
acerca de los movimientos nacidos con la revolución mundial de
1968, y en una considerable cantidad de caminos trillados y
equivocados de la militancia política de extrema izquierda. Y la
situación no era mejor en los ámbitos (increíblemente reducidos
si los comparamos con la situación actual), de los colectivos y
agrupaciones de tipo autónomo, formados por personas muy
jóvenes con nulos o escasos vínculos con las experiencias de la
autonomía obrera que habían tenido lugar en las principales
ciudades españolas durante la década de 1970, y que con el
cambio de década fueron languideciendo y desapareciendo
junto con los núcleos de resistencia en fábricas y barrios. En
aquel periodo la única autonomía viva conocida era la que
tenía su epicentro en el Kreuzberg berlinés y, por supuesto, en
la Hafenstraße del barrio portuario de Sankt Pauli,
Hamburgo. Y, razonablemente, aquel era el referente principal
de los pequeños grupos de squatters, grupos musicales, fanzines
y programas de radio que componían la «escena» autónoma
madrileña. En aquel entonces no existía aún una experiencia
como Traficantes de Sueños, y los primeros pasos de alguno
de sus ancestros, como la distribuidora El Gato Salvaje, permitían
acceder a grandes y variadas cantidades de materiales
autoproducidos, pero los libros y en particular los textos literarios
no estaban en el orden de prioridad de aquellas primeras
experiencias de distribución alternativa de esa nueva generación
política madrileña.

Y en aquel contexto comenzó a circular la referencia misteriosa
de aquella novela de unos jóvenes que ocupaban casas, que
constituían, sin la ayuda de nadie, colectivos autónomos, que se
reapropiaban colectivamente de la riqueza colándose en los
cines, reduciéndose las facturas de la luz y el agua e imponiendo
a los caseros un «alquiler justo». Que combatían la extensión del
trabajo ilegal y precario mediante las rondas proletarias, ejerciendo
un contrapoder directo allí donde ninguna legalidad, tampoco
la de los sindicatos, tenía la menor intención de imponerse. Que
vivían la liberación aquí y ahora, expresando los grados de libertad
y goce colectivos de los que eran capaces en cada momento,
comunicándolos al resto de la ciudad. Luego aquellos jóvenes se
veían arrastrados por la espiral de la represión y el asesinato de
Estado, de la respuesta armada y el terrorismo. La novela terminaba
con el naufragio completo de aquella breve e intensísima
experiencia, con buena parte de sus protagonistas muertos,
encarcelados o presa de la heroína y de la locura, pero también
del arrepentimiento y de la catástrofe ética, que ha sido
uno de los rasgos más inquietantes de la vicisitud de la llamada
«generación del ‘77».

Es preciso recordar la extrema fragilidad del cuerpo, lo que
se ha denominado el no futuro de aquellos años y de aquella
generación. Este no future tal vez sea irreversible. Sin embargo,
no era un exceso, una desproporción de la pasión humana de
unos seres humanos finitos. La parábola del ‘77 lo es de las paradojas
del paradigma (híbrido) revolucionario europeo del siglo
XXI, cuyo gozne, cuya durísima transición antropológica
adquiere valores trágicos en el citado periodo.
Aquella coexistencia de una experiencia intensísima de liberación
y al mismo tiempo del sufrimiento, la cárcel, la muerte y el
olvido no podía dejar de impactarnos, pues entregaba la verdad
de una secuencia histórica en las palabras de uno cualquiera de
sus protagonistas. Y a decir verdad no creo que otro tipo de evolución
hubiera tenido la misma fuerza, el mismo efecto sobre
nosotros, pobres y desorientados lectores madrileños. Aquellas
líneas produjeron, en unos más que en otros, un corte subjetivo
que sólo la mejor poética está en condiciones de operar en quienes
atienden a la narración. Y desde luego aquella presa que la
novela hizo en nuestras mentes tenía mucho que ver con su montaje
y disposición en bloques de palabras sin signo alguno de
puntuación, con el ritmo imponente de la respiración del texto y
la pulsación de su tempo hacia la consumación de la tragedia.

Pero también con su deliberada economía de referencias, tanto
geográficas como históricas, y con una sobriedad que restan obstáculos
a su fuerza de comunicación de la experiencia.
Por lo demás el horizonte que teníamos por delante, si es que
había alguno, era -cuesta creerlo- aún más espantoso que el
actual. Sobre todo en lo que atañe a las capacidades de imaginar
un mundo distinto y de encarnar en la historia y en las historias
singulares y colectivas, un proyecto siempre inacabado de revolucionamiento
del mundo. Sin esperas ni mediaciones sospechosas.
Ahora y tanto como podamos.
Como quiera que sea, Los invisibles fue surtiendo poco a
poco su función mitopoiética en la más estricta clandestinidad,
con distintas versiones y varios grados de intensidad dependiendo
de las expectativas y búsquedas de sus lectores. No faltaban
las lecturas trágicas, que encontraban en el texto un relato
del fin del mundo; ni las entusiastas, que reivindicaban sin
mácula, dispuestas incluso a repetirlo, todo cuanto sucede en
aquella historia; pero tampoco las prácticas y oportunistas, que
se fijaban en uno u otro aspecto de la novela para alumbrar algo
sobre lo que podía hacerse o estaba ya haciéndose en aquel
momento.

En el plano de los colectivos y grupos de afinidad de
«las autonomías» madrileñas de principios de los noventa eran
dos las principales experiencias de lucha sobre las que Los
Invisibles ejerció una sensible y variada influencia: las okupaciones
y el movimiento de insumisión.
El referente del movimiento alemán de las okupaciones se
vio transformado por el relato de aquellos primeros centri sociali
del proletariado social italiano, y aquellas prácticas de reapropiación
de la riqueza sonaban como una música arrebatadora
para las y los okupantes madrileños que pudieron tener la novela
en sus manos. Recuerdo que a partir de cierto momento podía
leerse en la sala de entrada de la Casa Okupada Minuesa -que
luego, y no sin la influencia indirecta de la novela de Balestrini,
se convertiría en el CSOA Minuesa, la primera experiencia de okupación madrileña que adoptó esa denominación- una
fotocopia de una página de la novela, el pasaje del desalojo del
centro social recién okupado por los protagonistas. Pero no fueron
los únicos: los pasajes que relatan el desalojo del centro
social inspiraron también a los okupantes de Lavapiés 15, uno
de los primeros centros sociales okupados en el corazón del
barrio: escaparon por los tejados justo antes de que decenas de
antidisturbios consiguieran abrirse paso en el interior, poniendo
fin a meses de okupación.

La experiencia de la cárcel y de la clandestinidad afectó desde
el primer momento al movimiento de insumisión de principios
de los noventa, y por eso la terrible experiencia carcelaria de los
protagonistas, pero también su resistencia ética y política, llamaron
la atención de los distintos colectivos madrileños. De su inspiración
nacieron libros de relatos de los primeros presos insumisos;
las tácticas de resistencia carcelaria que narra la novela fueron
considerados como esquemas de posible comportamiento en prisión
de los presos insumisos; a otros la técnica narrativa les pareció
un instrumento interesante para renovar las formas de enunciación
del movimiento y se pusieron a escribir sus experiencias y
sus consideraciones adoptando la escritura mediante bloques o
«monorrimos narrativos» que encontramos en la novela; y cómo
no, un colectivo autónomo de insumisos reconoció en la obra de
Balestrini un modo de poner en práctica la desobediencia al
Estado y pasó a adoptar por nombre Los invisibles, reivindicando
la desobediencia en la ciudad y apostando por sus posibilidades
de clandestinidad insumisa. Terminando la década, la novela fue
finalmente llevada a los escenarios en una adaptación libre realizada
e interpretada por un colectivo de apoyo a un insumiso (a
los cuarteles) condenado a un pena de prisión.
Desde entonces, la novela no ha dejado de transmitirse, tantas
veces de mano a mano, y ha pasado a convertirse en una de
las referencias culturales del pequeño mundo abigarrado de
las experiencias que tienen en la autonomía un referente no
18 Los Invisibles Nanni Balestrini
sólo político, sino también histórico y estético.

Desaparecida de
las librerías desde hace ya mucho tiempo, no son pocos los que
han perdido su ejemplar en un acto (inevitable) de generosidad.
Esta nueva edición es un motivo para recordar a su traductor,
Joaquín Jordà. Joaquín nos permitió conocer ésta y otras
obras de Nanni Balestrini, y fue uno de los primeros y principales
transmisores políticos y culturales del movimiento italiano
de la Autonomia.
Hoy podemos leer Los invisibles como una narración privilegiada
de las formas de vida, creaciones políticas, luchas y derrotas
de una de las primeras generaciones del proletariado social
metropolitano europeo, precario en todos los planos de la vida
y al mismo tiempo autónomo en sus capacidades de cooperación
social. Como una narración de los albores de nuestra condición
presente. Por eso a algunos no nos cuesta pensar: qué
hubiera sido de nosotros si estos Invisibles no hubieran caído en
nuestras manos.

Madrid, 25 de julio de 2007