Muchas víctimas del terrible ciclón Nargis se preguntan donde están ahora las tropas que aparecieron rápidamente para reprimir las manifestaciones pacíficas de septiembre de 2007. El desastre humanitario se ha agravado por la negligencia de la Junta militar, obsesionada únicamente por controlar la economía y el poder político. El régimen de Myanmar (la denominación de Birmania es defendida por los opositores frente a la etnificación nacionalista) empieza a aceptar a regañadientes la apertura de las fronteras a las agencias humanitarias, a las que habitualmente ha calificado de “instrumentos neocolonialistas”. La verdad es que la dictadura no desea que nadie impida sus manejos en el país como si fuera una finca privada, explotando sus grandes recursos petrolíferos (600.000 millones de barriles de reservas), de gas (16 trillones de m3), de madera de teca y de piedras preciosas en beneficio de las autoridades, sus familias y adeptos.

Tampoco quiere saber nada de establecer un diálogo con la oposición, formada por la Liga Nacional para la Democracia de la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi (en detención domiciliaria desde hace años), la Generación 88 y la Alianza de Todos los Monjes Budistas. Poco han valido las insistentes recomendaciones de las Naciones Unidas a lo largo de estos ochos meses, después de que la Junta incrementara el 15 de agosto pasado el precio de la gasolina un 66 %; un 100% el diesel y el gas comprimido un 500 %. Como al final de los 80 y principio de los 90, llegaron las protestas y la represión sangrienta.

La pobreza y la malnutrición se extienden por todo el país en medio de una gigantesca crisis financiera. En 1988 el cambio era de 6 kyats por un dólar y ahora el intercambio de la unidad de la moneda norteamericana alcanza los 1.300 kyats. En la práctica, la población debe destinar 800 kyats (84 euros) a comprar un cuarto de kilo de arroz cuando en 1988 pagaba 16 kyats. Sin embargo, en 2007 el comercio exterior alcanzó un excedente de 2.000 millones de dólares.
Ahora bien, el constante flujo de divisas se desvía fundamentalmente a las empresas dirigidas por los militares y al incremento de sus dotaciones. El Ejército se gasta anualmente cerca de 1.000 millones de dólares en la compra de tanques, aviones, barcos y otros suministros a Rusia, China e India (países que junto con Tailandia tienen grandes negocios en Birmania), mientras se dedica menos del 1% del presupuesto del Estado a sanidad y educación. Un dato: en 2007 sólo se han dedicado 280.000 dólares a la lucha contra el sida (230.000 personas seropositivas). La Organización Mundial de la Salud valora la sanidad pública birmana como la segunda peor del mundo, después de Sierra Leona.

El ejemplo más inmediato del cerrojo político es el referéndum del 10 de mayo para aprobar una farragosa Constitución, que abra el camino a unas hipotéticas elecciones plurales en 2010. La oposición rechaza la convocatoria a las urnas, que no es libre y mucho menos garantiza un futuro democrático. Al contrario, refuerza la dirección del país por los uniformados. Este documento de 149 páginas imposibles de leer reserva una cuarta parte de los escaños a los militares; así como ministerios esenciales, entre ellos Interior; proporciona al Estado Mayor el derecho a derrocar a un gobierno civil si no le gustan sus decisiones; exige que la jefatura del Estado recaiga en un militar y prohíbe que puedan acceder a la presidencia las personas casadas con extranjeros, una norma destinada especialmente a la disidente Suu Kyi.

Los generales, encabezados por el megalómano y turbio Than Shwe – cuya enfermedad quieren aprovechar sus compañeros de armas para reemplazarle- están a salvo del ciclón en la nueva capital Naypyidaw, alejada de la costa, rodeada de selvas y montañas y en cuya construcción se han despilfarrado millones de dólares. Desde allí agitan la amenaza de una futura desintegración del país para reafirmar su poder centralizador frente al 32 % de la población que pertenece a siete etnias diferentes y reclama un federalismo que frene un nacionalismo birmano militarista y excluyente. Poco antes de la tormenta tropical los monjes y estudiantes habían vuelto a salir a las calles, manifestándose ante uno de los centros espirituales del país, la pagoda Shwegadon en Rangún.

En este momento sólo los monjes budistas protagonizan el apoyo a la población afectada por la catástrofe, sobre todo en los lugares adonde el Gobierno no tiene intención de enviar ayuda. La “shanga” o fuerza espiritual de Birmania posee una larga historia de oposición política y de auxilio social. Precisamente, un portavoz de los monjes birmanos ha afirmado que responder al Estado militar “es un combate entre dhamma y ah-dhamma”, es decir entre la justicia y la injusticia. No es suficiente. La presión internacional debería garantizar la supervivencia de una población abandonada por los generales a su suerte.