
BARBARA CELIS
Charles Tilly, un sociólogo que comparó la creación de los Estados al nacimiento de la Mafia y que combinó la interpretación histórica y la política en más de 50 libros y 600 artículos divulgativos, falleció el pasado 29 de abril a los 78 años en Nueva York por un cáncer linfático.
Según sus colegas, fue «el fundador» de la sociología del siglo XXI. El antropólogo Adam Ashforth aseguró en «The New York Times» que era imposible mantenerse al ritmo de Tilly, que publicó más de un libro al año en las últimas dos décadas.
Nacido en 1929 en Lombard (Illinois) y profesor de Ciencias Sociales en la Universidad de Columbia hasta su muerte, amaba el análisis cuantitativo, que combinó con la interpretación histórica y política para desarrollar sus
teorías sociológicas. Quizá la más sorprendente fue su análisis del nacimiento de los Estados en Europa. La razón fue, según él, que, tras la llegada de la pólvora y al desarrollarse la tecnología militar, los ejércitos crecieron y fue necesario crear grandes naciones sobre cuyos ciudadanos se pudiera gravar para financiar la industria militar.
Además, comparaba el nacimiento de los Estados con la creación de las
mafias, pues los Gobiernos exacerban, crean y estimulan amenazas externas y
luego piden a sus ciudadanos que paguen por su defensa: «Consideremos la
definición de extorsionador como la de alguien que crea una amenaza y
después cobra por reducirla». Siempre dijo que su objetivo era combinar la
sociología, la historia y el análisis político. «Pero por mucho que intento
armonizar las tres cosas», aseguró, «he fracasado a uno u otro nivel.
Diario El País
«Hacer la guerra y el Estado como la Delincuencia
Organizada»
Javier Auyero • Daniel Fridman
El pasado 29 de abril falleció a los 78 años en Nueva York el sociólogo
Charles Tilly, pionero de la sociología histórica norteamericana y del
estudio de la acción colectiva, la formación de los Estados modernos y las
revoluciones. Chuck, como lo conocían sus colegas y estudiantes, llevaba
varios años batallando intermitentemente contra el cáncer.
En medio siglo de carrera, la amplitud y extensión de la obra de Tilly es
difícil de comparar. Publicó más de 600 artículos y 50 libros, entre ellos «The
Vendée» (1964), «From Mobilization to Revolution» (1978), «As Sociology
meets History» (1981), «The Contentious French» (1986), «Grandes
Estructuras, Procesos Amplios, Comparaciones Enormes» (1991), «Popular
Contention in Great Britain», 1758-1834 (1995), «La Desigualdad
Persistente»(2000) y
«Social Movements, 1768-2004» (2004). Escribió, publicó, dio clases y
conferencias y aconsejó a alumnos y colegas hasta muy poco antes de su
muerte. Su último libro, «Credit and Blame», fue publicado este mismo año.
El trabajo de Tilly ha influido en varias generaciones de científicos
sociales, en especial en sociología, historia y ciencia política. En los
centros de investigación que fundó y dirigió -primero en la Universidad de
Michigan y más tarde en la New School for Social Research-, así como en el
Contentious Politics Workshop en la Universidad de Columbia, Tilly combinaba
su extraordinaria productividad con una enorme solidaridad para ayudar a
colegas y estudiantes a producir trabajo relevante y de calidad dentro y
fuera de su área de interés.
Chuck vivió la tarea de hacer -y ayudar a que otros hagan- ciencia social
con una intensidad y un sentido de la responsabilidad asombrosos hasta sus
últimos días. Todos los recuerdos y anécdotas que han estado circulando en
foros electrónicos hablan de su inmensa generosidad, curiosidad, humildad y
apertura. Invariablemente, se lo describe como un intelectual y académico
brillante, un consejero único de incomparable amabilidad e igualitarismo.
Cuando sus estudiantes le agradecían la rapidez con la que leía y comentaba
sus artículos y la dedicación con la que sugería posibles caminos para sus
investigaciones, solía responder: «No me lo agradezcas, simplemente haz lo
mismo con tus estudiantes».
Nosotros tuvimos la suerte y el privilegio de recibir sus consejos, aun
cuando nuestras áreas de investigación no coincidían específicamente con la
suya. Seguramente etnografía no suene a Charles Tilly, el del análisis
macro-histórico, el de los Estados y las guerras, el de las monumentales
bases de datos de eventos de protesta a lo largo de décadas. Hubo sin
embargo un Tilly de grandes y pequeñas estructuras, de procesos amplios y
micro, de comparaciones enormes y variaciones minúsculas al interior de un
caso. Es cierto, Chuck no fue un etnógrafo. Pero siempre estuvo ahí cuando
lo necesitamos. Quienes elegimos la etnografía como modo de comprender y
explicar las múltiples y complejas formas en que los actores sociales y
políticos actúan, sienten y piensan, podíamos contar con él, para que nos
dijera no qué pensar, sino cómo recolectar evidencia y construir nuestros
argumentos. Nos ayudaba a agudizar nuestra propia perspectiva analítica. El
principio que siempre invocaba era tan simple que a veces se hace fácil de
olvidar: «Además de este caso particular, ¿de qué se trata tu estudio?».
Chuck insistía en recordarnos que pusiéramos las preocupaciones teóricas al
principio y al final de la experiencia etnográfica: «¿Qué pueden aprender de
esta investigación aquellos a los que no les interesa -por dar un ejemplo-
la política de los pobres en Argentina?».
No sorprende que escuchar a Tilly desafiar nuestro trabajo con críticas y
preguntas constituía un aprendizaje fascinante. Lo curioso es que observarlo
proponiendo enfoques posibles a otras personas -tanto académicos consagrados
como jóvenes estudiantes jugando con ideas sin rumbo aparente- era también
una forma de aprender. Tilly nunca forzaba a seguir un camino, pero mostraba
con provocadora claridad que había varias rutas posibles ya incorporadas en
las todavía precarias preguntas de investigación. Ninguna de esas rutas era
buena o mala, pero cada una llevaría a un destino distinto. La sugerencia,
tan simple, era: «Entonces, tendrás que decidir hacia dónde quieres ir».
Chuck enseñaba a sus estudiantes y colegas que la crítica implacable
necesariamente debe venir acompañada de al menos la insinuación de una
solución o un camino alternativo. Que las ciencias sociales avanzan gracias
al esfuerzo colectivo y solidario. Aun así, nos incentivaba a pensar en
grande y nos hacía sentir confianza en el potencial de nuestros proyectos
individuales. Uno entraba en su oficina con una pequeña idea y salía
sintiendo que revolucionar las ciencias sociales estaba al alcance de la
mano. «Con este proyecto, puedes tomar la posta de lo que C. Wright Mills
dejó sin terminar», le dijo a uno de nosotros. «Bourdieu dejó una gran
pregunta que todavía nadie respondió. Tienes la oportunidad», dijo al otro
sobre una tibia propuesta de monografía.
Tilly lideró una generación de académicos que devolvió la historia a la
sociología norteamericana, rescatándola de la sistematicidad parsoniana que
dominaba en los años ’50. Desde su tesis doctoral, un estudio comparativo
sobre la contrarrevolución en una región de Francia, fue ampliando la
geografía, primero a Gran Bretaña y luego al resto del mundo y en el
contexto histórico de más de diez siglos. En sus últimos años, agregó a sus
preocupaciones otros temas como la construcción de fronteras sociales, las
narraciones, las relaciones interpersonales y las redes de confianza. Ha
dejado una enorme cantidad de herramientas y recursos que durante muchos
años nos servirán para comprender procesos sociales complejos. Quizá su más
simple principio, por el que insistía en cada conferencia, clase o artículo,
era que ni el individuo ni los sistemas sociales, sino las tran-sacciones o
interacciones sociales son el aspecto central del análisis sociológico.
Uno de los últimos libros de Tilly analiza las distintas formas en que las
personas dan razones. Como no debería sorprender, el libro se llama
sencillamente «Why?» (¿Por qué?) El título quizá contuviera una implícita
reflexión personal. Lo escribió hace unos años, durante uno de los
recurrentes tratamientos por su enfermedad. Desde el inicio, Chuck se
propuso que la escritura de «Why?» fuera una compañía durante el
tratamiento. Lo comenzó en la primera sesión y lo terminó en la última. Ese
libro es quizás uno de sus más importantes legados. Además de su aporte
sociológico, testimonia una forma de vivir la profesión. Una pasión por las
ciencias sociales que transmitió a quienes lo leyeron y lo conocieron.
Javier Auyero es profesor de Sociología en la Universidad del Estado de
Nueva York. Daniel Fridman es candidato a doctor en Sociología en la
Universidad de Columbia, Nueva York.
Página 12, 10 mayo 2008
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REVISTA DIGITAL DE ENSAYO, CRITICA E HISTORIA DEL ARTE FUNDADA EN SANTIAGO
DE CHILE EN 1997
Jesús Alejandro Villa
Las políticas de la identidad en la crisis
contemporánea del estado-nación
Todo proceso histórico, político o social parece encontrarse hoy enmarcado
necesariamente por el devenir de una doble tendencia: globalización y
localización, que en conjunto configuran el rostro del mundo contemporáneo.
La crisis del Estado-nacion, entendida como un proceso histórico político y
social, encuentra en la tendencia globalización-localización un punto de
análisis amplio, que permite abordar los dos principales aspectos o caras de
lo que podemos llamar «la crisis general del Estado-nacion»: por un lado
la crisis del Estado-nación como protagonista del sistema internacional, y
por otro la crisis del Estado-nación como modelo de organización y cohesión
social.
El Estado-nación es ante todo una construcción occidental que, como muestra
Charles Tilly (1), toma forma en un periodo de unos mil años, tiempo en el
cual, luego de consolidarse en Europa y extenderse por el mundo, se
convierte en elemento fundamental del sistema internacional moderno (2), y
junto al capitalismo compone el centro del modelo de modernidad occidental.
Hoy, sin embargo, en medio de lo que algunos han dado en llamar «quiebra de
los modelos occidentales de modernidad» (3), los pilares del sistema
internacional, que se remontan en su origen a la paz de Westfalia, se
encuentran en crisis. Las ideas del Estado-nación, de la soberanía, de la no
ingerencia, y de la autodeterminación territorial, se ponen en cuestión como
principios del sistema internacional contemporáneo, al mismo tiempo que se
torna cada vez más problemática la relación del Estado con su población y se
evidencia la ineficacia del Estado-Nación, en tanto forma de organización
social, para responder a las circunstancias mundiales de la posguerra fría.
La confluencia de la crisis del Estado-nación como elemento del sistema
internacional y como forma de organización social es lo que, en general, se
denomina: crisis del Estado-nación.
La caída de la Unión Soviética y la adopción, por parte de los países que
pertenecían a su orbita, de sistemas económicos con pretensiones
capitalistas parecía encaminar claramente al mundo en una misma dirección,
donde los Estados nacionales y la democracia liberal serían los ejes de un
naciente sistema internacional que, superados los obstáculos del bipolarismo
de la guerra fría, encaminarían al mundo hacia la constitución de una
economía, sociedad y cultura única de alcance mundial. Con el avance de la
globalización el Estado-nación y sus instituciones se irían debilitando,
pues ésta sería la culminación del proceso de mundialización capitalista y
el resultado final y natural de la ilustrada modernidad occidental, en la
cual el Estado-nación tradicional ya habría cumplido su ciclo de existencia.
Sin embargo, a diferencia de lo que los teóricos de la globalización y del
fin de la historia pronosticaron, la culminación de la guerra fría
«que estuvo caracterizada por la pareja heterogeneidad y estabilidad, por
mas imperfecta que esta fuera y que estuviera sustentada en la disuasión
nuclear, ha dado paso a una época en que la homogeneidad sistémica viene de
la mano de una inestabilidad internacional creciente» (4).
Hoy, aunque efectivamente se viene desarrollando un proceso de
globalización, no se está dando como algo natural, único e incontestado,
como aquello hacia lo que el mundo, cada vez más moderno, tendería
inequívocamente, pues se ha hecho evidente el no cumplimiento de las
previsiones económicas, sociales y políticas que tendrían necesariamente que
darse con el devenir de la modernidad: el avance de la ciencia no ha
producido un crecimiento económico indefinido; la racionalidad moderna no ha
generado un mundo desacralizado y justo, y no se ha avanzado hacia la
uniformación cultural.
Junto a la globalización se está desarrollando un proceso paralelo, la
localización, que no solo se le contrapone a ella como tendencia sino que
entra en contradicción con los principios mismos de la modernidad
occidental; se trata del auge de fenómenos de tipo identitario como nuevos
protagonistas de la política nacional e internacional.
La reaparición de políticas de la identidad como fuentes efectivas de poder
local e internacional ha llevado al surgimiento de una inestabilidad casi
absoluta en el sistema internacional. Los argumentos de tipo racional-legal
cada vez tienen que ceder mas terreno a argumentos de tipo étnico, religioso
o cultural, como fundamento de las relaciones internacionales, lo cual,
unido a la aparición de fenómenos basados en políticas de la identidad de
alcance trasnacional (el internacionalismo islámico por ejemplo) hace que el
Estado moderno de tipo occidental o lo que es lo mismo, el Estado-nacion ya
no pueda ser considerado el único y legítimo protagonista del sistema
internacional.
Así mismo Estados históricamente considerados como modernos en sus,
constituciones, practicas e instituciones, a la hora de hacer frente a los
retos mas extremos de las políticas de la identidad (por ejemplo a los
terrorismos fundamentalistas de cualquier tipo) tienen que recurrir cada vez
con mayor frecuencia a procedimientos que violan claramente el garantismo
constitucional de los derechos humanos propio del estado moderno de derecho,
acudiendo a argumentos para justificar dichas acciones que nada tienen que
envidiarle a los que exponen los propios terroristas.
Por otro lado, el Estado-nación como modelo de organización social hace
crisis merced a la aplicación de políticas de identidad por parte de
minorías internas, que, desde la búsqueda del reconocimiento como miembros
valiosos y en pleno derecho de la sociedad, luchas secesionistas y la
exigencia de derechos diferenciales que les permitan mantener su propia
cultura sin necesidad de escindirse del Estado y la cultura mayoritaria,
cuestionan seriamente el Estado-nación como modelo de organización social.
La influencia de factores identitarios como base para la diferenciación de
un pueblo y fundamento de sus consiguientes pretensiones de reconocimiento,
autonomía o independencia, no es un fenómeno exclusivo de los últimos años
del siglo XX y primeros del XXI, ya, por ejemplo a finales del siglo XIX y
principios del XX el catolicismo ayudó a cimentar la comunidad étnica polaca
al servir de factor diferenciador frente a los prusianos protestantes y los
rusos ortodoxos. Similar función tuvo el Islam en Pakistán, el judaísmo en
Israel y el catolicismo en Irlanda.
Las políticas de la identidad han ganado importancia en los últimos años en
la medida en que los grupos que recurren a ellas han desbordado los espacios
locales o intergrupales y le han dado a sus intereses un carácter político.
Asuntos que antes solo eran del interés de cada comunidad específica pasan a
ser temas que tocan a toda la sociedad, e incluso, llegan a ocupar sitios
centrales en la agenda internacional.
Los Estados-nación, como modelos de organización social, en su origen
pretendían consolidarse sobre la coincidencia del Estado y la Nacion en un
territorio, ya fuera por la preexistencia de una nación que se hacía a un
estado o por la acción de ciertas elites que, por medio del Estado,
desarrollan la idea de Estado-nación como proyecto político en sus
territorios (5).
En Estados de éste tipo, problemas y retos como los que plantean las
políticas de la identidad simplemente no existirían en la medida en que el
Estado, la Nación y la cultura no se yuxtapondrían ni entrarían en
contradicción; sin embargo un estado de cosas semejante es hoy poco
probable; Benjamín Akzin, por ejemplo, señala cuatro procesos por los cuales
un estado hasta cierto momento monoétnico puede dejar de serlo: toma de
prisioneros luego de un contacto guerrero; conquista de territorios con
poblaciones étnica y culturalmente diferentes a la de los conquistadores;
comercio internacional, con la consecuente movilidad de comerciantes lejos
de sus lugares de origen; mutaciones de ciertos sectores de una población
originalmente homogénea por cambios en el lenguaje o en la religión (6).
Hoy, el Estado puramente monoétnico y monocultural se ha convertido en un
anacronismo, lo cual, unido al fortalecimiento de las políticas de la
identidad, pone cada vez con mas fuerza, en cuestión, la idea del
Estado-nación como modelo de organización social. La transposición de las
fronteras de los Estados sobre naciones étnica y culturalmente diferentes y
la gran movilidad humana, debida a la extensión del comercio y el avance de
las comunicaciones, han convertido a la virtual totalidad de los Estados de
la tierra, en Estados poliétnicos y multiculturales. Lo anterior ha hecho
necesario, para las sociedades modernas, pensar formas de organización
social que vayan más allá del Estado-nación y de sus instituciones clásicas
y generar modelos de organización más amplios que el Estado-nación, en lo
que respecta a la diversidad cultural, para hacer frente a lo que se ha dado
a llamar «el reto del multiculturalismo»
Según como se hayan incorporado las minorías a la comunidad política,
aparecen dos modelos generales de diversidad cultural:
El primer caso se da cuando las minorías nacionales, culturas que antes de
la incorporación a una sociedad mayoritaria gozaban de autogobierno y
poseían sus propias tierras, en la actualidad siguen deseando ser sociedades
distintas a la cultura mayoritaria. Sus exigencias, en consecuencia, giran
en torno a la autonomía y autogobierno como medios para garantizar su
supervivencia cultural.
El segundo caso se da cuando los grupos étnicos que se han integrado a una
sociedad mayoritaria por medio de la inmigración individual o familiar,
buscan ante todo, ser reconocidos como miembros de pleno derecho de dicha
sociedad, sin que esto entre en contradicción con el reconocimiento de sus
particularidades culturales.
De estas dos formas de integración cultural surgen a su vez dos tipos de
sociedad: el Estado multinacional y el Estado poliétnico (además de sus
formas combinadas).
El Estado multinacional, en oposición al Estado-nación, es aquel en que
coexiste más de una nación, entendiendo nación como una comunidad histórica,
con sus propias instituciones culturales y posesión de territorio. A las
culturas más pequeñas que hagan parte de un Estado multinacional se les
llama «minorías nacionales».
Su integración a un solo Estado puede darse involuntariamente, ya sea por
medios como la conquista, la sesión de un territorio por parte de una
potencia imperial a otra o una invasión con fines colonizadores; o
voluntariamente, como en el caso de la federación por beneficio mutuo.
Por otro lado, se dice que un Estados es poliétnico cuando la fuente de su
pluralismo cultural es la inmigración de un gran número de personas y
familias de culturas diferentes a la del Estado receptor.
Anteriormente (antes de 1960), en países con una alta tasa de inmigración
como Australia, Canadá y Estados Unidos, se buscaba una asimilación total de
las culturas propias de los inmigrantes a favor de la cultura mayoritaria
que los recibía y en detrimento de sus propias pautas culturales, que se
esperaban fueran abandonadas (angloconformidad). Los grupos que se
consideraban inasimilables, por sus características particulares, al ideal
cultural mayoritario, eran víctimas de una sistemática discriminación que se
hacia efectiva en políticas especiales de inmigración que les negaban la
entrada a dichos países. Hoy, este modelo integracionista vía coptación
cultural, tiende a hacerse impracticable pues, si bien la discriminación de
las minorías, en especial de las más visibles, persiste, las políticas de la
identidad apuntan, en muchas ocasiones, a la promoción de los aspectos que
garantizan la diferenciación efectiva de la minoría con respecto a la
mayoría y crean vínculos de identidad cultural al interior de la comunidad
específica.
La diversidad cultural fruto de la inmigración, se distingue de las minorías
nacionales, sobre todo, porque «los grupos inmigrantes, ni son naciones ni
ocupan tierras natales; su especificidad se manifiesta fundamentalmente en
su vida familiar y en las asociaciones voluntarias, algo que no resulta
contradictorio con su integración institucional.»(7) Si bien, buscan el
reconocimiento de sus particularidades étnicas y culturales, lo hacen desde
el interior de la sociedad mayoritaria, integrándose a la vida económica,
académica y política de esta.
Existe la posibilidad, al menos en teoría, de que un grupo inmigrante se
convierta en una minoría nacional cuando, por medio de una inmigración
masiva y una alta concentración en un solo territorio, se convierta en
mayoría en él y busque reproducir su forma de vida, tal cual era en su
nación original.
Para Kymlicka, el término multicultural, que muchas veces se utiliza para
referirse a estas dos formas de Estado, puede resultar confuso y ambiguo. En
el caso de Canadá, señala como ejemplo el autor:
«algunos canadienses francófonos se han opuesto a la política del
multiculturalismo por considerar que reduce sus exigencias de nacionalidad
al nivel de la etnicidad inmigrante. Por el contrario, otras personas
consideran que el objetivo de dicha política es tratar a los grupos de
inmigrantes como naciones, por lo que apoyan el desarrollo de culturas
institucionalmente completas paralelas a la francesa y a la inglesa»(8).
Un uso un poco más amplio del término multicultural, permite que este cobije
grupos no étnicos pero si históricamente marginados de la cultura
mayoritaria como: los discapacitados, los gay, las mujeres, la clase obrera,
los ateos, etc.
Además de la integración cultural por inmigración o por absorción de
minorías nacionales, existen algunos casos especiales como el de los
afroamericanos y el de los exiliados, que no se adaptan al modelo de
integración voluntaria propio de la inmigración pues, o fueron traídos como
esclavos, no permitiéndoles su integración a la cultura mayoritaria incluso
después de abolida la esclavitud, o tuvieron que salir de su país original
por presiones internas, ni corresponden al modelo de minoría nacional, pues
no poseen una solo cultura, ni un idioma ni un territorio común.
El reto a que se enfrentan la gran mayoría de las democracias liberales, es
encontrar alguna forma de acomodar las minorías nacionales y étnicas a su
sociedad sin que se genere inestabilidad y que a la vez sea moralmente
defendible.
Esta cuestión esta atravesada, en primer lugar, por la discusión entre
liberales y comunitaristas en torno a la justicia; y en segundo lugar por la
peligrosa posición «occidentalista» que asumen Estados Unidos y la potencias
aliadas después del once de septiembre, posición que se caracteriza por una
tendencia a satanizar lo no occidental incluida la sospecha que recae sobre
todas las naciones que por su precario nivel de desarrollo económico no
hacen parte del centro capitalista occidental.
Las respuestas que se proponen al reto del multiculturalismo, necesariamente
producen formas de organización social diferentes al Estado-nación,
exceptuando, claro está, el caso de las minorías nacionales que logran
independizarse de la sociedad mayoritaria y construir su propio
Estado-nacion. Kymlicka, por ejemplo, propone como respuesta al reto del
multiculturalismo, además de la protección de los derechos civiles y
políticos de los individuos como mecanismo para acomodar las diferencias
culturales (9), tres tipos de derechos especiales en función de la
pertenencia grupal, a saber: Derecho de autogobierno, derechos poliétnicos y
derechos especiales de representación.
Los derechos de autogobierno surgen como repuesta a las reivindicaciones de
las minorías nacionales que buscan algún tipo de autonomía política o
jurisdicción territorial. El federalismo permite que el poder se reparta
entre el gobierno central y las minorías nacionales, siempre y cuando estas
puedan constituirse en mayoría al interior en una de las unidades federales.
Los derechos políticos responden, principalmente, a exigencias de grupos
inmigrantes que buscan fomentar la integración en el conjunto de la sociedad
por medio de: la erradicación de la discriminación y los prejuicios que
recaen sobre las diferentes minorías étnicas, el cambio en los currículos
escolares, extensión de ciertas leyes que choquen con las particularidades
culturales de cada grupo y la participación activa del Estado en la
preservación de su riqueza cultural.
Los derechos especiales de representación buscan que los procesos políticos
sean mucho mas representativos al incluir a miembros de minorías étnicas y
raciales, mujeres, gentes de escasos recursos económicos, discapacitados,
etc., que, pese a tener un gran peso democrático no logran una
representación suficiente en la vida política del Estado. Esto se puede
lograr, por ejemplo, haciendo que los partidos políticos sean más inclusivos
con respecto a las diferentes minorías o con la adopción de formas de
representación más proporcionales (10).
Se puede observar entonces, que las políticas de la identidad que
desarrollan diversos grupos, minoritarios o no, vienen generando nuevas
dinámicas a nivel internacional y local que cuestionan la idea de
Estado-nación como protagonista del sistema internacional y como modelo de
organización social, que generan nuevas alternativas de organización social
diferentes al Estado-nación, como lo son el Estado-poliétnico y el
Estado-multicultural y que unidas al, aunque imperfecto y cuestionable,
proceso de globalización, componen la crisis general del Estado-nación.
Notas
(1) TILLY, Charles. Coerción, capital y los estados europeos 990-1990.
Madrid: Alianza, 1992.
(2) PEÑAS ESTEBAN, Francisco Javier. Occidentalización, fin de la guerra
fría y relaciones internacionales. Madrid: Alianza, 1997. p, 214 ss.
(3) Isidoro Moreno por ejemplo, utiliza esta expresión para explicar el
principal resorte de la crisis civilizatoria, que encuentra, se está dando
en los últimos tiempos. Vid. MORENO, Isidoro. Quiebra de los modelos de
modernidad, globalización e identidades colectivas. Andalucía, 1997.
(4) PEÑAS ESTEBAN. Op, cit. p. 15.
(5) HOBSBAWM, Eric. La perspectiva gubernamental. En: Naciones y
nacionalismos desde 1780. Barcelona: critica, 2000. p. 89 ss.
(6) AKZIN, Benjamín. Estado y nación. México: FCE, 1968. p. 47-48.
(7) Ibíd. P: 31.
(8) Ibíd. P: 34.
(9) «Estos derechos permiten a los individuos formar y mantener los diversos
grupos y asociaciones que constituyen la sociedad civil, adaptar estos
grupos a las circunstancias cambiantes y, por último, fomentar sus
perspectivas e intereses en la totalidad de la población. La protección que
proporciona estos derechos comunes de ciudadanía es suficiente para muchas
de las formas legítimas de diversidad en la sociedad» Ibíd. Página 46
(10) Para Kymlicka, no deja de ser difícil la adopción práctica de la
representación especial: «¿Cómo determinar, por ejemplo, el procedimiento
para decidir cuales son los grupos que tienen derecho a la representación? O
¿Cómo asegurar que los representantes efectivamente rindan cuentas ante el
grupo?». Will Kymlicka. El retorno del ciudadano. Una revisión de la
producción reciente en teoría de la ciudadanía. P 29 y 30.
Bibliografía
AKZIN, Benjamín. Estado y nación. México: FCE, 1968.
HOBSBAWM, Eric. Naciones y nacionalismos desde 1780. Barcelona: crítica,
2000.
KYMLICKA, Will. Ciudadanía multicultural. Barcelona: Paidós, 1996.
KYMLICKA, Will. NORMAN, Wayne. El retorno del ciudadano. Una revisión de la
producción reciente en teoría de la ciudadanía. En: La política. Revista de
estudios sobre el estado y la sociedad. Barcelona: Paidós, 1997
MORENO, Isidoro. Quiebra de los modelos de modernidad, globalización e
identidades colectivas. Andalucía, 1997.
PEÑAS ESTEBAN, Francisco Javier. Occidentalización, fin de la guerra fría y
relaciones internacionales. Madrid: Alianza, 1997.
TILLY, Charles. Coerción, capital y los estados europeos 990-1990. Madrid:
Alianza, 1992.
Ha muerto Charles Tilly, el sociólogo que dijo que los estados nación surgieron para poder financiar a los ejércitos
Los ejércitos, las policías armadas y municipales, los guardiaciviles, la policía privada están en la base de los cimientos del estado nación.
También están en los cimientos la gran cantidad de funcionarias y funcionarios que lo soportan a cambio de un sueldo fijo.
Yo creo que esos apoyos pueden considerarse como más del 50% del sustento estatal. El procentage restante está formado por otros elementos sociales más normalizados.
Ha muerto Charles Tilly, el sociólogo que dijo que los estados nación surgieron para poder financiar a los ejércitos
Fíjate de qué cosas se entera uno. Yo que creía que el ejército se creó para defender la patria del enemigo, y resulta que es al revés: la patria se creó para poder defender la existencia del ejército y los negocios de quienes producen las armas que utiliza.
Ha muerto Charles Tilly, el sociólogo que dijo que los estados nación surgieron para poder financiar a los ejércitos
Un ejemplo de poca importancia.
Hoy uno de Junio hemos ido unas treinta personas a pasear por el parque de el Retiro (Madrid).
Ibamos con unos cartelillos que decían
NO A LAS GUERRAS. SÍ A LA PAZ.
NO A LAS ARMAS. SÍ AL DESARME.
NO A LA VIOLENCIA. SI A LA HERMANDAD.
NO A LAS ENEMIGAS. SÍ A LAS AMIGAS.
NO AL ODIO. SÍ AL AMOR.
NO A LOS EJÉRCITOS. SÍ AL DIÁLOGO.
También ibamos bailando samba con un grupo de batucada. La gente miraba y sonreía.
Solamente que a los cinco minutos nos encontramos con unos policías que nos dijeron que estaba prohibido tocar el tambor en el parque.
Supongo que eso os sonará a Chino. Pues ni siquera en CHina está prohibido tocar el tambor en el parque.
Seguimos caminando con los tambores en la mano sin tocarlos. A los veinte metros había un coche de policía y nosotras, tan obedientes, les sonreimos y seguimos sin tocar.
Cincuenta metros más allá había otro coche. Giramos a la izquierda en la plaza del Ángel Caido. Nos encontramos con una furgoneta grande de policía. Y diez metros más allá pasaron dos policías supermodernos en unos patinetes autopropulsados.
Como no estamos educadas para desobedecer, nos sentamos (en el cesped) y nos comimos las tortillas que llevábamos sin poder disfrutar del ritmo alegre que habíamos preparado.
Casualmente a la hora del café escuchamos que cien metros más allá junto a la estatua de Alfonso XII había unas treinta personas practicando la batucada y cnversando con la policía.
Ninguno de los detalles falta a la verdad. Suponemos que ese despliegue es necesario para que la gente sea feliz y libre en el más bello parque de Madrid.