
Resulta ya cansino, para quiénes vivimos, como ciudadanos de a pie interesados por la política y con un mínimo de interés y juicio,los acontecimientos de la intentona de golpe de estado del 23 de Febrero de 1981, el tener que escuchar una y otra vez las loas al rey Juan Carlos en el sentido de que «echandole un par de huevos, paró el golpe de estado y salvó la democracia» (parece que él solito), cuando la realidad -al menos lo que pudo conocerse por la opinión pública- es que tuvo en ello un papel muy secundario.
Todo empezó con pequeños olvidos, piadosas consideraciones, y
alguna exageración sin importancia. Pero la cosa va adquiriendo tintes y proporciones de farsa impresentable.
Cuando el rey se pronunció públicamente (a última hora de la noche, después de guardar silencio durante una tarde de infarto), el golpe ya no tenía viso ninguno de tener éxito, y ya se habían posicionado claramente todo tipo de personajes públicos del mundo de la política y de la vida social; además de que el estamento militar se mantenía mayoritariamente en un prudente y expectante «silencio de sables», salvo en la ciudad de Valencia. Tan sólo rechinó en las horas fatídicas la voz del embajador estadounidense que al ser recabado para que condenara la intentona, eludió el realizar ni siquiera una blanda condena de cortesía, y afirmó secamente (y estará en los archivos sonoros de la radio) que la situación era una mera «cuestión interna» de nuestro país en la que el suyo no podía injerirse (como si no fuesen expertos en intervenir, de manera continua y permanente a su capricho, en todos los asuntos que les place en cualquier país).
Fue mucho más importante y decisivo que el papel del rey, el de
las cadenas de radio y de periodistas como Jose Mª García (que entonces tenía millones de fidelísimos seguidores por sus ácidos programas deportivos, y que puso tanto coraje durante horas que terminó afónico), y Fernando Onega o José Oneto entre otros, que verdaderamente se posicionaron frontalmente y se la jugaron desde el primer minuto (mientras que casi todos los españoles permanecían en sus casas pegados al transistor -incluso con varios encendidos a la vez-); o el impacto de poder ver las imágenes en televisión del general Gutierrez Mellado, el presidente Suárez y Santiago Carrillo… Mucho más impactante, que un discurso obvio cuando ya muchos nos íbamos a la cama cansados de una situación esperpentica que estaba en punto muerto y que no tenía perspectivas de ir a ninguna parte.
Tan poco decisiva y decisoria fue su intervención, que en las fechas posteriores -y durante bastante tiempo- corrieron rumores sobre que incluso pudiera haber estado implicado, y ello creó problemas e incertidumbres de cara a la posibilidad de que fuese inevitable el que tuviese que ser llamado a declarar en el juicio por los hechos (cosa que deseaban impedir a toda costa los poderes públicos por motivos perfectamente comprensibles). Y parece bastante probable que no solo él, sino bastantes otras personas de relevancia -incluso entre la izquierda- podían tener al menos cierta información de lo que se estaba fraguando; pero o no se lo tomaron suficientemente en serio,o no se atrevieron a actuar como deberían, o prefirieron mirar para otro lado y quedar a la expectativa.
Existe la leyenda bastante aceptada por medios bien informados
(y poco sospechosos de anti-juancarlismo), y nunca desmentida por nadie, de que el rey, antes de su intervención televisiva, tuvo una conversación telefónica al respecto con su padre (el legítimo aspirante a la corona de España postergado por Franco en favor del actual rey) para pedirle consejo…; y que D. Juan le hizo la reflexión de que si apoyaba el golpe, y éste triunfaba, los golpistas tendrían contados sus días en una España que ya no era la de antaño, y que él acabaría exiliado del país más tarde o más temprano; pero que si se la jugaba contra los golpistas, y estos fracasaban, tendría el camino muy allanado para la consolidación definitiva de la monarquía; y que por tanto tenía poco que perder, y mucho por ganar, si se sumaba a los antigolpistas.
El golpe fracasó antes de empezar; seguramente porque resultaba
demasiado ridículo en sí mismo en su retransmisión en directo (y casi cada segundo fue posible verlo en directo y diferido por televisión; e incluso hubo clandestinas intervenciones en directo en la radio, vía telefónica, por parte de algunos diputados)… Ni siquiera las personas mayores que se consideraban franquistas de corazón por ser hijos del «régimen», y que ya se habían resignado al «cambio con orden» de la «Reforma» de Suárez y Torcuato Fernandez Miranda, podían encontrar nada «glorioso» en la toma del Congreso por un guardia civil «chusquero», y en el posterior zarandeo de un venerable general español de primer orden que ya había dado muestras inequívocas de valor, lealtad, y
convicciones católicas profundas (y que volvió darlas enfrentandose él
sólo, lleno de sentido y dignidad militar, a unos matones nerviosos; y
mostrandonos un cuerpo lastimoso y desarmado henchido de indignación).
Y fracasó porque los periodistas al frente de las radios y la televisión (el cuarto poder) cumplieron un papel demoledor. Pero en cualquier
caso, seguramente hubiera fracasado tarde o temprano por puro anacronismo, como parece pensaba el conde de Barcelona: la mayoría de las
gentes desde todas las ideologías políticas -excepto los cuatro irracionales de siempre de derecha e izquierda- se limitaron a «contemplar
aquello»; porque no se puede decir que el pueblo se lanzase valientemente a las calles a defender la democracia (nada más lejos de una
realidad en que la aplastante mayoría aguardó expectante y pasivamente en sus casas hasta asegurarse de que había terminado todo, mientras
que otros se escondían como ratas -a veces no sin motivo-, y algunos
destruían irreflexivamente todo tipo de documentos), pero tampoco se
puede decir que la gente se creyese -ni por un instante- que era posible hacer que las cosas retrocediesen en el tiempo de esa manera;
pues más allá del desconcierto y el temor, el sentido común nos decía
que de una forma u otra, y para bien o para mal (según la óptica de
cada cual), había cosas que ya no tenían vuelta atrás.
Por otra parte, lo cierto es que el golpe «triunfó» en alguna
medida (aunque no para sus protagonistas de primera linea), porque
sirvió de coartada y justificación para cerrar discretamente la «transición» de una forma bastante más descafeinada de lo que los mediana-
mente idealistas habrían esperado (salvo en la libertad de expresión,
en el terreno sustancial de todos los demás derechos fundamentales, y
en las actitudes del poder, cabría valorar que incluso se retrocedió
con respecto a la situación del final de los años 70 y principio de
los 80; y haciendo además buena parte del «trabajo sucio» un gobierno
que se autocalificaba de socialista).
Y años después, el relato de la «machada» de D. Juan Carlos va
adquiriendo cada vez tintes más míticos, y formulaciones progresivamente más vagas y poco creíbles a la luz de un análisis minimamente
razonado; para hacernos creer que tenemos una deuda impagable con ese
señor que salvó para nosotros la libertad, e hizo posible todo lo bueno de nuestra actual forma de vida. Y cada vez se va pareciendo más
a un cuento para niños (o se convierte al cabo de 23 años en unos comentarios poco verosímiles en el guión de una serie televisiva amable
como «Los 80» en la cadena Tele5).
Las tonterías nunca dejarán de ser meras tonterías; pero lo malo, es que el tema es demasiado serio como para seguir indiferentes a
una bola que muy lentamente no para de crecer, y que puede acabar apareciendo algún día como una verdad emocionante y significativa para
quiénes no pueden tener nuestra memoria (como ya ha pasado entre ciertos círculos juveniles marginales con temas como la cuestión nazi -a fuerza de un exceso de maniqueísmo, y de un deficit de auténtica y
radical beligerancia-, y a pesar de no estar las posiciones filonazis
bendecidas como «políticamente correctas»). Puede ser ya hora de empezar a puntualizar a aquellos que por diversos motivos colaboran a hacernos olvidar nuestra historia, incluso cuando tiene más de patética
que de gloriosa.