
Tres amigos conversan en una cevichería de Barranco. Se llaman Renzo, Fernando y Aldo. El primero tiene 32 años y es publicista. El segundo tiene 30 y trabaja en una empresa embotelladora. El tercero tiene 27 y es ingeniero. Es sábado y están aprovechando el sol para vaciar con gusto sendas botellas de cerveza Zenda. Los tres comparten un mismo plato de ceviche de pescado y conchas negras, cuyas propiedades gastronómicas son teóricamente afrodisiacas.
Según la creencia popular, el comensal que engulle conchas negras cobra la envidiable facultad de mantenerse sexualmente inquieto durante un considerable periodo de tiempo. No existe un nombre científico para describir esa lujuriosa animosidad, pero la jerga callejera ha bautizado al espécimen poseído por ella como “carretón” (y en su variante más acelerada: “pipiléptico”).
– Ya la vi que en la noche nos vamos a querer levantar a todo lo que se mueva, dice Aldo, mientras sorbe con inefable placidez una cucharada del ya ennegrecido jugo de pescado.
Los tres están solteros; ergo, su actividad sexual es bastante menos frecuente de lo que en verdad desearían.
– Ni me digas, que yo no la ‘veo’ hace tiempo y ya estoy a punto de que se me revienten los porongos, acota Fernando, siempre tan didáctico e ilustrativo.
– ¿Qué? ¿Hace cuánto que no la ven?, curiosea Renzo.
Aldo contesta que hace dos meses que no tiene relaciones sexuales. Fernando, más preciso, cuenta que han transcurrido 62 largos días, con sus respectivas noches, desde la última vez en que se encamó con alguien.
-¿Y cómo hacen para no morirse de una trombosis prostática?, repregunta Renzo, jactándose de haber estado dos noches atrás con una señorita cuya exigencia y fogosidad lo han dejado completamente exangüe.
– ‘Manuelaza’ nomás, dice Aldo, refiriéndose de esa manera tan coloquial al benigno evento masturbatorio.
– Sí, pues, caballero, no hay otra, suscribe Fernando, mascando una canchita con rabia.
Renzo admite que él también, de tanto en tanto, cuando pasan semanas sin que le ligue nada, incursiona en esas gratas y laxantes exploraciones genitales.
Minutos más tarde, ya más sueltos, cada uno empieza a contar detalles de cómo lleva a cabo su privada ceremonia onanista, indicando, por ejemplo, en quiénes piensan mientras cierran los ojos y dan rienda suelta a sus eróticas divagaciones. Uno, con pena, confiesa que piensa en alguna de sus ex novias. Otro, lascivo, dice que acostumbra traer a su mente a las más pulposas vedettes de la farándula local. Y el tercero, un romántico, refiere que cada vez que se toquetea la zona del bajo vientre lo hace pensando en Maju Mantilla (con su corona de Miss Universo).
Mientras ríen, los tres levantan sus vasos para chocarlos y hacen Salud.
(…)
Me pregunto si esa misma escena hubiera podido darse en una mesa de tres chicas. Me cuesta imaginarlo.
A diferencia de las mujeres con “sus partes” (expresión retrógrada y huachafa que increíblemente aún se usa), los hombres desde niños solemos jugar con el pito como si se tratase de un apéndice cualquiera. Como si fuese un juguete más: un soldadito de plomo, una culebrita de plastilina, un Lego de carne. No hay malicia ni mañosería en ello, sino simple curiosidad anatómica.
Sin embargo, nunca faltan las madres que censuran esas travesuras con frases traumáticas del tipo “te vas a quedar manco”, “se te va a caer el pipilín” o la abusiva “te van a salir pelos en la cara, vas a ver”.
(Pienso ahora en R, mi pobre sobrino de tres años que suele ser reñido por su Nana cada vez que lo ampaya mirando la tele mientras manipula, inocente, su incorrupto maní).
Pasa el tiempo, y en el colegio adviertes que el gran conjunto de tus compañeritos incurre sin empacho en eso que a ti injustamente se te prohibe. De pronto aguzas el oído y comprendes que “paja” no es solo un adjetivo (sinónimo de divertido, recreativo o placentero), sino también un sustantivo, una manera de referirse al acto libérrimo de juguetear alegremente con el ‘bombero’ calato que cuelga de tu entrepierna.
Creces, cumples 12, 13, 14, te salen furúnculos en toda la cara y escuchas que entre los chiquillos más avispados se alimenta un mito oscuro: “si te masturbas, los granos desaparecerán”. Como casi todos los niños a esa edad son vírgenes y carecen de experticia, buscan ayuda externa. Adquieren, entonces, material preciso para lubricar su imaginación antes del culto onanista: a saber, revistas pornográficas (a veces halladas en los cajones de sus papás y escondidas bajo el propio colchón) o películas triple equis.
A propósito de esos filmes picantes habría que decir que antes -a diferencia de hoy- circulaban de mano en mano en un circuito clandestino, y bajo títulos francamente inolvidables: ahí están, detenidas en el tiempo, “Garganta Profunda”, “Emanuelle”, “Seka, la Erótica”, “Tabú”, o “Campamento en el Catre”, cuyos galanes eran todos bigotones y panzudos, y cuyas pálidas actrices usaban un fatal peinado rizado y una lencería muy poco inspiradora).
(…)
Dicen que la disposición del aparato genital determina la conducta que hombres y mujeres tienen respecto de la sexualidad. El hombre, entonces, vendría a ser un poco como su pene: relajado, superficial, explícito, suelto, deslenguado, evidente, presto a codearse con todas las bondades que Natura disponga. La mujer, acaso como la vagina, es interna, emocional, hermética, profunda, cerrada, íntima, silenciosa, o mejor, callada.
A los hombres nos encanta hablar y presumir de las faenas de sexo que hemos (y que no hemos) tenido. Por eso es tan célebre el chiste aquel del naufrago que -cansado de pasar todas las noches con la misma rubia espléndida que se perdió en la Isla unos días después que él- le pide un mañana que por favor se ponga un sombrero y se pinte bigote. Ella, extrañada, cumple con el pedido. Él va la abraza y le susurra al oído: “Compadre, no sabes la hembra que me estoy comiendo”.
He oído que cuando las mujeres se reúnen en esos extraños pijamas party son incluso más corrosivas que los hombres al momento de narrar sus escaramuzas sexuales y demostrar su erudición. No lo sé. Pero si fuera cierto, me parecería raro que, por un lado, estén tan liberadas de ataduras para hablar de sexo, y por otro se muerdan la lengua y arruguen la nariz cuando alguien menciona la palabra ‘masturbación ‘.
Algunas mujeres preferirían creer que los hombres, pasada la pubertad, ya no se masturban, porque esa es una cosa de adolescentes, una manía que en un hombre mayor resulta un vicio horrible. Pues lamento informarles que están equivocadas: la mayoría de hombres -emparejados o no- sí se masturba. A veces es para aliviar auténticas urgencias seminales, y otras, calculo, por purita distensión.
El tema es que, a diferencia de las mujeres, nosotros lo asumimos con enorme familiaridad, tanto que la palabra ‘pajero’ está instalada en el diccionario masculino para aplicaciones no necesariamente sexuales. Por ejemplo, un tipo que en la pichanga de fulbito falla un gol clamorosamente es, sin duda, un ‘pajero’. O un tipo cuyo pulso denota temblor al momento de escribir una frase o trazar un dibujo será también, para efectos de la chacota, un ‘jeropa’ consumado.
Tengo un buen amigo en el periódico -de aspecto frágil y cara de párvulo- que arrastra fama de ser un señorito muy dado a esos asuntos manuales. Su mote oficial es Cinco Dedos de Furia. Los hombres solemos fastidiarlo y él, tolerante, se ríe con nosotros. Las mujeres, en cambio, cuando oyen nuestras conversaciones, se ponen coloradas y alargan la trompa, en clara señal de asco.
(…)
Hace unos cinco años hacía un programa de radio con el periodista argentino Guillermo Giacosa y con Carlos Bejarano. Era un noticiero matutino comentado. Se llamaba Aldea Global y se transmitía en Radio San Borja. Un día Guillermo tuvo una idea genial: hablar de sexo -con humor e inteligencia- en un programa nocturno. Entonces nos fuimos a 1160 para hacer Aldea Sexual, todos los días desde las 11 de la noche hasta la 1 de la mañana. Fue una época muy divertida.
Recuerdo que una noche, mientras tomábamos vino en la cabina, empezamos a hablar de la masturbación. Las llamadas telefónicas -de hombres y mujeres- entraban a cada rato y la gente contaba sus historias, unas más locas que otras.
La charla se fue relajando y Guillermo contó un par de elocuentes experiencias personales. Carlos hizo lo mismo, y yo me animé a contar el día en que mi papá abrió la puerta del baño y me sorprendió en pleno masaje del prepucio.
Lo gracioso no fue eso, sino que al mismo tiempo en que yo me despachaba en el detalle de esa anécdota, en una casa de San Borja se llevaba a cabo la reunión de unas chicas colegialas que me habían conocido hacía muy poco en un retiro espiritual. A alguno de los invitados se le ocurrió prender la radio para, supongo, buscar algo de música. El dial cayó en 1160 y una de las niñas -oh, fatalidad- reconoció mi voz.
-¡Escuchen! Ese es Renato, el del retiro, debe haber dicho, con infinito candor.
Solo un par de semanas atrás ellas me habían escuchado disertar con entusiasmo sobre el amor, la amistad y no sé qué otras castas ocurrencias de ex monaguillo. Podrán imaginar, pues, lo profundamente decepcionadas que deben haberse sentido al oírme por la radio, medio borracho, hablando muy campante de mis primeras inspecciones testiculares en el baño.
Después supe que, mientras yo vociferaba mi testimonio radial, el horror y el silencio se iban apoderando de la gente congregada en la sala de esa residencia sanborjina. En menos de un minuto, en la conciencia simbólica de esas chicas, pasé de ser un portentosos arcángel juvenil a ser un morboso demonio rastrero.
Quisiera creer que con los años esas niñas, y tantas otras, han comprendido que nada malo hay en la masturbación de ambos géneros. La misma exitosa sexóloga Alessandra Rampolla (que parece una gordita salida del Santa Ursula) confiesa practicarla y la recomienda como un método de conocimiento del cuerpo. Es más, ella alienta a las parejas para que, durante la celebración del amor, recurran a la estimulación táctil sin prejuicios que castren los deseos.
Intuyo que ya muchas mujeres desasosegadas han encontrado el lado saludable de ese hábito . El hecho de que en los últimos años hayan proliferado tantos sex shop, en donde los consoladores son los productos emblema, me hace pensar que las represiones y el conservadurismo se han ido distendiendo.
Por ejemplo, Robotv me cuenta que una amiga suya le confesó hace años que cuando era niña le gustaba jugar con el avión de juguete de su hermano para -adivino- fungir ella misma de contorneada y desnuda pista de aterrizaje. No sería ilógico pensar que hoy, en la mesa de noche de esa chica, hay, por lo menos, un vibrador eléctrico de alto voltaje. En forma de avión, probablemente.
No creo que las mujeres no se ejerciten en la masturbación, sino que les causa aversión reconocerlo tan abiertamente. Tal vez lo que les irrite sea la palabra que, bien leída, no es otra cosa que la conjunción de “más” y “turbación”, expresiones que, aisladas, no tienen nada de indecentes o pecaminosas.
Eso sí. Que nadie tenga dudas de que los hombres mayores, sobre todo los solteros que tienen una gimnasia sexual irregular, cada vez que caen en repentinos cuadros de soledades muertas, calman de inmediato sus angustias inguinales. ¿Cómo? Pues dándose una mano. Ustedes me entienden.
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[Ilustración: Alfonso Vargas Saitua (el volador de cometa empedernido Robotv)]
[AVISO PARROQUIAL UNO: No suelo recomendar páginas de nada, pero esta me sigue pareciendo excelente. Ya me dirán si les gusta. http://www.micabeza.com ]
[AVISO PARROQUIAL DOS: Muchas gracias a todos los lectores que fueron el viernes pasado a la Librería KSA Tomada. Me dio un gran gusto conocerlos. Quizá pronto nos volvamos a reunir]
«Cinco Dedos de Furia»: cosas que conviene saber sobre la masturbación
Deberían volver a juntarse Guillermo, Carlitos y Renato con sus amigos e interesantes invitados ya que faltan programas divertidos e inteligentes donde se enseñe a pensar a la gente y se comenten cosas interesantes (a veces divertidas) de forma amena. Programas como Aldea Global, Aldea Sexual, Mapamundi…