
Es del todo plausible la voluntad de algunos sindicatos confederales programar ciclos de cine para debatir. Espero que estas notas puedan servir para alguna idea.
Realizada un año después de I soliti ignoti (1958), aquí rebautizada como Rufufu (en referencia satírica al Rififí, de Jules Dassin), La Grande Guerra (1959), es una de las obras mayores de Mario Monicelli (1), amén de la más sarcástica denuncia del nacionalismo y del patriotismo italiano que había convertido la participación italiana en la 1ª Guerra Mundial en un capítulo casi sagrado, intocable. Conviene anotar que el guión parte de un argumento de Luciano Vincenzoni (Libera, amore mio), que adoptó Les Amis, de Guy de Maupassant, un escritor que ha facilitado grandes pequeñas historias al cine (entre ella la de La diligencia). Se trata de un fresco sobre la tropa compuesta por gente de abajo que sirven de carne de cañón, y para decir las verdades del barquero, Monicelli utiliza a dos soldados que lo último que habrían querido es ir a la guerra. Giovanni Busacca, al que encarna magistralmente Vittorio Gassman, que a lo largo de la película va dejando huellas de su filiación anarquista, no en vano proviene de Milán, donde se concentraba parte del sector más combativo del movimiento obrero italiano. En uno de estos momentos Busacca, dice a sus compañeros: “Eh, ¿Habéis leído a Bakunin?. ¡Guerra al privilegio¡”. Y luego suelta una perorata en la que trata a los demás soldados de ovejas, “objetos minerales. Esos es lo sois. Éstos os cortan el pelo y vosotros `si señor´, o tal vez os cortan un brazo, una pierna y vosotros `si señor´”. Se indica que Giovanni es un anarquista que se apunta al ejército para salir de la cárcel donde estaba por sus actividades. En otra ocasión, presume de lector ante la prostituta Constantina (Silvana Mangano), de leer Pensiero e Volontà, el periódico editado por Malatesta. La película ganó el León de Oro del Festival de Venecia de 1959 en ex aequo con El general de la Rovere donde –igualmente- un miserable asume al final lo último que quería hacer: el héroe. Es lo mismo que ocurre en La gran guerra, una risotada trágica que desmonta la mitología patriótica, cuenta verdades como puños, y si hay algún pero es que presenta a los suboficiales en general como comprensivos con la tropa, en particular al general Gallina (Romolo Valli). Aquí se estrenó con diversos cortes.
Monicelli no dispensa a nadie, ni tan siquiera al medio anarquista que dice las verdades, pero que al mismo tiempo trata de quitarse todos los golpes de encima.
Pero más que Monicelli, el cineasta italiano que ha mostrado mayor inclinación a tratar historias con presencia anarquista es Bolognini, responsable de una filmografía en la que destaca la construcción estética y los personajes ambiguos.
Mauro Bolognini es conocido como una suerte de Luchino Visconti menor, un autor de obra muy irregular y por lo tanto de difícil valoración y en la que sobresalen sus adaptaciones de algunas novelas de gran valor, sobre todo en un inicio sumamente brillante al principio de los sesenta, concretamente con dos títulos que figuran entre lo mejor de una extensa filmografía: La Viaccia, Senilitat (según la bella novela de Italo Svevo). La Viacia es una adaptación de la L´eredita, de Mario Pratesi, un pequeño clásico de la literatura toscana poco o nada conocido en España. Da cuentas de un conflicto social en los alrededores de una Florencia magistralmente fotografiada allá por 1885, entre un hermano burgués, Ferdinando (Paul Frankeur) y otro campesino, Ameringo (Pietro Germi), aferrado a una finca llamada La viacia, que no le permite el menor respiro…El primero permite que el hijo de éste, Amerigo (Jean-Paul Belmondo), al que el primero brinda trabajo en su comercio para aliviar las deudas del segundo… Amerigo cae prendado de una prostituta, Bianca que rechaza cualquier solución que signifique todavía más miseria (Claudia Cardinale, espléndida por su belleza y morbosidad), y como no puede mantener su tren de vida, Amerigo irá perdiendo el trabajo, el dinero, la honra, hasta morir mientras trabaja como chulo en el prostíbulo. Aunque se trata de un personaje que no llega a tener la consistencia de una propuesta alternativa (que cabe suponer que la tendría originalmente ya que el papel lo interpreta un actor tan notable como Romolo Valli), aparece un amigo anarquista –inquieto por la posible presencia de la policía- que trata de convencer a Amerigo de la posibilidad de otro camino.
Otra adaptación literaria famosa de este primer Bolognini fue Metello (1969), la primera parte de una famosa trilogía de Vasco Pratolini que comprende tres novelas totalmente independientes entre sí. En una medida más bien tímida, Metello es la vida de un militante obrero que discurre entre las primeros enfrentamientos sociales desde 1875 hasta la gran huelga de la construcción de1902, una mirada detallada y notablemente nostálgica por una época en la que la cultura del trabajo daba sentido al ideal socialista. Fue un gran éxito (aquí se editó en castellano y en catalán), y aunque recibió diversas críticas, con el tiempo Metello es considerado como el personaje más intenso y completo de toda la obra de un autor que tendría una relación muy interesante con el cine (2). Editada en 1955 fue pronto adquirida para su adaptación que en un primer momento pasó por un proyecto que tenía que dirigir Piero Germi, pero éste consideró que se trataba de un proyecto en beneficio del PCI y renunció dadas sus convicciones socialdemócratas. Pratolini comenzó a impacientarse y amenazó con romper el acuerdo si la productora no asumía su adaptación, tema arduo dado la gran complejidad de su trama. Fue entonces cuando el proyecto fue a parar a Bolognini que introdujo algunas correcciones en el guión escrito por tres guionistas de prestigio: Susso Cecchi d´Amico, Luigi Bazzoni y Ugo Pirro.
La película cuenta la vida de un joven huérfano, Metello Salani (el cantante y actor Massimo Rainieri que sustituyó como pudo al previsto Albert Finney, y le confirió una mayor fragilidad), hijo del indómito anarquista Salani (Frank Wolf), que al comenzar la película que toma parte en un enfrentamiento con los carabineros. Salani no entiende que pueda haber nada antes que la lucha social y por la libertad.
Estamos en Florencia en 1872, en los inicios del movimiento anarquista, Salani perece ahogado en el río, y al poco su mujer muere en el parto. Criado en el seno de una familia de pobres campesinos, también de convicciones anarquistas, en su juventud, Metello regresa a Florencia donde empieza a trabajar como albañil, y es reconocido por antiguos correligionarios, uno de los cuales, Betto Lambretti, representará también la militancia a toda prueba (de ahí que sea interpretado también por Frank Wolf, lo que refuerza el carácter paternal de dicha adopción), le protegerá. Su destino parece idéntico al de su padre, así Metello no tarda en comprometerse en la acción política en la defensa de los trabajadores mediante el sindicato, por lo cual será perseguido y encarcelado. La trama está animada por una descripción de la vida cotidiana en la que Metello tiene relaciones con tres bellas mujeres. Una de ellas es Viola (Lucia Bosé), una hermosa viuda de clase media alta, la otra será Ersila (Octtavia Piccolo), la hija de Pallesi, un compañero que muere en un enfrentamiento con la policía que será sus compañera y la madre de su hijo, la tercera es una vecina más bien frívola que no le importa que Metello esté casado. Es un papel hecho a la medida de Tina Aumont, siendo estas relaciones la nota más subrayada de la publicidad de la película, aunque es evidente que la censura española efectuó sus cortes tanto en el terreno de los escarceos eróticos como en las proclamaciones ideológicas, algo que ya suscitó comentarios desfavorables a la novela sobre la que un crítico escribió que era una mezcla entre sexo y socialismo. En 1902, Metello toma parte en una durísima huelga de los albañiles que culmina en un duro enfrentamiento con la patronal, los carabineros, y finalmente con los propios compañeros que creen que la huelga se tiene que acabar, y hay un choque con la policía en la que muere un huelguista.
Lo que parece derivar a la conclusión que no se trata de una lucha a muerte, sino mucho más a largo plazo, lo que permite considerar que Bolognini apunta hacia una conversión desde la pureza del anarquismo a la inteligencia táctica del socialismo militante, una evolución a la que, bajo otros imperativos, no fueron ajeno ni Vasco Pratolini ni Bolognini. Situado ante la misma tesitura que su padre ante el nacimiento de su hijo, entonces Metello nuestra que no es ningún héroe, y opta por permanecer al lado de su sufrida compañera. Aunque la realización es muy cuidada, y contribuye a recrear el ambiente y la sensibilidad toda una época, Metello resulta una película fría, como dice muy bien Porton: “Bolognini y la guionista Suso Cecchi D’ Amico lo retratan como una noble aunque excéntrica reliquia del pasado. Metello se “saca el sombrero ante los anarquistas”, pero los considera puristas cuyo idealismo ha sido sumergido por la corriente de la historia, ejemplificada por la realpolitik del sindicalismo”. El éxito de Metello llevó a Bolognini a trabajar con los mismos protagonistas en Bubu de Montparnasse (1970), la historia de un trabajador al que la miseria convierte en proxeneta y de su novia obligada a prostituirse en el París de finales del siglo XIX, una trama y un ambiente que parecen extraída de la conocida obra Nana de Emile Zola, por cierto varias veces llevada al cine, la mejor por Renoir (1926), y la más atrevida, por Christian Jaque (1955), con Martine Carol y Charles Boyer.
El anarquismo aparece igualmente presente en otra novela de Pratolini, Diario de un italiano, que fue llevada a la pantalla con el título de Vanda por Sergio Cappona en 1972. Cuenta la historia de un joven trabajador, Valerio -el cantante Donatello-, que se enamora de una muchacha judía, Vanda, de una posición más elevada que la suya, lo que comporta el presentimiento trágico de su madre -Alida Valli-, todavía traumatizada porque su marido -un militante anarquista según consta en la carátula de su edición en video-, fue asesinado por la policía. La muchacha acabará siendo víctimas de las leyes antihebreas de Mussolini. Aquí se llamó El último verano.
Menos conocida pero mucho mejor y más valiente será Libera, amore mío (Italia, 1973), igualmente obra de Bolognini, que fue estrenada en Italia con dos años de atraso, y aquí llegó en vídeo, cuenta a su favor con la esforzada interpretación de Claudia Cardinale en un papel de “Madre Coraje” que vino a ser algo así como un ensayo de la que será su interpretación más memorable, la de La Storia (1986) una serie de la RAI sobre la guerra bajo la dirección de Luigi Comencini. Esta es la historia de una mujer, llamada Libera-Anarchia Valente, hija de un viejo anarquista (Adolfo Celi) exiliado a la frontera, a Ustica por el fascismo, al que acabará siguiendo siendo muy joven. Compañera de Zenón Metteo (Bekim Fehmiu), un sastre del Sur, más enamorado de ella que de sus ideales y con el que ha tendrá dos hijos, Carlo y Anna; la pareja discuten y se pelean, sobre todo porque ella sigue empeñada en comprometerse, pero se siguen amando. No aceptan la autoridad y menos la del fascismo, y por desafiar las leyes se ven obligados a vivir como nómadas, marchan primero a Livorno, después a Modena, donde se sitúan bajo el punto de mira agobiante del comisario político de la zona, Franco Testa (Philippe Leroy), con trágicas consecuencias. En septiembre de 1943, se constituye la República fascista de Salo con el apoyo de la ocupación nazi. Libera que acaba de salir de un confinamiento de cinco años, es advertida por sus compañeros que los fascistas la buscan para vengarse. Entonces entre en contacto estrecho con los partisanos, actuando como enlace, llevando consigo comida y armas a estos, entre los cuales se encuentra su hijo Carlo, todavía un adolescente. Por esta actividad será apresada y torturada. Muchos compañeros morirán en la lucha o bajo las sumarias y brutales ejecuciones perpetradas por el nazi-fascismo. Cuando llega la el final de la guerra, Carlo liberará a su madre de la cárcel padovana, y la familia puede recomponerse después de tantos avatares. Sin embargo, los cambos se han quedado a mitad de camino, y prueba de ello es que después del abril de 1945, Libera vuelve a tropezar nuevamente con el comisario Testa, responsable de torturas y muertes, que gracias a otra componenda, esta vez gracias a la democracia cristiana que lo ampara, reaparece ahora como un respetable funcionario en el municipio, encargado de la requisición y distribución de los alojamientos. Libera se siente traicionada y se subleva nuevamente, vuelve a protestar, y se cuestiona nuevamente el orden de cosas. De regreso a casa de una de sus protestas, un experto tirador acaba con ella con un certero balazo.
Aunque Libera, amore mío, no se encuentra entre las películas más elaboradas de Bolognini, la primera parte en la que Libera se constituye en el alma de una célula familiar eminentemente militante, es francamente magnífica, luego todo resulta mucho más disperso. En la segunda parte el presupuesto deja mucho que desear y la trama ofrece la sensación de resultar un montaje o un guión insuficiente (tuvo problemas con censura o de “excesivo” metraje), así muchas cosas quedan sin explicar o se cuentan precipitadamente a partir de insertos documentales que no encajan debidamente con lo que se está contando. Sin embargo está por encima de sus títulos más mediocres, y cuenta con la virtud de representar gracias a la total entrega de Claudia Cardinale. Estamos hablando de un relato concentrado y apasionado, algo que se echa de menos en otros títulos de Bolognini, incluido los teóricamente izquierdistas. Con todas sus limitaciones, sobresale entre los diversos testimonios sobre la resistencia antifascista, primero por su protagonismo femenino (de una mujer que está implicada como hija, compañera y madre, y por sí misma), segundo porque es la única conocida que da cuentas del combate de una fracción minoritaria, pero muy combativa, como fue la anarquista, y tercero porque deja claro que toda aquella lucha fue traicionada. El guión fue escrito por Luciano Vincenzoni que se inspiró justa y vivamente en la figura de su madre, y cabe suponer que en alguna historia más.
Mucho más eficaz comercialmente fue otro título, esta vez de explícito reclamo “anárquico” obra de Lina Wertmüller (1928), una “osada” autora que acababa de conseguir un gran éxito con Mimi metalúrgico, herido en su honor (1971), en la que mezclaba actitudes presuntamente izquierdistas (Mimi que se acaba de enterar que había una izquierda y una derecha se queda boquiabierto cuando la estudiante –Mariangela Melato- a la que quiere “ligar” le dice que ella era trotskista, o sea de la izquierda de la izquierda) con referencias “audaces” a la libertad sexual, etc. Lina trató de repetir la fórmula con el mismo dúo protagonista, los eficaces y probados Giancarlo Giannini y Mariangela Melato. A tal efecto buscó otro título “provocador”, y le puso como título algo parecido a un rotulo publicitario de evidente izquierdismo, Film de amor y de anarquía (1973). Singular híbrido entre comedia all´italiana y ficción “gauchiste”, produjo no poco estupor y fue mejor valorada por los críticos conservadores que por los de izquierda. Los propios anarquistas consideraron la película como una frívola afrenta a la dura y prolongada batalla que sus afines italianos llevaron contra el fascismo, y por la cual padecieron la muerte, las cárceles o el exilio como se puede comprobar sin dificultad, y el cine dejó constancia en películas como Libera, amore mio…
Nuevamente tenemos un protagonista, Tonino (el mismo Giannini), de carácter impulsivo y tan ignorante como Mimi, que sin embargo decide atentar contra Mussolini, aunque sus motivos es la venganza por la muerte de su amigo, el anarquista Michele Sgaravento a manos de los fascistas. En su viaje a Roma, Tonino se aloja en un burdel a la espera del momento y donde se enamora de una prostituta (Melato), que pasa a ser algo así como su pareja cómica. Este punto de partida que podía dar lugar a una iniciación militante aunque fuese en clave irónica (un método que puede ser mucho más eficaz como demostrarían Chaplin y Ernest Lubitsch), pero en realidad, la tentativa no más que un pretexto para entrabar situaciones chocantes. En realidad, a la señora Wertmüller no le importan apenas más los campesinos anarquistas (edulcorados y sin criterios propios, marionetas al servicio de la directora), que sus fascistas un poco brutotes…No hay la menor inquietud moral, ni la más mínima voluntad por ofrecer un retrato histórico, un cuadro sobre como el fascismo italiano explotó el terror de la clase media contra la creciente insurrección obrera y campesina de principios de los años veinte. Se cuenta que un grupo de anarquistas de San Francisco que repartió panfletos en los cines que exhibían la película durante la década de 1970 censuró la ecuación psico-sexual de venganza política y suicidio, ya que promueve la creencia de que «lo que motiva realmente el asesinato político es un deseo de muerte, y no el imperativo de derrotar a la tiranía». Porton acierta nuevamente cuando escribe que la Wertmüller simplemente perfeccionó la tradición cinematográfica de reducir el anarquismo a una violencia desventurada, en tanto que convirtió a su asesino anarquista en un campesino encantadoramente incompetente, en lugar de un agente demoníaco del caos.
Porton señala que el tema fue objeto de una película “más seria” de un director tan interesante como Gianfranco Mingozzi sin mencionar su título.
Notas
1). Monicelli es también el autor de uno de los mejores títulos del cine obrerista, I compagni (1963), un fresco social bastante amargo que relata las primeras huelgas organizadas en Turín a finales del siglo XIX, con un antológico Marcello Mastroianni como “Il profesore” del primer socialismo, y con la presencia de Folco Lulli, que en La gran guerra aun patético padre de familia numerosa que se presta a actuar de voluntario a cambio de unas monedas para enviarlas a la familia…
2) Escritor nacido en Roma en 1913. Creció entre las dos guerras en Florencia en un barrio de clase trabajadora que va desde atrás de la Plaza Signoria hasta la iglesia de la Santa Cruz. Más tarde se dedicó a la tipografía e hizo un curso de auto educación que incluía la lectura de Dante, Manzoni y Dickens, entre otros. Su salud se deterioró seriamente, y pasó dos años en varios sanatorios para la cura de tuberculosis. En su regreso a Florencia empezó a escribir piezas cortas, concentrándose en memorias de su infancia en el ambiente de clase trabajadora. Su encuentro con el escritor Elio Vittorini en Roma, y con otros intelectuales influenciaron sus ideas literarias y políticas. Pratolini rechazó el elitismo y el modo hermético auto contenido de escribir de moda de aquélla época y prefirió un retrato realista de las clases bajas en escenarios provincianos. Esto lo situó en el mismo campo realista de escritores como Moravia, Gadda, Silone y Verga. De un fascista pasivo se transformó en un socialista, un cambio que lo llevó a luchar con los particionistas en 1943-45. En 1938 en Florencia y junto al poeta Alfonso Gatto editó una revista, Campo de Marte, cuyo propósito era educar a la gente acerca de las artes. Desde el primer número la doctrina fascista fue atacada y no fue sorpresa cuando la publicación fue suprimida un año después. Pratolini escribió exitosas novelas, con Florencia como escenario, tales como Crónica de los pobres Amantes (Carlo Lizzani, 1954), La Chica de San Frediano, y Metello, cada una combinando un tono lírico con una perspectiva social particular, una mezcla artística de historia privada y pública. Pratolini también fue bien conocido como escritor de guiones de películas como Rocco y sus hermanos. Zurlini realizó su obra maestra con Crónica familiar (1962), adaptación de una novela de Vasco Pratolini, que ofrecía un impresionante testimonio de la resistencia sobre un telón de fondo de radios fascistas que glorificaban la presencia de tropas italianas en la guerra de España. Naturalmente, aquí se escucharon tal cual.