Los riesgos y contradicciones de la visión generalizada sobre el conflicto en Sudán.

Sarah Babiker (AIS)

La crisis de Darfur, de la que se han ocupado los medios y la comunidad internacional intensamente en los últimos meses, ha pasado ya a ese limbo donde las noticias desgastadas van a parar, independiente de que la realidad que las originó continúe o no. A riesgo de ser descatalogada por la acelerada agenda informativa, pocos sabrán el desenlace de esta tragedia, pero lo que sí heredaremos será el esquema con el que el conflicto se nos ha presentado: una barbarie africana más donde los árabes asesinan salvajemente a los negros.

Sudán, uno de los países más complicados y desconocidos del continente africano, salta a la actualidad esporádicamente debido a una u otra crisis humanitaria. El público necesita claves para discernir lo que sucede en un país para el que no cuenta con referentes y los medios se las ofrecen. El peligro de estas claves es que si bien no son totalmente ajenas a la realidad tienden a una visión simplista en la que hay un opresor y un oprimido, un bueno y un malo, siendo ambos actores etiquetados sin demasiados escrúpulos.

Tópicos simplificadores

En conflicto desde su independencia en 1956, Sudán ha sido descrito como un país dividido en un Norte (malo) y un Sur (bueno). Esta primera categorización, la más simplista de todas, asociaba entre sí los siguientes grupos: Norte, árabe y musulmán; Sur, negro y no musulmán. Este paradigma se ha aplicado hasta muy recientemente ignorando varios factores incómodos a la hora de recurrir a la simplificación. En primer lugar, reduciendo todo a dos actores se niega la diversidad etnográfica y religiosa del país, donde se encuentran 570 etnias que practican decenas de cultos distintos.

En segundo lugar se pasan por alto las alianzas entre todos los actores que en muchos casos y a lo largo de la historia han obedecido a lógicas ajenas a la filiación religiosa o racial, y que tiene que ver la mayoría de las veces con estrategias económicas o políticas. Así, en el Sur, las tribus Dinka y Nuer tienen un historial que abunda en enfrentamientos mutuos. Mientras que en el Norte los partidos políticos que se han mantenido en la oposición debido a la toma violenta del poder se han aliado numerosas veces con elementos del Sur. Esta lógica bipolar, a su vez, olvida que Sudán no solo consta de Norte y Sur, si no también de Este y Oeste, básicas consideraciones geográficas que de haber sido tenidas en cuenta hubiesen servido para prevenir tragedias humanas como la que se vive actualmente en Darfur, al Oeste del país, o la aletargada tensión en el Este.

Descartado el atajo geográfico podemos tocar el religioso. La tradicional cruzada musulmana o últimamente islamista contra los «infieles» pierde consistencia al constatar que los últimos oprimidos, los pueblos Fur, Masaalit y Zaghawa de Darfur, son también musulmanes, por lo que esta vez resulta evidente que la explicación religiosa no nos resuelve el problema. Perdido este último recurso se ha pasado a la lógica de la etnicidad tan apañada para explicar todo conflicto africano que se precie, y reducir a los africanos, en un velado racismo, a un nivel primitivo donde los conflictos obedecen a pulsiones quasi animales. Según este nuevo atajo explicativo los malos ya no son malos en cuanto musulmanes o norteños, son malos porque son árabes.

La arabidad sudanesa es una cuestión más simbólica que étnica. Fuertemente mezclados con los llamados «africanos», los árabes sudaneses suelen ser negros, sus rituales y costumbres mucho más africanas que las de sus hermanos del Norte. Al definir sistemáticamente como árabes a los jinetes Yanyawid (los que llevan a cabo los raids contra los pueblos sedentarios en Darfur) y responsabilizar al gobierno «árabe e islámico» de sus actividades, al repetir tan insistentemente la palabra árabe se estigmatiza al 40 por ciento del país.

Los conflictos africanos étnicos suelen ser, como todo conflicto, un combate por los recursos. Como tal, el conflicto de Darfur debería verse como una lucha entre nómadas y sedentarios o pastores y ganaderos, que es lo que realmente diferencia a los actores implicados. Respecto al papel del gobierno sudanés, su alianza con los Yanyawid obedece a una lógica más política que étnica. Por último el gobierno sudanés está implicado en numerosas fechorías a lo largo y ancho de todo el país, pero también en la persecución y opresión de los mismos árabes. Esta parte de la población paga un doble precio por ser sudaneses, viven en un país que ha sufrido la tiranía de una clase política corrupta y autoritaria y son vistos como genocidas desde fuera.

Las herramientas interpretativas utilizadas para tratar el conflicto sudanés no son inocuas, no son, como se podría benevolentemente pensar, un perverso fruto de la pereza de los medios para explicar situaciones complejas, sino que conforman un elemento importante dentro de una estrategia más amplia. La receta que Estados Unidos quiere aplicar de nuevo en Sudán, esta vez bajo cobertura de la onU consiste en afianzar sus intereses económicos alzando una bandera humanitaria ante un panorama cómodamente simplificado. Esta estrategia puede conducir a derroteros perversos: que la sensación de victimismo que se incuba en los sudaneses árabes se transforme en rabia y que éstos se radicalicen.

El mundo debería aprender que la humillación y la incongruencia son un buen combustible para alimentar el terrorismo. EEUU acusó de terrorista al estado sudanés cuando no había practicado actos de terrorismo, y de genocida antes de que la onU se atreviese a hacerlo. Si se insiste en esta fórmula tal vez la próxima vez el terrorismo y el genocidio sean dolorosamente reales.