
En mi casa somos cuatro, mi madre, mi padre, mi hermana y yo. Yo soy el hijo mayor. Ya se leer y todo eso. Ya sé inglés y todo eso. Pero yo no voy a hacer un master en Oxford, ni voy a ser un intelectual, ni creo que salga por televisión. …
… La misma televisión que nos ha endeudado hasta tres generaciones para que mi padre pueda ver la Champion League por Vía Digital; la misma que dice que no existimos ninguno de nosotros. Porque aquí en el estado español solo hay ricos. Ricos que lavan con Mistol y a los que les gusta vivir en este mundo con los electrodomésticos Bosch porque tienen una mansión en el campo; ricos que comen “Brasador de Maggi” en un velero y que bailan como gilipollas porque comen con “Isabel” y las nuevas salsas Calvé: ricos que compran sus trajes de primavera en el Corte inglés por doscientas mil pesetas pero que no tienen problemas porque beben Nestea y tienen acciones y un plan de inversiones en el Banco Santander. Mis padres también tienen una hipoteca en un banco. Nos mandan muchas cartas. Un día mi madre abrió una y se puso a llorar, lloró toda la tarde. Cuando llegó mi padre de trabajar también lloró. Dijo que no podía más, que se iba a quitar la vida.
Aunque se suicidara no serviría de nada porque no tiene un seguro de vida Santa Lucía, de esos que salen por la tele.
Mi madre compra en el Día, pero no es una mujer de hoy. Tampoco su cara y su figura son las de antes, pero va a seguir igual, porque mi madre nunca ha ido a Corporación Dermoestética, y eso que las mujeres de la tele se lo aconsejan todos los días. Tampoco tenemos un coche. Debemos ser de los pocos que no tenemos un Galloper, porque en la tele dicen que son baratísimos. Mis compañeros del cole tampoco tienen un Galloper. Sus padres también tienen una hipoteca en el banco y también han llorado alguna vez. En realidad están hartos de llorar. Y de trabajar. Yo quiero a mis padres, pero no voy a ser como ellos. Mis compañeros del cole y yo hemos visto que el banco del barrio es el que manda las cartas a nuestras casas, aunque no sabemos muy bien si nuestras casas son nuestras o del banco. Hoy vamos a quemarlo. Ya no llorarán más. Al menos eso creemos. Si no, seguiremos quemando bancos. Hasta que no haya más cartas. Creo que al fin y al cabo, sí voy a salir por la tele.
Volvemos a tener
esa mirada
desafiante y herida
al mismo tiempo;
la mirada de una niña
de siete años que
se ha caído de un árbol
al que le han dicho
que no subiera
y no quiere llorar
aunque se ha hecho
daño de verdad
Fdo: NADIE.
extret del blog: http://diariodevurgos.com/
Carta de nadie
A mí este artículo me gusta mucho, de lo mejor que se ha publicado en esta web.
Carta de nadie
Y el poema del final, sublime.
Para tí, que al menos te expresas…
Me gusta mucho lo que has escrito, me llega más allá del alma, pero creo que lo primero es lo primero:
Si empezases por quemar tu tele (o venderla, para no perder tanto) seguro que la vida te mostraría otra cara que, según parece, desconoces. Porque hay vida al margen de la tele y los anuncios (y del horripilante fútbol y las adictivas telenovelas, shows y concursos para retrasados). Te lo digo yo, que tengo 51 años justitos, y que la primera tele que me compré a los treintaitantos fué exclusivamente para ver vídeos porno. A día de hoy sigo sin antena conocida y no he pasado aún por el psquiátrico.
No digo que no quemes bancos, tú verás donde te metes, pero pienso que por muchas sucursales que quemes no vas a hacer que las cartas dejen de enviarse a nadie. Y la verdad es que dudo de que tengas tantas ganas de salir en la dichosa tele…
Todo es complicado, más complicado, lo sé, no te digo que no, pero a lo mejor pensando que ni los bancos, ni los políticos, ni todos esos que nos parezcan culpables a primera vista tienen realmente la culpa de todo esto, y que son sólo unos títeres, unos perfectos e inútiles bufones no exentos de responsabilidad (por la que seguro que pagarán), entonces a lo mejor logras sembrar en tu mente una posiblidad de ver las cosas con una mirada más de hacia adelante, por llamarlo de esa manera, en vez de hacia atrás, triste atrás.
Es decir, por ejemplo, que creo que si dedicases sólo 15 simples minutos al día para enviar tu energía a donde sientas que es necesaria, a donde veas que ayuda, a algo que realmente te inspire amor y alegria, algo que sea para el mayor bien de todos… Y, por supuesto, algo que NO sea lo opuesto a otra cosa, sean bancos, odios, ni nada, sino que sea algo genuinamente positivo, algo auténtico y único de tí…
…Pues entonces quizá te sientas mejor.
Ójala.
Porque (quizá antes que después, tal y como están las cosas), la muerte nos terminará pillando. Hay que comenzar a pensar en algo.
Salud.