
Sergio Yahni
Diagonal
Según este activista israelí, director del Alternative Information Center, Israel ha construido su identidad en torno a la seguridad frente a las supuestas amenazas externas.
La mayoría absoluta de los israelíes judíos apoyan la ofensiva en Gaza al igual que apoyaron la ofensiva contra el Líbano en el 2006 y las sucesivas ofensivas llevadas a cabo en Cisjordania desde el año 2000. Si bien podríamos explicar este posicionamiento tomando como base la ideología colonial que nutre al sionismo, esto nos dejaría con la impresión de que la sociedad israelí es una sociedad homogénea y carente de contradicciones. Sin embargo, la sociedad israelí es una sociedad profundamente inestable y atrapada en sus contradicciones. Es precisamente en ellas donde tendremos que buscar las explicaciones para el militarismo imperante en Israel. El mayor reto del proyecto sionista y su estructura de clases no fueron las sucesivas guerras sino el proceso de inmigración masiva tras la independencia del Estado. En sus primeros años, Israel se vio forzada a absorber a una población dos veces mayor a la población de colonos de origen europeo que habían fundado previamente el Estado.
Para el movimiento sionista el objetivo original de la inmigración era suplantar la mano de obra palestina que había sido expulsada. Pero los inmigrantes, que procedían de la clase media urbana o rural se resistieron activamente a este proceso de pauperización y proletarización. Una serie de levantamientos populares durante el año 1955 llevaron al establishment a percibir la efervescencia social en los campamentos de inmigrantes como un verdadero peligro para el proyecto sionista, para acabar temiendo un supuesto proyecto revolucionario del Partido Comunista Israelí.
La guerra de 1956 y la ola nacionalista que ésta despertó, permitieron la inclusión ideológica de los inmigrantes remitiendo a segundo lugar el descontento social. Del mismo modo, 11 años más tarde la guerra de los Seis Días y la ola nacionalista tras la victoria sirvió de instrumento para disciplinar el movimiento sindical autónomo que había comenzado a desarrollarse. La guerra no cohesionó la sociedad israelí, pero sí sirvió para establecer la disciplina social en una sociedad fracturada. Las guerras y sobre todo la victoria militar de 1967 sirvieron para establecer el fundamentalismo étnico que caracteriza el discurso hegemónico de Israel.
Éste permite a las clases dirigentes sobreponerse a las fracturas sociales proponiendo en falso una identidad de intereses nacionales judíos. Por esta razón, el discurso de la paz, que no propone soluciones a las fracturas sociales de la sociedad israelí, subvierte las promesas del fundamentalismo étnico. Con la paz desaparece el peligro común que sostiene la identidad entre el parado en Sderot y el ingeniero de sistemas en Tel Aviv. Al mismo tiempo, con la paz quedan patentes las contradicciones sociales y étnicas de la sociedad rompiéndose la disciplina que permite la estabilidad social.
La reestructuración global del pensamiento neoconservador permite a la burguesía israelí regenerarse y transformarse en el departamento de investigación y desarrollo de la industria armamentística global, mientras las minorías étnicas y los pobres pueden acceder al sistema a través del aparato militar o como agentes de seguridad privada.
Para aquellos que no tenían posibilidades de acceso al sistema les queda la radicalización nacionalista. Según esta lógica, los ataques suicidas del principio de la década y más tarde los cohetes artesanales de Hamás permiten reconstruir una identidad judía israelí basada en los intereses comunes de seguridad. Con estos cohetes, una población marginalizada y empobrecida, como la que reside en Sderot, puede retornar al centro del consenso nacional. Bajo la lluvia de cohetes, Sderot se transforma de una población marginal, donde vive una tercera generación de inmigrantes que no pudo escapar de su condición de periferia, en un símbolo del destino del pueblo judío.
Evidentemente, este proceso requiere la exclusión de la población no judía en Israel y la marginalización de los ciudadanos palestinos de la vida pública. Lo contrario supone retornar a las crudas relaciones sociales que comenzaron a percibirse durante el proceso de paz. Cuando las relaciones sociales en Israel quedan limpias de sus características étnicas, ser un desempleado en Sderot no significa otra cosa que ser simplemente una víctima del sistema.
El verdadero ser israelí queda construido en un contexto étniconacionalista excluyente donde el anhelo de paz se convierte en un ritual retórico pero sin significado real. Obviamente esto precisa excluir las fuerzas políticas que proponen un proyecto coherente de paz por los peligros que el mismo implica. Así, organizaciones e intelectuales reconocidos en el exterior por su retórica pacifista terminan apoyando la ofensiva de octubre de 2000 contra el pueblo palestino, la ofensiva contra el Líbano en el año 2006 y la ofensiva actual contra el pueblo palestino en Gaza.