
En estos días, Álvaro Corcuera, superior de los Legionarios de Cristo, está visitando las comunidades a su cargo, en EE.UU., con la triste embajada de dar a conocer a su rebaño las últimas revelaciones sobre la doble vida de quien ellos consideraron «como Cristo», injustamente acusado. La noticia de que Marcial Maciel tenía una amante y una hija ha sido demasiado para estas pobres almas tan necesitadas de tutela y guía, los mismos que no pestañearon cuando, desde 1946, ha habido denuncias contra Maciel como falsificador, drogadicto y narcotraficante, y por las iniciáticas prácticas sexuales con niños impúberes a su cargo en los seminarios de la Legion de Cristo; ni siquiera cuando, como sacerdote, incurre en la absolución de cómplice, lo que acarrea, según la Iglesia Católica, ipso facto la suspensión a divinis, y la excomunión, siendo un delito teológico imprescriptible.
Imposible -decían quienes le ayudaron durante más de cincuenta años para quedar impune-, todas esas acusaciones eran infamias y falacias provenientes de gente que habíamos sido comprados por los enemigos de Jesucristo y de su mejor adalid en la tierra, Marcial Maciel, llamado por su grey «notre Père» (padre nuestro). Para comprobar su inocencia y santidad, bastaba ver la sesión de manitas y carantoñas con que sucesivos papas acogían a Marcial Maciel, y esa carta de Juan Pablo II, alborozada, llena de amor pastoral, que le escribió con todas las alharacas, sus bonitos sellos vaticanos y con su firma autografa, con ocasión del sexagésimo aniversario sacerdotal: