Fuente

Juanjo Rubio (Madrid)

El pasado 23 de enero, de vuelta a casa con mi compañera, contemplamos una de las muchas operaciones policiales selectivas contra inmigrantes. Me dirigí a uno de los policías para que me explicara a qué se debía semejante despliegue. Otro, de manera grosera, agresiva y amenazante, me dijo que o me iba o me detenía. Al negarme, el agente siguió amenazándome, mostrándome sus esposas y pidiéndome la documentación. Cuando le pedí que se identificara, se negó y se quitó la placa. Le dije que no le daba mi DNI si no se identificaba. Continuó amenazándome y cagándose en mis derechos, así que se lo dí y cuando se dirigía hacia un coche patrulla le increpé que era su obligación identificarse y que quería su número para denunciarle. Se lanzó contra mí brutalmente y me asestó un puñetazo en el pecho. Caí al suelo fulminado sin poder respirar. Ninguno del resto de policías intentó ayudarme. Tras unos segundos de desconcierto, llamé al 012. Entonces me dio un golpe en la mano, lanzando mi teléfono por los aires. Minutos después, se dirigió a mi compañera Sheetal, de nacionalidad norteamericana, y en un tono agresivo y chulesco, le dijo: “Dame tu documentación que si quiero te busco la ruina”. Ante la impotencia y el surrealismo de la situación, nos fuimos, y ya en el portal, un agente de paisano me explicó cómo hacer la denuncia en la comisaría, sin tener los datos del agente agresor. Al día siguiente fui al hospital, donde me diagnosticaron un traumatismo torácico que me tiene de baja. Denuncié los hechos en comisaría, con los partes médicos por lesiones. Así vivimos.