
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red
A lo largo de los depresivos años ochenta, la muy modesta y muy precaria editorial Hacer que hacía posible su dueño y mentor, Josep Ricou, antaño militante de Acción comunista, por entonces situado de una manera inclasificable en las filas del socialismo “Light”, y el que escribe, colaboraron en una serie de títulos propios (Nuestro viejos, Mujeres socialistas, Diccionario biográfico del socialismo. Desde la antigüedad hasta Max y Engels…), y también en diversas ediciones, sobre todo en la de un cierto listado relacionado con lo que se ha venido a llamar “socialismo utópico”. Esto se hizo en un tiempo en que algo así resultaba más bien ruinoso, cuando el libro de izquierdas –por lo general- había pasado de las estanterías al trastero…Cuando rarísimo era el diario o revista que te prestaba atención, y ya habían desaparecido o reconvertido la práctica totalidad de las editoriales “políticas”, palabra que, como sucede con las películas, se tiene a aplicar a las de contenido militante, cuando en realidad políticas son todas o casi todas con la diferencia que las otras hacían política que no se cuestionaba el desorden social establecido.
De una manera totalmente improvisada, con un título hoy y otro el año que viene si Dios quiere, el caso es que se fueron publicando un conjunto de autores de valor historiográfico incuestionable y que actualmente se pueden encontrar en las librerías de las pulgas, o bien en la propia editorial que, más mal que bien, con un título hoy y otro cuando se pueda, sigue subsistiendo como se puede comprobar cuanto menos la Diada de Sant Jordi, un día que en Cataluña resucitan hasta las editoriales más mortecinas. En la mayoría de casos, las propuestas de edición venían del propio editor, éste me solía encargar un prólogo, aunque sí me descuidaba podía darse el caso de que cuando lo llevaba el libro ya estaba en la calle como sucedió en el caso de la obra de Edward Bellamy, El año 2000 (Looking Backward), un trabajo de semanas que luego no había manera de colocar en las revistas, y que Ricou solventó con un capítulo de la Historia del socialismo en los Estados Unidos, del socialdemócrata moderado Morris Hillquit. Recordemos que Bellamy (1850-1898), se hizo célebre con esta obra, se crearon “Clubs Looking Backward » casi por todas partes; en ellos se discutían y se propagaban las ideas del libro. Este movimiento político fue conocido como Nacionalismo, aunque este concepto habría que interpretarlo mejor en el sentido de “nacionalización”. Bellamy no era un patriota sino un socialista. Al parecer de Eric Fromm, fue uno de los libros más notables jamás publicados en EEUU, su éxito fue comparable a la de La cabaña del tío Tom…La novela influyó en gran número de intelectuales, y aparece por el título en muchos de los principales escritores marxistas del momento. Sobre «Es uno de los pocos libros jamás publicados que crearon un movimiento de masas de carácter político casi inmediatamente después de su aparición”, ya habría que ver su influencia todavía en cierto populismo socializante norteamericano. Supongo que la edición quedó como una de las últimas realizadas en castellano de Bellamy.
La colección aparecía con una única portada, un dibujo antiguo en el que se leía “Utopías. Ideales, sueños, el socialismo y otras conjeturas sociales”, y en la que aparecían citados nada menos que Platón, More, Campanella, Bacon, Diderot, Fourier, Cabet, Owen, Bellamy, Engels, Ruskin, Monturiol, Morris, Wells, Hertzka, Zamiatin, Orwell…y luego entre paréntesis (431 a.c,…).
Y el caso es que a pesar de los boquetes económicos, del mal humor de las imprentas, la colección siguió funcionando, así, entre otros muchos, publicó a Ernest Armand, cuyo verdadero nombre era Ernest L Juin (París, 1872-Rouen, 1972), un importante escritor y divulgador amén de reputado representante del anarcoindividualismo, del que haría él mismo la siguiente definición: «No es individualista anarquista toda unidad o asociación que quiere imponer a un individuo o a una colectividad humana una concepción unilateral de la vida, económica, intelectual, ética o cualquier otra: esta es la piedra de toque del individualismo anarquista» (Enciclopedia Anarquista). Su padre, que había sido un combatiente de la «Commune», lo educó en la enseñanza laica. Sin embargo hacia los 16 años, una lectura del Nuevo Testamento le impresiona vivamente y, entre 1889 y 1897, consagra todas sus energías en el Ejército de la Salud. Empero, entre 1895 y 1896, es seducido por las ideas anarquistas, en particular par las de Tolstoy, o sea del anarquismo cristiano que sitúa a Cristo como «el primer anarquista». Publica entonces La nueva era. Influenciado por Stirner, evoluciona hacia el anarquismo individualista y se mantiene ajeno a toda forma organizativa.
Armand sobresale muy particularmente por su amplia capacidad de propagandista (Armand. Sa vie, sa pensée, son ouvre, París. 1964), siendo su principal obra, El anarquismo individualista. Lo que es, puede y vale, fue traducida y prefaciada por su seguidor, el anarquista navarro Costa Iscar (cuyo verdadero nombre era Antonio Paciaben, fallecido en 1960) en Barcelona, en 1916. Pero la nuestra fue Historias de las experiencias de vida en común sin Estado ni autoridad, fue reeditada en facsímil en dos volúmenes Hacer, BCN, 1983), e igualmente prologada con un fragmento del libro de Hillquit traducido en América Latina, lo que para Ricou no tenía mayor importancia. Estas comunidades son para Armand, un «ejemplo de los resultados que ya pueden conseguirse en el medio capitalista y autoritario actual, por los seres humanos seres humanos decididos a vivir una vida relativamente libre». También concedió una gran importancia a la liberación sexual, preconizando, por ejemplo, la libertad sexual, incluso entre los niños. Armand se mantuvo hasta el final de su vida fiel a su premisa según la cual «el individuo es la base de la sociedad”. Durante bastante años existió una sociedad que seguía se denominó “Amigos de Armand”. Una muestra de sus trabajos sobre literatura se puede encontrar en el epílogo incluido en la edición de El ladrón, de Georges Darien (Octaedro, BCN, 2003). Y ya que estamos, anotó para los que quieren saber más sobre Armand y el anarquismo individualista, una obra local, la de Xavier Díez, El anarquismo individualista en España (1923-1938), que ha editado Virus, y que supone el trabajo más exhaustivo en nuestros lares sobre esta apasionante escuela, explicable sobre todo en un tiempo en el que el Estado solamente aparecía para el pueblo con su rostro más represivo.
Hubo también un Robert Owen, (Newtown, Gales, 1771-id.1858), sobre el que se puede decir que fue el máximo exponente del socialismo utópico en Gran Bretaña, su vida es tan subyugan te como su obra que une la ingenuidad y la genialidad. Su influencia fue determinante para las tres variantes fundamentales del movimiento obrero inglés, el cooperativismo que tuvo gran importancia en el siglo XIX, el sindicalismo tradeunionista y el laborismo («Debemos recordar, escribió Sidney Webb, que el fundador del socialismo inglés no fue Karl Marx sino Robert Owen y que Robert Owen no predicaba la lucha de clases, sino la doctrina de la fraternidad humana») que se ha reclamado de su herencia en documentos y congresos. Owen nació en el seno de una familia trabajadora y descolló desde muy joven por su gran inteligencia, por su sensibilidad hacia la situación de los más miserables. Fue obrero desde muy pequeño, dándose el extraordinario caso de que dirigía una hilandería de algodón a los 19 años. A los 28 ya era un experto reconocido por su capacidad en toda la zona industrial. Consideró pronto que la «misión de su vida» era dedicarse a una nueva creación de la humanidad, o sea a modificar sustancialmente las estructuras del sistema social existente, para lograr a cambio la transformación y perfeccionamiento de la naturaleza humana.
Estas ideas empezaron a concretarse con sus experiencias. Su trabajo como director de la empresa de New Lamarck en Escocia, que daba trabajo a 2.000 obreros se convirtió en una empresa «modelo» reconocida en los dos continentes. Su esfuerzo y sistema adelantaron toda la legislación laboral en más de 50 años en Inglaterra. En muy poco tiempo, se redujeron las jornadas de trabajo de 17 a 10 horas; no se aceptó el trabajo de los niños –una de las explotaciones más horribles de la época- cuando se puso en proyecto de ley para prohibirlo, los patronos protestaron arguyendo que se les condenaba a la ruina, por el contrario, siguiendo una de las inquietudes más vivas de Owen, se crearon para ellos escuelas gratuitas y laicas, así como «jardines de infancia».
También desarrolló Owen una importante victoria por mejorar la higiene tanto en los lugares de trabajo como en las viviendas de los proletarios que trabajaban y vivían en condiciones infrahumanas. A pesar de su pragmatismo también Owen coincide con los demás utópicos en el emplazamiento a los filántropos y los poderosos para que comprendan y financien la reorganización social que él ha probado como útil y posible. Así en ocasión de la reunión de monarcas y ministros en la Conferencia de Aquisgrán redacta un «memorial» que dice, entre otras cosas: «El nuevo poder científico hará pronto que el trabajo humano sea de poca utilidad para crear riquezas»; y añade: «La riqueza puede crearse en tal cantidad, que satisfaga los deseos de todos», por lo tanto, «el dominio de la riqueza y los peligros que nacen del deseo de adquirirla y acumularla, están a punto de terminar». En este memorial remarca constantemente que la ciencia iba a permitir alcanzar una era de la abundancia para la humanidad, y que se estaba haciendo ya posible producir en gran cantidad de materias para todos, con la ayuda de buenas técnicas de producción, tanto en la industria como en la agricultura.
Al decir de uno de sus contemporáneos, Owen es «uno de esos pelmazos que son la sal de la tierra». La sal de Owen radicaba, en que más allá de la ruina y el desengaño estaba el aliento que le mantuvo fiel a sus ideas hasta el fin. En su esfuerzo, construyó una colonia comunista llamada con el nombre fourieriano de Nueva Armonía en una colonia religiosa en Indiana (USA que se había convertido en tierra fértil para los experimentos utópicos), que no llegó a durar más de tres años y lo mismo ocurrió con una experiencia similar de un amigo suyo en Escocia. De retorno al «viejo mundo» fundó un sistema de bolsa de trabajo con el nombre de National Equitable Labour Echange, destinada a mejorar la suerte de los trabajadores y poner los cimientos de un socialismo futuro, también fracasó la experiencia, pues no podía beneficiar a los obreros que no podían intercambiar unos productos que no tenían, aunque sí benefició a los artesanos humildes que así dieron salida a sus productos.
Tras estas experiencias pasó a otras que consistían en cooperativas de consumo y producción, animando luego los primeros pasos del sindicalismo tradeunionista en 1838, año en el que presidió un congreso a pesar de que la represión era muy dura por el derecho de sindicalización. Las ideas de Owen de una alianza y una cooperación entre obreros y propietarios propiciaron un poderoso movimiento huelguístico que iba más allá de las reivindicaciones salariales para exigir en lo inmediato dicha cooperación ante el estupor de los patronos y las iras de las autoridades. El último intento de Owen en vida sería el ensayo de cooperativa agrícola de Queenwood que duró cuatro años.
Las ideas de Owen se confunden con su praxis. Todas las ideas nacían de su práctica, así por ejemplo se dirigía a sus socios para convencerlos: «La experiencia os ha enseñado la diferencia que existe entre un equipo mecánico apropiado, reluciente y en buen estado y aquel sucio, en desorden que poco a poco queda fuera de uso. Si la atención que acordamos a esos motores inanimados puede darnos resultados ventajosos, ¿no se podría atender de la misma manera a esos motores animados, a esos instrumentos vivos cuya estructura es por cierto más admirable? ¿No es natural deducir que esos mecanismos tanto más complejos y delicados serían igualmente mejorados en fuerza y en eficacia y que su empleo sería más económico, sí se les mantuviese en estado saludable, sí se les tratase con dulzura, sí se les facilitara una cantidad de alimentos y de medios de existencia suficientes para sostener sus cuerpos en buena condición de producción para evitar que ellos no se deterioren o deban ser prematuramente puestos fuera de uso?».
Esta misma experiencia fue la que le llevó a creer que nada podría hacerse sin: «Dos grandes cambios, acabar con las creencias falsas de la formación del carácter». Uno de ellos era la educación otro, acabar con el capitalismo, con la competencia sin limitaciones, que impulsaba a cada patrono hacia una conducta inhumana, basándose en que sus competidores se habían lanzado a ella, y que también él tenía que hacer lo mismo sí quería evitar la bancarrota». Owen daba una importancia primordial al carácter humano, creía que se debía modificar y convertirlo en algo similar a lo que él mostraba en sus ideas. Buscaba el acuerdo y el consentimiento mutuo entre los hombres y por lo tanto entre las clases, aunque como ocurrió a todos los utópicos fueron los trabajadores los que lo siguieron y no los patronos, pero el caso era que incluso sus partidarios inmersos en la realidad cotidiana de la lucha sindical evolucionaron hacia la lucha de clases y al cartismo que sería la piedra angular de los años posteriores a Owen dentro del movimiento obrero británico.
Otro aspecto muy singular del pensamiento de Owen es su crítica a la religión ya la familia burguesa, que le llevaron a un enfrentamiento con la moral dominante. En su Declaración de Independencia espiritual señalaba tres grandes opresores de la humanidad: «La propiedad privada, la religión Irracional y el Matrimonio». Emplazó a todas las «personas laboriosas y bien dispuestas de todas las naciones» a que ingresaran en la comunidad por él ideada y se liberaran de estos enemigos. Por lo demás, Owen fue también un notable economista, autor de destacadas aportaciones en este terreno. Aunque, por encima de todo se puede decir que fue el primer comunista («Cada miembro del municipio, escribió, debe ser colocado en una condición buena y equitativa según su edad, en todas las actividades del municipio. Si esta igualdad no está asumida convenientemente entre todos los miembros, no puede haber justicia, ni unidad, ni virtud, ni felicidad duradera. Hasta que las ventajas materiales no se distribuyan equitativamente, no puede existir igualdad en la práctica») que fijó su sistema en el desarrollo de la civilización industrial y el primero que planteó la administración de los bienes económicos en términos absolutos. El owenismo tuvo la virtud de introducir en las masas la posibilidad real de construir un sistema social nuevo, aunque lo hizo enfatizando el método de lucha de la presión y la confraternización. «Es innegable, ha escrito Leo Valiani, el carácter utópico de este planteamiento sí se compara con la marxista lucha de clases, y puesto que en la vida, al contrario de lo que creyó Owen, predomina, no ya lo que es propiamente racional, sino lo que responde al real movimiento histórico espiritual y práctico, precisamente de la organización obrera cooperativa de Owen brotará la lucha de clases proletaria, brotarán los medios de lucha que a él no podrían gustarle, las huelgas y las agitaciones masivas, políticas por naturaleza».
Su hijo, Richard Dale Owen, participó activamente en algunas de sus experiencias, entre ellas la de New Armony….Bueno pues Hacer realizó una edición de Nueva visión del mundo (BCN, 1981, con prólogo de Harry W. Laidler, aunque en realidad se trataba de un capítulo de su libro sobre la Historia del socialismo, todo un clásico, imprescindible hasta que nos llegó “el Cole”, quien por cierto le dedicó una biografía, Robert Owen, Londres, 1965. En castellano existe la de la de A.L. Morton, Vida e ideas de Robert Owen (Ciencia Nueva, Madrid, 1968, una valiosa editorial ligada al PCE que se cargó Fraga), que comprende una extensa selección de pasajes de sus obras.
Sin duda uno de los libros más curiosos de esta colección fue La ciudad ideal, de Jules Verne, un obra singular que podíamos llamar de “socialismo utópico urbanístico” una verdadera joya que fue precedida por un interesante prólogo de Juan J. Lahuerta, y que nos remitía Jules, Verne, célebre autor de novelas de «aventuras» (Nantes, 1828-Amiens, 1905), pero también a un Verne “libertario” sobre el que escribió Raymond Roussel en 1921: «Es, y con mucho, el mayor genio literario de todos los tiempos, perdurará cuando todos los demás autores de nuestra época hayan sido olvidados. Es, por otra parte, tan monstruoso el dárselo a leer a los niños como el hacerles aprender las fábulas de La Fontaine, tan profundas, ya que muy pocos adultos tienen capacidad para apreciarlas». Sus relatos aparecieron originalmente en el Musée des Familles, y entre los más célebres se encuentran Cinco semanas en globo (1863), Viaje al centro de la tierra (1864) —del que hay una excelente versión cinematográfica de 1959 realizada por Henry Levin—, Veinte mil leguas de viaje submarino —base de una obra maestra de Richard Fleischer interpretada por James Mason, Kirk Douglas y Paul Lukas—, La vuelta al mundo en 80 días, etc. Su larga serie de títulos se han convertido en best sellers constantes aunque en una clave «juvenil».
Se pueda hablar por lo tanto de un Verne desconocido, de un «anarquista» subterráneo al igual que se puede hablar de otros aspectos como su antiimperialismo. Verne fue en este sentido un hijo de la revolución de 1848, un amigo de los pueblos oprimidos como Irlanda, al tiempo que hizo una predicción muy dura del imperialismo norteamericano. Su vinculación a la masonería y su fe sansimoniana le llevan a creer en las virtudes del desarrollo industrial y económico. Hombre contradictorio puede ser considerado sin problemas como un conservador e incluso como un reaccionario (se postergó ante el Papa, contrario a la Comuna, pero también contrario de la condena a Dreyfus…), sin embargo al lado de estas actitudes coexiste un Verne enemigo del matrimonio, latentemente homosexual y amigo de algunos anarquistas como Reclús y Kropotkin. Su héroe más conocido, el capitán Nemo, se sitúa al margen de la sociedad: «yo no soy lo que vosotros llamáis un hombre civilizado. He roto con la sociedad entera por razones que yo sólo tengo derecho a apreciar. No obedezco a sus reglas, y os exijo que no las invoquéis nunca ante mí…» Nemo planta la bandera negra en el Polo Norte.
Pero sin duda, el trabajo más completo fue el de Mª Luisa, Berneri, Futuro. Viaje a través de la utopía (Hacer, BCN,1984), sobre la que escribe el filósofo inconformista norteamericano Lewis Munford, en el prólogo: «Como antiguo investigador de utopías siento especial predilección por esta obra, pues es el más comprensivo y penetrante estudio de esta tierra ideal del que tengo conocimiento, en cualquier idioma. Aunque, felizmente, de dimensiones modestas, esta obra es de alcance superior a mi propio libro y al de Hertzler. Utopía misma tiene casi tantos círculos como el Cielo y el Infierno que Dante recorrió bajo la guía de Virgilio, y Mª Luisa Berneri es el mejor guía para penetrar en este supermundo; no temamos que sus pobladores hablen su propio lenguaje o que el lector extraiga sus propias conclusiones. A fin de cuentas Mª Luisa Berneri señala, es menos una guía de lo que podía ser deseable en el futuro que un catálogo de las instituciones y métodos que debemos guardarnos de adoptar como `ideales´…» Mª Luisa efectúa un análisis crítico de todas las propuestas utópicas desde el anarquismo y propone una utopía abierta, creadora, desconfiada de los modelos cerrados y opresores. Anotemos que Mª Luisa, Berneri fue una escritora y propagandista anarquista, (Lodi, Italia, 1918-Londres, 1949), hija de Camillo Berneri y de Giovanna Caleffi, y compañera de Vernon Richards. Mª Luisa vivió la mayor parte de su vida en su país de adopción, Inglaterra. Desde muy joven frecuentó loa medios libertarios londinenses. En 1936 fue una de las principales animadoras de la revista Spain and the World orientada hacia la solidaridad con los cenetistas españoles. En 1939 participa en la reconstrucción de Revolt, título que había popularizado Kropotkin antes de la Gran Guerra. Junto con su compañero, de Woodcock, Read y otros intelectuales anima también la revista Freedom en los años cuarenta. Este grupo sobresalió por su intenso activismo en defensa de las libertades civiles.
Todo aquello a mí me parecía de coña en aquellos tiempos de sequía, pero mi objetivo seguía siendo trabajar aquí en lo posible por seguir el camino abierto por Jean Maitron, gran divulgador e historiador del anarquismo francés (1910-1984) que estaba realizando un proyecto enciclopédico de diccionario biográfico del movimiento obrero, una tarea que aquí habían dejado en puertas los historiadores obreristas de ayer y señores académicos ya por entonces. Maitron era todo un personaje, según él mismo contaba, había nacido «en una familia de tradición socialista —mi abuelo desertó del ejército de Thiers, negándose a combatir la Comuna, mi padre, que era maestro, perteneció al POP de Jules Guesde—, yo me adherí en 1930 al PCF. Entonces tuve conocimiento de los escritos trotskistas y me orienté contra la política sectaria de «clase contra clase» del partido, sintiéndome identificado con los puntos de vistas y opciones de Trotsky. Me adherí a la Liga Comunista en 1932-1933. Me separé de los trotskistas cuando estos decidieron en 1934 entrar en la SFIO. Entonces me reintegré al PC que había cambiado de política y estuve militando hasta 1939, hasta la conclusión del pacto nazi-soviético que me pareció una traición (…) Reconectando con el movimiento obrero a través de la historia, preparé una tesis sobre el movimiento anarquista…».
Desde entonces ha publicado numerosos trabajos que denotan su afinidad lúcida y crítica hacia esta corriente socialista. Su monumental obra Le mouvement anarchiste en France (I. Des origines á 1914. II De 1914 á nos jours. Maspero, París, 1975), ha sido considerada como «definitiva», al menos hasta el punto en que lo puede ser una historia escrita.
Pero estaba claro que una empresa como la de Maitron, aquí se hacía una tarea cien por cien utópica en unos tiempos en el que ni tan siquiera te dejaban hacer una historia del movimiento obrero desde la Radio de Comisiones Obreras. Y sin movimiento obrero digno de este nombre, la única posibilidad podría darse en un encuentro entre colectivos de historiadores socialmente preocupados con instituciones lo suficientemente abiertas. De ahí que el único caso de las mismas hechuras que se haya hecho por aquí sea el Diccionari biogràfic del moviment obrer als països catalans, obra editada entre la Ed. Universitat de Barcelona y Publicacions de l´Abadia de Montserrat, y que fue redactada por una comisión presidida por Mª Teresa Martínez de Sas (siglo XIX), y Pelai Pagès i Blanch (siglo XX).
Hacer también editó a William Morris, pero éste merece un trabajo con punto y aparte.