
Lo peor del nacionalismo son los antinacionalistas, según ha vuelto a demostrar en Euskadi el avance de una oposición calmada -y castigada con sangre- frente a las estridencias patrióticas de diferente formato y a las manifestaciones millonarias en la Puerta del Sol.
MATÍAS VALLÉS
Las cruzadas fueron estériles electoralmente en las elecciones de 2001 y 2005, lo irracional también tiene un límite. El PP se rompe hoy en las zonas donde acusaba a los socialistas de romper España, y que pueden ser gobernadas por el PSOE. Los martillos de herejes propagaron su furia a los campos más insospechados, hasta el punto de que un exabrupto de Rubianes le ganó la acusación judicial de «ultraje a España», delito ampuloso y, por tanto, difícilmente al alcance de quien sólo en un alarde de megalomanía se definía como un sinvergüenza.
La ortodoxia impondrá que «nación indispensable» sea la única fórmula autorizada para referirse a un Estado, por copiar la expresión dedicada esta semana por Gordon Brown… a Estados Unidos, lo cual debe constituir un delito de alta traición para el integrismo patriótico. Quienes la emprendieron contra Rubianes, olvidaron que vivía del exceso verbal. Despojado de palabras soeces, su discurso se resume en «odio a España desde siempre, el concepto de patria es el más venenoso de los conceptos». Curiosamente, estas palabras no pertenecen al humorista galaico catalán. Las pronunció Rafael Sánchez Ferlosio, felizmente vivo y vivaz, con motivo de la presentación de su último libro superventas, God&Gun. Apuntes de polemología. Arranca de una frase de Obama en la campaña electoral, alusiva a quienes buscan refugio ante la adversidad en Dios y las pistolas, alternativa o simultáneamente.
El «odio a España» de Sánchez Ferlosio supera en extremismo a Rubianes. Sin embargo, sus palabras fueron debidamente escamoteadas, según confirman los recortes periodísticos de las fechas en que fueran pronunciadas. Por una vez, no se puede acusar de oscurantismo al ensayista cuyo estilo reposa en la ininteligibilidad. Sin embargo, no precisa de protección policial en sus apariciones ni se reclamó la intervención de la justicia, código penal en mano. Su repentina hispanofobia fue disculpada por la policía del pensamiento debido a que el escritor es aclamado por los españoles de muy diversas ideologías, hasta recibir nada menos que el premio Cervantes.
Quienes se tomaban el tremendismo de un bufón tremendamente en serio, disculpaban a un filósofo porque estaba bromeando. Pese a sus tentaciones premodernas, España es un país postmoderno que se toma más en serio a sus caricatos que a sus pensadores. El odio a Rubianes prendió con tal furia que se obvió que era un gallego que se manifestaba en castellano, en el panteón televisivo del catalanismo.
¿Qué sociedad tenía más derecho a sentirse agraviada? Dado que se abatieron sobre el gamberro la fiscalía y demás dispositivos foucaultianos, procede citar al juez Felix Frankfurter, que expresaba la opinión del Tribunal Supremo norteamericano al sentenciar en 1944 que «una de las prerrogativas de la ciudadanía es el derecho a criticar a los hombres y las instancias públicos, y eso no significa únicamente la crítica informada y responsable, sino la libertad para hablar alocadamente y sin moderación».
Frankfurter era un juez judío y antinazi, que se manifestaba en plena guerra mundial sobre un ciudadano norteamericano que se empeñaba en mostrar su apoyo a Hitler en tales circunstancias. El magistrado respaldó su libertad para expresar «opiniones estúpidas o incluso siniestras». Es decir, le restituía su derecho a ofender, frente a una Administración que deseaba despojarle de la ciudadanía. Las verdades más o menos relevadas -ya sean bíblicas, coránicas, darwinianas, patrióticas o históricas- necesitan verse sometidas a la distorsión satírica porque nada mantiene más alerta a sus sacerdotes, como ya anunciaba John Stuart Mill en su seminal Sobre la libertad.
Además, Rubianes no actuaba, se consideraba sinceramente ultrajado por los políticos y les insultaba en defensa propia. El derecho a ofender asiste a todos los ciudadanos, aunque exige un coraje que restringe de entrada el número de practicantes. La conversión de esa opción en un arte encoge el campo a unos pocos privilegiados. Rubianes se encontraba entre ellos.
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