

Como dice el cartel, ahora quedan sus secuaces, pero yo añadiría que ahora todavía sigue quedando el fascismo, oculto bajo una máscara democrática y a la espera de una situación crítica para resurgir con su verdadero rostro, apoyándose sobre unos pilares institucionales que jamás han estado tan fortalecidos como con el actual sistema «democrático» capitalista (ejércitos profesionales, policías especializadas y tecnológicas, entramados financieros, industrias automatizadas, medios de propaganda de masas, sistemas informáticos de control social,…)
Por esta razón a mí sinceramente centralizar todo el tema de la justicia y la memoria histórica en la figura de la carcasa moribunda de Pinochet u otro dictador fosilizado me parece una hipocresía y un oportunismo político que tanto en Chile como en todos los países que han sufrido una de las llamadas «transiciones» es el eje central de partidos políticos de la nueva era «democrática». No se trata de esperar a que mueran los personajes públicos históricos del fascismo clásico para pasar página y alavar al actual sistema tan «seguro» y con tantas «libertades» en «comparación con lo que era».
Quizá ahora los asesinatos no son proclamados con orgullo como ayer, y se utiliza el hambre en vez de la bala, o el misil inteligente en lugar del bombardeo del enemigo, y las cárceles están iluminadas, con servicio de limpieza y de color quirófano, pero con más presos que nunca, y la propaganda del régimen está envuelta en colores y sonrisas profiden, y nuestros dictadores ya no posan de uniforme con gafas oscuras y rostro firme, sino maquillados y risueños,…
En mi opinión, la base de la sociedad chilena y mundial (pues el fascismo es un problema global que se manifiesta a nivel local) no debería dedicarse a exigir una venganza sobre el cuerpo vegetativo de lo que fué un dictador sanguinario y corrupto,y no debería aceptar el esquema oficial de castigo mediante la condena judicial y el internamiento penitenciario, pues son estructuras de dominación social , no herramientas de justicia y mucho menos de venganza.
La verdadera justicia que desde mi óptica libertaria y mi pensamiento racionalista sería coherente y razonable, sería la depuración tanto de instituciones cómplices y verdugas como de sus miembros ;la depuración de entramados empresariales dirigidos por ex-miembros de esas instituciones; el reparto social de los bienes acumulados por esta oligarquía fascista y la colectivización de los medios de producción que han financido la represión y el genocidio; la eliminación de toda simbología de exaltación del régimen; la denuncia pública tanto de los fascistas como de sus colaboradores, la devolución de los derechos y tierras robados a los pueblos indígenas,… pero esto no debería hacerse mediante la súplica o la exigencia a las administraciones gubernamentales, herederas y continuadoras del legado del abuelo militar, sino a través de la recuperación del tejido social y la organización autónoma y cooperativa de la sociedad.
Estas medidas no paliarán el daño causado (jamás será paliado de ninguna manera), tampoco contentarán a los familiares de las víctimas (ninguna sociedad debería girar en torno a los intereses de familiares de víctimas, sino en torno a los intereses del pueblo como sociedad.Aquí en nuestro estado sabemos muy bien lo que sería dejar en manos de las víctimas la resolución de los conflictos.) Ni consolarán la moral pervertida del espectáculo mediante procesos telenovelescos y encarcelamientos zoológicos.
Lo que si conseguirán será edificar una sociedad que habiendo aprendido de los hechos pasados se reorganizará de forma que evitará su repetición en el presente y en el futuro.
Y no hay mayor castigo para un asesino del pasado que una vez en el presente con la sangre y el recuerdo de sus crímenes algo menos caliente (lo suficiente para que dejemos de pensar en ajusticiamiento personal y pensemos en justicia social ,es decir, lo más justo para toda la sociedad en conjunto, no para los afectados ni las élites políticas en particular), que le quitemos los privilegios que ha ostentado, que le señalemos públicamente y todo el mundo sepa lo que hizo, y que le dejemos continuar su triste vida de la misma manera que cualquier persona debería hacerla en una sociedad equitativa e igualitaria, solo que para esta persona será muy dificil desarrollarse en un ambiente comunitario y sincero, a menos que su comportamiento sea aceptado y él mismo sienta el dolor que ha causado como propio.
Que se sienta juzgado por los ojos de sus vecinos cuando repartan los productos de alimentación de forma equitativa, sin que su uniforme o traje le conceda ningún privilegio; por el tono de voz del médico que le atiende sin que medie dinero alguno que le otogue un trato especial, por sus compañeros al trabajar en las mismas condiciones para la comunidad ,no para el beneficio personal… que vean que todos los símbolos y estructuras que alabaron y glorificaron ahora no existen y que todas sus propiedades ahora sirven al interés colectivo de su pueblo («su» esta vez de pertenencia al mismo, ya jamás de posesión).
No les concedamos el premio de encerrarlos en una prisión protegidos de la realidad, es lo que ellos desearían desde su cobardía (además aceptaríamos la institución penitenciaria, la mayor enemiga de la libertad de las personas y las sociedades), ni alimentemos la semilla de la violencia y el totalitarismo mediante sentencias de ejecución o linchamientos irracionales y a tiempo pasado. No hay mayor castigo para el fascismo que la creación de un modelo social nuevo e invulnerable a nuevas formas de fascismo , y para los fascistas que igualarlos con el resto del pueblo que conoce sus actos.
Mis respetos a todos los familiares y afectados por la represión y las agresiones, entiendo sus posturas y las comprendo dentro de este sistema, pues todo lo que he dicho pertenecería al mundo que queremos y no al mundo que vivimos, sin embargo me parece importante no olvidarlo y seguir luchando por alcanzar esa situación. Y que no nos deslumbren con la única «justicia» que puede concedernos este sistema, que es tan sólo una ilusión y como el nombre indica, una justificación de la continuidad de la injusticia.